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Je suis parti le jour même où elle est tombée enceinte

Je suis parti le jour même où elle est tombée enceinte

By:  Rivière de MontagneKumpleto
Language: French
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C'était notre septième anniversaire de lien. Pourtant, Xavier Martin, l'Alpha qui contrôlait tout, a ramené à la maison sa maîtresse enceinte. Depuis sept ans, il me vouait un culte. Il baisait ma main devant tout le monde en disant que j'étais sa lune, la seule Luna de sa vie. Mais aujourd'hui, sa main reposait sur le ventre d'une autre louve, comme pour exhiber un miracle. « Elle porte mon premier petit. Tu as le pouvoir de la Déesse Lune. Je veux que tu la bénisses. De plus, elle fait des cauchemars durant sa grossesse, alors elle prendra la chambre principale. » Je suis restée figée, croyant avoir mal entendu. « Est-ce une plaisanterie ? C'est ma chambre ! » Il a levé les yeux, le ton chargé d'avertissement. « À partir d'aujourd'hui, c'est la sienne. » La colère a manqué de me faire rire. Ma voix tremblait, mais elle était claire. « Tu as mis enceinte une louve Oméga de bas étage et tu la ramènes dans notre maison ? Xavier Martin, tu as complètement perdu la raison ! » « Je ne le répéterai pas une troisième fois. Libère la chambre maintenant. » Son aura est devenue glaciale en un instant. Sa pression d'Alpha m'a frappée de plein fouet, faisant gémir ma louve en moi. Il a cru que j'allais me soumettre docilement, mais il ignorait que j'avais déjà fait mes valises il y a des semaines, quand j'avais reçu la vidéo de son adultère. Alors que je marchais vers la porte d'entrée, je l'ai entendu ricaner derrière moi : « Laisse-la faire sa crise. Elle reviendra rampante dans moins de trois jours. » Les membres de la meute ont ricané dans mon dos, pariant déjà sur le nombre de jours que je tiendrais cette fois. Cependant, la voiture privée envoyée me chercher attendait déjà devant la porte. Cette fois, je rompais définitivement avec lui.

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Kabanata 1

Chapitre 1

—Antes de irte, borra los archivos técnicos de este lote de armas. Es información estratégica de la familia. ¿O acaso también pensabas llevártela contigo?

Estaba a punto de irme cuando Angela me cerró el paso.

Llevaba siete años a cargo del desarrollo y ensamblaje de armamento de precisión de la familia, así que sabía perfectamente que jamás había existido una regla así: que, al irte, tuvieras que borrar la información clave. Era obvio que estaba usando su posición de Donna para fastidiarme a propósito.

Y Vincent, que estaba a un lado, señaló la memoria USB con información confidencial que yo llevaba en la mano y ordenó:

—¡Suéltala! Los secretos más importantes de la familia no te pertenecen.

Si esa información se borraba, significaba que siete años de esfuerzo se irían a la basura.

Vincent sabía mejor que nadie que yo consideraba todo aquello mi vida entera, y aun así se había aliado con Angela para presionarme. Estaba seguro de que yo no sería capaz de irme.

Y no era raro que lo pensara. En siete años de matrimonio, nunca le di un hijo a la familia Corleone.

Durante incontables noches en vela, volqué toda mi energía en el desarrollo y ensamblaje de armamento de precisión, ayudándolo a afianzarse en el negocio de las armas.

Desde hacía mucho, los negocios de la familia se habían convertido en lo que más quería proteger, incluso a costa de mi propia vida.

La semana pasada, en la reunión familiar, quiso ascender a Angela y ponerla temporalmente al frente del proyecto “Rosa de Ébano”, un lote de armas personalizadas de alto poder explosivo.

Todos los jefes de área, por quedar bien con Vincent, aprobaron la propuesta de inmediato.

La única que se negó fui yo. Después de revisar el informe de evaluación de Angela, le estampé el sello de rechazo al documento delante de todos.

Él sabía mejor que nadie que jamás permitiría que una idiota ccomo Angela pusiera las manos en el corazón del desarrollo de armamento de precisión.

Por eso fingió perder la memoria y montó toda esta farsa para obligarme a cederle el control del proyecto y el lugar de Donna.

Al ver que la situación se había tensado, varios subordinados se acercaron de inmediato para mediar.

—Señora, el Don sigue enfermo. Usted es su esposa, debería ser más comprensiva con él.

