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Un CEO posesivo de su mujer.

Author: Pandora
last update publish date: 2026-09-07 12:56:55

— ¿Qué asuntos tenemos pendientes? —preguntó Isabella, sin apartar los ojos de Luciano.

El CEO Salvatore permaneció en silencio durante unos segundos.

Su mirada recorrió lentamente el rostro de Isabella, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir delante de todos ahí.

— Eso. — Respondió finalmente.— Es algo que tú y yo sabemos perfectamente.

Isabella frunció el ceño. En la frente tenía algunas pequeñas gotas de sudor frío.

— Yo no sé de qué estás hablando. Pensé que había quedado claro que fuimos víctimas de la situación.... En los negocios.

Luciano ladeó ligeramente la cabeza.

— ¿No lo sabes? Pero si sabes trabajar muy estrechamente con tu padre para obtener lo que quieren.

Aquellas simples palabras hicieron que Isabella sintiera un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

— ¡No, no es así! Mi padre... El no me consultó nada sobre lo que hizo.

— ¡Pero estabas ahí, cenaste con nosotros, te prestaste para sus planes!

Luciano volvio a calmarse, estaba seguro de que esa mujercita había sido cómplice de su padre para tenderle una trampa, pero se tomaría el tiempo para hacerlos pagar. Tomó su copa con absoluta tranquilidad.

Bebió del vino con esa elegancia que solo el tenía, antes de continuar.

— Entonces supongo que tendremos que hablarlo en privado.

Pietro, sentado junto a Isabella, endureció la expresión.

— Si es algo que no puedes decir delante de nosotros, quizá decirlo. — El empresario estaba molesto y muy celoso. Las miradas de los hermosos ojos de su novia hacía ese poderoso hombre, lo estaban descontrolando.

Los ojos de Luciano se clavaron en él.

— Créeme, Gambino, es bastante importante, ¿Cierto, señorita Moretti?

Isabella sintió que la tensión aumentaba entre los dos hombres y aquel restaurante.

— Luciano, deja de hablar con acertijos. Los negocios que tengas que tratar con ella, tratalos con su padre. — Débora ya sentía que no podía más de envidia y rabia.

Su frío prometido que a ella ni la notaba, ahora mismo estaba hablando mucho con la rubia de figura perfecta, incluso más que la suya que siempre había considerado espectacular.

Una sombra de sonrisa apareció en los labios del CEO.

— No son acertijos, Débora, son... negocios, negocios importantes que aclarar.

El hombre hizo una pausa.

— Son asuntos que prefiero discutir con la señorita Moretti cuando no haya nadie más escuchando.

Isabella abrió la boca para responder, pero Pietro se adelantó.

— ¡No tienes nada que hablar con ella en privado!

Luciano lo observó con una calma inquietante.

— Eso no lo decides tú, Gambino.

Pietro apretó los puños, estaba a punto de perder el control ante la evidente provocación.

— ¡Ella es mi prometida, seremos esposos dentro de un mes, y tú me dices que no p***o nada aquí!

— Tu mismo lo has dicho, no son esposos aún, ella sigue siendo libre, ¿Me equivoco?

Su voz era fría.

Demasiado fría.

Pero Pietro, que llevaba varios minutos observándolo, había aprendido a reconocer aquella clase de calma. Era la calma que precedía a una tormenta.

Isabella levantó lentamente la mirada.

— Señor Salvatore, mi prometido tiene razón, pronto será mi marido, así que por supuesto que le consultaré mis cosas.

Los ojos azul y verde permanecieron sobre Isabella.

Aquello hizo que Débora frunciera el ceño.

— Luciano. — Intervino ella.— Creo que estás siendo un poco descortés.

Él finalmente apartó la mirada de Isabella. Y para sorpresa de todos lo escucharon decir.

— No recuerdo haberte pedido tu opinión.

Débora palideció. Sintió que las mejillas se le calentaron de vergüenza. Por un momento se había olvidado de que Luciano no permitía que lo cuestionaran.

— Quizá deberíamos irnos, Isabella. — Pietro Dijo a la galerista cerca de su oído.

Luciano volvió a mirarlo.

— Puedes irte, por ahora lo dejaremos aquí.

Isabella sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza. Temía que se le fuera a salir del pecho.

Cada vez que la grave voz del CEO se escuchaba, a ella le temblaban las piernas.

— Vámonos, no interrumpamos más la cena de los prometidos.

