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CAPÍTULO | 31

Autor: Kasia_SV
last update Data de publicação: 2026-09-20 13:27:40

SÁBADO 18, ABRIL, 2020.

El chasquido de las cortinas al abrirse de golpe me arrancó del sueño con una violencia que no esperaba, y me incorporé a medias sobre el colchón, con el corazón dándome un vuelco antes siquiera de que mis ojos terminaran de acomodarse a la claridad de la mañana.

—Arriba, dormilona —canturreó Cordelia, con una voz que no dejaba espacio para la pereza ni para las excusas—. El día más importante de tu vida no espera a nadie, ni siquiera a la novia.

Parpadeé varias veces, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia, hasta que la silueta de Cordelia terminó de definirse frente a la ventana, envuelta en una bata ligera y con el cabello recogido bajo un pañuelo de seda. A su lado, Daria se movía con esa discreción tan suya, sosteniendo entre las manos una bandeja cargada con el desayuno.

—¿Qué hora es? —pregunté, con la voz todavía ronca, sentándome del todo mientras me apartaba el cabello revuelto del rostro.

—Poco más de las ocho —respondió Cordelia, acomodándose en el borde del colchón con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero—. La ceremonia es al mediodía, y no pensamos desperdiciar ni un minuto de esta mañana.

Daria dejó la bandeja sobre mis piernas con delicadeza: un poco de fruta recién cortada, un pan tibio y una taza de té que desprendía un aroma suave a hierbas. Comí apenas un par de bocados, sintiendo el estómago demasiado apretado como para pedirle más, mientras Cordelia hablaba sin pausa sobre el itinerario del día entero, sobre la modista que llegaría en cualquier momento, sobre cada detalle que ya me había repetido desde el jueves anterior sin ningún cansancio aparente.

—Ven —dijo al fin, poniéndose de pie y tendiéndome la mano—. La tina ya está lista. No hay mejor forma de empezar un día como este que con un buen baño y algo de calma.

Caminé hacia el baño todavía en camisón, y me detuve un instante en el umbral al descubrir la tina llena hasta el borde, con el vapor subiendo despacio y un aroma dulce a flores blancas flotando por todo el cuarto. Pétalos diminutos cubrían la superficie del agua, y una vela encendida sobre el mármol le daba a la escena un aire casi ceremonial, como si aquel baño fuera también parte del rito que estaba a punto de comenzar.

—Tómate tu tiempo —dijo Cordelia desde la puerta, con una sonrisa cómplice—. Nosotras vamos a estar organizando todo mientras tanto. Grita si necesitas algo, querida.

Me quedé sola por fin, dejando el camisón a un lado antes de sumergirme despacio en el agua caliente, sintiendo cómo el calor iba deshaciendo, uno a uno, los nudos que llevaba acumulados desde la noche anterior. Cerré los ojos y dejé que el vapor me llenara los pulmones, y entonces, sin buscarlo, pensé en mi madre. Pensé en cómo sería el día sí ella pudiera estar aquí, peinándome con esas mismas manos que tantas veces olí a tierra y a flores recién cortadas; y pensé también en mi padre, si estuviera aquí él me llevaría del brazo hasta el altar. Los pensamientos me apretaron el pecho con una punzada conocida, pero la dejé pasar como una ola que ya sabía nombrar, sin permitir que me arrastrara hacia el llanto.

Pensé también en Kael y en Kai, en la forma en que sus labios se habían sentido la noche anterior, en la promesa apenas susurrada de una noche que ya no tardaría en llegar. Y sentí que los nervios que llevaba acumulando desde el amanecer se mezclaban con algo mucho más frío y calculado: la certeza de que aquel día terminaría de sellar una actuación que ya no podía permitirse ninguna grieta.

Me tomé mi tiempo en el agua, dejando que los minutos corrieran sin prisa, hasta que finalmente salí y me envolví en una toalla grande. Me sequé con calma antes de acercarme al mueble donde Cordelia había dejado, doblada con un cuidado casi reverente, una lencería blanca de encaje fino, bordada a mano con un esmero que parecía demasiado hermoso para algo tan sencillo. Me la puse despacio, sintiendo la tela suave contra la piel, y encima me coloqué una bata de seda que caía fluida hasta mis tobillos, atándola con cuidado a la cintura.

