No me gustaba Noah.
No sabía si era por la manera en que había aparecido de la nada, con la ropa rasgada, la cara cubierta de arañazos y esa expresión de alguien que llevaba días huyendo sin atreverse a mirar atrás, o porque había conseguido que Darian se pusiera todavía más tenso de lo que ya estaba. El Alfa del Norte no confiaba en él, eso era evidente, pero tampoco parecía dispuesto a echarlo del bosque, y algo me decía que aquella decisión tenía más que ver con lo que Noah sabía que con las ganas de ayudarlo.
—¿Cómo sabes que soy el único que puede despertar la maldición? —pregunté, sin apartar la mirada del recién llegado.
Noah se pasó una mano por el pelo castaño, apartándose algunos mechones de la frente. Tenía los ojos verdes, aunque el cansancio les daba un aspecto apagado, y una pequeña herida le cruzaba el labio inferior. Parecía de nuestra edad, quizá un poco mayor, pero había algo en su forma de observarnos que no encajaba con su apariencia. No tenía la mirada de alguien que acabara de descubrir un secreto peligroso, sino la de alguien que llevaba demasiado tiempo conviviendo con él.
—Porque llevo toda mi vida escuchando hablar de ti —respondió finalmente—. De tu familia, de tu sangre y de lo que ocurriría cuando cumplieras dieciocho años.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del bosque. Desde que mi loba había despertado, todo el mundo parecía saber algo sobre mí que yo ignoraba, como si mi vida hubiera sido escrita mucho antes de que naciera y los demás hubieran recibido una copia de la historia mientras a mí me dejaban fuera.
—Pues qué bien —murmuré—. Me alegra saber que soy el protagonista de una historia que nadie se ha molestado en contarme.
—Elián —me advirtió Darian con voz grave.
Giré la cabeza hacia él, irritado por su tono. Estaba sentado contra una de las piedras antiguas, con la mano apoyada sobre la herida que le habían dejado los atacantes. Aunque el veneno parecía haber perdido parte de su efecto, su rostro seguía pálido y tenía los músculos de la mandíbula tan tensos que parecía estar conteniendo un dolor mucho mayor del que quería reconocer. Su lobo permanecía inquieto bajo su piel, y podía sentir aquella agitación a través del vínculo, una sensación extraña que se mezclaba con mis propias emociones hasta volverlas difíciles de distinguir.
Lo peor era que, incluso después de todo lo que había pasado entre nosotros, seguía preocupándome por él.
Me molestaba su manera de dar órdenes, su costumbre de decidir qué era lo mejor para mí y, sobre todo, que hubiera rechazado nuestro vínculo como si pudiera borrar lo que sentíamos con unas pocas palabras. Sin embargo, cada vez que lo veía herido, mi primer impulso era acercarme, comprobar que seguía respirando y asegurarme de que no le ocurría nada. Odiaba que mi cuerpo pareciera haber tomado una decisión que mi cabeza todavía no estaba dispuesta a aceptar.
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Ahora tampoco puedo hacer preguntas?
Darian sostuvo mi mirada durante unos segundos. Sus ojos oscuros parecían casi negros bajo la luz débil que atravesaba las ramas, pero había algo más en ellos, una sombra que no había visto la primera vez que nos encontramos. No era solo desconfianza. Era miedo, aunque resultaba difícil imaginar que alguien como él pudiera sentirlo.
—Puedes preguntar lo que quieras —contestó—. Pero no sabemos quién es este chico ni si podemos confiar en él.
—Eso también podría decirlo yo de ti.
Noah soltó una risa breve, casi involuntaria, y Darian volvió la cabeza hacia él con una expresión que habría hecho retroceder a cualquiera que no tuviera ganas de tentar a la suerte. Noah levantó ambas manos, fingiendo inocencia, aunque la sonrisa no desapareció del todo de su rostro.
—Tranquilo, Alfa. No he venido a quitarte el puesto.
—No me preocupa mi puesto —replicó Darian.
—Claro que no.
La tensión entre ambos aumentó de inmediato. Mi loba se removió dentro de mí, incómoda con aquella confrontación, y el vínculo transmitió una punzada de irritación que no supe si procedía de Darian o de mí mismo. Decidí ignorarla y me coloqué entre los dos antes de que aquella absurda competición terminara convirtiéndose en una pelea.
—Basta. Los dos. Si alguien puede explicarme por qué unos lobos con los ojos rojos intentan matarme y qué demonios tiene que ver mi familia con una maldición de hace siglos, que empiece a hablar. Y que lo haga ahora.
