Compartilhar

CAPÍTULO | 08

Autor: Kasia_SV
last update Data de publicação: 2026-08-25 02:23:05

Daria me secó los pies con una toalla suave, uno por uno, con una delicadeza que casi me hizo llorar otra vez. Me puso los calcetines gruesos, me subió la manta hasta la cintura y recogió la tina con cuidado.

—Voy a traerle algo caliente de comer —dijo, con voz tranquila—. No se duerma todavía, señorita; hace horas que no prueba nada.

—No tengo hambre.

—Pero el señor Kael dijo que usted tiene que comer, y cuando él dice algo, es mejor que se cumpla. —Se detuvo en la puerta un momento.

Salió, y escuché la llave girar. Me quedé mirando las cortinas, donde la franja de luz se había vuelto de un gris más oscuro, casi azul, y entendí que la tarde se estaba acabando. No sabía qué hora era, ni cuánto tiempo llevaba aquí, ni cuántas horas habían pasado desde que ese hombre me había apretado aquel trapo contra la cara.

Cerré los ojos un momento, solo un momento, y me quedé a medias entre el sueño y la vigilia, hasta que la llave volvió a sonar en la cerradura. Entró Daria con una bandeja grande.

—Le traje la cena, señorita —dijo, dejando la bandeja sobre la cómoda—. Pollo con puré de papas, verduras al vapor, pan recién hecho. Y té con miel, por si le duele la garganta.

—Gracias —murmuré, sin moverme de la cama.

Daria levantó la tapa del plato y el vapor subió en una nube pequeña. Yo aparté la vista. Olía bien, y precisamente por eso me dio rabia; me dio rabia que mi cuerpo siguiera teniendo hambre mientras mamá estaba muerta.

—¿Quiere que le acerque la bandeja a la cama?

—No. Déjala ahí.

—Pero señorita, tiene que…

—Déjala ahí, por favor —repetí, con la voz tan baja y tan cansada que Daria se quedó callada.

Asintió, con un gesto de preocupación, y volvió a tapar el plato. Se quedó un segundo más junto a la cómoda, como si fuera a decir algo, pero al final solo inclinó la cabeza y salió. La llave giró otra vez, y me quedé sola con la bandeja y con el vapor escapándose por los bordes de la tapa.

No la toqué. Me abracé las rodillas y me quedé mirando la pared, pensando en casa, en mamá tarareando bajito mientras revolvía la olla y en sus pantuflas arrastrándose por el piso. Pensé en Chloé sentada a mi lado en la biblioteca, subrayando mis apuntes con su marcador rosa, y se me cerró la garganta con tanta fuerza que tuve que abrir la boca para respirar. Tres años. Tres años de risas, de confidencias, de cafés fríos, de salidas, y todo había sido una mentira bien ensayada para entregarme. Yo sabía de quién era sobrina; sabía quiénes eran sus primos, y aun así le abrí la puerta de mi casa, porque jamás se me ocurrió que una amiga pudiera mirarme a los ojos y mentirme durante tres años.

Dos golpes suaves sonaron en la puerta. No dije nada. La llave giró y entró Kai, con una camiseta gris, el pantalón oscuro y el cabello todavía húmedo sobre la frente. Traía bajo el brazo un cuaderno de dibujo de t***s duras y una caja de madera, y se quedó parado a un paso de la puerta, mirando la bandeja tapada sobre la cómoda.

—No has comido.

No le contesté. Seguí mirando la pared.

—Mila, tienes que…

—Vete —dije, sin mirarlo.

—Te traje algo —insistió, con una suavidad que me crispó los nervios. Caminó hasta la mesita y dejó el cuaderno y la caja junto al vaso de agua—. Vi cómo mirabas mi cuadro en la galería, y pensé que quizá te ayudaría a distraerte. Hay lápices, carboncillos, pasteles. Todo nuevo.

—No lo quiero

.

—No tienes que usarlo ahora.

—No lo voy a usar nunca —escupí, girando la cabeza por fin para mirarlo—. ¿Crees que con unos lápices me vas a comprar? ¿Que voy a ponerme a dibujar flores mientras mi madre está muerta? Llévate eso.

Kai no se movió. No se enojó ni levantó la voz; solo me miró, con esos ojos azul gris que parecían doler más cuanto más claros se ponían.

—Lo dejo aquí —dijo, en voz baja—. Por si algún día lo quieres.

—Ese día no va a llegar.

—Entonces estará aquí igual. —Se quedó un segundo más, como esperando que dijera otra cosa, y al no obtener respuesta, miró la bandeja—. Al menos prueba el pan. Daria lo hornea ella misma.

