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Capitulo 2

Author: Deyssi
last update publish date: 2026-02-25 10:30:35

VALERIA

Unas horas después, el almuerzo es un campo de batalla silencioso.

Los cubiertos tintinean contra la loza con una violencia apenas contenida. Las miradas se esquivan como boxeadores en el último asalto, agotados pero orgullosos. Las palabras se pudren en la garganta antes de nacer, fermentan en lenguas que prefieren el silencio a la mentira. Damián se levanta sin previo aviso, la servilleta de lino cae al plato como un guante arrojado.

—Tengo una llamada urgente —miente.

El portazo que cierra tras de sí retumba en la casa como un trueno de ira contenida. Una fuga. Un hombre huyendo de sí mismo, de lo que casi hizo, de lo que aún quiere hacer.

Necesito salir. Necesito que la bomba de relojería que acabo de activar termine de contar sus últimos segundos. Necesito sentir el sol en la piel y el veneno dulce de la provocación corriendo por mis venas como un río subterráneo.

—Samuel —digo, alisando el vestido sobre mis muslos al levantarme de la mesa—. Salgamos al jardín. Este aire está cargado de números y planos, necesito respirar algo que no huela a facturas y a… frustración.

Él asiente de inmediato, casi con alivio.

El jardín de la tarde es un baño de luz ámbar. El sol, filtrado por las ramas del viejo guayacán, pinta de oro líquido cada hoja, cada brizna de hierba, cada gota de agua que aún brilla en el bordillo de la piscina. Me dejo caer en la hamaca de lona blanca. El movimiento es suave, hipnótico, un vaivén que acuna mi cuerpo y despega la tela del vestido de mis muslos. Mis ojos se posan en la pequeña piscina, sus aguas quietas reflejando el cielo como un espejo de zafiro.

—En esa piscina hay tantos recuerdos —suspiro, más para mí misma que para él—. No quisiera que Damián la renueve. Ya no sería lo mismo. El agua guarda secretos, ¿no crees?

Espero una respuesta, pero Samuel está sumergido en sus propios abismos. Me ignora, sus ojos vidriosos clavados en un punto lejano que no existe. Sus dedos juguetean con el borde de su camiseta, nerviosos.

—Estás muy distraído, Samuel —le trueno los dedos frente a su rostro. El chasquido lo saca de su ensueño como un electroshock—. Parece que tuvieras la cabeza en otro planeta. O en… otra persona.

Él suelta una risa nerviosa, forzada, y se pasa una mano por el pelo, desordenando esos rizos oscuros que heredó de su padre. El gesto, tan parecido al de Damián cuando está incómodo, me produce un escalofrío que no tiene nada de frío.

—¿Tan obvio es? —pregunta, evitando mi mirada, pero un rubor delata su cuello, asciende por sus mejillas como un incendio forestal.

—Como un letrero de neón —respondo.

Ajusto mi postura en la hamaca con una lentitud exquisita. Dejo que una pierna se balancee con mayor amplitud.

—Déjame adivinar… —murmuro, acariciando el aire con las palabras—. Es por una chica.

La sonrisa que le brota entonces es amplia, genuina.

—Sí —confiesa. Y su voz se carga de una ternura que me toma por sorpresa, que me hace un pequeño nudo en el estómago—. Estoy… totalmente enamorado. Es como una fiebre que no baja. Como si me hubiera tragado el sol y me quemara por dentro todo el tiempo.

—¿Y ella? —pregunto, inclinándome hacia adelante—. ¿Sabe de esta… fiebre?

La luz en sus ojos se apaga un grado. —No. No puede saberlo.

—¿Por qué no? —insisto. Mi voz es un susurro cómplice. Mi pie desnudo roza el suyo por accidente, o por diseño, y él no lo retira.

—Es… casi inalcanzable —susurra. Sus ojos, por fin, se encuentran con los míos, y en ellos hay una entrega total, una vulnerabilidad que me desarma—. Demasiado perfecta. Es inteligente, ya está en los últimos semestres, sabe exactamente lo que quiere… y yo soy solo un novato en primero. Es como si fuera una reina, Val, y yo… un bufón con una guitarra.

Sus palabras suenan a discurso inventado en su cabeza, pero sus ojos… sus ojos no mienten. Ahí arde, genuino y desprotegido, el amor por esta dichosa mujer que ni siquiera sabe que existe.

—Eso es una tontería, Samuel —digo, bajando de la hamaca—. La edad, los semestres… son solo números. Papel mojado. Si te rechaza por eso, es porque no vale la pena. Porque no es capaz de ver lo valioso que eres…

—Soy un…

—Shh —interrumpo. Mi dedo índice se posa sobre sus labios, apenas un roce, una promesa de seda—. No digas nada antes de escucharme.

Hago una pausa.

—…Si no es capaz de ver esto —continúo—Eres impresionante, Samuel —digo, y ahora no hay coquetería, solo admiración cruda, carnal. Mi voz es un rumor grave, un secreto compartido—. Tienes los hombros de alguien que puede cargar mundos, unos ojos marrones tan transparentes que hacen que cualquiera se pierda en ellos y empiece a soñar. Y esa boca… —hago una pausa dramática, observando sus labios entreabiertos, ligeramente húmedos, el inferior un poco más carnoso, mordido por la ansiedad— hipnóticos. Una boca que parece hecha para prometer cosas increíbles. Para susurrar, para morder, para callar gemidos. Eres joven. Tienes fuego, pasión, talento. Eres dulce, sensible, empático… —mi voz baja hasta convertirse en un rumor casi inaudible, una caricia que solo él puede escuchar—. Eso vale más que cualquier título, que cualquier ventaja. Es… devastadoramente atractivo.

Mis propias palabras son yesca en mi piel. Siento un calor húmedo y familiar encenderse en mi vientre, un latido profundo que me recuerda que el deseo no entiende de estrategias, que a veces el cazador también se incendia con su propia hoguera.

Samuel está hipnotizado, paralizado. Un rubor intenso le sube desde el cuello hasta las orejas.

—Val…

Me mira unos segundos eternos. En sus ojos, un torbellino: confusión, deseo, miedo. Pero también algo más, algo que brilla en el fondo como un rescoldo que no termina de apagarse. Una pregunta que no se atreve a formular.

—Lo dices solo porque eres mi amiga, ¿verdad?

Me inclino hacia él. El espacio entre nosotros se reduce a un suspiro.

—¿Solo porque soy tu amiga? —repito— Samuel, mírame. ¿De verdad crees que diría todo eso por compromiso? ¿De verdad piensas que me molestaría en enumerar cada cosa hermosa que hay en ti si no lo sintiera hasta los huesos?

—Eres mucho más de lo que he descrito —continúo, y mi voz baja un tono más, convirtiéndose en una caricia—. Eres la forma en que tu mirada se ilumina cuando hablas de lo que amas. Eres esa manera que tienes de inclinar la cabeza cuando escuchas, como si cada palabra fuera importante. Eres la calidez que transmites sin esfuerzo, esa forma de estar sin pedir nada, de llenar el espacio con algo que no se ve pero se siente.

Hago una pausa. Sus ojos están fijos en mí, hipnotizados.

—Y si esa señorita —la palabra sale envuelta en un desdén suave— se atreve a rechazarte, créeme, no es porque tú no seas suficiente. Es porque ella no es capaz de ver. Y los ciegos no merecen la luz.

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