Noah dejó de sonreír. Durante un instante, su expresión cambió tanto que tuve la sensación de estar mirando a otra persona. Bajó las manos, miró hacia los árboles que rodeaban el claro y después se fijó en la piedra grabada con el símbolo de la luna atravesada por una línea de sangre. Parecía reconocerla, pero no con sorpresa, sino con una especie de resignación que me puso los nervios de punta.
—No deberíamos hablar aquí —dijo—. Si esos lobos han conseguido encontrarte, no tardarán en volver.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Los Guardianes de la Luna Roja.
El nombre cayó entre nosotros como una piedra en el agua. Darian se incorporó de inmediato, ignorando el gesto de dolor que le cruzó el rostro, y su mirada se endureció hasta adquirir una frialdad que no le había visto ni siquiera durante el ataque.
—Eso es imposible.
Noah lo observó con seriedad.
—Ojalá lo fuera.
—Los Guardianes desaparecieron hace más de cien años —dijo Darian—. No queda nadie de esa orden.
—Eso es lo que os hicieron creer.
El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el crujido de las hojas bajo mis botas. Miré a Darian, esperando que me explicara qué significaba aquello, pero él no apartaba los ojos de Noah. Por primera vez desde que lo conocía, el Alfa parecía haber perdido el control de la situación, y aquella idea me inquietó más que cualquier amenaza.
—¿Qué eran exactamente? —pregunté, procurando que mi voz no revelara el miedo que empezaba a extenderse por mi pecho.
Noah tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, habló en voz baja, como si temiera que el propio bosque pudiera escuchar sus palabras.
—Eran los encargados de proteger el antiguo pacto entre las manadas. Se suponía que debían impedir que la maldición despertara, pero hace mucho tiempo dejaron de proteger el pacto y empezaron a proteger otra cosa. Algo que debía permanecer enterrado.
Noté que la marca plateada junto a mi clavícula comenzaba a arder. Me llevé una mano al cuello, apretando los dedos contra la piel, y la sensación se extendió lentamente por mi pecho, como si una corriente helada avanzara por mis venas. Darian lo percibió al instante; lo supe por la manera en que se volvió hacia mí y por la tensión repentina que atravesó el vínculo.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Nada —mentí, apartando la mano.
Pero la marca volvió a arder, esta vez con más fuerza, y durante un segundo tuve la impresión de que alguien me susurraba desde algún lugar muy lejano. No eran palabras que pudiera comprender, sino una voz antigua, profunda, que parecía surgir de debajo de la tierra. Mi loba se encogió dentro de mí y, por primera vez desde su despertar, sentí que no estaba intentando protegerme de un enemigo, sino de algo que conocía demasiado bien.
Noah palideció al verme.
—Ya ha empezado —susurró.
—¿Qué ha empezado? —exigí.
Él me miró directamente a los ojos.
—La frontera está despertando.
—¿Qué significa que la frontera está despertando? —pregunté, apartándome de Noah, aunque la marca de mi clavícula seguía ardiendo como si alguien hubiera presionado una cuchilla caliente contra mi piel—. Y antes de que vuelvas a decir algo misterioso esperando que lo entienda, te advierto que se me está acabando la paciencia.
Noah no pareció ofendido. Al contrario, me observó con una mezcla de preocupación y lástima que me molestó todavía más, porque estaba empezando a cansarme de que todo el mundo me mirara como si estuviera a punto de romperme. No era la primera vez que me encontraba en una situación peligrosa y, aunque jamás había luchado contra criaturas con los ojos rojos ni había descubierto que mi familia estaba relacionada con una maldición centenaria, eso no significaba que necesitara que los demás decidieran qué podía soportar.
—La frontera no es solo una línea que separa los territorios de las manadas —explicó Noah—. Es una barrera antigua, creada cuando los primeros Alfas y Omegas unieron su sangre para detener una guerra. Durante siglos ha mantenido encerrado algo que nunca debió despertar. Pero el pacto se está debilitando y, cuando la luna roja vuelva a aparecer, esa barrera podría desaparecer por completo.
Miré de reojo a Darian. Su expresión se había vuelto impenetrable, aunque la tensión de sus hombros lo delataba. Conocía aquella historia, o al menos una parte de ella, y lo que más me enfurecía era que hubiera decidido ocultármela. Podía entender que no confiara en Noah, pero cada secreto que salía a la luz demostraba que Darian sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—¿Y qué tiene que ver mi vínculo con todo esto? —pregunté.
Noah abrió la boca, pero Darian se adelantó.
—Ya es suficiente.
Su voz resonó entre los árboles con una autoridad que habría hecho callar a cualquiera de su manada, pero yo no era uno de sus soldados y estaba bastante harto de que intentara controlar cada conversación en la que aparecía mi nombre.
