LOGINEl murmullo constante de las turbinas del jet fue cediendo espacio, poco a poco, al sonido grave y profundo del mar aproximándose bajo nosotros. Apoyé la frente contra el cristal de la ventanilla, contemplando cómo la franja azul del agua cortaba la tierra en una bahía donde el sol de la tarde comenzaba a teñir las nubes de tonos dorados y violetas. La vibración metálica del avión me retumbaba en el pecho. Cuando el avión tocó pista en el pequeño aeródromo de la isla, la sensación de estar a cientos de kilómetros de Moscú, de Kalen, de Cordelia y de sus miradas vigilantes me recorrió el cuerpo entero con la fuerza de un soplo de aire fresco.
Al descender por la escalinata de metal, el viento húmedo y salado me revolvió el cabello suelto, arrancándome un escalofrío involuntario. Kai lo percibió al instante; se adelantó un paso y me pasó un brazo por la cintura para pegarme a su costado con firmeza. —Bienvenida a la libertad, bonita —murmuró Kai cerca de mi oído, apretándome con cariño. —Por fin aire puro —respondí, dejando escapar un suspiro mientras apoyaba la cabeza en su hombro un segundo. Un auto convertible de color crema nos esperaba con las puertas abiertas al borde de la pista, brillando bajo los últimos rayos del sol. Kael caminó hacia el maletero y guardó los equipajes ligeros con movimientos fluidos y precisos. Al terminar, se acomodó al volante, mientras Kai me guiaba con delicadeza hacia el asiento del copiloto. —Sube, Mila —dijo Kael, mirándome por encima del marco del parabrisas con esa mirada intensa que siempre parecía estudiarlo todo—. El camino hasta la casa es lo mejor de la tarde. Kai se acomodó en el asiento trasero, justo detrás de mí. Antes de que Kael pusiera en marcha el motor, Kai apoyó sus manos en mis hombros, ejerciendo una presión tibia y reconfortante. —¿Estás lista para perderte un par de días? —preguntó Kai, inclinándose hacia adelante para rozar su mejilla con la mía. —Más que lista —contesté, sonriendo. El trayecto hacia la casa transcurrió por un camino empedrado y angosto que serpenteaba entre acantilados bajos y vegetación silvestre. El aire marino nos daba de lleno en el rostro. Kael conducía con una mano sobre el volante y la otra buscando la mía en el espacio entre los asientos, entrelazando sus dedos con los míos cada vez que la ruta le daba un respiro. —Mira hacia la derecha —indicó Kael, apretando mis dedos con suave firmeza—. Esa bahía es completamente nuestra. Nadie viene por aquí sin que lo sepamos. —Es impresionante, Kael —admití, mirando las olas romper contra las rocas bajas—. Parece un mundo aparte. —Lo es —intervino Kai desde atrás, inclinándose en una curva para dejarme un beso corto sobre la curva del cuello—. Es nuestro mundo. Sin formalidades, sin apellidos y sin presiones. La brisa marina se mezclaba con los murmullos de Kai y con la risa suave que se me escapaba sin ningún esfuerzo. A medida que avanzábamos, el paisaje se volvía más salvaje y hermoso, lejos de las miradas frías que me habían perseguido durante el último mes. Llegamos a la propiedad justo cuando el sol tocaba el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo ardiente. La casa era una construcción imponente de un solo piso, de arquitectura impecable y atemporal: muros gruesos de piedra clara, vigas de madera oscura a la vista y ventanales colosales de piso a techo que abrían la vista por completo hacia una terraza privada y la playa desierta. La elegancia sobria se respiraba en cada rincón, sin ostentaciones innecesarias, con la clase pura de quien no necesita demostrar nada a nadie. Kael apagó el motor y el silencio de la isla nos envolvió de golpe, roto únicamente por el rumor constante de la marea. —Bienvenida a tu refugio, Mila —murmuró Kael, girándose para mirarme fijamente, con esa sombra de ternura. —Es hermosísima, Kael —dije, observando la fachada de piedra iluminada por las luces cálidas de la entrada. Kai no esperó a que bajará por mi cuenta; abrió la puerta del convertible, me tomó en brazos antes de que mis pies tocaran la grava y me cargó entre risas hacia el umbral de la entrada. —¡Kai! ¡Pórtate bien, me vas a hacer caer! —exclamé riendo, sujetándome con fuerza de su cuello mientras sentía la solidez de sus hombros. —Jamás dejaría que te caigas, bonita —respondió él con voz alegre, besándome la mejilla mientras avanzaba a grandes pasos. Kael caminaba detrás de nosotros cargando el bolso de viaje, observando la escena con una media sonrisa torcida dibujándole el