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CAPÍTULO | 06

작가: Kasia_SV
last update 게시일: 2026-08-25 02:19:44

El cielo ya se había teñido de un azul oscuro salpicado de nubes bajas, y las farolas de la calle empezaban a encenderse una por una a medida que avanzábamos. Caminamos varias calles conversando sobre la exposición, sobre las esculturas de Kael y los cuadros de Kai, sobre lo curioso que resultaba que una sola familia manejara tanto talento bajo un mismo techo.

—Lo que más me sorprendió fue lo distintos que son entre ellos, a pesar de ser gemelos —comentó Chloé, subiéndose el cuello del abrigo para protegerse del viento—. Uno parece de piedra y el otro de fuego.

—Buena forma de describirlo —dije, riendo mientras metía las manos en los bolsillos de mi propio abrigo—. Aunque supongo que ser gemelo no significa ser igual en todo.

Chloé iba en medio de mis padres, riendo con cada comentario de papá, y por un momento sentí que encajaba con nosotros como si llevara años siendo parte de las cenas familiares. Mamá le preguntaba sobre sus planes después de graduarse, papá bromeaba sobre lo poco que sabía distinguir un óleo de una acuarela, y las risas se mezclaban con el eco de nuestros pasos sobre el empedrado.

Llegamos al departamento poco después, todavía con las mejillas rojas por el frío y el buen humor instalado entre los cuatro. Mamá se apresuró a la cocina para empezar a sacar ingredientes, mientras papá colgaba los abrigos en el perchero de la entrada y Chloé se acomodaba en el sofá de la sala, observando con curiosidad las fotografías familiares que decoraban las paredes.

—Tienen una casa preciosa —comentó, señalando un retrato antiguo—. ¿Esa eres tú, Mila? Te ves diminuta.

—Tenía cinco años en esa foto, no seas cruel —bromeé, sentándome a su lado mientras desde la cocina llegaba el sonido de ollas y el aroma de algo que mamá ya había puesto a calentar.

—Y esa de allá es del día de su primera exposición escolar —agregó mamá desde la cocina, asomando la cabeza por el arco de la puerta con una sonrisa nostálgica—. Lloró tanto de la emoción que casi arruina el dibujo con las lágrimas.

—¡Mamá! —protesté, sintiendo que el calor me subía a las mejillas mientras Chloé soltaba una carcajada a mi lado.

—Es adorable, no te avergüences —dijo ella, todavía riendo, dándome un empujón cariñoso en el hombro.

Papá pasó junto a nosotras con una bandeja de quesos que había sacado del refrigerador, dejándola sobre la mesa de centro antes de guiñarnos un ojo.

—Para que vayan picando algo mientras se hace la cena de verdad —dijo, sirviéndose él mismo un pedazo antes de que Chloé pudiera protestar por la confianza.

—Este hombre siempre encuentra la excusa perfecta para comer antes de tiempo —se quejó mamá desde la cocina, sin poder ocultar la risa en su voz.

—Y esta mujer siempre encuentra la excusa perfecta para quejarse de mí —le respondió papá, alzando la voz lo suficiente para que lo escuchara, ganándose una risa general de las tres.

Nos quedamos un rato más picando queso y conversando sobre trivialidades, sobre las clases de la próxima semana, sobre un profesor que Chloé imitaba con una precisión que nos hizo llorar de la risa.

Papá se acercó a la mesa del comedor para empezar a poner los platos, tarareando algo por lo bajo, cuando su teléfono empezó a sonar dentro del bolsillo de su pantalón. Lo sacó, revisó la pantalla y su expresión cambió de golpe, pasando del buen humor de hacía un momento a una seriedad que todos notamos de inmediato.

—Es de la comisaría —anunció, alejándose un par de pasos para contestar—. Dame un segundo.

Escuchamos fragmentos de la conversación desde la sala: su voz baja pero firme, algunas palabras sueltas sobre un caso urgente, la mención de que necesitaban refuerzos esa misma noche en un operativo que no podía esperar hasta el día siguiente. Cuando colgó, su rostro ya tenía esa expresión que todas conocíamos bien, la de cuando el deber se imponía sobre cualquier otro plan.

—Lo siento, tengo que irme —dijo, ya caminando hacia el perchero para tomar su abrigo—. Surgió algo en la comisaría y necesitan que vaya de inmediato, no puedo dejarlo pasar.

—¿Ahora mismo? —preguntó mamá, asomándose desde la cocina con el delantal puesto y una expresión de fastidio suave—. Justo cuando íbamos a cenar los cuatro.

—Ya sabes cómo es esto, Colette —respondió él, acercándose para darle un beso rápido en la frente—. Prométanme que van a cenar sin esperarme, y guárdenme un plato para cuando vuelva.

—Siempre es lo mismo contigo, Henry —dijo mamá, aunque su tono ya se había suavizado, resignada como quien ha repetido la misma escena demasiadas veces como para seguir molestándose de verdad—. Anda, ve, no quiero que te regañen por mi culpa.

—Ten cuidado, papá —le dije, levantándome del sofá para despedirme con un abrazo—. No tardes mucho.

—Intentaré volver antes de que se acaben el postre —bromeó, revolviéndome el cabello como cuando era niña antes de girarse hacia Chloé—. Fue un placer tenerte en casa, espero verte pronto de nuevo.

—El placer fue mío, gracias por insistir tanto —respondió ella con una sonrisa sincera, despidiéndose con la mano.

—Espero que atrapen al culpable rápido, para que puedas volver pronto —agregué, sosteniendo la puerta abierta mientras él terminaba de acomodarse la bufanda alrededor del cuello.

—Con suerte estaré de vuelta antes de que se enfríe la cena —respondió, guiñándome un ojo—. Aunque ya conoces a tu madre, seguro me guarda el plato en el refrigerador de todas formas.

—La próxima vez que vengas, prometo contarte más historias vergonzosas de esta —agregó papá, señalándome con el pulgar mientras se acomodaba el cuello del abrigo.

—Cuento con ello —respondió Chloé entre risas, despidiéndolo con un gesto desde el sofá.

Papá salió por la puerta principal con paso apresurado, y el sonido de sus pasos bajando las escaleras del edificio se fue apagando poco a poco hasta desaparecer por completo. Mamá suspiró desde la cocina, sacudiendo la cabeza con esa mezcla de resignación y cariño que solo dan los años de estar casada con un policía, y volvió a concentrarse en la cena.

—Bueno, chicas, parece que somos solo nosotras tres esta noche —dijo, asomándose de nuevo con una sonrisa que le devolvía el buen ánimo al ambiente—. Vengan a ayudarme con la mesa mientras termino esto, así aprovechamos para seguir contándonos cosas.

—Espero que no te moleste que me haya quedado, Colette —dijo Chloé —. La verdad es que no esperaba pasar la noche así, pero me encantó.

—Al contrario, cariño, aquí siempre eres bienvenida —respondió mamá, entregándole un delantal de más que guardaba colgado junto al de ella—. Cualquier amiga de Mila es bienvenida en esta casa, no lo dudes nunca.

Chloé y yo nos levantamos del sofá y caminamos hacia la cocina, atándonos los delantales entre risas mientras mamá nos repartía tareas: a mí me tocó picar las verduras, a Chloé remover la salsa que ya empezaba a burbujear en la olla. Mamá puso un poco de música de fondo, algo suave que solía escuchar mientras cocinaba, y las tres terminamos cantando fragmentos de la canción sin acordarnos bien de la letra, riendo cada vez que alguna se equivocaba con las palabras.

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