—No, no es suficiente —repliqué, volviéndome hacia él—. Estoy cansado de que me digas lo que puedo saber y lo que no. Primero descubro que soy tu pareja predestinada, después me rechazas, luego me entero de que nuestras familias están relacionadas con una profecía y ahora resulta que existe una maldición que puede destruir las manadas. Así que, por una vez en tu vida, Darian, deja de tratarme como si fuera incapaz de entender lo que está pasando.
Él apretó la mandíbula y, durante un instante, pensé que volvería a ordenarme que me callara. Sin embargo, cuando nuestras miradas se encontraron, sentí una punzada de dolor que atravesó el vínculo y me dejó sin aliento. No era un dolor físico, sino algo más profundo, una emoción contenida que no parecía pertenecerme. Tristeza, miedo y una culpa tan intensa que casi me hizo retroceder.
Darian apartó la mirada de inmediato.
—No intento protegerte porque crea que seas débil —dijo finalmente—. Lo hago porque sé lo que puede ocurrir si descubres toda la verdad.
—¿Y no crees que tengo derecho a decidir si quiero conocerla?
No respondió. Su silencio fue suficiente para confirmar que, incluso después de lo ocurrido entre nosotros, seguía pensando que podía decidir por los dos.
Noah suspiró y se agachó junto a la piedra antigua. Pasó los dedos por las marcas grabadas en su superficie hasta detenerse sobre el símbolo de la luna atravesada por una línea de sangre. Al hacerlo, las líneas parecieron reflejar un destello plateado, tan breve que habría podido confundirlo con un efecto de la luz si no hubiera visto cómo la marca de mi clavícula respondía al mismo tiempo.
—La maldición está ligada a la sangre de los primeros fundadores —continuó—. El Alfa y el Omega que sellaron el pacto no solo unieron sus destinos, sino que encerraron su poder dentro de la frontera. Sus descendientes heredaron una parte de ese poder, aunque la mayoría nunca llegó a manifestarlo. Pero hubo una familia que conservó la sangre más antigua.
No necesitaba preguntarle de quién hablaba. El modo en que me miró después de pronunciar aquellas palabras me dio la respuesta antes de que pudiera decirla.
—Los Veyra —murmuré.
Noah asintió.
Sentí que el suelo se volvía inestable bajo mis pies. Toda mi vida había escuchado hablar de mi familia como si fuéramos una manada más, con nuestras tradiciones, nuestras normas y nuestros problemas. Mi madre siempre había insistido en que algunas historias debían permanecer en el pasado, pero jamás imaginé que aquel pasado pudiera estar esperando dentro de mí, preparado para despertar en cuanto mi loba cumpliera dieciocho años.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —pregunté—. ¿Aceptar que una profecía decida mi vida? ¿Esperar a que aparezca otra manada dispuesta a matarme? Porque, si ese es el plan, me parece bastante malo.
—No tienes que hacer nada todavía —respondió Noah—. Pero necesitamos llegar al otro lado de la frontera antes de que salga la luna.
Darian soltó una risa seca, sin una pizca de humor.
—No vamos a cruzar.
—Entonces tendrás que explicarle tú lo que ocurrirá si nos quedamos aquí.
—Sé perfectamente lo que ocurrirá.
—No, Darian. Sabes lo que te contaron. No es lo mismo.
Aquellas palabras hicieron que el Alfa se quedara inmóvil. La reacción fue tan sutil que probablemente habría pasado desapercibida para cualquiera que no llevara horas observándolo, pero yo vi cómo sus ojos se oscurecían y cómo su mano se cerraba lentamente junto a su cuerpo. Noah había encontrado algo que le dolía, una grieta en aquella fachada de seguridad que Darian mantenía incluso cuando estaba herido.
—¿Qué hay al otro lado? —pregunté, aprovechando que ninguno parecía dispuesto a darme una explicación voluntariamente.
—Territorio neutral —contestó Noah—. O lo que queda de él. Hace generaciones, las manadas utilizaban esa zona para reunirse y resolver sus conflictos sin derramar sangre. Después de la última luna roja, todos los accesos quedaron sellados y se prohibió cruzar la frontera. Desde entonces, nadie que haya entrado ha regresado para contar lo que encontró.
—Una historia estupenda para animar una excursión nocturna —murmuré.
Noah me dedicó una sonrisa cansada.
—Tienes un sentido del humor bastante extraño para alguien que acaba de descubrir que podría provocar el fin de las manadas.
—Y tú tienes una forma muy irritante de dar malas noticias.
Por primera vez desde que había aparecido, Noah pareció relajarse un poco. Sin embargo, aquella calma desapareció cuando un aullido lejano atravesó el bosque. No era el aullido de un lobo común. Había algo distorsionado en él, una nota grave que se prolongó demasiado tiempo y que hizo que mi loba se pegara a mis costillas, alerta ante un peligro que no podía ver.
