Share

CAPÍTULO | 41

Author: Kasia_SV
last update publish date: 2026-09-20 13:43:34

El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano.

—¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael.

—Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos.

El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas visible entre la neblina del calor, se adivinaba el filo azul del mar.

—¿En serio? —solté, sin poder contener la sorpresa genuina que se me escapó de los labios.

—En serio —confirmó Kai, bajando del auto de un salto para rodearlo y abrirme la puerta con esa galantería suya tan exagerada—. Pensé que te gustaría algo distinto al mar por un día.

Un hombre mayor, de piel curtida por el sol y con un sombrero, se acercó a recibirnos con una sonrisa amplia y un español torpe mezclado con palabras en el idioma local. Los caballos ya estaban ensillados, esperando pacientes junto al cerco, y sentí que el estómago me daba un vuelco al ver sus ojos oscuros y tranquilos observándome de vuelta.

—Nunca he montado a caballo —admití, acercándome despacio hacia el más cercano, una yegua de pelaje castaño que resopló suave al sentir mi presencia—. Bueno, una vez, cuando era niña, en un pueblo cerca de París. Pero apenas recuerdo cómo se sentía.

—Entonces hoy vas a recordarlo —dijo Kai, acercándose por detrás para apoyar las manos en mis hombros—. Y yo voy a estar contigo todo el tiempo, así que no hay nada que temer.

—¿Vamos a montar juntos? —pregunté, girándome hacia él con una ceja alzada, sintiendo que el corazón se me aceleraba un poco ante la idea.

—Vamos a montar juntos —confirmó él, con esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse—. Kael tiene su propio caballo. Yo prefiero tenerte cerca.

Kael, que ya se acomodaba sobre un corcel negro y fuerte con la misma elegancia con la que hacía todo lo demás, nos observó con la media sonrisa torcida de siempre.

—No la asustes con tus historias de caídas, Kai —advirtió, ajustando las riendas entre los dedos—. La última vez que montaste terminaste con el hombro dislocado.

—Detalles sin importancia —replicó Kai, restándole valor con un gesto de la mano, aunque el rubor breve que le cruzó las mejillas me hizo soltar una carcajada.

El guía nos ayudó a acomodarnos sobre un caballo más grande, de pelaje marrón oscuro y mirada serena, y Kai subió primero, extendiéndome después la mano con una firmeza cálida que me dio la confianza suficiente para apoyar el pie en el estribo y dejarme izar hasta sentarme delante de él.

—Sujétate de aquí —indicó, guiando mis manos hacia el borde delantero de la silla, mientras su propio cuerpo se acomodaba pegado al mío por detrás, envolviéndome casi por completo—. Y relaja las piernas. El caballo va a sentir si estás tensa.

—Fácil decirlo —murmuré, sintiendo el calor de su pecho contra mi espalda y el aroma limpio de su piel mezclándose con el olor a hierba y a cuero curtido.

—Confía en mí —susurró él contra mi oído, con una voz baja que me erizó la piel entera—. Nunca dejaría que te pasara nada.

El caballo dio los primeros pasos con un vaivén suave que al principio me hizo aferrarme con fuerza a la silla, arrancándome un gritito breve que hizo reír a Kai por lo bajo. Pero conforme avanzábamos, el ritmo se volvió más natural, más fácil de seguir, y poco a poco fui soltando la tensión de los hombros, dejando que mi cuerpo se meciera al compás del andar tranquilo del animal.

—¿Ves? —dijo Kai, apretándome apenas la cintura con un brazo—. Ya lo estás dominando.

—Tengo un buen maestro —respondí, girando apenas el rostro para sonreírle por encima del hombro.

Kael cabalgaba a nuestro lado, con esa postura recta que parecía nacer con él, observándonos de reojo con una expresión que oscilaba entre la diversión y algo mucho más suave, algo que rara vez dejaba salir tan abiertamente. El sol de la mañana le doraba la piel y le arrancaba destellos azules a los ojos, y por un momento, viéndolo así, cabalgando libre entre las colinas doradas, casi logré olvidar todo lo que aquel hombre representaba en realidad.

Avanzamos durante un buen rato entre los senderos que serpenteaban colina arriba, dejando atrás el rancho y adentrándonos en un paisaje que no había visto todavía: campos abiertos salpicados de flores silvestres, arboledas dispersas que proyectaban sombras alargadas sobre la tierra seca, y el rumor lejano de un arroyo que se colaba entre las piedras más adelante. El aire olía distinto aquí, más terroso, más dulce, mezclado con el calor suave del mediodía que empezaba a asomarse sobre nuestras cabezas.

—Es hermoso —dije, dejando que la sinceridad se filtrara sin ningún esfuerzo entre mis palabras, mientras observaba la vista que se abría frente a nosotros desde lo alto de la colina—. No me esperaba algo así en la isla.

—Hay más de lo que la marina y las boutiques dejan ver —comentó Kael, deteniendo su caballo junto al nuestro para admirar el mismo paisaje—. Nuestra familia compró esta propiedad hace años, aunque casi nunca venimos. Pensé que sería un buen lugar para traerte.

Llegamos, poco después, a un mirador natural formado por un saliente de roca cubierto de musgo, desde donde se veía tanto el mar a lo lejos como las colinas doradas que acabábamos de cruzar. Kai desmontó primero, ayudándome después a bajar con un gesto cuidadoso, sosteniéndome de la cintura hasta que mis pies tocaron la tierra firme. Kael ató los caballos a un árbol cercano y se acercó con las manos en los bolsillos, contemplando la vista con esa quietud suya tan particular.

Nos sentamos los tres sobre una manta que Kai había traído enrollada tras la silla, y durante un rato nadie dijo nada, dejando que el silencio se llenara únicamente con el canto lejano de algún ave y el murmullo constante del viento entre la hierba.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 45

    El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 44

    —Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 43

    Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 42

    —¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 41

    El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas

  • El secuestro de Mila   CAPÍTULO | 40

    Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status