FAZER LOGINMartes 21, abril, 2020
El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse también hacia nosotros. —El piloto ya confirmó que el clima estará despejado todo el trayecto —dijo, con esa voz grave y pausada que llenaba cualquier espacio sin necesidad de alzar el tono—. Vamos a llegar antes de lo previsto. Salimos de la casa dejando atrás las maletas ya cargadas por los empleados, y me detuve un segundo en el umbral para mirar por última vez la fachada de piedra clara, el jardín silvestre y la línea azul del mar que se extendía más allá de las dunas. Kai me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos con suavidad, y Kael se colocó a mi otro lado, apoyando una mano cálida sobre mi espalda baja mientras caminábamos hacia el auto. El trayecto hasta el pequeño aeródromo se hizo corto, entre curvas conocidas y el aroma salado que todavía se colaba por las ventanillas abiertas. Subimos al jet privado poco después, y me acomodé en uno de los asientos de cuero claro, con Kai a mi lado y Kael justo enfrente, revisando algunos papeles sueltos que guardó apenas despegamos, sin darles mayor importancia frente a mí. —¿Nerviosa por volver? —preguntó Kai en algún momento del vuelo, notando quizás la forma en que mis dedos jugueteaban distraídos con el borde de mi manga. —No, la verdad —respondí, y me sorprendió un poco lo sincera que sonó la respuesta al salir—. Solo pensaba en lo rápido que pasaron estos días. —Van a venir muchos más así —dijo Kael, alzando la vista un instante para sostenerme la mirada—. Este fue solo el primero. Sonreí, dejando que el comentario se asentara con una calidez que ya no cuestionaba tanto como al principio, y me recosté contra el hombro de Kai mientras el jet cortaba las nubes rumbo al norte, alejándonos poco a poco del calor de la isla y acercándonos, kilómetro tras kilómetro, al frío gris de Moscú. Horas después, cuando el piloto anunció que empezábamos el descenso, me levanté del asiento para sacar del compartimento superior la chaqueta a cuadros que había guardado esa misma mañana, sabiendo que la necesitaría apenas pusiera un pie fuera del avión. Era una prenda de paño grueso, en tonos café y beige entrelazados, con solapas anchas y un cinturón fino que se ajustaba a la cintura, perfecta para el contraste brusco entre el clima isleño que dejábamos atrás y el aire cortante que ya me imaginaba esperándome en la pista. —Te queda preciosa —comentó Kai, ayudándome a acomodar el cuello de la chaqueta con un gesto suave, dejando después un beso corto sobre mi frente—. Aunque, sinceramente, cualquier cosa te queda preciosa, bonita. —Halagador como siempre —respondí, riendo, mientras Kael se ponía de pie a mi lado para revisar que todo estuviera en orden antes del aterrizaje. El avión tocó pista con una suavidad que apenas sentí, y en cuanto las puertas se abrieron, el aire frío de Moscú me golpeó el rostro con una fuerza que me hizo agradecer de inmediato haber elegido aquella chaqueta. Bajé por la escalinata metálica entre Kai y Kael, sintiendo el contraste entre el calor que todavía me quedaba adherido a la piel y el frío que empezaba a colarse por cada resquicio de tela, y busqué con la mirada el auto que nos estaría esperando. Lo que no esperaba, sin embargo, fue encontrar a alguien más además del chofer. —¡Ahí están! —exclamó Cordelia, agitando la mano desde el borde de la pista, envuelta en un abrigo largo de lana y con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero. A su lado, Kalen esperaba con las manos entrelazadas al frente, y un poco más atrás, Chloé permanecía de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, observando nuestra llegada con esa media sonrisa suya que nunca terminaba de revelar del todo lo que pensaba. —No sabía que vendrían a recibirnos —dije, sorprendida, acelerando apenas el paso junto a Kai mientras Cordelia se acercaba con los brazos ya abiertos. —¿Y perdernos el regreso de nuestros hijos con su esposa? —respondió ella, envolviéndome en un abrazo cálido que olía otra vez a ese perfume dulce y anticuado que ya reconocía tan bien—. Jamás, querida. Además, quería ver con mis propios ojos qué tan bronceada te dejó el sol de la isla. —Un poco, creo —admití, riendo mientras me apartaba lo suficiente para dejar que me examinara de arriba abajo con esa devoción tan particular suya. —Te sienta de maravilla —afirmó Cordelia, tomándome del rostro entre las manos un instante antes de girarse hacia sus hijos con la misma emoción—. Vengan, denme un abrazo también a ustedes dos, que ya los extrañaba demasiado. Kalen se acercó con paso pausado mientras Cordelia envolvía a Kai y luego a Kael en abrazos breves pero sinceros, y me dedicó un gesto amable con la cabeza antes de estrechar la mano de cada uno de sus hijos. —Espero que hayan descansado bien —dijo Kalen, con esa voz grave que siempre llenaba el espacio sin ningún esfuerzo—. Se les nota en el rostro, a los tres. —Descansamos más de lo que pensábamos que era posible —respondió Kai, pasándome un brazo por los hombros con naturalidad—. Aunque ya extrañaba el frío de aquí, para serte sincero. —Mentiroso —intervino Kael, con una media sonrisa torcida—. Se quejó del clima moscovita cada mañana que estuvimos en la isla. Todos rieron ante el comentario, incluso Chloé, que se acercó por fin con paso tranquilo, sosteniendo una sonrisa que no terminaba de sentirse del todo cálida, aunque ya no me provocara el mismo escalofrío de los primeros días.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







