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CAPÍTULO | 23

Author: Kasia_SV
last update publish date: 2026-08-26 09:06:53

JUEVES 16 DE ABRIL, 2020.

1 MES DESPUÉS.

Un mes entero había pasado ya desde la noche en que Chloé apuntó el arma contra mi madre, treinta días completos de aprender a caminar por esos pasillos como si me pertenecieran, de sonreír a cada hora sin que me temblara la voz, de convertir cada gesto calculado en algo tan repetido que ya casi no me costaba esfuerzo sostenerlo, y que, sin darme cuenta del todo, empezaba a filtrarse en algo que se sentía peligrosamente parecido a la costumbre.

Encontré a Kael sentado ya en la cabecera de la mesa del comedor, con el periódico abierto frente a él y la camisa apenas remangada hasta los antebrazos. Apenas me vio entrar, bajó el periódico lo suficiente para observarme por encima del borde con esa media sonrisa torcida que tanto me costaba interpretar al principio y que ahora reconocía como una de sus formas favoritas de mostrar cariño sin decir gran cosa.

—Buenos días, preciosa —dijo, extendiendo la mano hacia mí en cuanto me acerqué, tomándola antes de que pudiera sentarme y dejando un beso suave sobre mis nudillos.

—Buenos días para ti también —le respondí, inclinándome para dejarle un beso breve en la mejilla, apoyando una mano sobre su hombro antes de apartarle con los dedos un mechón de cabello que le había caído sobre la frente.

Me senté a su derecha, justo cuando Kai entraba desde la cocina con el cabello todavía húmedo y una taza humeante entre las manos, acomodándose en la silla a mi lado con esa naturalidad tan suya.

—Buenos días, bonita —murmuró, dejando un beso corto sobre mi sien antes de sentarse—. Yelena preparó blinis esta mañana. Deberías probarlos antes de que Kael se termine todos.

—No exageres tanto —dijo Kael, doblando el periódico con un gesto pausado, aunque el tono de su voz llevaba escondida una diversión que ya sabía reconocer bajo esa fachada seria—. Aunque, siendo justos, sí están bastante buenos.

Desayunamos entre comentarios sueltos sobre el clima que empezaba a mejorar y sobre una escultura nueva que Kael pensaba empezar esa semana, algo inspirado, según explicó con un brillo poco común en la voz, en la forma en que la luz caía sobre el estanque durante el invierno. Bajo la mesa, sentí la mano de Kai buscar la mía en algún momento, entrelazando nuestros dedos con un gesto simple que sostuvo durante el resto del desayuno, mientras yo, del otro lado, apoyaba la mano sobre el brazo de Kael cada vez que la conversación se detenía en algún silencio cómodo entre los tres.

—Deberías dejarme ver bocetos alguna vez —le dije a Kael, untando mantequilla sobre uno de los blinis con calma—. Llevo un mes entero escuchándolos hablar de arte sin que ninguno de los dos me haya mostrado nada a medio terminar.

—Eso es porque nada a medio terminar merece ser mostrado —respondió él, mirándome directamente—. Pero tal vez, si te portas bien esta tarde, te deje entrar al taller.

—¿Eso es una promesa o un soborno? —pregunté, sonriendo con una ligereza que ya no me costaba fingir del todo.

—Depende de qué tan bien te portes —replicó él, alargando la mano para acariciarme la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto breve pero cargado de una ternura que contrastaba con la frialdad que solía acompañarlo en cada palabra.

Kai se rió por lo bajo, negando con la cabeza mientras terminaba su café, y aprovechó para acercarse y dejar otro beso suave sobre mi sien, sin soltar en ningún momento la mano que todavía sostenía bajo la mesa.

—Entre los dos me van a malcriar —les dije, riendo, sintiendo el calor de ambos gestos asentándose sobre mí con una facilidad que un mes atrás jamás hubiera imaginado posible.

