LOGINEl aroma de la salsa terminó por llenar todo el departamento, mezclado con la risa de mamá cada vez que Chloé desafinaba un poco más la canción que sonaba desde el teléfono apoyado en la barra. Yo seguía picando lo último de las verduras frescas sobre la tabla de madera, pero con una sonrisa constante que no se me quitaba del rostro desde que habíamos llegado a casa.
—Ya casi está listo todo por aquí —anunció mamá, probando la salsa con una cuchara de madera antes de asentir satisfecha—. Denme cinco minutos más y podemos sentarnos a comer tranquilamente, aunque sea sin tu padre por esta vez. —Espero que le guste lo que le vamos a guardar en el refrigerador —dije, terminando de acomodar las últimas rodajas de tomate en un plato aparte para la ensalada—. Se va a perder una cena verdaderamente deliciosa por atender esa llamada de último momento en la comisaría. —Conociéndolo como lo conozco, seguro se aparece justo cuando estemos lavando los platos en la cocina —comentó mamá con una risa suave, meneando la cabeza mientras removía la olla una vez más con cuidado—. Siempre ha tenido ese instinto tan particular para llegar tarde a lo bueno. Chloé se apoyó cómodamente contra la barra de la cocina, con el delantal todavía puesto sobre su ropa y una copa de vino tinto entre las manos, riendo por lo bajo mientras seguía el ritmo de la música con la cabeza y los hombros, sin ningún cuidado por hacerlo bien o desafinar ante nosotras. —Ustedes dos tienen algo verdaderamente precioso —dijo Chloé de pronto, con un tono muy cálido y una sonrisa amplia que parecía totalmente sincera—. Se nota a leguas que se quieren mucho en esta casa y que se llevan de maravilla en todo momento. Ojalá mi propia familia fuera así de relajada en las cenas familiares, en serio se los digo. —Tú también encajas bastante bien aquí con nosotras —le respondí alegremente, sonriendo mientras guardaba las tijeras de cocina en el cajón correspondiente—. Prácticamente ya eres parte de la familia, Chloé. —Cuidado con las cosas que me ofreces, que soy capaz de mudarme con ustedes mañana mismo —bromeó ella, soltando una carcajada franca que contagió también a mamá, quien se limpió las manos en el paño antes de volver a remover la salsa caliente. —Chloé, querida, ya sabes perfectamente que puedes venir a visitar cuando quieras —respondió mamá, guiñándole un ojo con cariño mientras señalaba el estante alto con la barbilla—. Pásame esos platos hondos por favor Chloé, los que están colocados justo al lado de las copas. —Claro que sí —dijo Chloé, estirándose sin ningún esfuerzo para alcanzarlos de la alacena y entregándoselos a mi madre con una sonrisa amplia, antes de volver a apoyarse cómodamente contra la barra, todavía tarareando entre dientes la misma canción que sonaba de fondo en el teléfono. —Deberíamos hacer esto mucho más seguido —añadí yo, sirviendo un poco más de vino tinto en las copas de cristal—. En serio, muchas gracias por dejarte arrastrar hasta nuestro departamento esta noche. Sé perfectamente que al principio no querías venir por no interrumpir nuestro espacio. —Ya te lo dije antes, no me arrastraron para nada —respondió ella, riendo suavemente mientras me robaba un pedazo de queso de la bandeja que papá había dejado acomodada sobre la mesa de centro antes de irse—. Esto es justo lo que necesitaba para despejarme después de una semana tan pesada de clases en la universidad. Ustedes no tienen idea de lo bien que me cae estar en este ambiente tan bonito y tranquilo, de verdad. La cocina entera olía a hierbas frescas, a tomate sazonado y a mantequilla derretida, creando una atmósfera tan acogedora que por un momento todo se sintió tan simple, cálido y cotidiano como cualquier otra noche cualquiera en casa. Seguimos conversando así un buen rato más, compartiendo bromas sencillas y escuchando el sonido de la olla burbujeando despacio sobre la estufa, hasta