MasukEl auto se detuvo frente a la casa principal apenas unos minutos después de salir. La fachada se alzaba imponente bajo la luz cálida de los faroles exteriores, con sus ventanales altos iluminados desde adentro y las columnas de piedra flanqueando la puerta principal como si llevaran generaciones enteras dándole la bienvenida a quien cruzara ese umbral.
Kai bajó primero del auto y me tendió la mano con esa sonrisa suya que nunca terminaba de apagarse del todo, ayudándome a salir con un gesto tan galante que me arrancó una risa suave sin que tuviera que fingirla demasiado. Kael rodeó el vehículo por detrás, acomodándose el saco con calma antes de colocarse a mi otro lado y ofrecerme el brazo como si fuéramos a entrar a un baile de otro siglo. —Milady —dijo, con un tono burlón que dulcificaba por completo la solemnidad de sus palabras, e hizo una reverencia pequeña y absurda que me sacó una carcajada de verdad. —Qué caballero tan repentino —le respondí, tomando su brazo y dejando que me guiara hacia la entrada, con Kai caminando del otro lado, tan pegado a mi costado que apenas cabía un soplo de aire frío entre los dos. Caminamos así hacia las puertas dobles de madera oscura, ya abiertas por un hombre de traje que nos recibió con una inclinación breve de cabeza. —Buenas noches —saludó Kael, entregándole su abrigo sin detener el paso—. ¿Dónde están mis padres? —En el salón, señor —respondió el hombre, recibiendo también mi chal antes de hacerse a un lado para dejarnos pasar. El vestíbulo se abría frente a nosotros con su techo altísimo, del que colgaba una lámpara de cristal tallado, y una escalera doble que se curvaba hacia ambos lados del segundo piso. El aroma dulce de las flores frescas que Cordelia siempre mandaba a colocar junto a la entrada me llenó los pulmones apenas crucé el umbral, y por un instante pensé en mi madre, en sus manos manchadas de tierra mientras armaba ramos para clientes. Aparté el recuerdo con cuidado, guardándolo en algún rincón silencioso de mi pecho, y dejé que Kai me apretara la mano como si supiera exactamente cuándo hacerlo. —Por aquí —indicó él, guiándome con una mano suave sobre la espalda baja hacia el pasillo que conducía a la sala principal. Encontramos a Cordelia y Kalen ya instalados junto a la chimenea encendida, con copas de vino entre las manos, y a su lado, recostada con esa holgazanería tan particular suya, estaba Chloé, luciendo un vestido verde botella que le sentaba de maravilla. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo y un collar de perlas pequeñas alrededor del cuello, y levantó la vista apenas me vio entrar, sosteniéndome la mirada con una tranquilidad que me heló la piel por dentro. Sonreí de todas formas, tal como había aprendido a hacerlo, y dejé que esa sonrisa cubriera cualquier rastro de lo que en verdad sentía al verla ahí, tan cómoda, como si nada hubiera pasado nunca. —Ahí están —exclamó Cordelia, poniéndose de pie con los brazos ya abiertos para recibirme—. Mila, querida, ven aquí, déjame verte bien. Me acerqué y me dejé envolver por su abrazo cálido, aspirando otra vez ese perfume dulce y anticuado que ya empezaba a sentir como parte del aire mismo de esta casa, y le devolví una sonrisa sincera cuando se apartó apenas lo suficiente para sostenerme por los hombros y examinarme de arriba abajo. —Estás preciosa esta noche —dijo, deslizando los dedos sobre la tela de mi vestido con un cariño que se sentía genuino hasta la última fibra—. El negro te sienta de maravilla, aunque debería mandarte hacer algo en verde para la próxima ocasión. —Gracias —respondí, y sonreí un poco más cuando sentí la mano de Kai buscar la mía otra vez, como un ancla pequeña y constante a la que ya me había acostumbrado. —Mila —dijo Kalen, inclinando apenas la cabeza a modo de saludo, con