—Te lo mereces —murmuró Kai contra mi oído, y el resto del desayuno transcurrió entre bromas ligeras y el sonido suave de los cubiertos contra la porcelana, un ritmo doméstico que ya empezaba a sentirse, de forma aterradoramente natural, como algo parecido a un hogar.

Pasé la mañana en el jardín, caminando despacio entre los senderos de piedra con un abrigo ligero sobre los hombros, disfrutando del aire todavía fresco pero ya sin el filo cortante del invierno. Me detuve un buen rato junto al rosal que crecía pegado al muro cubierto de musgo, observando los primeros brotes verdes que empezaban a asomarse entre las ramas espinosas, y pensé, como cada mañana, en la floristería de mi madre, en el aroma dulce que se quedaba impregnado en mis manos después de ayudarla con los arreglos. El recuerdo llegó con la misma punzada de siempre, aguda y profunda, pero esa mañana logré sostenerla sin que las lágrimas terminaran por escapárseme, dejando que el dolor pasara a través de mí como una ola que ya conocía bien.

Kael me encontró ahí un rato después, con las mangas de la camisa remangadas y las manos manchadas de un polvo blanco fino que reconocí de inmediato como residuo de mármol.

—Pensé que estarías en la biblioteca —comentó, deteniéndose a mi lado frente al rosal.

—Necesitaba aire —respondí, encogiéndome de hombros con un gesto sencillo, antes de recostar la cabeza contra su brazo con una confianza que ya no medía—. Además, quería ver si ya habían florecido.

—Todavía falta un poco —dijo él, rodeándome los hombros con un brazo sin ningún esfuerzo, dejando que caminara pegada a su costado mientras observábamos juntos las ramas espinosas—. Pero cuando lo hagan, va a valer la pena la espera.

Alcé la vista hacia él y, sin pensarlo demasiado, me puse de puntillas para dejarle un beso corto en la comisura de los labios, un gesto que lo tomó desprevenido lo suficiente como para que sus dedos se tensaran apenas contra mi hombro antes de devolverme el gesto con una calidez que rara vez dejaba salir tan abiertamente.

—No sabía que hoy ibas a estar tan cariñosa —comentó, con esa media sonrisa torcida, entrelazando nuestros dedos.

—Tal vez me estoy acostumbrando a ustedes más rápido de lo que pensaba —respondí, dejando que la frase flotara entre los dos con la ambigüedad justa mientras caminábamos, tomados de la mano, hacia el taller al fondo del jardín.

Adentro, el espacio olía a piedra recién tallada y a polvo fino, con bloques de mármol sin terminar apoyados contra las paredes y herramientas ordenadas con un orden casi obsesivo sobre una mesa de trabajo larga.

—Es impresionante —dije, recorriendo el lugar con una curiosidad genuina que no necesité fingir ni un solo segundo, deteniéndome frente a una escultura a medio terminar que mostraba dos figuras entrelazadas, apenas insinuadas todavía entre la piedra sin pulir.

—Todavía le falta mucho —comentó Kael, acercándose por detrás para rodearme la cintura con los brazos, apoyando la barbilla sobre mi hombro mientras ambos observábamos la pieza—. Pero algún día vas a poder ver cómo termina.

Me giré entre sus brazos para mirarlo de frente, dejando que mis manos subieran hasta su pecho, y él, sin ninguna prisa, se inclinó para besarme despacio, un beso largo y pausado que se sintió, por primera vez, completamente ajeno a cualquier cálculo de mi parte, algo que simplemente sucedió porque quise que sucediera.

—Deberíamos volver —murmuré contra sus labios, sin ninguna intención real de moverme todavía.

—Deberíamos —concedió él, sin soltarme tampoco, dejando pasar unos minutos más antes de que finalmente camináramos de regreso a la casa, tomados de la mano, con el sol de la tarde cayendo suave sobre el sendero de piedra.

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