—No me digas qué tengo que hacer.

—Está bien. —Levantó las manos, rindiéndose—. No te digo nada.

Salió, y la llave giró otra vez. Me quedé con la respiración agitada, mirando la caja de madera sobre la mesita, y sentí unas ganas enormes de tirarla contra la pared, como había hecho con el jarrón. Pero no me moví. Si la tiraba, sabrían que me importaba.

Me bajé de la cama con los calcetines gruesos y caminé hasta la ventana. Aparté un poco la cortina con dos dedos, solo una rendija, y vi mi propio reflejo en el cristal, pálido y despeinado, sobre un fondo negro. No distinguí nada del exterior; ni árboles ni muro ni luces. Solo noche. Dejé caer la cortina y me quedé quieta, con las manos apoyadas en la tela pesada.

La puerta se abrió de nuevo, sin que yo hubiera oído pasos. Esta vez era Kael. Se quedó en el umbral, con las manos en los bolsillos del pantalón y la camisa negra abierta en el cuello, mirándome como si midiera cuánto había cambiado desde que me había visto en la escalera.

—Daria dice que no quisiste cenar.

—No tengo hambre.

—Eso no fue una pregunta. —Su mirada pasó por la bandeja, luego por la caja de madera, y volvió a mí—. Kai me dijo que rechazaste lo que te trajo.

—Dile que no me interesa nada de lo que me den ustedes.

—Se lo diré. —No pareció molesto; era como si hubiera esperado exactamente esa respuesta—. Mañana desayunarás con nosotros. Abajo, en el comedor. Daria vendrá por ti.

—No voy a bajar.

—Bajarás. —Lo dijo sin alzar la voz, sin una pizca de amenaza, igual que habría dicho que mañana saldría el sol—. Puedes bajar caminando, o puedo venir yo a buscarte. Tú eliges.

Lo miré con todo el odio que me cabía en el cuerpo. Él me sostuvo la mirada sin parpadear, y fui yo quien apartó los ojos primero, con una rabia que me ardía en la garganta.

—¿Y después? —pregunté al fin, con la voz más baja de lo que quería—. ¿Me van a tener encerrada en este cuarto para siempre?

—No —respondió, y por un segundo me sorprendió que contestara en serio—. La puerta tiene llave por ahora, porque acababas de llegar y porque intentaste huir. Pero no pienso tenerte en esta habitación el resto de tu vida, Mila. Esta es tu casa también; lo que hagas con ella depende de ti.

—Mi casa está en París.

—Tu casa está donde estemos nosotros —dijo, sin dureza, aunque cada palabra me cayó encima como una piedra—. Que descanses, Mila.

Cerró la puerta. Escuché la llave, y sus pasos alejándose por el pasillo, lentos y seguros.

Me quedé de pie en medio de la habitación, temblando de rabia. Al cabo de un rato volví a la cama, me tapé hasta la barbilla y apagué la lámpara con un manotazo. A oscuras, con la mirada fija en el techo, pensé en papá, en la casa vacía de París, en el sillón donde se quedaría dormido sin quitarse la placa, esperando una llamada.

Y por primera vez desde que desperté en aquella casa, no lloré. Me quedé mirando la oscuridad, con los ojos secos y los puños cerrados, hasta que el cansancio me venció.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 56

    Y sobre un pintor que Cordelia había conocido en su juventud y que ahora exponía en alguna galería europea. Chloé se levantó poco después, despidiéndose con un gesto ligero hacia la mesa entera. —Que disfrutes tu día de pintura —me dijo, deteniéndose un instante a mi lado antes de salir—. Espero ver algo bueno cuando termines. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la cordialidad saliera sin ningún esfuerzo adicional, mientras ella se alejaba con ese paso tranquilo tan suyo hacia el resto de la casa. Terminamos de desayunar poco después, y Kai se puso de pie, tendiéndome la mano con una sonrisa impaciente. —¿Lista para irnos? —preguntó, sin soltarme los dedos. —Lista —respondí, poniéndome de pie también. Salimos juntos hacia la entrada principal, donde Kai tomó las llaves de mi auto nuevo del cuenco sobre la credenza antes de que pudiera adelantármele. —¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó, con una ceja alzada y una sonrisa traviesa. —Manejo yo —respondí, arrebatándole las llave

