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Capítulo 7

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-29 18:35:57

Serena

La propiedad era hermosa de la manera más opresiva posible.

Después del desayuno, escapé del comedor en cuanto me pareció educado hacerlo y salí en busca de aire fresco. La señora Lang me había dicho que era libre de recorrer los terrenos, así que decidí tomarle la palabra y salí antes de que Adrian pudiera decidir que necesitábamos más «arreglos prácticos».

La mañana era fresca y despejada. La niebla todavía se aferraba a los árboles más bajos. La propiedad Vale se alzaba sobre una suave elevación, rodeada de bosques que parecían cuidadosamente mantenidos y completamente aislantes. No se oía el ruido de la carretera. Tampoco había vecinos a lo lejos. Solo pájaros, viento y la silenciosa certeza de que alguien, en algún lugar, me estaba vigilando.

Seguí un sendero de piedra que se curvaba hacia un jardín formal. Todo era preciso: los setos recortados en formas geométricas perfectas, la grava rastrillada en líneas impecables y los bancos colocados estratégicamente para que uno pudiera apreciar al máximo el buen gusto del propietario.

Por supuesto que tiene un jardín que parece presentar informes de gastos. Dios no permita que una sola hoja esté fuera de lugar.

Me senté en uno de los bancos y saqué el teléfono. Una barra de señal. Qué generosidad.

Tenía un mensaje de mi madre.

¿Te ha hecho alguna pregunta difícil?

Me quedé mirándolo durante un buen rato antes de responder:

No. Todo está bien.

No estaba bien. Nada de aquello estaba bien. Pero decírselo solo provocaría otro sermón sobre el deber y la supervivencia de la familia. Ya había cumplido con mi papel. No tenía ganas de repetir la función.

Guardé el teléfono y eché la cabeza hacia atrás, dejando que el débil sol me acariciara el rostro.

Lo más extraño no era el aislamiento. Era él.

Adrian Vale me miraba como si estuviera resolviendo una ecuación. Durante el desayuno había habido varios momentos, pequeños y precisos, en los que su expresión cambiaba una fracción de segundo después de que un pensamiento cruzara mi mente. No después de que yo hablara. Después de que pensara.

Estaba siendo paranoica. Tenía que serlo.

La gente no podía escuchar los pensamientos ajenos. Aquello pertenecía a esos programas de televisión absurdos que daban a altas horas de la noche, no a un contrato matrimonial que valía más que el producto interno bruto de algunos países.

Aun así...

No dejaba de recordar la manera en que casi había sonreído cuando yo lo estaba llamando mentalmente un administrador de activos con forma humana.

Me levanté y seguí caminando.

El sendero conducía hasta un muro bajo de piedra desde el que se veía una extensa zona de césped abierto y, más allá, un bosque más denso. Apoyé los codos sobre el muro e inspiré profundamente.

Un año.

Podía soportar un año de sonrisas calculadas y silencios costosos. Podía interpretar el papel de Vivienne lo suficientemente bien como para mantener intacta la alianza. Después me marcharía, recuperaría mi nombre y no volvería a poner un pie en aquella propiedad.

Ese era el plan.

Un plan impecable.

No explicaba por qué una parte de mí ya se estaba preparando para la próxima vez que Adrian me mirara como si ya conociera el final de la historia.

El suave sonido de unos pasos sobre la grava me hizo volverme.

La señora Lang se acercó con su habitual postura eficiente.

—Señora Vale. El señor Vale me pidió que le informara que regresará de la ciudad a las seis y media. La cena sigue programada para las siete.

—Gracias.

Vaciló un instante y luego añadió:

—Si desea utilizar la biblioteca o la sala de música, ambas están abiertas. El personal puede preparar cualquier cosa que necesite.

—Lo tendré en cuenta.

Asintió y volvió a dejarme sola.

Me quedé junto al muro un rato más, observando cómo la niebla se disipaba sobre el césped.

La biblioteca. La sala de música. Jaulas hermosas con mejor iluminación.

El sarcasmo no consiguió aliviar mi inquietud.

En algún lugar de la ciudad, Adrian Vale estaba trabajando. Y, por razones que no podía justificar, no dejaba de preguntarme si alguna parte de él seguía pensando en la mujer que se había casado con él usando un nombre falso.

Me aparté del muro y emprendí el camino de regreso a la casa.

Faltaban menos de ocho horas para la cena.

Tenía la incómoda sensación de que la conversación que él pretendía continuar no sería ni de lejos tan práctica como fingía.

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