로그인No sé cuánto tiempo pasé así, abrazada a mis rodillas, con la cara hundida entre los brazos. Cuando por fin levanté la cabeza, la franja de luz gris que se colaba por las cortinas se había movido unos centímetros sobre la alfombra; los pedazos de cristal brillaban entre las rosas, y el agua había dejado una mancha oscura en el empapelado.
Me limpié la cara con la manga de la blusa negra, la misma de la galería, que todavía olía a la salsa de mamá, y me quedé quieta. Entonces escuché pasos al otro lado de la puerta, ligeros y rápidos, y después el giro de una llave en la cerradura. La puerta se abrió despacio. Entró una chica con una bandeja entre las manos y una bolsa de tela colgada del codo; llevaba un vestido gris con delantal blanco y el cabello castaño recogido en una trenza floja, y no pasaría de los veintiocho años. Apenas dio dos pasos, se detuvo y recorrió con la mirada el suelo, las rosas desparramadas y la pared manchada. —Con permiso —dijo, en un francés con acento ruso, sin perder la calma—. Me llamo Daria. Trabajo en la casa. El señor Kael me pidió que le trajera comida y ropa limpia. —No te acerques —le advertí, con la voz rota. —No pienso hacerle nada. —Dejó la bandeja sobre la cómoda con mucho cuidado—. Solo vengo a ayudarla. —No quiero nada de ellos. —Lo entiendo. —Su tono era suave, casi maternal, aunque era mucho más joven que mamá—. Pero hace horas que no come, y yo no puedo irme sin que pruebe aunque sea un poco. Miré la bandeja: sopa humeante, pan, una taza de té y un plato con fruta cortada. El olor me revolvió el estómago, y aun así las tripas me crujieron, porque lo único que había probado era un poco de la salsa de mamá, antes de que todo se rompiera. Me acordé de su plato sobre la mesa, todavía caliente, y tuve que apretar los labios para no llorar otra vez. —¿Tú sabes lo que me hicieron? —pregunté. Daria tardó un momento en contestar; cuando lo hizo, habló bajito, sin apartar los ojos de mí. —Sé que llegó dormida, en brazos del señor Kai, y que nadie debe molestarla. Eso es todo lo que me han dicho. Sacó de la bolsa un camisón blanco, una bata de lana y unas pantuflas, y lo dejó todo sobre el sillón, doblado con tanta pulcritud que me dieron ganas de llorar. Después volvió a mirar el cristal roto y asintió, como quien ya sabe cómo resolver un problema. —Voy por la escoba y el recogedor, antes de que alguien lo vea y piense que se hizo daño. No se mueva de la cama, por favor; hay vidrio por todas partes. Salió con prisa. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y me quedé mirando la puerta, esperando el clic de la llave; esperé, y esperé, pero nunca llegó. Pasaron diez segundos, luego veinte, y la puerta seguía ahí, entornada, con una rendija de luz amarilla colándose desde afuera. Daria había salido tan rápido a buscar la escoba y el recogedor que no la había cerrado. Me quedé quieta, con el corazón golpeándome el pecho. Una parte de mí quería seguir en la cama, hecha un ovillo, llorando hasta no sentir nada; pero otra, más fuerte, pensaba en papá abriendo la puerta de nuestra casa y encontrándola vacía, y no soportaba la idea de quedarme encerrada mientras él me buscaba sin saber dónde. Me puse las pantuflas, porque no quería pisar el vidrio, y caminé de puntillas esquivando los pedazos más grandes. Apoyé la mano en la puerta; la madera estaba fría. Empujé apenas unos centímetros y asomé la cabeza. Era un pasillo corto, con alfombra color vino, lámparas de pared de luz cálida y marcos dorados con paisajes oscuros. Había tres puertas cerradas, y al fondo, un ventanal alto por donde entraba la luz pálida del día. A la derecha estaban las escaleras. Salí. Pegué la espalda a la pared y avancé despacio, con las manos abiertas sobre el empapelado, hasta llegar al ventanal. Me temblaban las rodillas, y cada paso me sonaba como un trueno, aunque la alfombra se tragaba el ruido. Afuera nevaba despacio. Debajo se extendía un jardín blanco, con senderos despejados y árboles pelados, y más allá, un muro de piedra altísimo con un portón de hierro negro. Frente al portón había una camioneta oscura y dos hombres de abrigo