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Elegiste Cuidarla; Yo Elegí Olvidarte

Elegiste Cuidarla; Yo Elegí Olvidarte

By:  Ximena BeltránCompleted
Language: Spanish
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El día de la audiencia, el juez hizo la pregunta de rigor: —Solo llevan tres años casados. ¿Está segura de que su relación se ha roto de manera irreparable? Esbocé una sonrisa amarga, me quité el anillo de bodas y lo dejé sobre la mesa. —Llevamos tres años casados y hemos vivido separados durante los tres. ¿De verdad cree que aún queda algo entre nosotros? Habíamos sido novios durante cinco años. Yo era su contacto de emergencia e incluso la beneficiaria de su seguro. Creí que había elegido al hombre correcto, pero el mismo día de nuestra boda recibió una llamada y se puso pálido. Cuando le pregunté qué ocurría, solo dijo que su madre estaba enferma. Lo dejó todo y compró de inmediato un boleto de avión para volver a cuidar a su madre. Durante los tres años siguientes me enviaba, todos los días, fotografías de cada una de sus comidas. Sin embargo, su madre jamás aparecía en ellas. Como me dolía verlo hacerse cargo de todo él solo, le propuse renunciar a mi trabajo para acompañarlo y ayudarlo a cuidarla. Él se negó, diciendo que no soportaría verme sacrificar mi carrera. Hasta que, unos meses atrás, encontré la cuenta de una influencer que compartía su lucha contra el cáncer. Santiago Vega aparecía en uno de sus videos, acompañado de una frase llena de ternura: "Está conmigo al despertar. Está conmigo en cada comida. Y es su mano la que nunca suelta la mía". ¿Y yo? Durante más de mil días y noches, solo me tuve a mí misma. Me había mentido. El juez dejó el expediente sobre el estrado y formuló una última pregunta: —¿Lo ha pensado bien? Asentí con firmeza. Cuando declaró disuelto nuestro matrimonio, miré la sentencia de divorcio y rompí a llorar. Santiago, te dejo ir. Y también me libero a mí misma.

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Chapter 1

Capítulo 1

—¿Ya está?

Mi madre me esperaba a la salida del juzgado.

—Ya está.

—¿Él tampoco vino hoy?

—No.

—¿Sabe lo del divorcio?

Negué con la cabeza.

—El juzgado intentó notificarlo sin éxito y, al final, el edicto permaneció publicado durante sesenta días. Supongo que tampoco tuvo tiempo de verlo.

La voz de mi madre se quebró.

—¿Solicitaste el divorcio por lo de Regina Montes?

—Sí. El día de nuestra boda, mientras la operaban y su vida corría peligro, Santiago lo dejó todo para acompañarla.

Mi madre se secó las lágrimas.

—¿Y ahora Regina está fuera de peligro?

—Tal vez.

—¿No sigues amándolo?

—Durante esos tres años, le preparó cada comida sin faltar un solo día. Mamá, quizá todavía tenga un lugar para mí en su corazón, pero ella también ocupa uno.

El rostro de mi madre se llenó de tristeza, aunque no volvió a decir nada.

Ocho años atrás, Santiago y yo nos habíamos conocido en un hospital. Por entonces ya era el cirujano torácico más reconocido de la región, y yo era su paciente.

Cada mañana, entraba a mi habitación con el equipo médico para hacer la ronda. Nunca dejaba que su mirada se demorara en mí, pero siempre me dejaba un caramelo. Decía que así el sabor amargo de los medicamentos se hacía más llevadero.

El día que me dieron el alta, vino solo a verme.

—Ya estás bien. No tendrás que volver al hospital.

No logré ocultar mi decepción, pero su siguiente frase me dejó inmóvil.

—Ahora que ya no eres mi paciente, ¿puedo conquistarte?

En aquella época, todo el hospital sabía que Santiago estaba enamorado de mí. Durante el mes que permanecí internada, cambió todos los turnos que pudo con tal de verme un poco más. Muchas veces enlazaba el turno nocturno con el diurno solo para preguntarme cómo me sentía.

El sonido del elevador al abrirse me arrancó de mis recuerdos.

Cuando llegué a casa, la pantalla del celular se iluminó. Era el mensaje de Santiago. Me había enviado una captura de pantalla de su boleto de avión de Puerto Azul a Santa Aurelia. El vuelo salía al día siguiente.

Un segundo después llegó otro mensaje:

"Amor, ¡muy pronto estaré en casa!".

Me quedé junto a la puerta, mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

El año anterior había sufrido una apendicitis aguda. Cuando me llevaron al hospital, le envié un mensaje:

"Amor, ¿puedes volver? Me van a operar de urgencia por apendicitis".

Mi celular permaneció en silencio durante todo aquel día. Más tarde lo vi en uno de los videos de Regina. Se le notaba nervioso y, cuando la cámara mostró un plano más amplio, lo vi decorar un pastel con sumo cuidado. Encima había escrito con una manga pastelera: "Para Regina: una vida llena de salud".

Habían pasado tres años. Justo el día en que decidí renunciar a él, me anunciaba que volvía a casa.

Abrí la puerta y recorrí el departamento con la mirada. Solo había rastros de mi vida. En el balcón solo se secaba mi ropa. Había pocas cosas que le pertenecieran a él, pero ninguna que realmente nos perteneciera a los dos.

Abrí el video fijado de Regina, el que más reacciones tenía. Mostraba la casa donde habían vivido en Puerto Azul. Junto a la entrada había dos pares de zapatos del mismo modelo: unos rosados y otros azules. Las suelas de los azules estaban desgastadas. En el balcón colgaba la ropa de ambos, como si fueran un matrimonio.

La cámara bajó y mostró una explosión de colores. Regina apareció sonriendo y fue presentando una a una las rosas, margaritas, portulacas y buganvilias. Santiago las había cultivado para ella por una sola razón: quería verla más feliz.

Durante el segundo año que vivimos juntos, antes de casarnos, yo también había puesto flores en el balcón. Él siempre olvidaba regarlas.

—Santiago, ¿no puedes prestarles un poco de atención? —le reclamé una vez.

Su respuesta fue sencilla:

—Solo son flores.

Al final, la única a quien no dedicaba suficiente atención era a mí.

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