Luciano apretó la mandíbula.

No era solo la frase.

Era la manera en que lo dijo, con ese tono sarcástico.

Entonces él se inclinó ligeramente hacia ella y habló con una voz tan baja que solo ella pudo escucharlo.

— Puedes irte con él.

Isabella tragó saliva.

Luciano sostuvo sus ojos.

— Pero lo que tenemos pendiente lo vamos a resolver, sí o sí.

Ella sintió un estremecimiento recorrerla de pies a cabeza.

Ma en ese momento Pietro puso su mano en la espalda baja de ella para llevarla hacía la salida.

Isabella se sorprendió, pero no la retiró.

Luciano observó aquel gesto.

Su rostro permaneció impasible.

Solo sus nudillos, tensos sobre la mesa, delataban la furia que llevaba dentro.

El CEO los miraba fijamente desde su lugar. No se había dado cuenta de cuánta rabia le daba ver a la mujer que tuvo en su cama la noche anterior siendo llevada por su maldito prometido.

Como si tuviera derecho a protegerla.

Como si Isabella le perteneciera.

Y esa última idea despertó en Luciano una furia que no estaba dispuesto a reconocer.

Isabella miró una última vez a Luciano.

El CEO los miraba fijamente desde su lugar. No se había dado cuenta de cuánta rabia le daba ver a la mujer que tuvo en su cama la noche anterior siendo llevada por su maldito prometido.

Como si tuviera derecho a protegerla.

Como si Isabella le perteneciera.

Y esa última idea despertó en Luciano una furia que no estaba dispuesto a reconocer.

Débora, por su parte, observaba el intercambio con crecientes celos.

— ¿Podemos recordar que estamos aquí porque somos parejas comprometidas? — Dijo con una clara molestia. — Dentro de un mes será nuestra boda, Luciano.

Él la miró.

— Ya dije que lo sé. — Respondió el hombre ya sin paciencia.

De no haber sido porque su padre le había pedido hacer esa alianza matrimonial con la familia de Débora, no cruzaría palabras con ella.

— Entonces compórtate como mi prometido.

Los ojos heterocromáticos del CEO se endurecieron.

— No confundas un compromiso arreglado con que puedas ordenarme, Débora.

La mujer bajó la mirada.

Aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba.

Porque ella sabía que no la amaba, que ni siquiera la consideraba una mujer que despertara sus deseos de hombre. Solamente eran un matrimonio arreglado y ya

Luciano siguió a la pareja con la mirada hasta que desapareció detrás de las puertas del restaurante.

Débora permaneció sentada frente a él, furiosa.

— ¿Quién es ella para ti?

Luciano tomó lentamente su copa.

— La pregunta correcta es quién crees que eres tú para mí.

Débora se quedó sin palabras.

Entonces apareció uno de los hombres de confianza de Luciano.

Se inclinó y murmuró algo junto a su oído.

La expresión del CEO cambió.

— ¿Moretti?

— Sí, señor. Vittoro Moretti abandonó el país esta madrugada.

Luciano soltó una breve carcajada sin humor.

— Claro. Ese cobarde.

—Al parecer tomó un vuelo privado. Se encuentra fuera del territorio nacional.

Luciano dejó la copa sobre la mesa.

— Miserable.

Vittoro Moretti sabía perfectamente lo que había hecho.

Y también sabía que, si Luciano Salvatore lo encontraba, tendría que responder por sus acciones de esa noche.

Por eso había huido lo más rápido posible.

Había escapado antes de que el CEO pudiera darle su merecido.

Luciano se levantó de su asiento.

— Encuéntrenlo.

— ¿Quiere que lo traigamos de vuelta?

Los ojos de Luciano adquirieron un brillo peligroso.

— No.

Hizo una pausa.

— Primero quiero saber dónde está y que demonios está planeando hacer.

Miró hacia las puertas por donde Isabella había desaparecido.

Pensó en la noche pasada y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

— Voy a ajustar cuentas con él, por ahora déjenlo creer que ha ganado.

Porque Vittoro Moretti había cometido un error.

Había provocado al hombre equivocado.

Pero Isabella...

Isabella era un asunto completamente diferente. A ella le haría pagar de otras formas.

Y Luciano no pensaba permitir que quedara pendiente para siempre.

— Tu también vas a pagar por esta ofensa, mujercita. Nadie se burla de Luciano Salvatore, y sale ileso de eso.

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