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CAPÍTULO | 44

Autor: Kasia_SV
last update Fecha de publicación: 2026-09-20 13:43:50

—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas.

—Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento.

Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas.

—No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vamos a instalarlos en su ala. Deben estar agotados del vuelo.

Caminamos juntos hacia el interior, con el vestíbulo recibiéndonos con ese mismo aroma dulce a flores frescas que ya asociaba con aquel lugar, y subimos la escalera doble hacia el ala que, desde el día de la boda, llevaba nuestros tres nombres sin que nadie tuviera que pronunciarlo en voz alta. Daria ya nos esperaba en el pasillo, con las manos entrelazadas al frente y esa postura recta e impecable de siempre.

—Bienvenidos de vuelta —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Ya dejé todo listo en la habitación principal. Si necesitan algo más, estaré disponible.

—Gracias, Daria —respondí, sonriéndole mientras entrábamos juntos al que sería, a partir de ahora, nuestro propio espacio dentro de aquella casa.

La habitación era amplia y luminosa, con muebles de madera oscura y una cama enorme cubierta con sábanas blancas que contrastaban suavemente con las paredes en tonos crema. Las maletas ya estaban acomodadas junto al vestidor, y sobre la mesa auxiliar reposaba un jarrón con flores frescas que reconocí de inmediato como obra personal de Cordelia.

—Se siente raro —comenté, quitándome la chaqueta a cuadros para dejarla sobre el respaldo de una silla cercana—. Como si este cuarto todavía no terminara de sentirse completamente mío.

—Va a sentirse así con el tiempo —dijo Kai, acercándose para rodearme la cintura desde atrás, apoyando la barbilla sobre mi hombro—. Igual que todo lo demás terminó sintiéndose, tarde o temprano.

Kael se acercó también, quitándose el saco para dejarlo colgado junto al armario, y se detuvo un momento a observarme con esa mirada azul y calculadora que nunca terminaba de apagarse del todo, aunque ahora llevara consigo una calidez distinta a la de los primeros días.

—¿Quieres descansar un rato? —preguntó, acercándose para dejar un beso breve sobre mis labios—. Todavía tenemos que deshacer las maletas, aunque eso puede esperar.

—Preferiría estirar las piernas, la verdad —respondí, dejándome caer de todas formas un momento sobre el borde de la cama—. Después de tantas horas sentada, siento que se me olvidó cómo caminar bien.

—Eso tiene solución fácil —dijo Kai, intercambiando una mirada breve con su hermano que no supe interpretar del todo, aunque el brillo travieso que le cruzó los ojos me hizo sospechar que algo se traían entre manos.

—¿Qué pasa? —pregunté, alzando una ceja hacia los dos, sintiendo la curiosidad despertarse de inmediato.

Kael se sentó a mi lado en el borde del colchón, tomándome la mano con una calma que contrastaba con el brillo impaciente que todavía le quedaba en los ojos.

—Tenemos algo preparado para ti —dijo, con esa media sonrisa torcida asomándole en los labios—. En nuestra propia casa, no aquí.

—¿Ahora mismo? —pregunté, sin poder evitar que la sorpresa se me filtrara entera en la voz—. Pensé que íbamos a quedarnos instalándonos toda la tarde.

—Eso puede esperar hasta mañana —respondió Kai, tirando suavemente de mi otra mano para animarme a ponerme de pie—. Esto no.

—¿Qué clase de sorpresa amerita que interrumpamos el desempaque? —insistí, riendo, dejando que me ayudaran a levantarme del colchón sin ninguna resistencia real de mi parte.

—Eso no te lo vamos a decir todavía —dijo Kai, guiñándome un ojo mientras me tendía la chaqueta a cuadros que apenas había dejado sobre la silla—. Vas a tener que confiar en nosotros un rato más, bonita.

—Son terribles guardando secretos —protesté, aunque una sonrisa se me dibujó despacio en los labios, contagiada por la emoción apenas contenida que ambos parecían compartir.

—Solo confía en nosotros —repitió Kael, acercándose para dejar un beso breve sobre mi frente, con una ternura que ya no me tomaba desprevenida—. Prometo que va a valer la pena.

Me puse de nuevo la chaqueta, todavía riendo por la insistencia de los dos, y bajamos juntos por la escalera principal hacia el vestíbulo, donde Cordelia nos vio pasar desde la sala sin hacer ninguna pregunta, como si ya estuviera acostumbrada a que sus hijos se llevaran cualquier tarde entera para sí mismos.

—No tarden mucho —fue lo único que dijo, despidiéndonos con la mano desde su sillón junto a la chimenea—. La cena la dejamos para más tarde, cuando regresen.

—Gracias, mamá —respondió Kai, tomándome de la mano para guiarme hacia la puerta principal, donde el auto ya nos esperaba con el motor encendido.

Salimos juntos hacia el aire frío de la tarde, con el cielo todavía gris y bajo sobre la ciudad, y subí al asiento trasero entre los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos a cada lado del mío mientras el auto empezaba a avanzar por el camino que ya conocía de memoria, el mismo que separaba la casa principal de la que, desde hacía un mes, había aprendido a llamar también mía.

—¿Van a decirme algo más antes de llegar? —pregunté, girándome hacia Kael con una sonrisa curiosa.

—Ni una palabra más —respondió él, apretándome la mano con firmeza, aunque el brillo suave en sus ojos delataba las ganas que tenía de contarme todo de una vez—. Ya casi llegamos, Mila. Un poco más de paciencia.

Apoyé la cabeza contra el hombro de Kai, dejando que el paisaje gris de Moscú pasara despacio al otro lado de la ventanilla, y sentí que la emoción compartida de los dos se me contagiaba sin ningún esfuerzo, mientras el auto avanzaba cada vez más cerca de la casa que, apenas un mes atrás, había sido mi primera prisión, y que ahora, de forma extraña y todavía difícil de nombrar del todo, empezaba a sentirse como algo parecido a un hogar.

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Último capítulo

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