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Marcas de amor.

작가: Pandora
last update 게시일: 2026-09-07 12:56:40

Después de descansar todo el día y de haberse dado una larga ducha.

Isabella se miró al espejo y dejó escapar un grito al verse llena de marcas de amor por el cuello, los senos y muchas otras partes de su cuerpo.

— "!Luciano Salvatore!" ¿Como te atreviste a acerme todo esto? ¡Eres un hijo de...!

Si no hubiese sido porque la noche era demasiado fría y ella vestía de camisa con cuello largo y manga larga, su prometido la hubiera visto y la habría descubierto.

— ¡No puede ser! Estoy jodida. ¡Pietro quiere verme está noche y yo con estas marcas encima! Ese hombre me ha marcado como si fuera suya, el muy cabrón.

La jóven galerista estaba furiosa, parecía que la había atacado un vampiro, que como tal Luciano no lo era, pero si era igual de posesivo que un ser sobrenatural que no moría.

(...)

La noche había caído sobre la ciudad italiana como un manto oscuro y elegante.

Las luces doradas de las avenidas se reflejaban sobre los automóviles de lujo que circulaban frente a los restaurantes más exclusivos.

En uno de ellos, situado en el corazón de una de las zonas más prestigiosas de la ciudad, una cena aparentemente inocente estaba a punto de convertirse en un encuentro que ninguno de los cuatro protagonistas olvidaría.

Luciano Salvatore llegó primero.

Como siempre, no necesitaba hacer ningún esfuerzo para llamar la atención.

Vestía un impecable traje gris oscuro y camisa negra hecho a la medida, de saco cruzado y sin corbata.

El primer botón estaba abierto, dejando entrever ligeramente la línea de su cuello. Sus cabellos negros, espesos y ligeramente despeinados, caían con naturalidad sobre su frente.

El atractivo hombre medía cerca de un metro ochenta y cinco y tenía un cuerpo atlético que el elegante traje dejaba ver para deleite de todos.

Los tatuajes que cubrían parte de sus brazos desaparecían bajo las mangas, aunque algunos alcanzaban a insinuarse cerca de sus muñecas.

Pero eran sus ojos los que hacían imposible ignorarlo.

Siendo de un tono diferente que era como ver el color del mar azul y el color de una esmeralda que profundizaba su mirada.

Aquella particularidad le daba una mirada todavía más intimidante.

Luciano tenía facciones marcadas, mandíbula firme, nariz recta y unos labios que rara vez mostraban una sonrisa.

Su expresión aquella noche era exactamente la misma que llevaba casi siempre cuando estaba con su prometida:

Indiferente.

Fría.

Distante.

A su lado caminaba Débora Torreneli.

Era una mujer extraordinariamente bella.

Su cabello negro, largo y perfectamente arreglado, caía lacio sobre sus hombros.

Tenía piel clara, ojos oscuros, labios definidos y facciones delicadas que hacían que muchas personas voltearan a mirarla.

Llevaba un vestido largo color vino, ajustado en la cintura y con una abertura discreta en una de las piernas. Unos tacones negros y joyas de diamantes completaban su apariencia.

Débora sonreía.

Le encantaba ir del brazo de ese dios griego y presumir de. ser su prometida.

Pero a Luciano no.

— Estás muy guapo esta noche. — comentó ella mientras caminaban hacia su mesa.

— Mjum...

Una sola palabra salió de su boca. y ni siquiera la miró.

Débora estaba acostumbrada aún así, a ser tratada por el CEO de esa manera tan poco romántica.

Pero esa jóven de sociedad, no parecía dispuesta a rendirse a ser la esposa del empresario.

Para ella, Luciano Salvatore representaba mucho más que un hombre.

Representaba poder.

Dinero.

Prestigio.

Un apellido que podía abrir cualquier puerta.

Y, sobre todo, un lugar en las esferas más altas de la sociedad.

La pareja se sentó después de que los llevaran a la mesa que había reservado Luciano.

La hosstes los habían tratado con mucha cortesía y respeto.

Débora acomodó cuidadosamente su bolso sobre la silla antes de decir.

— Tenemos que hablar de la boda.

Luciano tomó la carta del menú.

— ¿Qué pasa con ella?

— Falta exactamente un mes.

Luciano levantó la mirada lentamente.

— Lo sé, ¿Qué con eso?

— He estado revisando los últimos detalles. Ya tenemos prácticamente todo organizado.

Él volvió a mirar el menú.

— Haz lo que consideres necesario. — El hombre seguía indiferente a todo el proceso referente a su propia boda.

Débora sonrió satisfecha. Eso le dejaba mucho margen para hacer y gastar lo que quisiera.

— Quiero que sea una boda inolvidable.

Luciano permaneció en silencio.

— El salón estará decorado con flores blancas. Quiero una recepción elegante, con invitados importantes. Tu familia, por supuesto, y algunas personas de mi círculo.

— Bien.

Débora pensó que el empresario no discutía nada con ella porque quería darle gusto en todo, pero en realidad la razón era que no le importaba en lo absoluto.

— También pensé que podríamos hacer la ceremonia por la tarde y la recepción durante la noche.

— Como quieras.

Débora lo observó unos segundos.

— ¿No tienes ninguna opinión?

