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CAPÍTULO | 45

Author: Kasia_SV
last update publish date: 2026-09-21 02:34:00

El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo.

—Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo.

—Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal.

—Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo.

El auto tomó una curva que reconocí enseguida, y el corazón me dio un vuelco pequeño al ver la fachada acercándose entre los árboles desnudos. Era la casa donde habíamos vivido los tres antes de la boda, la misma donde pasé mi primer mes entero en Moscú, entre el miedo y la actuación que llevaba semanas sosteniendo con tanto cuidado.

—Ya llegamos —dije, más para mí misma que para ellos, sintiendo una mezcla extraña de nostalgia y curiosidad al reconocer cada rincón de la fachada—. Todavía no me han dicho qué es lo que tienen preparado.

—Y no te lo vamos a decir todavía —respondió Kai, con esa sonrisa que le desbordaba el rostro entero, sin darme ninguna pista más—. Ya casi lo sabrás, bonita. Solo un poco más de paciencia.

El chófer detuvo el auto justo frente a la entrada, y apenas se abrieron las puertas, Kai bajó de un salto y rodeó el vehículo con esa prisa suya tan conocida, tendiéndome la mano con una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Vamos, vamos —insistió, ayudándome a bajar sin darme siquiera tiempo de acomodarme la chaqueta—. No podemos esperar más.

Kael bajó con calma detrás de nosotros, cerrando la puerta del auto con un gesto pausado, aunque el brillo travieso en sus ojos azules lo delataba tanto como a su hermano. Subimos los escalones de la entrada entre risas de mi parte, pidiendo pistas que ninguno de los dos quiso darme, y crucé el umbral sintiendo el mismo aroma tibio de siempre, mezclado con algo dulce que no logré identificar del todo.

En vez de quedarnos en la sala, Kai me guio directo hacia la escalera, y subimos juntos al segundo piso, deteniéndonos frente a una puerta que reconocí de inmediato: era mi antigua habitación, la misma donde había despertado el primer día en Moscú.

—¿Por qué aquí? —pregunté, deteniéndome un instante, sin entender todavía qué podía guardar aquel cuarto que ameritara tanta emoción de su parte.

Kael se plantó frente a mí antes de que Kai llegara siquiera a tocar la manija, tomándome ambas manos entre las suyas con una calma que contrastaba con el brillo impaciente que le cruzaba los ojos.

—Antes de que entres, necesito decirte algo —dijo, buscando mi mirada con una seriedad que no encajaba del todo con la sonrisa que llevaba pegada desde que bajamos del auto—. Tu padre está ahí adentro, Mila.

Sentí que el mundo entero se detenía por un segundo completo.

—¿Mi papá? —repetí, con la voz reducida a un hilo, incapaz de procesar la frase entera de una sola vez—. ¿Está aquí? ¿En Moscú?

—Lo trajimos hace apenas unas horas —confirmó Kai, tomándome del rostro entre las manos con una ternura que no encajaba con nada de lo que yo sentía por dentro en ese instante—. Está bien, Mila. Nadie le ha puesto un dedo encima. Solo queríamos que lo vieras.

—¿Cómo... —la voz se me quebró antes de poder terminar la pregunta—. ¿Cómo pudieron hacer algo así sin decirme nada?

—Queríamos que fuera una sorpresa —respondió Kai, con una sonrisa que buscaba tranquilizarme, aunque el temblor de mis piernas ya no le pasó desapercibido a ninguno de los dos—. Sabíamos que lo extrañabas cada día. Pensamos que te haría feliz volver a verlo, aunque fuera un rato.

Los miré a los dos, sintiendo que algo se me quebraba en el pecho de una forma nueva, distinta a todo lo que ya había aprendido a cargar desde la noche en que perdí a mi madre. No había maldad en sus rostros. No había ni un rastro de crueldad en la forma en que me miraban. Solo esa devoción ciega, esa incapacidad total de ver el peso exacto de lo que acababan de ponerme entre las manos como si fuera un regalo envuelto con cariño.

—Puedes verlo —dijo Kael, sosteniéndome la barbilla con cuidado para que lo mirara de frente—. Vas a tener una hora con él, Mila. Pero necesito que escuches bien las reglas antes de entrar. Son importantes, y quiero que las cumplas por tu bien y por el suyo.

Asentí, incapaz de decir nada más, sintiendo el corazón latiéndome tan fuerte que temí que se me notara desde afuera de la piel.

—No puedes decirle quiénes somos nosotros —continuó él, con la misma calma cariñosa de siempre, como quien explica algo sencillo a alguien que quiere proteger—. No puede saber dónde está, ni quiénes somos, ni nada de lo que ha pasado este último mes. Es por su seguridad, y también por la tuya. Mientras menos sepa, más fácil va a ser para todos cuando lo llevemos de vuelta.

—¿Lo van a devolver? —pregunté, aferrándome a esa frase con una esperanza que no me atrevía a nombrar del todo.

—A Francia, esta misma noche —confirmó Kai, apretándome las manos entre las suyas con firmeza—. Te lo prometemos, bonita. Va a estar bien. Solo queríamos darte esto antes de que se fuera.

Sentí las lágrimas amenazando con desbordarse, pero las contuve con la misma fuerza que llevaba semanas entrenando, sabiendo que cada segundo que perdiera discutiendo era un segundo menos con él.

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