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CAPÍTULO | 07

Auteur: Kasia_SV
last update Date de publication: 2026-08-25 02:21:16

Kael fue subiendo escalón por escalón y se detuvo a dos escalones más abajo del final de las escaleras, con una paciencia que me crispaba los nervios. No se movía ni alzaba la voz; solo esperaba.

—Mila —repitió—. Vuelve a tu cuarto.

Miré los escalones, el recibidor, las puertas dobles al fondo. Pensé en papá saliendo por la puerta con el abrigo puesto, en mamá apoyada contra la pared de la cocina; y algo dentro de mí se soltó, sin pedirme permiso.

Corrí y pasé por su lado escaleras abajo.

Kael estiró el brazo para atraparme, pero me deslicé por el lado del barandal, rozándole el costado, y sentí cómo sus dedos me rozaban la blusa sin alcanzar a agarrarme. Bajé los últimos escalones de dos en dos, y al pisar el suelo las pantuflas me hicieron resbalar; casi me caigo, pero alcancé a agarrarme del perchero de latón, que se tambaleó con un estruendo, y seguí corriendo.

—¡Kai! —gritó Kael a mis espaldas, sin perder la calma, como quien llama a un perro.

Quince pasos. Eran solo quince pasos hasta las puertas. Llegué con la respiración hecha pedazos, agarré las dos manijas de bronce con las manos temblorosas y tiré con todas mis fuerzas. No estaban cerradas con llave. Se abrieron de golpe, y el aire helado me golpeó la cara como una bofetada.

Afuera nevaba despacio. El jardín se extendía blanco y silencioso, con un sendero despejado que se perdía entre los árboles, y a lo lejos, pequeñito, el portón de hierro negro con la camioneta oscura frente a él. Salí corriendo, hundiendo las pantuflas en la nieve a cada paso; sentí el frío filtrarse enseguida por la tela, mojándome los pies, pero no me importó.

—¡Auxilio! —grité, con la voz rota—. ¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme!

Mi grito se perdió entre los árboles sin eco. Los dos hombres del portón levantaron la cabeza; no corrieron, solo empezaron a caminar hacia mí con un paso tranquilo que me heló más que la nieve. Yo seguí corriendo, tropezando, con los pulmones ardiéndome y las lágrimas congelándoseme en las mejillas, hasta que el sendero se curvó y, de pronto, unos brazos me rodearon la cintura por detrás y me levantaron del suelo.

—Ya, Mila, ya —murmuró Kai en mi oído, con la respiración agitada por la carrera—. Te vas a hacer daño.

—¡Suéltame! —chillé, pataleando y arañándole los antebrazos—. ¡Suéltame, no me toques! ¡Monstruo! ¡Los odio! ¡Los odio a los dos!

—Lo sé —respondió, sin aflojar el agarre, aunque tampoco apretó más de lo necesario—. Ódianos todo lo que quieras, pero no te congeles por tu terquedad.

Me debatí con todo lo que tenía. Le di un codazo en las costillas y escuché cómo soltaba el aire de golpe, pero no me soltó; me dio la vuelta como si no pesara nada, me echó sobre su hombro y empezó a caminar de vuelta hacia la casa, con mis pies colgando a la altura de su pecho y las pantuflas perdidas en la nieve.

—¡Bájame! —grité, golpeándole la espalda con los puños—. ¡Papá me va a encontrar! ¡Los va a meter presos! ¡Los va a matar a los dos!

—Lo que importa ahora es que entres en calor —contestó Kai, con una calma exasperante.

Pasamos junto a los dos hombres del portón, que se habían detenido a unos metros y nos miraban en silencio, con las manos cruzadas al frente. Uno de ellos inclinó la cabeza hacia Kai, y vi cómo el otro sacaba un teléfono del abrigo para avisar a alguien de que ya estaba todo bajo control. Aquello me dolió más que cualquier golpe: no habían corrido porque sabían que no hacía falta.

