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Capitulo 2: el olor del Alfa

Author: Teenspirit
last update publish date: 2026-10-06 17:21:20

Durante unos segundos no fui capaz de reaccionar. Las palabras de Darian seguían repitiéndose dentro de mi cabeza una y otra vez, como si mi mente se negara a aceptar lo que acababa de escuchar. Mi Omega. No entendía cómo podía decirlo con tanta seguridad cuando apenas nos conocíamos, pero lo peor era que una parte de mí sabía que tenía razón. Mi lobo no había dejado de repetirlo desde que lo había visto. Mate. Pareja. Destino. La palabra parecía tener un peso diferente ahora que había sido pronunciada en voz alta.

—No —conseguí decir finalmente.

Darian frunció ligeramente el ceño.

—¿No?

—No sé qué estás haciendo, pero te has equivocado de persona.

Intenté sonar convencido, aunque mi propia voz me traicionó. Darian me observó durante unos segundos y después soltó una pequeña risa sin humor. No parecía divertido. Parecía cansado, como si llevara mucho tiempo temiendo exactamente aquel momento.

—Ojalá me hubiera equivocado.

Aquello me hizo enfadar.

—Entonces explícame qué significa todo esto.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

Su mirada se clavó en la mía.

—Las dos cosas.

Sentí que mi orgullo volvía a arder. Había algo en él que me irritaba desde el primer segundo. Quizá era la forma en la que hablaba como si tuviera derecho a decidir por mí. Quizá era que parecía saber algo que yo no. O quizá simplemente odiaba que mi cuerpo reaccionara ante él de una manera que no podía controlar.

Di un paso hacia delante.

—Si soy tu Omega, ¿por qué me estás tratando como si fuera un problema?

Darian apretó la mandíbula y durante un instante pensé que no iba a responder. Entonces bajó la mirada hacia mi cuello y vi cómo sus ojos se detenían en una pequeña zona de mi piel. Seguí su mirada, pero no encontré nada extraño. Solo mi propia piel cubierta por el pelaje de mi transformación.

—Porque lo eres —dijo finalmente.

Sentí que aquellas palabras me golpeaban más de lo que deberían.

—Vaya.

Aparté la mirada, intentando fingir que no me había dolido.

—Gracias por aclararlo.

Darian pareció arrepentirse inmediatamente.

—Elián...

—No te preocupes. Ya lo he entendido.

Me giré dispuesto a marcharme, pero antes de que pudiera dar un paso sentí su presencia detrás de mí.

—Espera.

—¿Qué?

—No puedes volver todavía.

Me giré lentamente.

—¿Y ahora qué?

—Tu transformación todavía no se ha estabilizado. Estás demasiado lejos de tu territorio y hay criaturas en esta zona que podrían detectarte.

—Puedo cuidarme solo.

—No lo dudo.

—Entonces déjame ir.

Darian guardó silencio. Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo y finalmente se apartó.

—Está bien.

No esperaba que cediera tan fácilmente.

Pasé a su lado sin mirarlo, pero cuando estuve a punto de alejarme, su olor volvió a alcanzarme. Fue como si una cuerda invisible tirara de mi pecho. Me detuve sin querer y cerré los ojos. Mi lobo reaccionó inmediatamente, deseando volver hacia él.

Quédate.

La palabra apareció en mi mente con tanta claridad que abrí los ojos de golpe.

No sabía si había sido mi propio pensamiento o el de mi lobo.

—Elián.

La voz de Darian sonó detrás de mí.

No quería girarme.

—¿Qué?

—No vuelvas a venir al norte.

Me di la vuelta.

—¿Por qué?

Darian me sostuvo la mirada.

—Porque la próxima vez quizá no pueda dejarte marchar.

Aquello me dejó completamente quieto.

No supe qué responder. Había algo en su voz que no había escuchado antes. Una tensión contenida, casi dolorosa, como si estuviera luchando contra un instinto que yo no podía ver.

—¿Me estás amenazando?

—No.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

Darian bajó la mirada durante un instante.

—Intentando protegerte.

Aquella respuesta me enfureció todavía más.

—No necesito que me protejas.

—Todavía no sabes de qué necesitas protección.

—Y tú no sabes nada de mí.

Por primera vez, Darian pareció perder la paciencia.

—Sé más de ti de lo que crees.

—Entonces dime algo.

Silencio.

—Dime por qué me reconociste.

Darian no respondió.

—Dime por qué sabes mi nombre.

Nada.

—Dime por qué me miras como si estuvieras esperando que ocurra algo horrible.

Sus ojos cambiaron ligeramente.

Y supe que había tocado algo.

—Porque ya ocurrió una vez.

La respuesta me dejó desconcertado.

—¿Qué ocurrió?

Darian dio un paso hacia mí, pero esta vez fue mucho más lento. Su expresión se había endurecido y sus ojos parecían esconder algo que no estaba dispuesto a contarme.

—Nada que tengas que saber.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que voy a darte.

—Entonces no me pidas que confíe en ti.

—No te lo estoy pidiendo.

—Bien.

Me giré otra vez y empecé a caminar.

Esta vez no me detuvo.

