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Capítulo 3

작가: Andrea Carolina González
El tercer día de su viaje a la montaña nevada, Valeria publicó un video de graduación.

En las imágenes, los cuatro llevaban chaquetas del mismo color y jugaban al pie de la montaña. Sebastián cargaba la mochila de Valeria; Mateo se había agachado para atarle los cordones; y Gabriel la sujetaba entre sus brazos cuando el viento casi la hizo perder el equilibrio.

Al final del video apareció una frase sobre la imagen de Valeria sonriendo a la cámara:

"Juntos desde la secundaria y ahora rumbo a la universidad. Qué suerte seguir siendo los cuatro mejores amigos".

En los comentarios, alguien preguntó si la persona que grababa era su quinta amiga.

Valeria respondió:

"No hay una quinta persona. Siempre hemos sido cuatro".

Observé la pantalla durante unos segundos y cerré la aplicación.

Diez minutos después, el video desapareció.

Gabriel me llamó.

—¿Viste el video de hace un momento?

—Sí.

—Valeria no quiso decir que dejaras de ser nuestra amiga. Como tú no viniste, temió que la gente no entendiera por qué hablaba de cinco personas y cambió la frase a última hora.

Su explicación sonaba tan ensayada que parecía haberla preparado de antemano.

—Entiendo.

De pronto, al otro lado de la línea se oyó un grito, seguido por pasos desordenados.

Gabriel dijo apresuradamente que tenía que colgar y cortó sin esperar mi respuesta.

Poco después, el chat del grupo de los cinco se volvió un caos.

Valeria había pisado mal mientras tomaba una foto, se había deslizado por una pendiente nevada y había sufrido un esguince grave con lesión de ligamentos. Tendrían que terminar el viaje antes de lo previsto.

Sebastián preguntó por qué no respondía sus llamadas. Mateo me ordenó buscar de inmediato el primer vuelo de regreso.

Leí los mensajes sin entender nada.

"¿No pueden buscarlo ustedes?".

Sebastián respondió enseguida con un audio:

—¡Siempre te encargabas tú! Valeria no deja de llorar de dolor. ¿Cómo quieres que tengamos tiempo para buscar vuelos?

Solo se acordaban de mí cuando necesitaban que alguien resolviera sus problemas.

Cada vez que los cinco salíamos, yo compraba los boletos, organizaba los documentos, preparaba el itinerario y llevaba los medicamentos.

Se habían acostumbrado a disfrutar de todos mis cuidados sin considerar nunca que aquello también requería esfuerzo.

Salí del chat y no busqué ningún vuelo.

Media hora después, mi madre abrió la puerta de mi habitación.

—Valeria está herida. ¿Cómo puedes seguir aquí sentada como si nada?

Me puso el celular delante del rostro. En la pantalla había una foto del tobillo hinchado y enrojecido de Valeria.

—Ya la están atendiendo en un hospital de la zona. Ve empezando a ordenar tu habitación.

No entendí a qué se refería.

—¿Ordenar qué?

—El médico dijo que durante las próximas semanas Valeria debe evitar las escaleras y apoyar el pie lo menos posible. Como tu habitación está en la planta baja, será más fácil que se recupere aquí y yo podré cuidarla. Se quedará unas semanas, hasta que pueda subir escaleras sin forzar el tobillo.

Mi madre lo dijo como si fuera lo más natural del mundo. Desde niñas, había tratado a Valeria casi como a una segunda hija y, como sus padres estarían fuera por trabajo durante varias semanas, había decidido cuidarla ella misma. Era evidente que ni siquiera había contemplado la posibilidad de que yo me negara.

—¿Y dónde dormiré yo?

—En el estudio hay una cama plegable. De todos modos, pronto empezarás la universidad aquí y pasarás casi toda la semana cerca del campus. No compliques las cosas.

Pronto empezaría la universidad. Por eso podían regalarle mi habitación a otra persona antes de tiempo.

Guardé silencio durante unos instantes, me levanté y abrí el armario.

Mi madre asintió, satisfecha.

—Así está mejor. Valeria siempre ha sido delicada de salud. Debes ser más comprensiva con ella.

No le expliqué nada. Me limité a guardar mi ropa, prenda por prenda, dentro de las maletas.

Cuando llené tres maletas, más de la mitad de la habitación había quedado vacía.

Cuando mi madre volvió a entrar y vio el equipaje en el suelo, por fin notó algo extraño.

—¿Por qué guardaste todas tus cosas?

—Las necesitaré al empezar las clases.

—¿Para qué llevar tanto?

Cerré la cremallera de la última maleta.

—Prefiero dejarlo listo para no complicarme después.

Me observó con desconfianza, pero pronto volvió a hablar de Valeria.

—¿Estás segura de que entrarás a esa universidad? Si no consigues entrar, no vengas a llorar después.

Sonreí.

Ella ni siquiera sabía que ya me habían admitido en una universidad de otra ciudad.

Tampoco lo sabían los tres chicos que habían crecido conmigo.

Toda su atención había estado puesta en Valeria.

Analizaban con ella cada carrera a la que podía postularse y, si alguna opción no parecía viable, se apresuraban a buscarle una alternativa.

La única pregunta que me hicieron fue la de Gabriel:

—Podrás quedarte aquí y estudiar con nosotros, ¿verdad?

Aquella noche, por fin regresaron.

Entre los tres ayudaron a Valeria a entrar en la casa: Sebastián llevaba su equipaje, Mateo sostenía los medicamentos y Gabriel la sujetaba para que no apoyara el pie lesionado.

La instalaron en mi habitación.

Mi madre cambió las sábanas y le llevó un plato con trozos de mango.

—Quédate tranquila, Valeria. Clara pronto empezará la universidad, así que esta habitación estará vacía de todos modos.

Nadie notó que yo ya había retirado todas mis fotos de las paredes.

Tampoco repararon en que las tres maletas junto a la cama contenían todo lo que pensaba llevarme de aquella ciudad.

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