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Capítulo 4

Author: Siyi Café
La persona frente a ella era su hermana nominal.

¡Y además, la prima de Camila!

Daniela parecía no ver a Lucía.

Caminó hasta el puesto de directora, tiró a la basura los documentos que Paula había dejado allí.

—Lucía, ¿qué significa esto?

Perdió el puesto que había conseguido. Encima, el maltrato.

Paula estaba a punto de llorar.

Todos los demás protestaron por ella.

—¡Todos saben que Paula se ha esforzado tanto, precisamente por el puesto de directora!

—Nuestro departamento ya tiene pocos puestos y ahora traen a alguien de afuera a quitarnos el lugar, ¡por qué!

Lucía estaba más ansiosa que los demás, y sentía más pena por Paula.

Alcanzó a grandes pasos a Verónica, que salía:

—Asistente Verónica, la directora nueva llegó así, ¡¿quién lo autorizó?!

Verónica tenía en el rostro la misma frialdad de siempre hacia ella, y respondió con otra pregunta:

—¿Y crees que quién tiene derecho?

El expediente de ascenso ya tenía la firma del vicepresidente.

El único que podía bloquearlo era el presidente, ¡Sebastián!

Después de que Verónica se fue, Daniela se acercó:

—Yo no le pedí nada a Sebastián.

—Fue mi prima, ella sabe que quiero entrar al Grupo Nueve, y se lo mencionó a Sebastián.

Daniela presumía:

—Sebastián quiere mucho a mi prima.

—Camila dijo que me diera el puesto de directora, ¡y él aceptó sin pensarlo!

Lucía cayó en la cuenta de golpe.

¡Camila se estaba vengando por la humillación de anoche!

Traer a la persona que más odiaba, Daniela, y ponerla delante de sus narices para fastidiarla.

Daniela no tenía ningún talento destacado.

¡Era completamente inútil!

Con sus capacidades, por el procedimiento normal no llegaría ni a tocar la puerta del Grupo Nueve.

Pero con una palabra de Camila, ¡Sebastián estaba dispuesto a violar las normas de la empresa por ella!

Lucía de pronto pensó en sí misma.

Cuando ella pasó el examen escrito y la entrevista, Sebastián la rechazó como ella no tuvo experiencia y la hizo empezar de pasante.

¡Qué diferencia tan grande!

Sebastián podía haber adivinado que Camila quería fastidiarla.

Pero, claro que Camila era su favorita.

Él le estaba diciendo claramente que, aunque Daniela fuera solo la prima de Camila, ¡valía más que ella!

¡Qué gracioso!

Lucía se reía de dolor y de entumecimiento.

Daniela la insultaba sin reparos:

—¡Lucía, ten un poco de dignidad!

—¡Sebastián hace mucho que no te quiere, y sigues aquí pegada!

—¿Sabes cómo te ve Sebastián?

—¡Dice que eres una arrastrada, una sucia, que le dan ganas de vomitar con solo pensarte!

—¡Solo alguien como Camila merece estar con él!

Lucía le lanzó una mirada gélida y cortante.

Daniela quedó callada por instinto y oyó a Lucía replicar:

—¿Ah, sí? ¿Él te lo dijo acostado en tu cama?

Daniela se puso roja de furia.

Sin hacer más caso a los desmanes de Daniela, Lucía subió a grandes pasos.

¡Lo que hay que reclamar, hay que hacerlo!

De pie ante la puerta de la oficina del presidente, Lucía dijo con frialdad:

—¡Quiero ver a Sebastián!

Verónica solo dijo con formalismo:

—¿Tienes cita?

—¿Y qué? Como la esposa de él, ¿necesito una cita?

Era la primera vez que Lucía usaba su identidad de Sra. Duarte para presionarla.

El rostro de Verónica se ensombreció por un instante.

Verónica se molestó, pero no se atrevió a decir nada.

—Verónica.

Camila llegó en ese momento y el perfume que desprendía llegó hasta Lucía.

Como si no viera a Lucía, preguntó:

—¿Está Sebastián?

—Sí.

Verónica asintió rápido y la escoltó hacia adentro con una reverencia.

Solo entonces la mirada de Camila se posó ligeramente en Lucía, pero le habló a Verónica:

—Perdón, vine con prisa, no alcancé a pedir cita con Sebastián.