Como si esas palabras le hubieran dado alas, Vincent rodeó a Angela con un brazo y la atrajo contra su pecho.

—Mi esposa es mi vida.A cualquiera que se atreva a tocarle un pelo, lo haré desaparecer junto con toda su familia.

Los subordinados se rieron por lo bajo al oírlo y enseguida volvieron a insistir conmigo:

—¿Ya ve? ¡El Don la lleva en el corazón! Solo se confundió de persona por la amnesia.

La expresión de falsa comprensión en sus rostros me golpeó como una bofetada.

Toda esa supuesta comprensión daba risa; solo yo sabía hasta qué punto llegaba la farsa.

En siete años de matrimonio con Vincent, por fuera siempre habíamos parecido una pareja armoniosa.

Pero cada vez que surgía un conflicto dentro de la familia, él siempre terminaba obligándome a ceder.

Y encima usaba como excusa el "bien de la familia".

Antes yo me tragaba sus mentiras. Creía que, dentro de la familia, dar un paso atrás no significaba nada.

Hasta que, por Angela, me aplastó sin siquiera dudar. Entonces por fin entendí algo.

Cuando alguien te importa de verdad, reaccionas para protegerlo, no para sacar cuentas.

Al ver que yo seguía sin reaccionar, Angela agarró de pronto la botella de whisky que estaba sobre la mesa y me la lanzó a los pies. El vidrio estalló en el suelo y las esquirlas saltaron por todas partes.

—¿Y tú qué te crees? La única mujer de Vincent soy yo. ¡Tú, robamaridos, lárgate de la familia de una vez!

Me señaló mientras gritaba, como si la intrusa imperdonable fuera yo.

Vincent no solo no la detuvo, sino que levantó su copa y la hizo girar con suavidad, con una sonrisa burlona asomándole en la comisura de los labios.

Con el pecho ardiéndome de rabia, conecté la memoria USB cifrada a la computadora y me dispuse a formatearla.

Los subordinados se quedaron helados. Del susto, casi ni se atrevían a respirar.

Vincent tampoco esperaba que yo llegara a tanto, así que se apresuró a sujetarme la mano que tenía sobre el mouse.

—No hace falta. La familia no va a quedar en deuda contigo. Pero ahora recoge tus cosas y vete.

Solo entonces los subordinados soltaron el aire que llevaban conteniendo.

Pero Angela, a un lado, volvió a montar un escándalo.

—¡Cariño! Yo soy tu esposa, la verdadera Donna de esta familia. ¿O es que mis palabras no tienen ninguna autoridad?

Yo pensaba que Vincent volvería a consentirla, pero esta vez, cosa rara, se le ensombreció el rostro.

Luego se volvió hacia mí. La dureza de su expresión se atenuó un poco y levantó la mano para indicarles a sus hombres que dejaran frente a mí el maletín negro repleto de lingotes de oro.

—Valentina, puede que dejes de estar al frente de “Rosa de Ébano”, pero la familia te va a compensar como se debe. Toma esto, vuelve a la mansión y quédate allí siete días. Después te lo explicaré todo.

Creía que yo seguía sin enterarme de nada. Pensaba que, cuando pasaran esos siete días y terminara la trampa que había montado con Angela, podría seguir fingiendo que estaba enfermo y pedirme perdón.

Pero lo que él no sabía era que el plazo de entrega de “Rosa de Ébano”, ese lote de armas personalizadas de alto poder explosivo que estaba en mis manos, era precisamente de siete días.

Ese cargamento estaba ligado a una transacción importante. Si se retrasaba, la penalización por incumplimiento bastaría para arrastrar al desastre a media familia.

De haber sido antes, quizá habría pensado en el bien de la familia y habría vuelto a tragarme la humillación.

Pero ahora ya no quería tener ni a él ni a la familia en mi vida.

Al ver un mechón de cabello que me había caído sobre la frente, Vincent levantó la mano por puro reflejo. Antes siempre me lo apartaba detrás de la oreja.

Pero, como si de pronto recordara que estaba actuando, retiró la mano de golpe, como si se hubiera quemado.

Me quité del pecho el amuleto que él mismo me había hecho a mano y lo arrojé dentro del maletín negro.

La tapa se cerró con un golpe seco.

Lo miré de frente y dije con calma:

—Divorciémonos.

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