esa voz grave que llenaba el espacio sin necesidad de alzar el tono—. Espero que el mes te haya tratado bien. —Ha sido un mes lleno de cosas nuevas —contesté, dejando que la sonrisa se me sostuviera en los labios con la misma naturalidad de siempre—. Pero sí, me siento cómoda en la casa. Sus hijos se han portado maravillosamente conmigo. —Me alegra escuchar eso —replicó Kalen, y algo parecido al orgullo le cruzó el rostro un segundo antes de volver a su copa de vino. Chloé no se levantó del sofá. Se limitó a alzar su copa hacia mí con un gesto perezoso, casi burlón. —Mila —dijo, con esa ligereza afectada de siempre—. Qué gusto verte tan repuesta. —Gracias, Chloé —respondí, con una calma que me costó cada gramo de esfuerzo reunir, y dejé que Kai me guiara hacia uno de los sofás libres antes de que tuviera que sostenerle la mirada ni un segundo más de lo necesario. Me senté con él a un lado y Kael al otro. El fuego crepitaba despacio frente a nosotros, tiñendo de naranja las paredes forradas en madera oscura, y la conversación se deslizó hacia cosas ligeras: el clima que empezaba a suavizarse, un cuadro nuevo que Cordelia había comprado para el ala este de la casa, una anécdota que Kalen contó sobre un cliente exigente de la galería que había terminado comprando el doble de lo que había ido a buscar. —Mila, cuéntame, ¿ya te has animado a probar el borscht que prepara Yelena? —preguntó Cordelia, girándose hacia mí con genuina curiosidad. —Todavía no —admití, riendo un poco—. Kai me ha dicho que es el mejor de todo Moscú, pero confieso que el color rojo tan intenso me da un poco de desconfianza. —Eso es porque no lo has probado —intervino Kai, apretándome la mano con una sonrisa amplia—. Le voy a pedir a Yelena que lo prepare esta semana. Vas a quedar enamorada desde la primera cucharada, ya lo verás. —Enamorada de la sopa, al menos —bromeé, y la mesa entera soltó una risa suave que se quedó flotando un momento en el aire cálido de la sala. Hasta Kael dejó escapar una risa breve, corta pero real, y me tomó la mano libre entre las suyas, entrelazando nuestros dedos sobre mi regazo con un gesto tan simple que me tomó por sorpresa. —Espero que aprendas a apreciar más cosas rusas de las que imaginas —me dijo, inclinándose apenas para dejar un beso breve sobre mis nudillos, sin apartar sus ojos azules de los míos—. Tenemos toda una vida por delante para que te enamores de cada rincón de este país, Mila. —Con ustedes dos cuidándome tanto, no creo que me cueste mucho trabajo —respondí, y sentí que la sonrisa que le dediqué era, al menos en parte, más real de lo que hubiera querido admitir frente a nadie. Fue entonces cuando Kalen dejó su copa sobre la mesa auxiliar con un gesto pausado, y algo en la manera en que lo hizo bastó para que la conversación se apagará entre los presentes. Se puso de pie despacio, con las manos entrelazadas frente a él, y paseó la mirada por toda la sala antes de detenerla en mí. —Tengo algo importante que anunciar esta noche —dijo, con esa voz grave que llenaba el espacio entero sin necesidad de alzar el tono—. Y quería que toda la familia estuviera reunida para escucharlo de mis propios labios. Sentí el corazón acelerarse dentro de mi pecho y busqué instintivamente la mano de Kai, apretándola con una firmeza que agradecí en silencio. —Kael y Kai —continuó Kalen, dirigiendo la mirada hacia sus dos hijos con un orgullo tranquilo que nunca antes le había visto mostrar de forma tan abierta—. Ha llegado el momento de que Mila se convierta, oficialmente, en parte de esta familia. Cordelia se llevó una mano al pecho, con los ojos ya brillantes, y Chloé, desde su lugar, se enderezó apenas sobre el sofá, observando la escena con una atención que no me pasó desapercibida.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