Las puertas dobles seguían abiertas. Kael nos esperaba en el umbral, con los brazos cruzados. El recibidor olía a casa, y ese olor me revolvió el estómago. Kai entró, cerró con el pie, y el golpe seco de las puertas retumbó dentro de mi pecho como un portazo definitivo.

—Llegaste más lejos de lo que pensé —dijo Kael, sin alzar la voz.

—Vete al infierno —le escupí, con las lágrimas resbalándome hasta las orejas, porque Kai todavía me llevaba cabeza abajo.

—Bájala —ordenó Kael.

Kai me dejó en el suelo con cuidado y se quedó a mi lado, sin soltarme el brazo. Tenía los copos de nieve derretidos en el cabello y las mejillas encendidas por el frío; me miraba con una mezcla de preocupación y algo más que no supe nombrar.

—Mira cómo tienes los pies —dijo, agachándose—. Vas a enfermarte.

—No me toques —murmuré, retrocediendo un paso.

Pero tropecé con mis propias piernas, que ya no me sostenían, y el mundo me dio una vuelta violenta. Kai me atrapó antes de que cayera y me levantó en brazos, sin pedirme permiso; esta vez no luché, porque ya no me quedaba nada de fuerza. Apoyé la cabeza contra su pecho, sin quererlo, y escuché cómo le latía el corazón, rápido, casi tan rápido como el mío.

—Llévala arriba —dijo Kael—. Que Daria le lleve mantas y algo caliente. Por ahora, mientras se calma, la puerta de su cuarto se queda con llave.

—Fue un descuido, Kael —respondió Kai—. Daria salió a buscar la escoba y no alcanzó a cerrar.

—Lo sé. Que no vuelva a pasar. —Kael me miró un segundo, sin una pizca de enojo.

Subimos las escaleras en silencio. Yo miraba el techo con los ojos secos, ardiéndome, mientras Kai me llevaba por el pasillo. Cuando entramos a la habitación me dejó sobre la cama con una delicadeza que me dio náuseas, y se quedó mirando mis pies enrojecidos, con la piel pálida y las uñas casi moradas.

—Voy a decirle a Daria que te traiga agua tibia para los pies —dijo, en voz baja—. No te muevas.

—¿Adónde voy a ir? —respondí, con una risa amarga que se me atoró en la garganta.

Él me miró un instante, como si quisiera decir algo, pero se limitó a cubrirme las piernas con la manta y a salir de la habitación. Escuché la llave girar en la cerradura y me quedé sola.

Me quedé quieta mucho rato. Los pies me dolían, pero el corazón me dolía más. Había llegado a la puerta, a la nieve, al aire de afuera, y de todas formas no había servido de nada. Aunque hubiera conseguido cruzar el jardín, no sabía cómo se decía «ayuda» en ruso, ni a quién pedírsela.

Pensé en papá. Pensé en él sentado en la sala de nuestra casa, rodeado de policías, firmando papeles con las manos temblorosas, buscándome en cada rincón de París sin saber que yo respiraba el mismo aire que mis secuestradores, a miles de kilómetros de distancia. Apreté la manta con los dos puños y me juré, entre las lágrimas, que no me iban a quebrar.

La puerta se abrió y entró Daria con una tina de agua tibia humeante, toallas y un par de calcetines gruesos. Venía con paso tranquilo y expresión seria, aunque me miró con amabilidad.

—Con su permiso —dijo, arrodillándose junto a la cama—. Esto le va a hacer bien.

Sumergió mis pies en el agua tibia con mucha suavidad. El calor me subió por las piernas como una caricia dolorosa, y yo cerré los ojos, agotada, sintiendo cómo las lágrimas me resbalaban otra vez por las mejillas.

—Gracias —murmuré, con la voz hecha trizas, y me sorprendió que me saliera sin rabia.

—No hay de qué, señorita —respondió ella, en voz baja.

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