Darian se puso en pie a pesar de la herida y su cuerpo cambió al instante. La vulnerabilidad que había mostrado unos segundos antes desapareció bajo la presencia del Alfa, que comenzó a olfatear el aire con los ojos entrecerrados.
—Nos han encontrado —dijo.
—¿Cuántos? —preguntó Noah.
Darian volvió la cabeza hacia el bosque, escuchando algo que yo todavía no era capaz de distinguir.
—Al menos cinco. Puede que más.
Un segundo aullido respondió al primero, esta vez mucho más cerca. Después llegó un tercero, procedente de otra dirección, y comprendí que no se acercaban desde un único punto. Nos estaban rodeando.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho mientras buscaba una salida entre los árboles. Podía sentir la inquietud de Darian a través del vínculo, una tensión que se mezclaba con la mía hasta que resultaba imposible saber dónde terminaba mi miedo y empezaba el suyo. Por un instante, nuestras miradas se encontraron y tuve la absurda sensación de que ambos estábamos pensando lo mismo: si algo nos ocurría allí, ninguno de los dos podría soportar las consecuencias.
—Tenemos que movernos —dijo Noah, guardándose algo bajo la chaqueta—. Ahora.
—La frontera está a casi una hora de aquí —replicó Darian—. No llegaremos antes de que nos alcancen.
—Entonces será mejor que corramos.
Darian lo agarró del brazo antes de que pudiera dar un paso.
—Si nos estás llevando a una trampa, te juro que no habrá ningún territorio neutral que pueda protegerte de mí.
Noah sostuvo su mirada sin intentar soltarse.
—Si quisiera entregaros, Alfa, no habría venido a buscaros. Habría dejado que esos lobos hicieran el trabajo por mí.
Darian lo soltó con brusquedad y se volvió hacia mí.
—Elián, vas a hacer exactamente lo que te diga.
—Ya empezamos otra vez.
—Esta vez no estoy discutiendo contigo.
—Y yo no estoy pidiéndote permiso.
Durante unos segundos, ninguno cedió. Podía sentir su frustración a través del vínculo, pero también algo que me hizo vacilar: un miedo desesperado que no tenía nada que ver con su propia seguridad. Darian no estaba preocupado por perder una pelea. Estaba aterrorizado ante la posibilidad de perderme a mí, y aquella certeza me golpeó con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.
—No pienso dejar que te pase nada —dijo en voz baja.
Su confesión quedó suspendida entre nosotros, demasiado sincera para ser una simple orden y demasiado dolorosa para que pudiera fingir que no la había escuchado. Quise preguntarle por qué le importaba tanto si había sido él quien me había rechazado, pero un nuevo ruido entre los árboles interrumpió cualquier respuesta. Esta vez no fue un aullido, sino el crujido de unas ramas seguido de un gruñido profundo.
Noah retrocedió un paso y su rostro perdió todo rastro de color.
—Tenemos que irnos. Si nos alcanzan antes de cruzar, no habrá nada que podamos hacer.
Darian se colocó a mi lado, tan cerca que su hombro rozó el mío. Durante un instante, su presencia consiguió calmar el temblor que comenzaba a extenderse por mis manos, y odié que incluso ahora mi cuerpo reconociera su cercanía como un lugar seguro. Quise apartarme, recordarme que no necesitaba a ningún Alfa para protegerme, pero mi loba se aferró a aquella proximidad con una obstinación que empezaba a preocuparme.
Entonces, entre las sombras, aparecieron dos ojos rojos.
Después otros dos.
Y otros más.
No eran los mismos lobos que nos habían atacado antes. Aquellas criaturas eran más grandes, con el pelaje tan oscuro que apenas se distinguían de la noche y unas marcas rojizas que les recorrían el cuerpo como grietas encendidas. Ninguna se movió al principio. Se limitaron a observarnos desde la distancia, bloqueándonos el camino mientras un silencio antinatural se extendía por el bosque.
La marca de mi clavícula volvió a arder y esta vez el dolor fue tan intenso que tuve que llevarme una mano al pecho. Un susurro recorrió mi mente, antiguo y desconocido, y sentí que mi loba levantaba la cabeza dentro de mí, no para huir ni para luchar, sino como si reconociera a aquellas criaturas.
Una de ellas dio un paso hacia nosotros.
Y se inclinó.
No hacia Darian, el Alfa más poderoso que había visto en mi vida, ni hacia Noah, que parecía haber esperado aquel momento con auténtico terror.
Se inclinó ante mí.
—Mi señor —susurró una voz que no debería haber podido escuchar desde aquella distancia—. Por fin has despertado.