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Capítulo 2: Lo que quedó de ella

Author: Alfa🥰🥰
last update publish date: 2026-09-30 13:29:26

Nadie la ayudó a pararse.

Ivara duró como una hora tratando sola.

Las piernas no le daban.

Cada vez que ponía el pie, el hombro le latía. Como si tuviera un corazón ahí metido.

Cuando por fin se pudo parar, ya no quedaba casi nadie.

Solo las antorchas, la piedra y tres muchachas en una esquina hablando de ella sin bajar la voz ni nada.

—Ni siquiera lloró bien —dijo una.

—Es que no tiene con qué. Sin lobo no le duele igual.

—Yo me muero de la vergüenza.

Ivara agarró para el camino con la cabeza alta, aunque por dentro se estaba desbaratando sola.

Ella había aprendido algo hace tiempo. Si no te ven caer, se aburren más rápido.

Pero no del todo.

—¡Ivara!

La voz demasiado dulce.

Kaela salió de entre los árboles con el vestido rojo subido y el pelo arreglado perfecto, como si nada.

Tenía los ojos aguados. Ivara casi se la cree.

Casi.

—Ay hermanita —abrió los brazos—. Ven. Cuánto lo siento.

—No me toques.

Kaela se frenó.

Por un segundo se le notó. Se le puso la cara fea, fría.

Después se acomodó otra vez.

—Estás en shock. Es normal.

—¿Tú lo sabías?

Se le salió sola. Ni quería preguntar eso. Pero cuando lo dijo, la vio parpadear. Así, chiquitico.

—¿Saber que me iba a rechazar. Tú estabas sonriendo antes de que él hablara.

—Estaba nerviosa por ti.

—No. Tú estabas esperando que pasara.

Se quedaron mirando.👀

Kaela suspiró, como si le hablara a una niña malcriada.

—Oye Ivara, yo te quiero. Pero vamos a ser claras. Siempre supimos que esto podía pasar. ¿Una Luna sin lobo? ¿Qué tú esperabas? —Le tocó el brazo con dos dedos, dando lástima—. Dorian hizo lo que tenía que hacer. Quizás es mejor así. Ahora nadie va a esperar nada de ti, puedes estar tranquila.

A Ivara se le rompió algo por dentro. Lento.

—Suéltame.

—Solo quiero ayudarte...

—Que me sueltes, Kaela.

La soltó. Sonriendo otra vez, pero la sonrisa más finita.

—Está bien. Cuando se te pase la rabia tú sabes dónde estoy.

Se fue caminando suave.

Ivara la vio irse y pensó que era la primera vez que la veía de verdad. Sin el disfraz.

Se fue por el camino largo para no ver a nadie.

Pero ahí todo el mundo se conoce, no se puede evitar a nadie.

En la puerta de la cocina, una doña que siempre le daba pan en invierno le quitó la mirada.

En el patio dos guerreros se callaron cuando ella pasó.

Un niño la señaló y la mamá le bajó la mano de un jalón, con la cara roja.

Nadie me odia. Lo que pasa es que ya no saben ni qué hacer conmigo.

Y eso era peor.

Llegó a su cuarto, ese cuartito chiquito que le daban atrás, y trancó la puerta. Ahí fue que pudo respirar.

Se quitó el vestido blanco a jalones. Se miró en el espejito de la ventana.

La marca le agarraba toda la curva del hombro derecho. Una lunita partida a la mitad, blanca, como con luz por dentro. No sangraba. Ya no dolía tanto. Pero prendía y apagaba con su pulso.

La tocó con los dedos. Estaba caliente.

—¿Qué carajo eres? —susurró.

La marca le palpitó.

Se le llenaron los ojos y esta vez no se aguantó.

Se sentó en la cama, se abrazó las rodillas y lloró callada, con la boca apretada duro para que nadie del otro cuarto la oyera.

Lloró por la carajita que quería que la eligieran.

Lloró por los diecinueve años esperando algo que nunca llegó.

Cuando se le acabaron las lágrimas ya estaba oscuro. Afuera la luna había subido.

Se limpió la cara con la mano y miró por la ventana.

Al fondo se veía la casa del Alfa, con una sola luz prendida arriba.

Ahí estaba. Despierto.

Por un segundo bien estúpido, Ivara pensó que él también la estaba pasando mal. Que iba a bajar, que le iba a tocar la puerta y le iba a decir que fue un error.

La luz se apagó.

Cerró los ojos.

—Se acabó —dijo en voz alta. Y le salió más firme de lo que ella pensó.

Se paró. Sacó una bolsa vieja de abajo de la cama y metió lo que encontró: dos ropas, una manta, el cuchillito que era de su mamá, las pocas monedas que había guardado trabajando.

Se puso unos pantalones y una chaqueta grande que le tapara el hombro.

Ya tenía la mano en la puerta cuando oyó pasos en el pasillo.

Se quedó tiesa.

Los pasos se pararon justo frente a su cuarto. Aguantó la respiración. Vio la sombra de los pies por debajo de la puerta.

Nadie tocó. Nadie habló.

Un minuto largo así. Después algo chiquito se metió por debajo de la puerta.

Los pasos se fueron corriendo.

Esperó a que no se oyera nada. Se agachó y agarró el papel doblado en cuatro.

Lo abrió con las manos temblando.

Una sola línea, escrita apurada, con letra fea, como con miedo:

"Vete esta noche. No confíes en nadie. Ni siquiera en él."

Fin del capítulo 2

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