FAZER LOGINPasé el resto de la tarde en la biblioteca, hundida en un libro nuevo que había encontrado entre los estantes, con una taza de té humeante sobre la mesita a mi lado. Kai apareció un par de horas después, dejándose caer en el sillón frente al mío con un cuaderno de bocetos entre las manos, aunque no pasó mucho tiempo antes de que se levantara y se sentara junto a mí en mi propio sillón, pasando un brazo por encima de mis hombros mientras yo apoyaba la cabeza contra su pecho y seguía leyendo con el libro abierto sobre las piernas.
—¿Puedo ver? —le pregunté en algún momento, señalando el cuaderno que había dejado sobre la mesita. Kai lo tomó y lo abrió despacio, mostrándome un boceto a lápiz que reconocí de inmediato como mi propio rostro, dibujado con una suavidad que me apretó el pecho de una forma que no supe interpretar del todo. —Es hermoso —murmuré, sintiendo que la voz me salía más baja de lo que esperaba. —Tú eres hermosa —respondió él, con una sinceridad tan simple que no dejaba espacio para ninguna duda, dejando el cuaderno a un lado para acunarme el rostro entre las manos—. Yo solo intento hacerte justicia con el lápiz. Me incliné hacia él y lo besé despacio, dejando que sus manos se enredaran en mi cabello mientras el libro terminaba abandonado sobre el sillón, y nos quedamos así un buen rato, envueltos en el silencio cálido de la biblioteca, entre besos breves y risas bajas cada vez que alguno de los dos se apartaba solo para volver a acercarse un segundo después. El reloj sobre la chimenea marcaba ya las siete cuando Daria apareció en el umbral de la biblioteca, con las manos entrelazadas al frente y esa postura recta e impecable que la acompañaba siempre. —Disculpen la interrupción —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Kael pregunta si pueden bajar al vestíbulo. Dice que es importante. Kai y yo intercambiamos una mirada breve, y cerré el libro despacio, marcando la página con la misma cinta de tela que ya usaba desde hacía semanas, antes de ponerme de pie y seguirlo hacia la salida, todavía con su mano entrelazada con la mía. Encontramos a Kael esperando al pie de la escalera, con una expresión seria que no le había visto en toda la tarde. —Nuestros padres quieren reunir a toda la familia esta noche en la casa principal —anunció, sin ningún rodeo—. Chloé también va a estar ahí. Es una reunión formal, así que tenemos que arreglarnos bien. El auto nos espera en media hora. Sentí que el estómago se me apretaba de golpe ante la mención de Chloé, un nudo helado que me subió desde el vientre hasta la garganta, aunque me obligué a mantener el rostro tranquilo, recordando la calma que había perfeccionado durante todo un mes de práctica constante. Kael pareció notar el cambio de inmediato, porque se acercó y me sostuvo el rostro entre las manos con la misma firmeza cuidadosa de siempre. —Vas a estar bien —dijo, con una suavidad poco habitual en su voz, dejando un beso corto sobre mi frente—. Nosotros vamos a estar ahí contigo. —¿Sabes de qué se trata la reunión? —pregunté, intentando que la pregunta sonara ligera, casi casual. —No con seguridad —respondió Kael, aunque algo en la forma en que evitó sostenerme la mirada del todo me dijo que quizás sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir frente a mí—. Pero conociendo a mis padres, no creo que sea una reunión cualquiera. —Ve a cambiarte —añadió Kai, dejando un beso breve sobre mi mano antes de soltarla—. Algo elegante. Esta noche importa. Subí a mi habitación con el pulso un poco más rápido de lo que hubiera querido admitir, y me bañé rápido, dejando que el agua caliente me quitara de encima el cansancio acumulado durante el día entero. Envolví mi cuerpo con la toalla y me senté frente al espejo del tocador para secarme el cabello, peinándolo después con la raya en medio y dejando que las ondas suaves y naturales cayeran sobre mis hombros, enmarcando mi rostro de una forma relajada que combinaba a la perfección. Abrí el armario de par en par y elegí una blusa blanca de cuello alto, con detalles fruncidos alrededor del cuello y unas mangas abullonadas, ajustadas en los puños, que le daban al conjunto un aire romántico apenas se movían. Encima me puse un minivestido negro de tirantes anchos y escote cuadrado, ceñido en la cintura alta y con una falda corta de vuelo en línea A que se balanceaba suave con cada paso que daba. Me subí unas medias largas y tupidas de color negro, y calcé unos zapatos de tacón alto en punta, satinados, que alargaban la silueta entera de mis piernas. Terminé de maquillarme con manos firmes, acentuando el contraste de mis ojos con un poco de rímel y coloreando mis labios con un tono oscuro que combinaba con el resto del conjunto, y tomé un bolso de mano pequeño y estructurado antes de bajar de nuevo hacia el vestíbulo, donde Kael y Kai ya me esperaban junto a la puerta principal, vestidos con trajes cruzados de doble botonadura que les otorgaban una elegancia casi imponente. Kael llevaba un chaleco negro ajustado bajo el saco, una camisa gris oscuro y una corbata ancha de seda negra anudada con precisión, con un pañuelo blanco asomando apenas del bolsillo del pecho. Kai, a su lado, vestía un conjunto similar, con una camisa en tono carbón que contrastaba sutilmente contra la sobriedad del negro. —Te ves preciosa —dijo Kai apenas me vio bajar, extendiendo la mano hacia mí con una sonrisa que se le desbordaba en cada gesto. —Ustedes tampoco se ven mal —respondí, dejando que una risa suave se me escapara mientras tomaba su mano y bajaba los últimos escalones. Kael me observó en silencio unos segundos más, con esa media sonrisa torcida que ya conocía tan bien, recorriéndome de arriba abajo con una lentitud que ya no me hacía sentir tan expuesta como antes, antes de acercarse y dejar un beso suave sobre mis labios. —Ese vestido te sienta perfecto —murmuró contra mi boca—. Vamos, el auto ya debe estar esperando afuera. Salimos los tres juntos hacia la entrada, y Kai me tomó de una mano mientras que Kael nos siguió por detrás, caminando así hacia el auto que ya nos esperaba con el motor encendido sobre el camino de grava. Me acomodé en el asiento trasero entre los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos a cada lado del mío mientras el vehículo avanzaba despacio hacia la casa principal, apenas unos minutos por el mismo camino que separaba ambas propiedades, y aunque una parte de mí seguía disfrutando de la calidez que ambos me regalaban sin ningún esfuerzo, otra parte, mucho más pequeña y mucho más fría, contaba en silencio cada minuto que nos acercaba a la mansión, preguntándose qué clase de anuncio ameritaba reunir a la familia entera un jueves cualquiera, y qué papel me tocaría representar esa noche frente a todos ellos, con Chloé sentada al otro lado de la mesa por primera vez desde la mañana en que le arrojé el jarrón.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