largo. No se veían calles, solo nieve y un bosque detrás del muro. Por la luz, parecía media tarde, aunque no podía asegurarlo. Apoyé la frente contra el cristal helado e intenté abrir el ventanal, pero la manija no cedió; entonces recordé lo que había dicho Kael: las ventanas no se abrían. Me di la vuelta y caminé hacia la escalera con las piernas flojas. Al acercarme, escuché voces abajo; el sonido subía por el hueco de la escalera sin ningún esfuerzo. Eran dos voces masculinas, una grave y pausada, la otra más rápida, hablando en ruso. Reconocí el tono de Kael, y un segundo después el de Kai. Me agaché junto al barandal y me asomé entre los barrotes. Abajo había un recibidor de suelo de mármol blanco y negro, con un perchero de latón y una lámpara colgando del techo. Al fondo estaban las puertas dobles de la entrada, cerradas. A la izquierda se veía la puerta abierta de un comedor. Las puertas de la entrada estaban a unos quince pasos de la escalera. Yo no tenía abrigo, ni bolso, ni idea de dónde estaba, y lo único que llevaba en los pies eran unas pantuflas de tela; solo sabía que afuera había hombres vigilando el portón, un muro altísimo y un jardín cubierto de nieve. Pensé en volver al cuarto antes de que Daria regresara; pensé en mamá, y en que ya nada de lo que me pasara iba a devolvérmela. Estaba a punto de levantarme cuando una de las voces se detuvo de golpe. Los pasos que se acercaban al pie de la escalera eran lentos, tranquilos, y yo me quedé congelada con la mano agarrada al barandal. Kael apareció en el recibidor. Llevaba la camisa negra de antes, levantó la vista hacia la escalera sin sorpresa, como si ya supiera que yo estaba ahí, y sus ojos azul gris se clavaron en los míos. —¿Ya viste suficiente? —preguntó, sin alzar la voz. Se me secó la boca. Apreté los dedos contra la madera y no pude decir nada. —Vuelve a tu cuarto, Mila. —Puso un pie en el primer escalón. —No me voy a quedar ahí encerrada —logré decir. —Entonces te quedarás ahí parada, agarrada al barandal, hasta que te canses. —Subió otro escalón, despacio, y se detuvo—. Pero tampoco voy a dejar que bajes. Me quedé inmóvil, con el pulso golpeándome en los oídos y los nudillos blancos sobre la madera, mirándolo desde arriba sin atreverme a dar un paso hacia ningún lado.Y sobre un pintor que Cordelia había conocido en su juventud y que ahora exponía en alguna galería europea. Chloé se levantó poco después, despidiéndose con un gesto ligero hacia la mesa entera. —Que disfrutes tu día de pintura —me dijo, deteniéndose un instante a mi lado antes de salir—. Espero ver algo bueno cuando termines. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la cordialidad saliera sin ningún esfuerzo adicional, mientras ella se alejaba con ese paso tranquilo tan suyo hacia el resto de la casa. Terminamos de desayunar poco después, y Kai se puso de pie, tendiéndome la mano con una sonrisa impaciente. —¿Lista para irnos? —preguntó, sin soltarme los dedos. —Lista —respondí, poniéndome de pie también. Salimos juntos hacia la entrada principal, donde Kai tomó las llaves de mi auto nuevo del cuenco sobre la credenza antes de que pudiera adelantármele. —¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó, con una ceja alzada y una sonrisa traviesa. —Manejo yo —respondí, arrebatándole las llave
Desperté envuelta en un brazo pesado y un aroma que reconocí de inmediato, limpio y ligeramente dulce, inconfundiblemente de Kai. Sentí su respiración pausada contra mi nuca antes incluso de abrir los ojos del todo, su brazo todavía cruzado sobre mi cintura con esa pesadez tibia de quien duerme profundo y sin ninguna prisa por soltar lo que tiene cerca. Me quedé quieta un momento, disfrutando de ese calor que me envolvía entera, escuchando el murmullo lejano del agua corriendo en el baño contiguo. Me giré despacio entre las sábanas, cuidando de no despertarlo todavía, y me encontré de frente con su rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Alcé la mano con cuidado y se lo aparté, dejando que mis dedos se demoraran un instante sobre su piel tibia. —Mmm —murmuró él, sin abrir los ojos del todo, atrapando mi mano contra su mejilla con una sonrisa perezosa dibujándosele en los labios—. Si sigues haciendo eso, no voy a quer
