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Capítulo 8

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-29 18:46:42

Adrian

La ciudad nunca le exigía escuchar los pensamientos de nadie más.

Adrian pasó la mayor parte de la tarde en la sala de juntas de Vale Corp, revisando las proyecciones trimestrales y poniendo fin a un pequeño intento de un accionista rival por conseguir mayor influencia. El trabajo le resultaba familiar. Limpio. Exigía concentración, pero no emociones. Durante unas horas, aquella extraña habilidad permaneció en silencio, encerrada tras la distancia y los gruesos cristales de la torre.

Cuando salió del edificio, el sol ya comenzaba a desaparecer detrás del horizonte urbano. Su chófer le abrió la puerta. Adrian se acomodó en el asiento trasero y asintió brevemente.

—Directo a la propiedad.

Mientras el automóvil se incorporaba al tráfico de la tarde, el silencio dentro de su mente empezó a hacerse notar. Había vivido toda su vida con aquel silencio. Nunca le había molestado. Ahora le parecía incompleto, como una habitación que había albergado brevemente otra presencia y que después había quedado vacía.

Sacó el teléfono y abrió el informe preliminar que le había enviado su equipo de seguridad.

La hospitalización de Vivienne Quinn era real. Los historiales médicos confirmaban un episodio neurológico repentino, lo bastante grave como para requerir vigilancia intensiva. La coincidencia en las fechas era conveniente, casi teatral, pero los documentos parecían legítimos. Más interesantes eran las discretas inconsistencias relacionadas con la hermana menor.

Serena Quinn se había mantenido prácticamente al margen de las páginas sociales. Menos fotografías. Menos apariciones públicas. Sobre el papel, era la hija más discreta y menos útil.

Y, sin embargo, era ella quien llevaba su anillo en aquel momento.

Adrian cerró el informe y miró por la ventana mientras la ciudad daba paso al tramo más oscuro de la carretera que conducía al valle del Hudson.

Tenía dos opciones claras.

Revelar el intercambio de identidades, anular el acuerdo original y exigir concesiones mucho mayores a la familia Quinn, aprovechándose de su desesperación.

O guardar el secreto, quedarse con la mujer y aprovechar el acceso sin precedentes que ahora tenía a su mente.

La segunda opción ya iba ganando.

Cuando el automóvil atravesó las puertas de la propiedad, la noche ya había caído por completo. La casa resplandecía con discretos puntos de luz. Adrian salió, saludó al equipo de seguridad y entró.

La señora Lang lo esperaba en el vestíbulo principal.

—La señora Vale está en la biblioteca —dijo—. La cena estará lista en veinte minutos.

Adrian asintió y se dirigió al ala oeste.

La encontró acurrucada en uno de los grandes sillones junto a la ventana, con un libro abierto sobre el regazo que no parecía estar leyendo. Se había cambiado y llevaba un suéter suave y unos pantalones oscuros. Seguía teniendo el cabello recogido, aunque más suelto que por la mañana.

En cuanto cruzó el umbral, la voz regresó, clara e inmediata, cargada de la misma tensión seca que empezaba a reconocer como característica de ella.

Por supuesto que camina como si la casa le perteneciera. Le pertenece. Aun así, es irritante.

Adrian se detuvo a unos pasos de entrar por completo.

—Es temprano para la cena.

Ella levantó la vista, cerró el libro y se puso de pie.

—Estaba explorando. La señora Lang me dijo que la biblioteca estaba abierta.

—Lo está. —Adrian miró el título del libro que había estado sosteniendo—. ¿Te gusta la historia?

—Me gustan las habitaciones que no me hacen sentir que me están juzgando.

Y a mí me gustan los hombres que no me miran como si estuvieran haciendo un inventario, pero no todos podemos conseguir lo que queremos.

La comisura de sus labios amenazó con moverse. Consiguió controlarse.

—Le pediré al chef que ajuste el menú si hay algo que prefieras.

—La comida está bien.

La comida es excelente. Ese no es el problema. El problema es la compañía y el robo de identidad a largo plazo.

Adrian la estudió durante unos instantes más. De cerca, las diferencias con la verdadera Vivienne eran más evidentes. La manera en que sostenía la mirada un poco más directamente de lo habitual. La ligera tensión defensiva de sus hombros. La inteligencia que se ocultaba justo detrás de su expresión cautelosa, inquieta y reacia a dejarse contener por completo.

Se había casado con una sustituta.

Ya no estaba seguro de que aquello le molestara.

—Me cambiaré para la cena —dijo—. Reúnete conmigo en el comedor a las siete.

Ella asintió brevemente.

—Estaré allí.

Estaré allí. Sonriendo. Asintiendo. Elaborando mentalmente mis planes de escape. Igual que esta mañana.

Adrian la dejó en la biblioteca y subió a cambiarse. La habilidad volvió a desvanecerse con la distancia, pero el eco de sus pensamientos permaneció. Sarcásticos. Acorralados. Llenos de vida de una manera que el resto de su mundo cuidadosamente controlado no estaba.

A las siete en punto, regresó a la planta baja.

Ella ya estaba sentada, con la postura impecable y la expresión serena. En cuanto él ocupó su lugar frente a ella, los comentarios privados se reanudaron como una segunda conversación que solo él podía escuchar.

Escuchó mientras servían el primer plato.

Escuchó mientras ella respondía a sus preguntas corteses con respuestas cuidadosas y apropiadas.

Y decidió, con la misma claridad con la que abordaba cada adquisición importante, que no iba a devolverla.

Ni a su familia.

Ni al contrato original.

Ni siquiera a la identidad que ella seguía esforzándose tanto por proteger.

El año apenas acababa de comenzar.

Y él pensaba aprovecharlo al máximo.

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