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A la mañana siguiente, Isabella llegó a la compañía Salvatore con el corazón inquieto. Desde que había recibido el mensaje de Luciano, no había dejado de preguntarse qué quería hablar con ella. Necesito que vengas a mi oficina. A las diez treinta, no llegues tarde. — Luciano. No había explicado nada más. Lo que la ponía más nerviosa. Isabella tomó aire antes de entrar al enorme edificio. Las puertas de cristal se abrieron y, como siempre, varias miradas se dirigieron hacia ella. Era imposible pasar desapercibida cuando Luciano Salvatore había pedido personalmente que subiera de inmediato a su oficina. — Buenos días, soy Isabella Moretti. Tengo una cita con el CEO Salvatore. — Claro, él presidente ya la está esperando, por favor sígame. La recepcionista la guió a un ascensor que estaba apartado de los demás. — Suba por favor, él CEO está en el último piso. Isabella agradeció a la amable empleada. El ascensor personal del presidente la llevó hasta el último pis
La noche avanzaba cuando Isabella escuchó tres golpes secos en la puerta. Se quedó inmóvil por unos momentos, pensó que Pietro se había calmado y había venido para hablar de la discusión. Había intentado distraerse, preparar algo de beber y convencerse de que la conversación con Pietro no había conseguido afectarla. Pero lo había hecho. Y ahora aquellos golpes hicieron que su corazón se acelerara. Se acercó lentamente a la entrada y miró por la mirilla. Su respiración se detuvo en el instante en que lo vió. Luciano Salvatore estaba al otro lado. Vestía el mismo traje oscuro que llevaba en el restaurante, aunque ahora tenía la corbata ligeramente aflojada. Su expresión era seria, impenetrable. Como si hubiera llegado allí después de tomar una decisión. Isabella abrió la puerta apenas unos centímetros, pero no le abrió paso. — ¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste donde vivo? Luciano clavó los ojos en ella. Era un hombre que no se andaba por las ramas. — Necesi
El automóvil avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad, pero dentro del coche reinaba un silencio incómodo. Isabella permanecía mirando por la ventana, intentando ordenar sus pensamientos. Todavía podía sentir la intensidad de la mirada de Luciano Salvatore sobre ella. Aquella forma de observarla. Aquella voz fría cuando le había preguntado por Pietro y quién era en su vida. Y, sobre todo, aquella frase que había pronunciado antes de que ella se marchara. "Lo que tenemos pendiente lo vamos a resolver, sí o sí" Isabella cerró los ojos durante unos segundos. No quería pensar en él, mucho menos en esa noche de placer que no podía sacarse de la cabeza. No quería admitir que su presencia todavía conseguía alterar cada fibra de su cuerpo. A su lado, Pietro Gambino llevaba varios minutos conduciendo sin decir una palabra. Hasta que finalmente no soportó más. — ¿Qué hay entre tú y Luciano Salvatore? Isabella abrió los ojos lentamente. — ¿Perdón? Pietro a
— ¿Qué asuntos tenemos pendientes? —preguntó Isabella, sin apartar los ojos de Luciano. El CEO Salvatore permaneció en silencio durante unos segundos. Su mirada recorrió lentamente el rostro de Isabella, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir delante de todos ahí. — Eso. — Respondió finalmente.— Es algo que tú y yo sabemos perfectamente. Isabella frunció el ceño. En la frente tenía algunas pequeñas gotas de sudor frío. — Yo no sé de qué estás hablando. Pensé que había quedado claro que fuimos víctimas de la situación.... En los negocios. Luciano ladeó ligeramente la cabeza. — ¿No lo sabes? Pero si sabes trabajar muy estrechamente con tu padre para obtener lo que quieren. Aquellas simples palabras hicieron que Isabella sintiera un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. — ¡No, no es así! Mi padre... El no me consultó nada sobre lo que hizo.— ¡Pero estabas ahí, cenaste con nosotros, te prestaste para sus planes! Luciano volvio a calmarse, estaba seguro de que esa m
El silencio que siguió a la pregunta de Luciano Salvatore, fue tan notorio que hasta el murmullo del restaurante pareció apagarse. —¿No vas a presentarme al hombre que te acompaña, Isabella? Los ojos ambarinos de la galerista se abrieron a tope, no entendía que diablos hacía ese hombre en su mesa haciendo esa pregunta. Aún así, levantó lentamente la mirada hacia él. El cruce de miradas duró un instante, pero ella no respondió de inmediato. Luciano permanecía de pié con aquella expresión impenetrable que parecía tallada en mármol. Una mano descansaba sobre la mesa y la otra sostenía la copa de vino con absoluta tranquilidad. Pero siendo quien era, y la fama de demonio implacable que tenía. Le decía a Isabella que había algo oculto. En los ojos de ese hombre parecía haber... "Posesividad" El azul podía parecer frío. El verde, peligroso. Y aquella noche ambos tenían el mismo mensaje. posesión. Luciano jamás admitiría semejante cosa. Mucho menos delante de s
Después de descansar todo el día y de haberse dado una larga ducha. Isabella se miró al espejo y dejó escapar un grito al verse llena de marcas de amor por el cuello, los senos y muchas otras partes de su cuerpo. — "!Luciano Salvatore!" ¿Como te atreviste a acerme todo esto? ¡Eres un hijo de...! Si no hubiese sido porque la noche era demasiado fría y ella vestía de camisa con cuello largo y manga larga, su prometido la hubiera visto y la habría descubierto. — ¡No puede ser! Estoy jodida. ¡Pietro quiere verme está noche y yo con estas marcas encima! Ese hombre me ha marcado como si fuera suya, el muy cabrón. La jóven galerista estaba furiosa, parecía que la había atacado un vampiro, que como tal Luciano no lo era, pero si era igual de posesivo que un ser sobrenatural que no moría. (...) La noche había caído sobre la ciudad italiana como un manto oscuro y elegante. Las luces doradas de las avenidas se reflejaban sobre los automóviles de lujo que circulaban frente a







