LOGINUna noche, tiempo después, sonó mi celular. Era un número desconocido.—Amor, ¿quién llama? —preguntó mi esposo.—No lo sé.Acepté la llamada.—Camila —dijo Santiago.Reconocí su voz de inmediato.—Santiago. ¿Qué necesitas?—Camila, estoy agotado.Tenía la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar con nadie.Daniel abrió el último video de Regina. En la pantalla, ella había vuelto a perder el control: sostenía un cuchillo contra su propio cuello para obligar a Santiago a ceder. Estaban en la casa de Puerto Azul, ahora cubierta de objetos rotos y restos de una pelea feroz.—Camila, me arrepiento —dijo él.—Es tarde. Ve a dormir.—Cuando te dejé el día de nuestra boda no fue porque amara a Regina. No podía quedarme de brazos cruzados. En aquel momento creí que tenía que estar a su lado, costara lo que costara. Me equivoqué. Nunca imaginé que terminaría perdiéndote.—Todo eso quedó atrás. Regina aún te necesita.—Ya no tengo nada. No me queda nada.Lo escuché llorar durante un la
Después de marcharse de la casa de mi madre, Santiago no volvió a su departamento. Regresó a Puerto Azul, porque Regina seguía allí.Tiempo después, la cuenta de Regina, que llevaba tres años inactiva, volvió a publicar contenido. Santiago tampoco regresó a buscarme.Seis meses más tarde, mi madre me organizó una cita en una cafetería. Cuando llegué, el hombre ya estaba sentado a la mesa.—Hola. Me llamo Daniel Salas.—Yo soy…—Camila Rojas.—¿Mi madre te dijo mi nombre?Negó con la cabeza.—Te reconocí en cuanto te vi.—Por los videos, ¿verdad?—Sí. Para ser sincero, no quería venir a esta cita, pero cuando descubrí que eras tú, me alegré de haber aceptado.—Gracias.—Santiago se arrepintió hace mucho de haberte perdido.—¿Qué?—¿No lo has visto?Lo miré sin comprender.—¿Ver qué?No respondió. Sacó el celular, buscó algo en la pantalla y luego lo deslizó hacia mí.Había abierto la cuenta de Regina. En el video más reciente estaba tan delgada que apenas pude reconocerla.—¿Esa es Regi
Tres años después terminé mi viaje y regresé a casa de mi madre. Aquella misma noche, Santiago apareció frente al edificio. Lo observé desde una ventana del piso superior.Había adelgazado mucho. Llevaba la barba descuidada y parecía vestir la misma ropa de tres años atrás. Incluso tenía canas.Mi madre se acercó y suspiró.—Durante los años que estuviste fuera, venía a verme con frecuencia. A veces me pedía que le contara historias de tu infancia; otras se quedaba mirando tus fotografías. La mayoría de las veces entraba en tu habitación, apretaba el acta de matrimonio entre las manos y se quedaba allí, como perdido.Con una expresión difícil de descifrar, señaló las cosas nuevas que había en la casa.—Hace dos años le dije que me dolía la espalda y compró ese sillón de masaje. En un chequeo, el médico dijo que tenía bajas las defensas y él llenó el refrigerador de suplementos nutricionales. Todo esto lo trajo Santiago.Mi madre me llevó hasta el armario y me indicó que lo abriera. Est
Un mes después recibí una llamada de un número desconocido. Dudé, pero al final contesté.—¿Hola?—Camila, soy yo.Era Regina.—¿Qué quieres?—Santiago solo intentaba salvarme. No puedes hacerle esto.—Ahora que estamos divorciados puede cuidarte sin tener que preocuparse por nada más. ¿No era eso lo que querías?—No es lo mismo.—¿Qué tiene de diferente?—También tiene que cuidar a su abuela.—¿Y no debería hacerlo?—Pero antes esa era tu responsabilidad.Me reí.—Es su abuela, no la mía.—Nada debía terminar así. Todo está mal. ¿Qué le dijiste? Me anunció que ya no me acompañará a mis controles y que ha hecho por mí mucho más de lo que le correspondía.Ese era el verdadero motivo de la llamada: quería reclamarme. Nunca había tenido derecho a hacerlo y ahora lo tenía aún menos.—Si solo llamaste para decirme eso, no tiene sentido que sigamos hablando.Su voz adoptó de inmediato un tono lastimero.—¡No cuelgues! Solo quiero pedirte que hables con Santiago y lo convenzas de acompañarme
Mi primera parada fue Valle Doravia. Decían que mayo y junio eran los mejores meses para visitarlo. Recorrí el valle, visité el lago, subí a las montañas nevadas y vi cómo los primeros rayos del sol teñían de oro las cumbres. Al final me instalé en una posada a orillas del lago.La tercera noche, en la posada organizaron una velada alrededor de una fogata y todos jugamos a verdad o reto. Cuando me tocó elegir verdad, todos estallaron en risas. El dueño de la posada levantó una mano para calmarlos.—¿Santiago es tu esposo?Me quedé desconcertada.—Mi exesposo.El grupo quedó en silencio.—¿Todos lo conocen?Una joven se adelantó para explicármelo.—Vimos su video de disculpa. Dijo que habías salido a viajar sola y pidió que, si alguien se cruzaba contigo, se asegurara de que estuvieras bien. También nos pidió que te dijéramos que sigue esperando tu regreso.Tomé un sorbo de vino.—¿Y ahora van a pedirme que vuelva con él?La joven negó con la cabeza.—No. Solo queríamos animarte y que s
Era Santiago.—¿De verdad vas a marcharte?Fue lo primero que dijo mientras permanecía plantado frente al vehículo. Lo segundo fue:—¿Por qué?El cabello empapado en sudor se le pegaba a la frente y tenía los ojos enrojecidos y una expresión llena de miedo. Bajé de la casa rodante.—Si no hubiera frenado a tiempo, habrías muerto.—¿Por qué te vas?—¿Cómo lo sabes?—Tu madre me dijo que pensabas marcharte.—Entonces apártate.—¿Por qué? Si estábamos bien.Me reí.—¿Y por qué te fuiste tú hace tres años?—Mi madre estaba enferma.—Tu madre murió el 28 de mayo de 2021, antes de nuestra boda. ¿Necesitas que siga preguntando?—¿Lo sabes todo?—Sí.Su voz se volvió ronca.—Regina y yo solo somos amigos. Además, ya regresé y no volveré a irme.Había regresado. ¿Eso borraba los últimos tres años? No me había sido infiel. ¿Significaba que yo estaba exagerando? Había prometido no marcharse, pero acababa de irse otra vez detrás de Regina.Dijo que plantaría conmigo, que esperaba una respuesta. Ni