Luciano dejó el menú sobre la mesa.

— No.

La sonrisa de ella se debilitó. Tanta condescendencia era demasiado.

— Luciano... No te importa la boda, ¿Cierto?

— Débora, te he dicho que puedes encargarte de la boda como quieras.

— Pero vas a casarte conmigo.

— Lo sé.

— ¡Entonces deberías estar emocionado, deberíamos de estar planeando todo juntos!

Luciano la miró directamente.

Sus ojos diferentes parecieron atravesarla.

— No confundas compromiso con sentimientos.

El silencio cayó sobre la mesa.

Débora apretó ligeramente los labios.

No le gustaba escuchar aquello. Ser menospreciada de esa manera al ser una mujer tan arrogante y vanidosa, le destruía el ego.

Pero tampoco estaba dispuesta a cancelar la boda. Mucho menos cuando ya estaba por conseguir lo que tanto deseaba, "Estatus y dinero"

No después de haber llegado tan lejos.

— Algún día terminarás queriéndome. — Dijo con seguridad.

Luciano no respondió. Porque sabía que aquello jamás ocurriría.

En ese preciso momento, en la misma entrada del restaurante, otro automóvil se detenía justo afuera.

Isabella Moretti bajó del vehículo tomada del brazo de Pietro.

Y, aunque aquella noche llevaba un elegante vestido color esmeralda que resaltaba su figura, ella vestía un elegante vestido de cuello alto, lo que más destacaba en ella era su hermoso rostro.

Su cabello rubio, largo y brillante. Se movía con el viento.

Sus ojos ambarinos expresivos.

Piel blanca y delicada.

Labios suaves y carnosos.

Facciones extraordinariamente femeninas y elegantes.

Todo el mundo ahí volteaba a verla.

A su lado, Pietro parecía sacado de una revista.

Era rubio, de cabello ligeramente ondulado y perfectamente peinado. Tenía ojos verde claros, mandíbula definida, nariz recta y una sonrisa encantadora.

Por supuesto que no tenía ese toque misterioso que tenía Luciano Salvatore. Pero no era alguien que pudiera pasar desapercibido.

Vestía un traje azul marino, camisa blanca y zapatos negros.

Era apuesto.

Muy apuesto.

Y, para cualquiera que los observara desde fuera, formaban una pareja perfecta.

Pietro colocó una mano en la espalda de Isabella mientras entraban.

— ¿Estás bien?

— Sí.

Isabella intentó sonreír.

Pero algo dentro de ella estaba inquieto.

No sabía por qué.

Quizá era aquella sensación extraña que llevaba todas esas horas acompañándola.

Como si algo estuviera a punto de suceder.

Caminaron hacia el interior del restaurante.

Y entonces Isabella se detuvo.

De golpe.

Su respiración se cortó.

Pietro frunció el ceño porque lo notó.

— ¿Qué ocurre, Bella?

Isabella no contestó.

Al otro lado del elegante salón estaba él.

Luciano Salvatore.

El hombre que había cambiado su vida.

El hombre que le había robado su virginidad aquella noche que ninguno de los dos había planeado.

El hombre cuyos recuerdos Isabella había intentado enterrar desde que había abierto los ojos esa mañana.

Y ahora estaba allí.

Frente a ella.

Vestido en ese traje perfecto.

Con aquellos ojos penetrantes y profundos.

Verde y azul.

(...)

Luciano también la vió.

Su expresión cambió apenas, fue un segundo nada más.

Pero fue suficiente.

Sus ojos se encontraron.

Isabella sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.

Luciano permaneció inmóvil.

Más no podía apartar la mirada de ella.

Entonces bajó los ojos hacia la mano de Isabella.

Pietro la sostenía.

El rostro del CEO se endureció.

Débora, que había seguido la dirección de su mirada, notó inmediatamente a la pareja.

— ¿Los conoces?

Luciano tardó unos segundos en responder.

— No.

Una mentira que Isabella escuchó perfectamente.

Pietro, completamente ajeno a la historia que existía entre aquellos dos, sonrió cortésmente.

— Buenas noches.

Isabella quiso saludar también, pero no le salió la voz.

Luciano se levantó lentamente.

Por primera vez aquella noche, parecía haber olvidado por completo que tenía una prometida sentada junto a él.

Débora observó la escena con creciente curiosidad.

— Luciano... ¿A donde vas?

Él no respondió.

Isabella finalmente encontró la voz.

— Buenas noches.

Sus miradas volvieron a encontrarse.

Y durante aquel instante ninguno de los dos recordó a sus prometidos.

Ni la boda de Luciano.

Ni la relación de Isabella con Pietro.

Solo recordaron aquella noche.

Aquella copa.

Aquella habitación.

Y el secreto que los dos estaban guardando.

Pietro pasó un brazo alrededor de la cintura de Isabella.

— Vamos a sentarnos.

Ella asintió.

— Sí, por supuesto.

Pero mientras caminaba hacia su mesa, Isabella pudo sentir la mirada de Luciano siguiéndola.

No fue hasta que el imponente CEO se le paró enfrente y le hizo una pregunta, que ella sintió que se le salía el alma del cuerpo.

— Señorita Moretti, ¿No me va a presentar a su acompañante?

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