—¿Lo molesta?

—Claro que no.

Así que Camila no estaba dentro del rango que necesitaba cita con Sebastián.

Según sabía, los únicos exentos de cita eran unos pocos clientes importantes, la abuela de Sebastián, y ella.

Ni siquiera la propia madre de Sebastián tenía ese derecho, pero Camila sí.

Verónica se giró, y en su rostro de formalismo ya había una ironía velada.

—Lo siento, el Sr. Duarte tiene ahora un asunto importante que tratar.

Por la puerta entreabierta salió la voz clara de Camila, entremezclada con la respuesta suave de Sebastián.

Hablaban de la niña.

Eso era su "asunto importante".

Los puños de Lucía estaban apretados.

Ella empujó la puerta.

La conversación dentro se detuvo de golpe.

Los dedos de Sebastián, que sostenía el celular, se tensaron ligeramente.

En la pantalla se reflejaba claramente la cara de la hija de Camila.

Cuando la mirada de Sebastián se apartó de la pantalla y se posó en su rostro, la ternura en sus ojos se desvaneció por completo.

En su lugar, fue ira.

Dijo con voz fría y dura:

—¿No te sabes el manual del empleado?

—¿No sabes que hay que tocar antes de entrar a la oficina de tu jefe?

Sin esperar respuesta, él ordenó:

—¡Fuera!

Al otro lado, Camila se cubrió la boca ligeramente.

Soltó una risita.

Lucía apretó el picaporte hasta que le dolieron los dedos.

¡Pero no podía controlar la ira que le subía a la cabeza!

Camila venía por asuntos privados, sin cita, y podía entrar libremente.

Ella, por asuntos de trabajo, tenía que pasar por todos los trámites.

¿Cuándo se había vuelto Sebastián tan poco respetuoso de las normas?

En ese momento, un jefe del departamento técnico llegó apresurado:

—Disculpe, Sr. Duarte, hay un problema técnico que necesita su decisión.

Con tanta prisa, apartó a Lucía de la puerta y llegó hasta Sebastián.

Desde fuera, ella vio a Sebastián entregarle el celular a Camila, y tomar los documentos del jefe para discutir.

Lucía observó en silencio.

Sintió como si le arrojaran un balde de agua helada.

Así que no era que no respetara las normas.

¡Solo no las respetaba con ella!

Lucía sintió frío y calor a la vez, con ganas de llorar y de reír.

Su asistente subió corriendo, dijo con cara pálida:

—Lucía, ¡Paula y la nueva se están peleando!

Lucía contuvo a duras penas la amargura y bajó corriendo con la asistente.

Al llegar al departamento de negocios, ya habían separado a Paula y Daniela.

Daniela solo tenía el cabello un poco desordenado, pero la cara de Paula tenía una marca de mano.

Lucía preguntó:

—¿Qué pasó?

Daniela ya se soltó de quienes la sujetaban, tuvo los brazos cruzados.

Paula tenía los ojos rojos de rabia:

—Ella me insultó y ya, ¡pero cómo se atreve a insultar a nuestra gerente!

—¿Acaso mentí?

Daniela alzó la barbilla, sin importarle Lucía en absoluto.

—¡El puesto de gerente de Lucía lo consiguió por hombres!

—¡Pudo hacer tantas ventas porque usó los contactos de los hombres con los que se entendía!

Daniela no se atrevía a decirlo más claro, pero apuntaba directamente a Sebastián.

Se burlaba de que ella se aferraba descaradamente a Sebastián.

—¡Mentira!

Paula estaba tan furiosa que quiso volver a pelear.

Lucía la sujetó con fuerza y la trajo de vuelta.

Miró a Daniela:

—¿Ah sí? Pues, tienes experiencia, ¿sí?

—O tu madre y tu prima Camila se encaramaron así, ¿y por eso crees que todas solo pueden ascender con esta forma?

—¡Vaya!

Daniela se abalanzó para pegarle.

Pero en el instante en que alzó la mano, la retrajo.

Lucía ya estaba preparada para responder, y al verla retirar la mano, se quedó perpleja.

Sintió un frío extraño.

—Sr. Duarte.

La asistente dijo con nerviosismo.

Lucía se giró y vio a Sebastián y Camila.

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