rostro. Cruzamos la puerta principal y recorrimos la vivienda despacio, explorando los espacios iluminados únicamente por la luz tibia del atardecer. La sala se conectaba de forma fluida con una cocina espaciosa de barra de mármol y una terraza exterior de madera que desembocaba directamente sobre las dunas de arena. El dormitorio principal, ubicado en el extremo más privado de la casa, albergaba una cama colosal de sábanas blancas y lino gris, orientada estratégicamente frente al mar abierto para recibir el murmullo incesante de las olas. Caminé hasta el ventanal enorme del cuarto y deslicé las manos por el cristal limpio, admirando la inmensidad del océano. —Es perfecta —admití en voz baja, sintiendo que el pecho se me llenaba de una paz extraña. —Y lo mejor de todo es que aquí no hay nadie más —respondió Kai, apareciendo a mi espalda para rodearme la cintura con los brazos y apoyar la barbilla en mi hombro—. Ni planos de mesas, ni discursos, ni sesenta invitados observando cada uno de nuestros movimientos. Me giré despacio entre sus brazos y le regalé una sonrisa leve, dejando que el silencio de la casa nos envolviera por un instante antes de que Kael irrumpiera en la habitación tras dejar las maletas a un lado en el pasillo. —Ya dejen de hablar de la boda —dijo Kael, apoyándose contra el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Eso ya pasó y ahora estamos aquí. Se acercó a nosotros y se detuvo a nuestro lado frente al ventanal. La oscuridad terminó de instalarse por completo sobre el mar, dejando ver las primeras estrellas en el cielo limpio. —¿Tienen hambre? —preguntó Kai, rompiendo el trance mientras me acariciaba el costado con los dedos. —Bastante —confesé, sintiendo que el cansancio del viaje y las horas sin probar bocado me pasaban factura—. ¿Qué vamos a pedir? —Nada de pedir servicio —intervino Kael, dándome un toque juguetón en la nariz—. Vamos a cocinar nosotros. Salimos juntos del dormitorio rumbo a la cocina. Ver a dos hombres acostumbrados a mover los hilos de negocios multimillonarios desabrocharse los primeros botones de sus camisas, arremangarse las telas hasta los antebrazos y discutir sobre la cantidad exacta de aceite de oliva para saltear unos vegetales era un espectáculo fascinante. Me senté en uno de los bancos altos de la barra con una copa de vino blanco entre las manos, observando cómo se movían por el espacio con una complicidad absoluta. —Kai, estás cortando el pan demasiado grueso —reclamó Kael, quitándole el cuchillo de las manos con un gesto rápido. —Por favor, Kael, es pan artesanal, no una escultura de mármol —se quejó Kai riendo, haciéndose a un lado para buscar los condimentos. —Si no lo cortas bien, se quema en la tostadora —insistió Kael con tono serio, aunque los ojos le brillaban de diversión. —Pásame el queso, Mila, antes de que este chef de etiqueta me prohíba comer —me pidió Kai con un guiño, acercándose a la barra. Le alcancé la pequeña tabla de quesos y Kai aprovechó para cortar un trozo y ofrecérmelo directamente en la boca. Lo probé mientras él me dejaba un beso dulce en los labios. —Está delicioso —dije después de tragar, sonriendo ante sus ocurrencias. —Ves, a Mila le gusta mi método —presumió Kai, mirándome con devoción. —Mila te está consintiendo demasiado —comentó Kael desde la estufa, aunque se acercó segundos después para probar él mismo del vino de mi copa y dejarme un beso rápido en la frente. La cena en la mesa pequeña de la terraza fue un remanso de paz absoluta. Comimos entre charlas despreocupadas, anécdotas ligeras de su infancia y el sonido rítmico de la marea rompiendo a pocos metros de nosotros, sentí que la presión en el pecho se disipaba por completo, dándome un respiro real de toda la tensión acumulada durante mi tiempo en la mansión. —Gracias por traerme aquí —dije de pronto, mirando a ambos mientras sostenía mi copa. —Te debíamos un lugar tranquilo —respondió Kael, mirándome fijamente a los ojos—. Te prometimos que cuidaremos de ti, y hablo en serio. —Y esto es solo el principio, bonita —añadió Kai, tomando mi mano libre sobre la mesa para besarme el dorso con delicadeza. Al terminar la cena, la noche nos envolvió con un cielo completamente estrellado y una brisa fresca que nos invitó a bajar hacia la playa. Nos quitamos el calzado en el borde de la terraza y caminamos descalzos sobre la arena suave, sintiendo la frialdad del agua acariciándonos los tobillos a cada paso.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







