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Capítulo 3

Author: Ximena Beltrán
Sonó el timbre. Santiago abrió la puerta y encontró a Regina en el pasillo. Llevaba un vestido blanco y agitaba en la mano el celular de Santiago.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a traerte el celular. Tu abuela me llamó para pedirme que te lo trajera.

El tono de Santiago se volvió más ligero. Incluso sonreían de la misma manera. En solo tres años habían terminado pareciendo una pareja, aunque Santiago todavía creyera que yo seguía siendo su esposa.

Santiago reparó en los hombros desnudos de Regina y frunció el ceño.

—Espérame un momento.

Pasó a mi lado, cruzó la sala y entró en la habitación de invitados. Cuando salió, llevaba un chal en las manos.

—Voy a acompañarla a casa. Tú vete a dormir.

Esa frase sí iba dirigida a mí.

—¿Vas a volver?

—Por supuesto.

Sacudió el chal y se lo acomodó a Regina con la naturalidad de quien lo había hecho muchas veces. Era de un amarillo cálido, cubierto de pequeñas flores. El amarillo era el color favorito de Regina.

—Es precioso —comentó Regina—. Lo compró Santiago. Tiene un gusto excelente. Camila, la próxima vez que vayas de compras, deberías pedirle que te acompañe.

—¿También eligió tu vestido blanco?

—Sí. ¿Te gusta?

—Es bonito.

Una semana antes de nuestra boda civil, le dije que quería comprarme un vestido blanco y le pedí que me acompañara. Se negó una y otra vez con distintas excusas. Cuando insistí demasiado, soltó:

—¡No me gusta ir de compras!

Ahora entendía que el problema nunca había sido ir de compras, sino la mujer a la que debía acompañar.

Llegó el elevador y Santiago se marchó con Regina. Volví a quedarme sola en aquel departamento.

Después de un rato le envié un mensaje:

"Vuelve temprano. Tengo que hablar contigo".

"¿De qué? Regina le teme a la oscuridad, así que me quedaré con ella hasta que se duerma. Quizá vuelva tarde. Dímelo ahora".

"¿Te enamoraste de ella?"

"¿Qué tonterías dices? Solo es mi amiga".

"La acompañas de compras y la llevas a ver a tu abuela. Nunca hiciste ninguna de esas cosas conmigo. A tu lado, ella parece más tu esposa que yo".

Unos segundos después, Santiago me llamó.

—¿Solo por eso vas a pensar mal de nosotros?

—No estoy malinterpretando nada.

—Es culpa mía. Regina ya me dijo que te sientes insegura. Llevamos tres años separados, así que entiendo que pienses mal y no te culpo.

—¿Eso te lo dijo ella?

—Eso no importa. Lo importante es que tú eres mi esposa y que tendremos muchísimo tiempo para estar juntos.

De pronto empezó a hablar deprisa.

—Regina ya compró la cena. De verdad tenemos que irnos. No le des más vueltas; volveré pronto.

¿Muchísimo tiempo? ¿Tres años no eran suficientes?

Él había pasado tres años en Puerto Azul con Regina, mientras yo permanecía sola en Santa Aurelia: volvía sola a casa, trabajaba sola y cuidaba sola a su abuela.

—Fueron más que suficientes —murmuré.

Esa noche no regresó.

Al día siguiente fui a la oficina para presentar mi renuncia.

Santiago apareció de pronto en la oficina.

—¿Por qué no volviste anoche? —dije.

—Era demasiado tarde y no quería despertarte. Dormí en el sofá de su casa. No estás enojada, ¿verdad?

—No.

—Por cierto, hoy es el cumpleaños de mi abuela y ella invitó a Regina. No te molesta, ¿cierto?

—No.

—Así me gusta. Sabía que lo entenderías, amor.

No era comprensión. Simplemente ya no me importaba.

Cuando volví del trabajo, la abuela y Regina ya estaban allí. Regina se había sentado junto a ella y Santiago ocupaba el otro lado. Me quedé inmóvil, con la puerta todavía abierta. Una corriente de aire frío entró en la sala.

Santiago frunció el ceño, se quitó la chaqueta y cubrió con ella a Regina.

—¡Cierra la puerta!

Su tono fue cortante. Obedecí y me senté lo más lejos posible de aquella familia.

—¿Dos Reginas? —preguntó la abuela.

Había vuelto a confundirse.

—Abuela, yo soy Regina —la corrigió ella con una sonrisa.

—Mira qué memoria la mía. Regina, por fin regresaste. Santiago te esperó durante muchísimo tiempo.

—Sí, ya volví.

—¿Cuándo van a casarse? Ya tengo preparado el regalo para la boda.

—Abuela, se confunde. Camila es la esposa de Santiago.

Eso fue lo que dijo, pero la anciana tomó las manos de Regina y Santiago y las unió.

—Ya es tarde. Voy a preparar la cena. ¿Qué quieren comer? —preguntó Santiago a todos, aunque solo miraba a Regina.

—Quiero sopa de mariscos.

El rostro de Santiago se endureció. Por su estado de salud, ella debía evitar los mariscos. Regina bajó la cabeza e intentó congraciarse con él.

—Lo que prepares estará bien.

La expresión de él se suavizó y la miró con una mezcla de reproche y cariño. Se trataban con tanta naturalidad que era como si aquel departamento de Santa Aurelia también fuera el hogar de ambos.

Regina me miró.

—Todavía no le preguntaste a Camila qué quiere comer.

—Ella no tiene ninguna preferencia especial con la comida. Come de todo.

Lo cierto era que nunca había tenido tiempo de conocer mis gustos.

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