No miré atrás, aunque cada parte de mí quería hacerlo. Sentía su presencia incluso cuando ya estaba lejos y el olor de su cuerpo seguía pegado a mi piel. Cuanto más me alejaba, más difícil era respirar con normalidad. Mi lobo estaba inquieto, arañando desde dentro, intentando hacerme volver.

Él.

—Cállate —murmuré.

Él.

—He dicho que te calles.

Mate.

Me detuve.

Cerré los ojos y respiré profundamente. Nunca había sentido nada parecido. Había escuchado historias sobre los vínculos predestinados, por supuesto. Todos los Omegas crecíamos escuchándolas. Nos contaban que algún día conoceríamos a nuestro Alfa, que nuestros lobos se reconocerían y que el vínculo sería una de las conexiones más fuertes que podían existir.

Pero nadie hablaba de esto.

Nadie hablaba de sentir el olor de otra persona incluso cuando estaba a kilómetros de distancia.

Nadie hablaba de que tu propio cuerpo pareciera tener voluntad propia.

Y mucho menos hablaban de que tu pareja predestinada pudiera mirarte a los ojos y decirte que eras un problema.

Seguí caminando.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que finalmente vi las luces de mi territorio entre los árboles. La transformación comenzó a deshacerse poco antes de llegar a la frontera y tuve que esconderme detrás de unos arbustos para recuperar mi forma humana. Me vestí rápidamente con la ropa que había dejado allí antes de comenzar la ceremonia y me quedé unos segundos apoyado contra un árbol, intentando recuperar el aliento.

Cuando llegué a la entrada de la aldea, mi madre estaba esperándome.

Su rostro cambió en cuanto me vio.

—¿Dónde estabas?

—En el bosque.

—Lo sé. Te estaba buscando.

Intenté pasar a su lado, pero ella me sujetó suavemente del brazo.

—Elián.

—Estoy bien.

—No tienes buen aspecto.

—Ha sido una transformación difícil, nada más.

Mi madre me observó durante unos segundos y luego frunció el ceño.

—¿Has estado cerca de la frontera?

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque hueles a...

Se quedó callada.

La miré.

—¿A qué?

Su expresión había cambiado por completo.

—Nada.

—Mamá.

—Entra en casa.

—¿Qué has olido?

Ella negó con la cabeza.

—Ahora, Elián.

No insistí, pero mientras caminábamos hacia nuestra casa pude notar que estaba nerviosa. Demasiado nerviosa. Mi madre nunca había sido una persona fácil de asustar, y mucho menos después de tantos años viviendo dentro de una manada.

Cuando cerró la puerta detrás de nosotros, se aseguró de que las ventanas estuvieran cerradas.

—¿Con quién estuviste?

Me quedé quieto.

No quería mentirle.

Pero tampoco sabía qué podía contarle.

—Con nadie.

Mi madre me miró directamente a los ojos.

—No me mientas.

El silencio se hizo pesado.

Finalmente aparté la mirada.

—Conocí a alguien.

Su expresión cambió.

—¿Quién?

No respondí.

—Elián, ¿quién?

—Darian.

El color desapareció de su rostro.

Aquella reacción me confirmó que aquello era mucho más importante de lo que había imaginado.

—¿Lo conoces?

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—No deberías haberlo conocido.

—Eso mismo me dijo él.

—¿Te habló?

—Sí.

—¿Te tocó?

La pregunta me sorprendió.

—No.

Mi madre cerró los ojos durante un instante, como si aquello fuera un alivio.

—Bien.

—¿Por qué?

No respondió.

—Mamá, ¿qué sabes de él?

Ella se quedó mirando el suelo.

—Más de lo que me gustaría.

—Entonces cuéntamelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que es mejor no saber.

Solté una risa amarga.

—Parece que todo el mundo sabe algo menos yo.

Mi madre levantó la mirada.

—Elián...

—¿Qué?

Durante unos segundos pareció estar a punto de decir algo. Algo importante. Pero finalmente negó con la cabeza.

—Ve a dormir.

—No tengo sueño.

—Lo tendrás.

Me fui a mi habitación antes de que pudiera seguir preguntando. Cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama, pero el sueño no apareció. No podía dejar de pensar en Darian, en su mirada, en sus palabras y en la forma en la que había dicho que yo era su Omega.

Intenté convencerme de que no significaba nada.

Que los vínculos podían ser rechazados.

Que podía vivir mi vida como si aquella noche nunca hubiera ocurrido.

Pero entonces llevé una mano hasta mi cuello.

Mi piel ardía.

Y debajo de mis dedos pude sentir algo que antes no estaba allí.

Una pequeña marca plateada.

Se extendía desde la base de mi cuello como una línea fina, casi invisible, formando el principio de un símbolo que no reconocía.

Me quedé mirándola.

Entonces escuché algo.

Un gruñido.

No venía del exterior.

Venía de dentro de mí.

Mi lobo estaba despierto.

Y por primera vez desde que había regresado, no estaba inquieto.

Estaba asustado.

Darian.

El nombre apareció en mi mente.

Y, justo cuando pensé que aquello no podía ser más extraño, escuché otra voz.

No era la de mi lobo.

Era la de Darian.

Tan clara que parecía estar susurrándome directamente al oído.

No vuelvas al Norte, Elián.

Abrí los ojos de golpe.

Y supe que algo había cambiado.

El vínculo ya estaba comenzando.

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