que Chloé dejó su copa sobre la barra de mármol con un gesto tranquilo. —Ahora regreso, olvidé mi teléfono en el sofá de la sala —dijo, quitándose apenas el delantal por encima de la cabeza y dejándolo doblado sobre la silla. Salió de la cocina con paso tranquilo y relajado, todavía tarareando la melodía de la canción por lo bajo, mientras mamá y yo seguimos concentradas en lo nuestro. Ella removía la salsa por última vez para apagar el fuego y yo doblaba las servilletas de tela con mucho cuidado, tal como ella misma me había enseñado a hacerlo desde que era una niña. Sin embargo, la calma de la casa se rompió por completo apenas un par de minutos después. Chloé reapareció en el pasillo y para nuestro asombro, no venía sola en absoluto. A cada lado suyo caminaba un hombre alto vestido completamente de negro, con una presencia imponente y helada que no tenía nada que ver con nadie que hubiéramos invitado esta noche. Pero lo más aterrador de todo estaba en la mano derecha de Chloé: ella sostenía una pistola con una tranquilidad y nos estaba apuntando directamente a nosotras. —¿Chloé...? —dije, sintiendo cómo mi voz se reducía a un hilo casi inaudible, sin poder apartar los ojos del arma que mi mejor amiga sostenía—. ¿Por qué traes eso en la mano? ¿Quiénes son estos hombres? Chloé no respondió enseguida a mis preguntas. Dio un par de pasos firmes al frente, situándose justo entre los dos desconocidos, con la misma calma y serenidad con la que caminaba siempre en la Universidad, como si nada de lo que estaba sucediendo en éste instante ameritara ninguna prisa o nerviosismo de su parte. —¿Por qué estás haciendo esto, Chloé? —le pregunté de nuevo, retrocediendo un paso instintivo hacia atrás sin darme cuenta, hasta sentir el borde de madera de la encimera presionando contra la parte trasera de mis piernas—. Somos amigas... llevamos meses siendo mejores amigas en la universidad, compartiendo todo a diario. ¿Por qué nos estás haciendo esto? —Mis primos te quieren a su lado, Mila —respondió ella al fin, sin apartar ni un solo segundo su mirada fría de mis ojos, manteniendo una serenidad escalofriante que no encajaba para nada con lo terribles que resultaban sus palabras—. Ellos van a cuidar de ti a partir de esta noche. Eso es lo único que necesitas entender ahora mismo, y créeme que te lo digo sinceramente por tu propio bien. Las palabras me llegaron de una forma distante, como si flotaran en el aire sin pertenecer a la realidad, como si no tuvieran ningún sentido lógico en medio de la pesadilla que acababa de comenzar en nuestra propia cocina. No lograba procesar por qué Chloé hablaba de que sus primos iban a cuidarme, ni por qué sostenía un arma cargada frente a mi madre con semejante frialdad. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, y solo alcancé a sacudir la cabeza despacio, totalmente incapaz de asimilar semejante traición por parte de alguien en quien había confiado a ciegas durante tanto tiempo. —Mi esposo es teniente de policía, y va a llegar en cualquier momento a esta casa —le advirtió mamá con la voz firme y profunda, sin moverse un solo milímetro del lugar donde estaba parada, interponiéndose por completo entre Chloé y yo para cubrirme con su propio cuerpo—. Créanme cuando les digo que no van a salir libres de esto, ni ustedes ni absolutamente nadie que los haya mandado a romper la paz de nuestro hogar. Chloé soltó una risa corta, seca y baja, una risa que no tenía nada de humor de verdad en ella y que mostraba un rostro que mostraba maldad pura que jamás le había conocido. —Señora LeBlanc, cuando su esposo regrese a este departamento, usted ya estará muerta en este suelo, y Mila ya no estará en esta casa —dijo Chloé, sin que le temblara la voz ni un solo segundo, como si estuviera anunciando un detalle cotidiano y sin la menor importancia.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







