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Capítulo 4

Author: Ximena Beltrán
La cena quedó servida. Era un banquete abundante.

Santiago se levantó.

—Abuela, aquí tienes el pollo asado, como te gusta.

Luego sirvió unas costillas a Regina.

—No comas demasiado. El médico dijo que debes comer menos carne.

Cuando me tocó a mí, se quedó sin saber qué servirme. Al final, puso un poco de verdura en mi plato.

Regina preguntó con una sonrisa:

—¿A Camila le gustan mucho las verduras?

—Ya te dije que ella no es exigente. Come de todo.

Pero a mí no me gustaban las verduras.

La abuela hizo sentar a Santiago y, con gesto cariñoso, le sirvió unas costillas.

—Deja de atendernos y come con nosotros.

—Abuela, acaba de cocinar y el olor a comida le quitó el apetito —explicó Regina.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Siempre le pasa. Con un poco de agua se le pasa.

Mientras hablaba, puso frente a Santiago un vaso de agua.

Tres años habían bastado para que él conociera a Regina a la perfección y para que ella también lo conociera a él. Yo era la intrusa. Nunca supe que Santiago sabía cocinar ni que, después de hacerlo, acostumbraba tomar un vaso de agua.

Había vuelto a casa, pero yo lo sentía más lejos que nunca.

Al terminar la cena, entré en la cocina para lavar los platos. Regina recogió la mesa y llevó la vajilla hasta allí.

—Camila.

—¿Sí?

—Vi el edicto.

—¿Y?

—Solo quería decirte que estás interpretando mal la situación. Si yo no me hubiera enfermado, él no habría…

—¿No habría qué?

—En cualquier caso, nuestra relación no es lo que imaginas.

—¿Y qué imagino?

—Solo somos amigos.

—Entonces, como amiga suya, ¿por qué no le contaste lo del edicto?

Regina titubeó y apartó la mirada.

—Yo… estaba enferma. Lo necesitaba.

—Vi tus videos. Dime, si estuvieras en mi lugar, ¿qué pensarías de ustedes dos? ¿Que son amigos, novios o esposos?

—Nunca pasó nada entre nosotros. Él jamás te fue infiel. Ni una sola vez.

—¿Y eso significa que no me traicionó?

—Solo somos amigos.

Se volvió para marcharse, pero se detuvo de pronto.

—Te traje la tierra que Santiago me encargó. Tú decides si la usas.

Poco después, las risas llegaron desde la sala. Me sequé las manos y salí al balcón. La planta seguía en el suelo, junto a una bolsa pequeña de tierra. La planta y la tierra venían de Regina; solo la maceta era mía.

Santiago llevaba apenas dos días en casa, pero el departamento ya se había llenado de rastros de ella.

Volví a la sala y me senté en un rincón. Las risas se apagaron poco a poco. Santiago se puso de pie con el bolso de Regina en la mano.

—Vamos, te llevo a casa.

Después se volvió hacia mí.

—Cuida a la abuela por mí.

—¿Por qué tienes que llevarla tú? Puedo llevarla yo.

—¿No la detestas?

Así que sabía perfectamente cómo me sentía. Sonreí sin ganas y acepté llevar a la abuela.

La abuela permaneció callada durante casi todo el camino. Poco antes de llegar a la residencia, habló:

—Regina se marchó en aquel entonces porque no quería convertirse en una carga para Santiago. De no haber sido por eso, tú nunca habrías tenido una oportunidad.

Mis manos se tensaron sobre el volante.

—Ahora que Santiago volvió, ustedes deberían vivir en paz y cuidar su matrimonio.

No respondí.

Al llegar, una enfermera acompañó a la abuela hasta su habitación. Yo me dirigí al puesto de enfermería.

—Señorita Rojas, ¿necesita dejar alguna indicación?

—Quiero cambiar el contacto de emergencia de la abuela.

—Por supuesto. ¿A quién debemos poner?

—A Santiago Vega. Es su nieto.

La enfermera dejó el bolígrafo.

—Listo, ya quedó actualizado.

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