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Capítulo 2

Author: Señor Calabazón
Me acerqué a mi madrastra y seguí deslizando la mano sobre esa tela empapada. Era la primera vez que tocaba a una mujer ahí, y sentí curiosidad; la fui explorando, sintiendo lo suave y húmedo bajo mis dedos.

Mi madrastra se ruborizó y tembló con cada toque, como un juguete que grita al menor contacto, dejándose manejar a mi antojo.

Poco a poco, empezó a retorcerse con impaciencia, frotando esa zona empapada contra mi mano, como si buscara alivio en ese roce mínimo.

Y yo también estaba un poco insatisfecho con solo tocarla por encima de la ropa.

Así que la tomé por sorpresa y le bajé la licra de yoga.

—¡Ah!

El frío en sus nalgas la sorprendió; me empujó, se subió la licra y se puso de pie, la cara roja de vergüenza.

—¡Cris! ¿Por qué me bajaste los pantalones? —Me miró furiosa y avergonzada, con los ojos echando lumbre.

Al verla enojada, me asusté un poco; sí me había pasado. Bajé la cabeza y me quedé sentado ahí, con cara de arrepentido.

Mi madrastra se puso de pie un poco agitada, con mechones de cabello pegados al cuello y la cara encendida de vergüenza. Estaba empapada en sudor, y la licra, ya de por sí delgada, se pegaba a su cuerpo, marcando sus curvas.

Quizá mi mirada era demasiado intensa, porque se miró la ropa, se cubrió el pecho con las manos, me dijo algo a las carreras y se fue rápido a su cuarto.

Pero al poco rato, escuché desde su cuarto unos gemiditos suaves y sensuales que me llenaron de curiosidad. Me acerqué sigilosamente.

Por la rendija de la puerta vi a mi madrastra tendida en la cama, con una mano en el pecho y la otra sosteniendo algo, el aparato, con las nalgas en alto mientras lo movía por atrás.

La calentura que se me había bajado volvió a encenderse.

Con miedo de que me descubriera, me quedé pegado a esa rendija angosta, viéndola jadear de placer.

Los sonidos que le salían eran entrecortados, como lamentos, a medio camino entre el dolor y el placer.

Solo poder ver sin tocar me desesperaba; el cuerpo me dolía de tanta tensión.

No pude soportar más y grité:

—¡Madrastra!

Los sonidos se cortaron. Al poco, ella salió con ropa de casa, como si nada, aunque la cara le ardía de rojo.

—Cris, voy a hacerte de comer.

Dicho eso, se dio la vuelta y se fue a la cocina.

La vi alejarse, las nalgotas moviéndose bajo la falda, y con las marcas que yo le había dejado en las piernas desnudas, tragué saliva sin poder evitarlo.

Esa noche llegó mi padrastro a cenar y dijo que al día siguiente saldría de viaje de trabajo; le pidió a mi madrastra que me diera un baño.

Ninguno de los dos veía problema en eso; a sus ojos yo era un retrasado. Solo que mi madrastra pareció pensar en algo, apretó las piernas con incomodidad y me miró de reojo, la cara un poco colorada.

La noche siguiente, mi madrastra llenó la tina y me dijo que me metiera rápido. Yo hice mi papel de menso y entré al baño todo contento.

Mi madrastra traía puesto un negligee de seda que se pegaba a su cuerpo, con un escote tan generoso que de un vistazo ya se veía todo lo que había adentro.

Recordé la emoción de la sesión de yoga del día anterior y me encendió la calentura.

Me quité la ropa y me metí en la tina, pero en ese momento mi madrastra se quedó con los ojos fijos.

Me miraba fijamente ahí abajo, con los labios entreabiertos y la respiración agitada.

—No puede ver, mi madrastra no puede ver —dije, observando su reacción mientras me cubría ahí abajo, haciéndome el niño tímido.

—Cris, quita la mano; la... la madrastra te va a bañar —dijo tartamudeando, tras mirarme un buen rato.

—No le voy a dejar ver a mi madrastra —dije, haciéndome el remolón.

—Es que te tengo que bañar...

—Entonces mi madrastra me tiene que dar algo bueno; si no, no la dejo ver —dije, con más descaro.

La cara de mi madrastra se puso roja, pero sus ojos seguían mirando con codicia el lugar que yo me cubría.

—Cris, tú... ¿puedes prometerme que no le dirás a tu padrastro? —preguntó tartamudeando, mordiéndose el labio, con cara de que iba a llorar.

—Sí, sí, ¿qué quiere hacer mi madrastra? —Extendí la mano y le pasé los dedos por el pecho, que ya estaba bien parado.

—Hoy... la madrastra te va a lavar eso con la boca, ¿qué dices? —La respiración de mi madrastra se agitó más y la cara se le encendió.

Estaba claro que ella vivía muy sola; mi padrastro seguro no la satisfacía.

Tenía cara de conflicto, como si estuviera debatiéndose, con la mirada llena de dudas; al final, se decidió.

—¡No quiero! —Seguí haciéndome el difícil, aunque por dentro estaba feliz. No esperaba que estuviera tan ansiosa, que se le hubiera antojado algo conmigo.

—Entonces mi madrastra te deja jugar con su cuerpo, ¿sí? Deja que mi madrastra te bañe —dijo, tratando de convencerme.

—¡Está bien! —Asentí. El momento había llegado; ya no podía seguir negándome.

Mi madrastra tomó un poco de agua con la mano y me limpió ahí. Al sentir su mano, casi me estremecí. ¡Qué rico!

Poco a poco, alzó sus nalgotas y abrió la boca, inclinando la cabeza despacio hacia mi...

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