Salí del baño y me detuve en seco.

La habitación, que apenas unos 10 minutos antes había estado ocupada solo por Cordelia y Daria, bullía ahora con un movimiento distinto. Una mujer menuda de mirada aguda revisaba el vestido, ya colgado sobre un maniquí junto a la ventana; otra, con las manos cargadas de pinceles y paletas, organizaba su instrumental sobre una mesa auxiliar; y una tercera, con un neceser repleto de pinzas y productos, preparaba una silla frente al espejo más grande de todo el cuarto.

—Ven, siéntate —me llamó Cordelia, señalando la silla con un gesto—. Empezamos por el cabello y el maquillaje. El vestido se deja para el final, como manda la costumbre.

Me senté frente al espejo, y la peluquera se puso manos a la obra casi de inmediato, separando mi cabello con dedos ágiles, trazando una raya en medio con una precisión que envidié en silencio, dejando sueltos un par de mechones frontales que caían suaves alrededor de mi rostro mientras recogía el resto en un moño bajo, listo para sostener el peso del velo. La maquilladora trabajaba en paralelo, con manos firmes y pinceles delicados, resaltando apenas mis rasgos con una base ligera y acentuando el contraste de mis ojos con un rímel oscuro que hacía brillar todavía más el azul claro de uno y el verde intenso del otro.

—Tienes unos ojos preciosos, señorita —comentó la maquilladora, con un francés torpe pero cariñoso, sonriéndome un instante antes de volver a concentrarse en su trabajo—. Casi no necesitan nada para lucir espectaculares.

Cordelia se paseaba alrededor, dando indicaciones sueltas, deteniéndose de vez en cuando para observarme con una expresión que oscilaba entre el orgullo y algo mucho más cercano a la emoción verdadera, mientras yo me quedaba quieta, dejando que me fueran transformando poco a poco, viendo en el espejo cómo mi propio rostro cambiaba frente a mí, convirtiéndose en el de una mujer que apenas reconocía, aunque una parte de ella, muy en el fondo, siguiera siendo exactamente la misma que había llegado a Moscú apenas un mes atrás.

—Ya casi terminamos con esto —anunció la peluquera, fijando el último mechón con un broche discreto—. Ahora sí, el vestido.

Me pusieron de pie, y entre Cordelia, Daria y la diseñadora me ayudaron a deslizar el vestido sobre mi cuerpo con un cuidado casi religioso, ajustando cada broche a lo largo de mi espalda y acomodando el drapeado asimétrico sobre el torso hasta que cayó tal como debía, marcando mi cintura con la misma precisión que ya había comprobado el día anterior. Las mangas de encaje se ajustaron a mis brazos como una segunda piel, y la falda, al caer hacia atrás, se extendió sobre el piso formando la cola delicada que tanto me había fascinado desde el primer instante.

—El velo —dijo Cordelia, con la voz ya quebrada por la emoción, tomando la pieza larga de encaje entre las manos.

Lo colocó sobre mi cabeza con dedos temblorosos, dejando que cayera hacia atrás y hacia los costados, envolviéndome casi por completo como una capa que se extendía mucho más allá de la cola del vestido. La diseñadora ajustó el borde floral alrededor de mis hombros, y Daria, en silencio, terminó de colocar los aretes y el brazalete.

Cuando finalmente me giré hacia el espejo de cuerpo entero, sentí que el aire se me quedaba atrapado en el pecho.

La mujer que me devolvía la mirada apenas se parecía a la que había despertado esa misma mañana entre sábanas revueltas. El vestido se ceñía a mi cuerpo con una elegancia que jamás había imaginado posible, el velo caía como una cascada de encaje a mi espalda, y mis ojos, resaltados por el maquillaje, parecían todavía más intensos bajo la luz que entraba por la ventana.

—Mila —dijo Cordelia, con la voz rota, llevándose ambas manos al pecho mientras me observaba de arriba abajo—. Eres la novia más hermosa que estos ojos han visto en toda mi vida.

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