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Guerra de prometidos.

작가: Pandora
last update 게시일: 2026-09-07 12:56:47

El silencio que siguió a la pregunta de Luciano Salvatore, fue tan notorio que hasta el murmullo del restaurante pareció apagarse.

—¿No vas a presentarme al hombre que te acompaña, Isabella?

Los ojos ambarinos de la galerista se abrieron a tope, no entendía que diablos hacía ese hombre en su mesa haciendo esa pregunta. Aún así, levantó lentamente la mirada hacia él.

El cruce de miradas duró un instante, pero ella no respondió de inmediato.

Luciano permanecía de pié con aquella expresión impenetrable que parecía tallada en mármol.

Una mano descansaba sobre la mesa y la otra sostenía la copa de vino con absoluta tranquilidad.

Pero siendo quien era, y la fama de demonio implacable que tenía. Le decía a Isabella que había algo oculto.

En los ojos de ese hombre parecía haber... "Posesividad"

El azul podía parecer frío.

El verde, peligroso.

Y aquella noche ambos tenían el mismo mensaje.

posesión.

Luciano jamás admitiría semejante cosa.

Mucho menos delante de su prometida. Pero aún así esperaba una respuesta a su pregunta.

— Claro. — Respondió Isabella finalmente. — Señor Salvatore, él es Pietro Gambino.

Pietro se levantó para darle la mano al elegante hombre que no se apartaba de la mesa.

— Pietro Gambino, gusto en saludarte, CEO Salvatore.

Pietro por supuesto que conocía a Luciano, tendría que vivir debajo de una piedra para no hacerlo. Además la reputación del millonario empresario era terrible, se decía que era implacable, que no admitía errores, y que sus enemigos siempre acaban destruidos.

Luciano lo observó de arriba abajo. Tenía que admitir que el hombre estaba presentable.

No le estrechó la mano inmediatamente.

Primero miró el lugar que ocupaba junto a Isabella.

Después volvió los ojos hacia ella.

— Pietro Gambino... El CEO de la compañía Gambino.

Luciano, pronunció el nombre con lentitud.

— Así que... Estás acompañando a cenar a la señorita Moretti, ¿Celebran algo?

Pietro frunció ligeramente el ceño.

— Sí. Estamos cumpliendo meses de prometidos.

El millonario no se esperaba escuchar tales palabras, por un momento hubo confusión en su mirada, pero fue solo un microsegundo.

— Que nteresante.

— Si, él... Pietro es mi prometido. — Isabella lo confirmaba.

Más para Luciano, después de haber estado en la cama con él, encontrarla en ese restaurante con su casi esposo, era como una enorme bofetada a su ego y orgullo de hombre.

Débora dejó la copa sobre la mesa con un pequeño golpe. Estaba evidentemente enfadada al ver aquella escena han bizarra.

—¡Luciano!

El hombre al escuchar su nombre, giró el rostro hacia su olvidada prometida.

— ¿Sí?

— ¿Por qué te interesa tanto quién acompaña a esa mujer?

La pregunta cayó como una piedra.

Isabella contuvo la respiración.

Pietro también miró a Luciano con atención esperando la respuesta.

Pero el CEO ni siquiera pestañeó.

— No me interesa. ¿Quién ha dicho eso?

— Ahora la confundida era Isabella. Ese CEO hacía lo que le daba la gana.

— Acabas de preguntarle quién era él, no estoy sorda.

— Eso... Solo fue por educación.

Débora soltó una pequeña risa incrédula.

— Qué extraño concepto tienes de educación.

Luciano dejó la copa sobre la mesa.

— Simple curiosidad, eso es todo, la señorita Moretti, nunca mencionó que tuviera prometido en la cena de negocios que tuvimos con su padre, ¿Cierto, Isabella?

— ¿Curiosidad? — Repitió Pietro.— Parecía algo más que eso.

Los ojos de Luciano se clavaron en él.

La temperatura de la mesa pareció descender varios grados.

El prometido de ojos claros fijó su mirada en el recién llegado antes de preguntar.

— ¿ Tiene algo más para decir, CEO Salvatore?

Pietro no retrocedió.

— Sí.

Isabella intervino rápidamente.

— Pietro...

Pero ya era demasiado tarde.

Luciano sin inmutarse siguió bebiendo el vino de su copa.

— ¿Por qué asumes que hay algo más aquí?

— Parecía que le molestaba verme con Isabella. Como si ustedes... tuvieran algo cercano.

El sábado del CEO desconcertaba a todos. Isabella quería que se la tragará la tierra y desaparecer del restaurante.

Si ese hombre hablaba de lo que acababa de pasar entre ellos, ella estaba perdida.

Débora miró a Luciano.

Isabella también.

Por primera vez aquella noche, el rostro perfectamente controlado del CEO mostró una mínima grieta.

Una sonrisa fría apareció en la comisura de sus labios.

— Gambino, tú si que tienes una imaginación enorme. — Pero el CEO no confirmó ni negó nada.

— ¿Por qué dices eso?

— Porque estás confundiendo una pregunta con interés que no existe.

Isabella sintió un escalofrío.

Luciano acababa de decir que no sentía ningún interés por ella.

Pero apenas un día atrás había tenido a Isabella entre sus brazos.