Sentía la tensión acumulándose de forma insoportable en cada rincón de mi cuerpo, una marea febril que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras las curvas cerradas del camino hacían que nuestros cuerpos se acoplaran todavía más en una entrega total que desafiaba la lógica y las normas del mundo exterior. Cuando el auto finalmente cruzó las pesadas puertas de hierro forjado de la residencia y se detuvo con suavidad frente a la escalinata de mármol blanco, el silencio majestuoso y severo de la mansión nos envolvió como una promesa oscura. El contraste entre el frío exterior de la madrugada moscovita y el calor denso y febril acumulado en el vehículo se desvaneció por completo en cuanto las puertas se abrieron y el aire silencioso de la propiedad nos recibió, recordándonos que habíamos vuelto a nuestra jaula de oro. Kai descendió primero del vehículo con una agilidad felina, abriendo la puerta trasera con una calma absoluta y una sonrisa socarrona para ayudarnos a baja
El eco apagado de la música y los destellos de neón del club clandestino quedaron definitivamente atrás en cuanto cruzamos las puertas hacia la fría y solitaria madrugada de Moscú. El contraste con el calor denso del interior fue inmediato, un golpe de aire helado que me hizo estremecer apenas una fracción de segundo antes de que la presencia imponente de los gemelos volviera a atraparme por completo, aislándome del resto del mundo. Caminamos los tres en absoluta sincronía hacia el auto que aguardaba estacionado junto a la acera desierta. En cuanto nos acercamos lo suficiente, Kai se tomó su tiempo con una calma deliberada y exasperante, regalándome una mirada cargada de promesas mudas antes de abrir la puerta del conductor y acomodarse al volante. Relajó los hombros con la confianza absoluta de quien sabe perfectamente el descontrol que va a provocar, mientras Kael, con un movimiento seco y autoritario, me abría la puerta trasera para que subiera y él subió detrás de mí. Antes d
—Esto es precioso —dije, girándome hacia Kael con una sonrisa sincera—. ¿Cómo encontraron un lugar así? —Mi padre lo conoce desde hace años —respondió él, sirviendo el champán en tres copas altas—. Solo entran quienes tienen una invitación directa. Pensamos que sería el lugar perfecto para empezar la noche. Un mesero apareció apenas unos segundos después, dejando sobre la mesa una bandeja pequeña con bocadillos delicados: blinis con caviar, tartaletas diminutas de salmón ahumado y copas pequeñas rellenas de algo cremoso y dulce que no supe identificar del todo, aunque el primer bocado me dejó un sabor a miel y a algo parecido al pistacho flotando en el paladar. Probé un poco de cada cosa entre risas ligeras, disfrutando de la música que se colaba amortiguada desde el otro lado de la cortina, entre alguna anécdota de Kai sobre un cuadro que había arruinado sin querer de niño y alguna corrección seca pero cariñosa de Kael sobre los detalles exactos de aquella historia. —Gracias por e
El aire frío me golpeó el rostro apenas Kai apartó las manos de mis ojos, y por un segundo entero no supe qué hacer con lo que tenía enfrente. Un auto descapotable, de un rojo profundo que brillaba bajo las luces del jardín, esperaba estacionado justo al pie de la escalinata, con un lazo dorado enorme atado alrededor del capó como si fuera un regalo envuelto a última hora. —¿Esto es...? —empecé, sin terminar la frase, girándome hacia los dos con los ojos bien abiertos. —Es tuyo, Mila —dijo Kai, con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero, dando un paso adelante para apoyar la mano sobre el techo del auto con un orgullo que no intentaba disimular—. Completamente tuyo. Nadie más lo ha tocado. Kael se acercó por mi otro costado, sacando de su bolsillo un juego de llaves atado con una cinta pequeña, y me las colocó despacio sobre la palma, cerrándome los dedos alrededor de ellas con una calidez que contrastaba con la seriedad habitual de su rostro. —Feliz cumpleaños, otra vez