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 55

    Desperté envuelta en un brazo pesado y un aroma que reconocí de inmediato, limpio y ligeramente dulce, inconfundiblemente de Kai. Sentí su respiración pausada contra mi nuca antes incluso de abrir los ojos del todo, su brazo todavía cruzado sobre mi cintura con esa pesadez tibia de quien duerme profundo y sin ninguna prisa por soltar lo que tiene cerca. Me quedé quieta un momento, disfrutando de ese calor que me envolvía entera, escuchando el murmullo lejano del agua corriendo en el baño contiguo. Me giré despacio entre las sábanas, cuidando de no despertarlo todavía, y me encontré de frente con su rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Alcé la mano con cuidado y se lo aparté, dejando que mis dedos se demoraran un instante sobre su piel tibia. —Mmm —murmuró él, sin abrir los ojos del todo, atrapando mi mano contra su mejilla con una sonrisa perezosa dibujándosele en los labios—. Si sigues haciendo eso, no voy a quer

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 54

    Sentía la tensión acumulándose de forma insoportable en cada rincón de mi cuerpo, una marea febril que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras las curvas cerradas del camino hacían que nuestros cuerpos se acoplaran todavía más en una entrega total que desafiaba la lógica y las normas del mundo exterior. ​Cuando el auto finalmente cruzó las pesadas puertas de hierro forjado de la residencia y se detuvo con suavidad frente a la escalinata de mármol blanco, el silencio majestuoso y severo de la mansión nos envolvió como una promesa oscura. El contraste entre el frío exterior de la madrugada moscovita y el calor denso y febril acumulado en el vehículo se desvaneció por completo en cuanto las puertas se abrieron y el aire silencioso de la propiedad nos recibió, recordándonos que habíamos vuelto a nuestra jaula de oro. ​Kai descendió primero del vehículo con una agilidad felina, abriendo la puerta trasera con una calma absoluta y una sonrisa socarrona para ayudarnos a baja

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 53

    ​El eco apagado de la música y los destellos de neón del club clandestino quedaron definitivamente atrás en cuanto cruzamos las puertas hacia la fría y solitaria madrugada de Moscú. El contraste con el calor denso del interior fue inmediato, un golpe de aire helado que me hizo estremecer apenas una fracción de segundo antes de que la presencia imponente de los gemelos volviera a atraparme por completo, aislándome del resto del mundo. ​Caminamos los tres en absoluta sincronía hacia el auto que aguardaba estacionado junto a la acera desierta. En cuanto nos acercamos lo suficiente, Kai se tomó su tiempo con una calma deliberada y exasperante, regalándome una mirada cargada de promesas mudas antes de abrir la puerta del conductor y acomodarse al volante. Relajó los hombros con la confianza absoluta de quien sabe perfectamente el descontrol que va a provocar, mientras Kael, con un movimiento seco y autoritario, me abría la puerta trasera para que subiera y él subió detrás de mí. ​Antes d

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 52

    —Esto es precioso —dije, girándome hacia Kael con una sonrisa sincera—. ¿Cómo encontraron un lugar así? —Mi padre lo conoce desde hace años —respondió él, sirviendo el champán en tres copas altas—. Solo entran quienes tienen una invitación directa. Pensamos que sería el lugar perfecto para empezar la noche. Un mesero apareció apenas unos segundos después, dejando sobre la mesa una bandeja pequeña con bocadillos delicados: blinis con caviar, tartaletas diminutas de salmón ahumado y copas pequeñas rellenas de algo cremoso y dulce que no supe identificar del todo, aunque el primer bocado me dejó un sabor a miel y a algo parecido al pistacho flotando en el paladar. Probé un poco de cada cosa entre risas ligeras, disfrutando de la música que se colaba amortiguada desde el otro lado de la cortina, entre alguna anécdota de Kai sobre un cuadro que había arruinado sin querer de niño y alguna corrección seca pero cariñosa de Kael sobre los detalles exactos de aquella historia. —Gracias por e

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 51

    El aire frío me golpeó el rostro apenas Kai apartó las manos de mis ojos, y por un segundo entero no supe qué hacer con lo que tenía enfrente. Un auto descapotable, de un rojo profundo que brillaba bajo las luces del jardín, esperaba estacionado justo al pie de la escalinata, con un lazo dorado enorme atado alrededor del capó como si fuera un regalo envuelto a última hora. —¿Esto es...? —empecé, sin terminar la frase, girándome hacia los dos con los ojos bien abiertos. —Es tuyo, Mila —dijo Kai, con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero, dando un paso adelante para apoyar la mano sobre el techo del auto con un orgullo que no intentaba disimular—. Completamente tuyo. Nadie más lo ha tocado. Kael se acercó por mi otro costado, sacando de su bolsillo un juego de llaves atado con una cinta pequeña, y me las colocó despacio sobre la palma, cerrándome los dedos alrededor de ellas con una calidez que contrastaba con la seriedad habitual de su rostro. —Feliz cumpleaños, otra vez

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status