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Capítulo 2

Autor: Raquel Valenzuela
El día que trasladaron a mi padre a una habitación normal, Juan trajo un plan de cuidados. Estaba redactado con minuciosidad: los horarios de sus medicamentos, las terapias de rehabilitación, las restricciones alimentarias e incluso los turnos de los cuidadores.

Juan dejó la carpeta sobre la mesa de noche.

—Le pedí a alguien que contactara al director de rehabilitación. Mañana vendrá a hacer una evaluación.

Mi padre, quien acababa de despertar, aún tenía la comisura de la boca ligeramente torcida y hablaba arrastrando las palabras.

—Juan… Gracias. No… te molestes… tanto…

Juan se inclinó un poco hacia él.

—No se preocupe por nada y descanse —respondió.

Era perfecto. Era educado y atento, tal como debería ser un buen futuro yerno… si Whitney no existiera.

Ella llegó al mediodía, con una cesta de frutas. Llevaba un vestido de color crema, aún estaba pálida y seguía con el brazalete del hospital en la muñeca. Apenas entró, buscó primero a Juan con la mirada.

—¿Llegué en un mal momento?

Él dejó el vaso de agua sobre la mesa de noche.

—Aún no te recuperas, ¿qué haces aquí?

—Escuché que al fin despertó y me sentí culpable —respondió Whitney en voz baja, agachando la cabeza—. Si no hubiera sido por mí, ese día tú no habrías…

Dejó la frase a la mitad, con los ojos enrojecidos. Mi padre, que ignoraba lo sucedido, hizo un rápido gesto con la mano, tratando de calmarla.

—Está bien… No llores.

Me quedé junto a la ventana mientras ella acomodaba la cesta sobre la mesa. Entre las frutas había una caja de arándanos, que mi padre no podía comer.

Al verlos, Juan la justificó enseguida:

—Whitney no lo hizo por maldad.

Tomé la cesta de frutas y se la entregué al cuidador que estaba junto a la puerta.

—Por favor, compártalo con las enfermeras en su puesto.

Whitney se quedó desconcertada por un segundo.

—Vivian, ¿todavía estás molesta conmigo?

Juan me miró, apenas un instante, pero lo hizo como advertencia.

—No seas grosera con ella.

Antes, esa mirada me aterraba más que cualquier otra cosa. Vivía preocupada de que me considerara inmadura o de que creyera que hacía un drama por nada. Soporté esa actitud tantas veces que ya no las podía contar.

Cuando Whitney tuvo fiebre a medianoche, abandonó nuestra cena de aniversario. Cuando dijo que le temía a los truenos, él cruzó media Ciudad Puerto para acompañarla. Cuando ella se quejó porque «no se acostumbraba a los médicos desconocidos», él mismo le organizó las terapias. Sin embargo, cuando estuve en emergencias con un suero intravenoso por un fuerte dolor de estómago, solo me respondió con tres palabras: «Sigue las indicaciones».

Miré a Whitney por un segundo, sin ánimos de discutir. Simplemente…, ya no quería nada.

—No estoy molesta contigo —admití. Se quedó helada y Juan también levantó la vista. Continué—: Es tu decisión buscarlo cada vez que te pasa algo y es la suya ir siempre.

La habitación quedó en silencio. Whitney se mordió el labio.

—Vivian, me hace sentir muy mal que lo digas así.

—¡Ya basta, Vivian! —intervino Juan, por fin. Su tono no fue brusco, pero bastó para que mi padre me mirara—. Whitney no se siente bien. No la lastimes con tus palabras.

Mi padre apenas frunció el ceño.

—Vivian, no seas terca.

Apreté las manos levemente. Así que hasta mi propio padre pensaba que yo era obstinada. Sin darme tiempo para seguir pensando, Juan me arrastró hacia el pasillo. Me agarró de la muñeca; aunque no me apretaba con fuerza, tampoco pude liberarme.

—Tu papá se acaba de despertar. ¿Tenías que armar una escena en la habitación?

Le sostuve la mirada.

—¿Qué fue lo que hice?

—Whitney ya se disculpó —respondió.

—Para que todos piensen que ella es la víctima y le tengan compasión —rebatí.

El rostro de Juan se endureció.

—Antes no eras tan fría.

Claro que no lo era. En el pasado, siempre le buscaba excusas. Me decía a mí misma que solo era un hombre demasiado responsable, que sencillamente no podía ver sufrir a Whitney sin hacer nada. No obstante, la luz afuera de emergencias había estado encendida toda la noche y, gracias a ella, ciertas verdades se habían vuelto demasiado evidentes.

Whitney salió de la habitación, apoyándose contra la pared como si fuera a desmayarse en cualquier momento.

—Juan, me siento un poco mareada…

Me soltó de inmediato, caminó hacia ella y le pasó un brazo por los hombros.

—Te llevaré a casa —le dijo con ternura. Luego volvió la cabeza hacia mí—. Quédate aquí a cuidar a tu papá. Llámame si pasa algo.

—Si te llamo, ¿vas a contestar? —pregunté, fijando la vista en su mano sobre el hombro de Whitney.

Juan frunció el ceño. Ella se recostó contra su brazo y murmuró:

—Vivian, no se lo compliques tanto.

Asentí.

—Claro.

Juan parecía aliviado mientras la ayudaba a caminar. Se fueron juntos, sin siquiera mirar atrás. Cuando las puertas del ascensor se cerraron al fondo del pasillo, bajé la vista y noté las marcas rojas que su agarre me había dejado en la muñeca. Eran muy tenues. Desaparecerían pronto, al igual que el dolor que había arrastrado durante años. Nadie lo vio y a nadie le importó.

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