Había sentido su piel bajo sus manos.

Había escuchado su respiración quebrarse contra su pecho.

Había descubierto cada secreto de su cuerpo y de su manera de estremecerse con sus caricias.

Aquella noche había cruzado una frontera que ninguno de los dos podía borrar.

Y ahora verla sentada junto a otro hombre le resultaba insoportable.

Pero Luciano Salvatore jamás diría eso.

Ni siquiera para sí mismo.

En su mente, aquello tenía otro nombre.

Territorial.

Control.

Responsabilidad.

Cualquier palabra servía menos una.

Celos.

Isabella bajó la mirada hacia su copa.

Sabía perfectamente lo que estaba sucediendo.

Luciano podía engañar a todos en aquella mesa, pero a ella no.

Débora cruzó los brazos.

— Me parece curioso que tengas tanta preocupación por esa mujer cuando estás comprometido conmigo.

Luciano la miró por un momento.

Isabella también escuchó que el hombre estaba comprometido y esa noticia, sin saber porque, le cayó como un balde de agua fría.

— No estoy preocupado.

— Entonces deja de mirarla, carajo.

Aquello sí consiguió sorprenderlo. Y lo hizo volver a su expresión habitual.

Isabella levantó la cabeza.

Pietro observó a Débora con cierta sorpresa.

La prometida de Luciano había perdido por completo la elegancia fingida que había mantenido hasta ese momento.

Sus celos eran más que evidentes. Isabella era deslumbrantemente hermosa. Y sus alteras de encendieron de inmediato.

— Débora. — Dijo Luciano con voz baja. — No confundas las cosas.

— ¿Qué cosas?

— Está señorita no significa nada para mí.

Lo había dicho para que Isabella se enterara de que no era ni mínimamente relevante para él.

La frase atravesó a Isabella como una cuchilla.

Aunque ya esperaba escucharla. Y no esperaba nada de ese engreído CEO.

Pero dolía. Increíblemente las palabras del hombre se le habían clavado en el pecho.

Mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Pietro lo notó, al final de cuentas también era un inteligente CEO. Y el había aprendido a leer a su prometida las de lo que a ella le gustaba.

Su mandíbula se tensó.

— Entonces no entiendo por qué parece importarte tanto con quién está mi novia, les agradecería que nos dieran privacidad, mi prometida y yo tenemos cosas importantes de las que hablar.

Luciano giró lentamente hacia él.

— Porque la conozco, nos hicimos amigos, ¿Qué problema hay con eso?

El CEO no iba a dejarse hacer a un lado tan fácilmente.

Pietro arqueó una ceja.

— ¿La conoces? Solo tuvieron una cena de negocios, más bien parece que estás cruzando la linea, Salvatore.

— Puede ser, si esa es tu perspectiva, no te sacaré de tu error.

Isabella sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Débora también lo escuchó y sus celos aumentaron.

— ¿Qué significa eso?

Luciano mantuvo la mirada fija en Isabella.

Ella supo inmediatamente que había dicho demasiado.

— Significa. — Respondió él finalmente. — Que tenemos asuntos pendientes.

Débora palideció ligeramente, Sabía que Luciano no era cercano a ninguna mujer, el CEO era adicto al trabajo, no estaba interesado en tener una relación romántica. ¿Qué cosa era lo que tenía pendiente con esa mujer?

— ¿Qué clase de asuntos? Soy tu prometida, tengo derecho a saber.

Luciano tomó nuevamente su copa.

— Asuntos privados.

Pietro se puso de pie.

— Isabella, creo que deberíamos irnos.

Luciano dejó la copa sobre la mesa.

El cristal golpeó suavemente la madera.

Pietro lo miró desafiante.

— Los asuntos con mi futura esposa también me conciernen, así que cuando quieras tratarlos, primero pon cita con mi asistente.

Luciano sonrió.

Una sonrisa sin humor.

— No. No tengo nada que tratar contigo.

Sus ojos fueron hacia Isabella.

— Solo con ella.

La mirada de Isabella se cruzó con la suya.

Y durante unos segundos todo desapareció a su alrededor.

El restaurante.

Débora.

Pietro.

Los compromisos.

Las familias.

Solo quedaron ellos dos.

Dos personas que habían cometido el error de descubrirse en la intimidad.

Y que ahora pretendían comportarse como desconocidos.

En ese momento la advertencia venía de esos ojos tan hermosos como poco comunes. El azul y el verde.

Isabella respiró profundamente.

— Me voy a quedar.

Pietro la miró sorprendido.

Luciano no dijo nada.

Pero algo cambió en mirada.

Una satisfacción silenciosa.

Casi imperceptible.

Débora lo vió.

Comprendió algo que hasta entonces había querido negar.

Luciano Salvatore podía decir todas las veces que quisiera que Isabella no significaba nada para él.

Pero sus ojos acababan de traicionarlo.

Y ella no estaba dispuesta a permitir que otra mujer le arrebatara al hombre con quien pensaba casarse.

La cena acababa de convertirse en una batalla.

Ninguno de los cuatro estaba dispuesto a ser el primero en retirarse.

— CEO Salvatore, ¿Qué negocios tenemos usted y yo pendientes?

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