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CAPÍTULO | 42

Autor: Kasia_SV
last update Data de publicação: 2026-09-20 13:43:41

—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo.

—En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto.

—Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto.

Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato.

—¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien?

Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir.

—Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo sin que hicieras el mínimo esfuerzo por escapar —dijo al fin, con una sinceridad que no le conocía, girando el rostro para sostenerme la mirada—. Y ahora no puedo imaginar un solo día sin tenerte cerca.

Sentí que el pecho se me apretaba con una mezcla extraña de ternura y culpa, la misma que llevaba semanas aprendiendo a cargar sin que se me notara demasiado en el rostro. Quise decir algo, cualquier cosa que sonara a la altura de lo que él acababa de confesar, pero las palabras se me quedaron atoradas en algún punto entre la verdad y la mentira que llevaba sosteniendo desde el primer día.

—Yo tampoco puedo imaginarlo —dije al fin, y aunque la frase salió envuelta en la misma calma practicada de siempre, algo en el temblor casi imperceptible de mi voz me hizo dudar, por primera vez en mucho tiempo, de cuánto de aquello seguía siendo actuación y cuánto ya no.

Kael se acercó despacio, apartando un mechón de cabello que el viento me había pegado a la mejilla, y me besó con una lentitud que no pedía nada a cambio, un beso pausado y cálido que se sintió, extrañamente, como una promesa silenciosa. Kai se incorporó a mi otro lado, dejando un rastro de besos suaves sobre mi hombro descubierto, y por un momento, sentada entre los dos sobre aquella manta improvisada, con el mar y las colinas doradas extendiéndose a nuestro alrededor, me permití, sin culpa alguna, dejarme llevar por la calidez de ambos.

El regreso al rancho se hizo despacio, con el sol ya alto sobre nuestras cabezas y una calma distinta instalada entre los tres, una calma que no necesitaba de palabras para sostenerse. Devolvimos los caballos al guía, que nos despidió con la misma sonrisa amable de la mañana, y subimos de nuevo al convertible rumbo a la casa, con el viento cálido despeinándonos el cabello durante todo el trayecto.

Llegamos cuando la tarde apenas comenzaba a teñirse de tonos dorados, y en cuanto cruzamos el umbral, sentí que el cansancio de la cabalgata se mezclaba con algo más, algo cálido y urgente que llevaba creciendo desde el mirador. Kai fue el primero en acercarse, tomándome del rostro entre las manos con una devoción que ya no intentaba disimular.

—Todavía hueles a caballo y a sol —murmuró contra mis labios, con una sonrisa traviesa—. Deberíamos remediar eso.

—¿Los dos a la vez? —pregunté, con una ceja alzada y una sonrisa que ya no me costaba ningún esfuerzo sostener.

—Los dos a la vez —confirmó Kael, acercándose por detrás para apartarme el cabello del cuello y dejar un beso lento justo ahí, en el punto exacto que ya sabía que me hacía temblar.

Nos movimos juntos hacia el dormitorio principal, donde la gran cama nos recibió en la penumbra dorada del atardecer. Con movimientos rápidos y febriles, Kael y Kai se despojaron de sus camisas y pantalones ante mis ojos, quedando completamente desnudos, con sus cuerpos musculosos y marcados tensándose bajo la luz tenue mientras se acercaban a mí con una presencia abrumadora y hambrienta.

​—No vas a poder escapar hoy, Mila —murmuró Kael con la voz ronca, pegándose a mi cuerpo antes de que pudiera dar un solo paso atrás.

​Inmediatamente, Kai bajo los tirantes del overol y deslizó la tela de mi playera blanca hacia arriba con una urgencia que rozaba la desesperación, besando con voracidad cada centímetro de piel que iba dejando al descubierto, mientras Kael se arrodillaba frente a mí para deshacerse de los pantalones del overol y los tenis con una devoción salvaje.

​—Eres solo nuestra, recuérdalo bien —susurró Kai contra mi piel, mordiéndome el lóbulo de la oreja hasta hacerme arquear la espalda.

​En segundos, bajo los destellos dorados que se filtraban por los ventanales, me despojé por completo de mis prendas hasta quedar totalmente expuesta ante sus miradas oscuras y cargadas de deseo. Kael se recostó de espaldas sobre el centro del colchón y tiró de mí con fuerza, haciéndome montar a horcajadas sobre sus caderas. Al sentirme atrapada sobre él, me devoró la boca en un beso posesivo y profundo, guiando mis caderas hacia abajo para recibir su embestida con un empuje hondo, áspero y caliente que me arrancó un gemido desgarrador.

​—Kael... Dios, Kael... —balbuceé contra sus labios, perdiendo el aliento mientras sus manos grandes se aferraban a mis muslos para marcar un ritmo salvaje.

​Mientras me mecía al compás implacable que él imponía, Kai se colocó de rodillas justo a mis espaldas, respirando agitado contra mi nuca. Con una posesividad brutal, Kai me sujetó de la cintura, arqueando mi columna antes de fundirse conmigo por detrás en un movimiento firme y pesado.

Quedé atrapada entre los dos, devorada de frente por la boca hambrienta de Kael y recorrida por las embestidas implacables de Kai a mis espaldas, sintiendo el choque incesante de nuestros cuerpos en un frenesí caliente y sin tregua.

​—¿Te gusta tenernos a los dos, eh? —susurró Kai en mi oído, mordiéndome la piel mientras aceleraba el ritmo con una fuerza desmedida que me hizo gritar.

​Sin dejarnos descansar, con las respiraciones rotas y la piel ardiendo bajo el sudor, realizamos el intercambio con una fluidez desesperada. Me giré para quedar montada a horcajadas sobre Kai, recibiendo su estocada profunda y dominante mientras Kael se deslizaba a mis espaldas.

​—Entrégate por completo, preciosa —ordenó Kael con voz áspera, rodeándome la cintura con fuerza para retomar el ritmo salvaje y hacerme perder la última chispa de cordura.

​El clímax estalló dentro de mí como una ola violenta y desmedida, haciéndome arañar las sábanas y gritar sus nombres con desesperación mientras las contracciones me sacudían de pies a cabeza. Nos derrumbamos exhaustos sobre el colchón revuelto, con los cuerpos empapados y las respiraciones pesadas.

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