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Capitulo 3

Author: Deyssi
last update publish date: 2026-02-25 10:31:59

VALERIA

Desvía la mirada, clavándola en el pasto, pero su cuerpo sigue inclinado hacia el mío, magnetizado, vencido por una fuerza que no controla. Sus manos, a los costados, se abren y cierran como si buscaran algo a qué aferrarse.

—Gracias por tus palabras —susurra. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos brillan con una humedad que no llega a ser llanto, pero podría—. Significan mucho para mí. Más de lo que imaginas. Eres… mi mejor amiga, Val. La persona que más me entiende en este mundo. La única con la que puedo ser yo mismo sin miedo. Y no quiero que eso cambie nunca. Nunca.

La última palabra queda flotando entre nosotros, cargada de un significado que trasciende lo que dice.

—Nunca —respondo.

La palabra es un juramento. Y cuando sonrío, él sonríe también. Como si mi sonrisa fuera un espejo donde reflejar la suya. Por un instante, veo amor.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sé muy bien qué hacer con eso.

De repente, una chispa le ilumina el rostro, una sonrisa traviesa que borra cualquier resto de solemnidad y lo devuelve a su edad, a su ligereza.

—Bueno, con tanta emoción… ¡creo que me dio un calor de repente! —anuncia, y su tono es tan juguetonamente teatral que no puedo evitar reír.

Con un gesto exagerado de actor de telenovela, se lleva las manos a la nuca de su camiseta blanca. El movimiento es lento, deliberado. La tela se levanta, revelando primero el vientre plano, luego el pecho, hasta que por fin la libera y la lanza al césped con un descuido estudiado.

Allí está, bajo la luz dorada, su torso desnudo. Es atractivo de una manera que hace que el corazón me dé un vuelco suave, no un golpe. Una tímida línea de vello oscuro, aún más fina que la de su padre, apunta hacia el elástico negro del boxer que asoma por el borde de sus jeans, desabrochados con descuido. La imagen es un poema de juventud y promesa.

—¡Te apuesto a que no te animas a un chapuzón! —dice, desafiándome con la mirada.

—¡Con esa agua que parece del ártico! ¡Ni loca! —protesto, cruzando los brazos sobre mi pecho, pero mi sonrisa, ancha y genuina, delata que el juego me divierte más de lo que debería.

Él no dice más. Corre hacia la piscina con una energía contagiosa y salta con un grito de guerra ridículo y adorable que se corta en seco al contacto con el agua. El chapuzón es estruendoso, una explosión de cristal líquido.

Pero el héroe emerge… aproximadamente medio segundo después.

—¡AY, NO! ¡MADRE MÍA, ESTÁ CONGELADA! —chilla. Su expresión es de pánico cómico. Nada dos brazadas frenéticas y sale del agua escalando como un cangrejo asustado, las manos y rodillas buscando desesperadamente el borde. Se pone de pie tambaleándose, goteando y temblando exageradamente, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de autoprotección que resulta enternecedor—. ¡Es… es como bañarse en un granizado de los polos! ¡Mis… mis partes vitales se están reuniendo en asamblea de emergencia para decidir si se declaran en huelga!

Me da un ataque de risa incontenible. Me doblo ligeramente, una mano en el estómago.

—¡Te lo dije, idiota!

—¡No… no es gracioso! —dice, pero él también está riendo, sus dientes castañeteando en una sonrisa amplia y temblorosa—. ¡Es una tortura de la Inquisición española! ¡Pero… una tortura que tienes que probar por solidaridad!

—¡Ni te atrevas! —grito, retrocediendo unos pasos en la hierba, con el corazón acelerado por una mezcla de diversión y anticipación.

Él avanza, goteando, con una sonrisa pícara que le ilumina todo el rostro.

—¡No seas cobarde, Val! ¡Un segundo nada más, y juro que te doy calor humano después! ¡De hecho, lo garantizo por escrito, con testigos y notario!

—¡Samuel, no! ¡Estás helado! —protesto, pero mis risas y la forma en que mis pies no retroceden con suficiente convicción le quitan toda severidad a la negativa.

En un movimiento rápido pero sin brusquedad, cierra la distancia. Sus brazos, fríos y húmedos pero sorprendentemente fuertes, me rodean con una mezcla de timidez y determinación.

—Shhh, confía en mí —murmura junto a mi oído, y su voz, de repente, ha perdido toda broma. Es una caricia cálida en medio del frío que emana de su piel—. Solo un segundo. Te lo prometo.

Me levanta con una facilidad que me sorprende, sosteniéndome como si fuera algo precioso y frágil. Mis brazos, por instinto, se enredan en su cuello. Me aprieta contra su pecho, y a pesar del frío de su piel mojada, siento el latido rápido de su corazón, un tambor alegre y nervioso que golpea contra mis costillas. Es romántico de una manera torpe y perfecta, una escena de película adolescente con sabor a vida real.

—¡Este es el momento, Val! ¡Aguanta la respiración! —anuncia, y corre los pocos pasos que nos separan de la piscina.

Por un instante, suspendidos en el aire, el mundo se detiene. Sueltos de toda gravedad. Su mirada encuentra la mía, y en ella hay una pregunta silenciosa, un asombro. Luego, el impacto.

Nos hundimos en el agua helada. El frío es un puñetazo en los pulmones, un cuchillo en la piel. Pero bajo el agua, en el silencio azul y burbujeante, sus brazos no se sueltan. Al contrario, me sostienen con más fuerza, nuestros cuerpos se entrelazan en la caída, y siento su mano en mi espalda baja, presionándome suavemente contra él, buscando mi calor, ofreciendo el suyo. Por un segundo eterno, solo existimos nosotros, suspendidos en ese abrazo líquido.

Emergemos jadeando y tosiendo, pero riendo al mismo tiempo. El agua chorrea de nuestras caras, de nuestros cabellos, mezclándose. Nuestros cuerpos, aún enredados, buscan instintivamente el contacto.

—¡Lo… lo lograste! —dice entre risas y jadeos, su pecho sube y baja contra el mío.

—¡Estoy congelada hasta los huesos, idiota! —grito, pero mis manos se aferran a sus hombros, buscando su calor con una urgencia que no puedo disimular.

—Yo te caliento —dice. Su voz baja, se quiebra, pierde toda intención de broma. Se vuelve grave, íntima, un susurro que solo existe para nosotras dos.

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