تسجيل الدخولMax apretó los dientes, sintiendo cómo la vena de su cuello se hinchaba por la rabia acumulada. La presencia de Cristina lo desestabilizaba, pero tenerla ahí, parada con la cabeza en alto frente a su prometida, tocaba una fibra que su orgullo de fiscal no podía tolerar. —Tú no estás en posición de defenderte ni de alzar la voz en esta casa —sentenció Max, clavándole a Cristina una mirada implacable y helada—. Te lo advertí, pero parece que no entiendes las reglas. —¡Señor Cooper, le estoy diciendo la verdad! —insistió Cristina, con la voz entrecortada por la impotencia, manteniendo los puños apretados a los lados. —¡Cállate! —bramó Max, dando un paso firme hacia ella que la hizo dar un sobresalto—. No me importa tu versión. Estás aquí por pura caridad de mi hermano y no vas a venir a faltarle el respeto a mi prometida. Miranda, detrás de él, se secó las lágrimas falsas con la punta de los dedos y esbozó una leve sonrisa de triunfo al ver a Max acorralando a la joven. —Vas a
El sol de la tarde apenas comenzaba a caer cuando Miranda llegó a la mansión Johnson. Entró sin tocar, pisando con fuerza sobre los pisos de mármol. Llevaba una rabia contenida desde la noche anterior; el rechazo de Max la tenía con el orgullo herido y necesitaba desquitarse con alguien. Al llegar al salón principal, vio a Cristina limpiando las mesas de madera. Cristina vestía su sencillo uniforme y llevaba el cabello recogido, concentrada en su labor. Miranda caminó a paso firme y se detuvo justo a un lado de ella, cruzándose de brazos. —Veo que sigues aquí, estorbando —soltó Miranda con voz venenosa. Cristina respiró profundo, detuvo el trapo y se puso de pie, manteniendo la distancia. —Buenas tardes, señorita Miranda. Estoy haciendo mi trabajo. —Tu trabajo... —se burló Miranda, dando un paso hacia ella—. No sé qué clase de mañas utilizaste para convencer a Eric de mantenerte en esta casa, pero te advierto una cosa: la boda es en unos días. En cuanto yo me case con Max
A la mañana siguiente, la mansión Johnson amaneció envuelta en un silencio denso. Cristina intentaba concentrarse en sus labores diarias, fregando los pisos de la planta baja mientras luchaba por sacar a Max de sus pensamientos. Cada rincón de la casa parecía recordarle la forma en que él la había mirado y el toque invasivo de sus labios. De pronto, el sonido de la puerta principal rompió la calma. Era Max. Traía la misma ropa de la noche anterior, la corbata desajustada y la mirada visiblemente agotada. No había pegado un ojo en toda la madrugada. Al cruzar el pasillo, sus ojos chocaron de inmediato con los de Cristina. Cristina se quedó petrificada, apretando el trapo entre sus manos. El miedo y esa extraña electricidad que la confundía se mezclaron al instante en su pecho. Quizo agachar la cabeza y retirarse a la cocina, pero la voz de Max la detuvo en seco. —Tú. No te muevas —ordenó él con la voz ronca, avanzando a paso lento hacia ella. —Señor... por favor, no quiero pr
Esa noche fue una completa pesadilla para Max. Se revolvía en la cama de un lado a otro buscando una postura para dormir, pero el sueño le era completamente esquivo. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Cristina aparecía con una claridad exasperante: su mirada asustada, su respiración agitada y, sobre todo, el roce de sus labios. —Esto es increíble... ¿pero qué demonios me pasa? —se preguntaba entre dientes, pasándose las manos por el rostro mientras se revolcaba en las sábanas. Miranda, por su parte, se quedó tirada en la cama, completamente frustrada y con la respiración entrecortada. El rechazo intempestivo de Max le había pegado directamente en el orgullo. Sentía unos deseos ardientes de estar con alguien y su prometido no le había cumplido, dejándola a medias y con mil dudas en la cabeza. No entendía qué le pasaba a Max, pero en ese preciso momento, lo único que le importaba era sentirse deseada y valorada por un hombre. Decidida a no quedarse con las ganas, estiró e
Cristina entró a la habitación de Eric sosteniendo con cuidado las bolsas con las prendas que le había encargado. Se acercó al armario y colocó cuidadosamente en el clóset la ropa que él le pidió comprar, asegurándose de que no quedara ninguna arruga. Pero al momento de cerrar la puerta del clóset, giró levemente la cabeza y miró hacia su derecha. Sobre la mesa de noche había un retrato. Era una fotografía de Eric junto a Max. Al ver el rostro de Max, Cristina se quedó completamente paralizada, congelada en su sitio mientras el aire se le escapaba de los pulmones. En ese mismo instante, los recuerdos la golpearon con fuerza y revivió de golpe el beso que él le había dado a las afueras de la tienda. Se acercó lentamente hacia la fotografía y la siguió mirando fijamente, atrapada en una tormenta de emociones. Cerró los ojos con fuerza y pasó su mano por el rostro, intentando ahuyentar la imagen. No podía creer lo que estaba sintiendo. No podía asimilar que comenzaba a sentir algo por
—¡Me tienes harto! Estás en todos lados —exclamó Max, acomodándose la ropa y tratando de ocultar lo alterado que estaba. —Pero no te confíes —continuó él, señalándola con firmeza—. No vas a seguir por allí como si nada. Muy pronto te sacaré de mi país. Cristina se levantó del suelo, sacudiéndose la faldilla del uniforme y mirándolo directamente a los ojos, cansada del constante acoso. —¿Por qué nos odia tanto? —preguntó ella con la voz firme, aunque llena de dolor—. ¿Por qué no le da la oportunidad al que viene a trabajar honradamente? —¿Honradamente? —se burló Max con frialdad—. No me hagas reír. —Sí... Al menos a eso vine yo —respondió Cristina sin dar un paso atrás—. Usted no conoce nada sobre mí, usted no sabe quién soy. Estoy aquí para poder pagarle el tratamiento a mi mamá y eso voy a hacer. La vida de ella vale más que sus caprichos. —No es un capricho —sentenció él, endureciendo la mirada—. Y me importa un rábano si tu mamá está enferma o no... si es que es verdad eso.







