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Capítulo 2

Penulis: Begoña Oropeza
Me dijo:

—No voy a permitir que lastimes a Simona.

Después de eso, las teorías conspirativas empezaron a circular por internet.

Decían que yo estaba usando la muerte de mi mamá para ganar compasión, clics y dinero.

Decían que yo solo fingía ser una chica ejemplar en internet y que Nicolás me había dejado porque no soportaba mi envidia hacia Simona.

La enorme presión de la opinión pública me dejó sin aire. Mi mente se derrumbó por un tiempo, y terminé padeciendo una depresión severa.

Pero no renuncié a buscar justicia para mi mamá.

Mi mamá me había cuidado y protegido durante veintitrés años. ¿Cómo iba a atreverme a abandonar la búsqueda de justicia para ella?

Fue también en ese momento cuando Bruno empezó a cortejarme con insistencia.

Me cuidaba con una atención constante. Me protegía como si yo fuera lo más frágil del mundo. Lo vi como mi salvación y acepté su propuesta de matrimonio.

Después de casarnos, el caso contra Simona se vino abajo por falta de pruebas y por aquella carta de perdón.

Entonces intenté dejar atrás el pasado. Intenté recuperarme. Quise tener un hijo con Bruno y formar con él una familia plena y feliz.

Nunca imaginé que esa salvación que yo creía mía, de principio a fin, no hubiera sido más que otra prueba de cuánto amaba él a Simona.

No sé en qué momento Bruno apareció frente a mí con un paraguas en la mano.

En cuanto me vio, su ceño fruncido se relajó un poco, y en sus ojos apareció un destello de angustia.

—¿Por qué saliste de repente sin avisarme? Estaba muy preocupado por ti. Además, cada vez hace más frío. Estoy muy ocupado a fin de año por el trabajo. Si te enfermas, ¿cómo voy a cuidar de ti?

No me sorprendió que Bruno me encontrara, porque él me había instalado una app de rastreo en el celular.

Dijo que temía que mi depresión empeorara y me pasara algo. Dijo que quería protegerme en todo momento.

Yo le creí.

Pero ahora también sabía que, en realidad, debía de tener miedo de que fuera a causarle problemas a Simona. Por eso me vigilaba.

Parpadeé. Las lágrimas ya se me habían secado. Me quedé mirando, aturdida, los copos de nieve que caían sin parar desde el cielo.

—Escuché que los deseos pedidos al empezar el año se cumplen. Salí para pedir los míos.

Mi primer deseo era divorciarme de Bruno sin problemas.

El segundo, no volver a verlo nunca después del divorcio.

El tercero, que mi mamá no me odiara.

Que no me odiara por haberme enamorado del cómplice que protegía a su asesina. Que no me odiara por haber querido, incluso, tener un hijo con él.

Bruno me puso su abrigo sobre los hombros y me rozó la punta de la nariz con cariño.

—Entonces tienes que abrigarte más. Mírate las manos. Están heladas. ¿Qué deseos pediste?

Lo miré con apatía, viendo cómo seguía interpretando su papel de esposo enamorado.

—Sobre nosotros. Y sobre mamá.

El rostro de Bruno se tensó apenas. Me miró fijamente.

—Al fin y al cabo, Simona es de tu familia. Tu mamá murió, y ella también sufrió mucho. Ustedes son la única familia que se tienen. Ya pasaron tres años, así que tal vez…

Entendí lo que quería decir.

—Lo sé. Ya no voy a insistir con eso.

Ya la había denunciado, y Simona no había sido condenada.

En aquel entonces no apelé. Ahora, aunque intentara dejar sin efecto aquella carta de perdón, tampoco podría cambiar el resultado.

Bruno soltó un suspiro de alivio casi imperceptible. Las comisuras de sus labios se elevaron, y su ánimo pareció mejorar bastante.

—Amor, me alegra mucho que por fin puedas dejarlo atrás. Año nuevo, vida nueva. De ahora en adelante, vivamos bien los dos. Vamos a ser muy felices.

Yo solo lo escuché en silencio.

Bruno me llevó de vuelta a casa.

Julián ya se había ido, y Bruno dijo que iría al estudio a trabajar.

Me quedé sentada en silencio, aturdida, hasta que, entre oleadas de emociones, terminé imprimiendo el acuerdo de divorcio.

***

Firmé sin dudar y fui directo al estudio.

Pero descubrí que la puerta estaba entreabierta y adentro no había nadie.

Era la primera vez que entraba al estudio de Bruno.

Todo estaba ordenado y limpio.

Sobre el escritorio había una foto de Simona. Y en los papeles arrugados, tirados junto a una pata del escritorio, su nombre se repetía una y otra vez.

Cada trazo destilaba el amor que ese hombre sentía por ella.

Creí que ya podía aceptar la verdad con calma.

Pero no podía.

Mi corazón parecía estar atrapado entre unas manos que lo apretaban con fuerza, y me dolía tanto que me dejaba sin aire.
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