LOGINDorian no se movió de la puerta.
—Andate —le dijo a Kael, sin levantar la voz. —Todavía no terminé de curarlo —dijo Ivara. —Ya terminaste. Kael se paró despacio, sin apuro, y al pasar cerca de Dorian se detuvo un segundo de más. Dorian inhaló fuerte, casi sin querer, y algo en su cara se torció. —Salís oliendo a ella —dijo, con la voz baja. —Es lo que pasa cuando curás a alguien. —No es lo mismo y vos lo sabés. Kael no retrocedió. Se quedó ahí, muy cerca, con una calma que a Dorian pareció sacarlo más de quicio que cualquier grito. —¿Te molesta? —preguntó Kael, casi divertido. —Me molesta que entrés a mi casa y toqués lo que es mío. —¿Suyo? —Kael inclinó la cabeza—. Yo escuché que usted mismo la rechazó. Delante de toda la manada, dicen. Dorian lo agarró de la camisa con las dos manos y lo empujó contra la pared. El golpe hizo temblar un cuadro colgado, que se cayó y se rompió contra el piso. —¡Dorian! —Ivara se metió entre los dos, empujándolo del pecho—. ¡Basta! —Que se calle. —¡Basta, dije! Kael no había levantado ni una mano para defenderse. Se quedó contra la pared, con la camisa arrugada en el puño de Dorian, mirándolo fijo, sin miedo. —Tiene razón, ¿sabe? —dijo, bajito—. Por eso le duele tanto. Dorian lo soltó de golpe. Retrocedió un paso, respirando fuerte, con los puños todavía cerrados. Ivara se paró entre los dos, con una mano en el pecho de cada uno, sintiendo el corazón de Dorian golpeando bajo su palma, demasiado rápido. —Se acabó —dijo, mirándolos a los dos—. Los dos. Ahora. Dorian dio un paso atrás primero. Se pasó una mano por la cara, se fue hacia la ventana y se quedó ahí, de espaldas, con los hombros tensos. Kael se acomodó la camisa rota, tranquilo otra vez. —Perdón —le dijo a Ivara, aunque no sonaba muy arrepentido—. No vine a pelear. —¿Entonces a qué viniste? Kael miró un segundo hacia Dorian y bajó la voz. —A decirte algo que él capaz no te dijo. Se acercó un paso. Lo suficiente para que Dorian, sin darse vuelta, se pusiera más tenso todavía. —Tu marca no es de Luna. Ivara se quedó fría. —¿Qué? —Las marcas de rechazo comunes son una línea recta. Un corte. La tuya tiene forma de luna partida. Eso no es un rechazo cualquiera. —¿Entonces qué es? —Es una marca de Luna Blanca. Solo aparece cuando el vínculo rechazado era verdadero y fuerte. Cuanto más fuerte, más brilla. La tuya brilla mucho, Ivara. Eso significa que el vínculo entre vos y él nunca se rompió del todo. Dorian, todavía de espaldas, se quedó completamente quieto. Tanto que Ivara notó que había dejado de respirar un segundo. —¿Cómo sabés todo esto? —En el Colmillo Negro estudian esas marcas como si fueran un mapa del tesoro. Buscan a las que brillan más fuerte. Vos brillás más fuerte que cualquiera que yo haya visto. —¿Y vos cómo sabés cómo brilla la mía? Kael dudó medio segundo. Fue suficiente. Dorian se dio vuelta de golpe. —Buena pregunta. ¿Cómo sabés cómo brilla, Kael? ¿La viste brillar antes de esta noche? —La vi cuando entré a la casa. Antes de la pelea. —Mentira. —No tengo por qué mentirle. Dorian se paró frente a él, cerca. —Te vas a quedar en el establo esta noche. Solo. Y mañana vas a contestar unas cuantas preguntas más, con Bram presente. —¿Soy tu prisionero ahora? —Sos lo que yo decida que sos, mientras estés en mi territorio. Kael sonrió apenas y miró a Ivara antes de irse. —Cuidate. En serio. Se fue hacia la puerta trasera. Dorian lo siguió con la vista hasta que se perdió en la oscuridad y recién ahí soltó el aire que parecía haber estado guardando. —No confío en él. —No confiás en nadie. —Confío en vos. Ivara no supo qué contestar. Se quedó mirándolo, con la marca todavía tibia bajo la ropa, sin saber si sentía rabia, cansancio o las dos cosas. Afuera, entre los árboles, a doscientos metros de la casa, Kaela estaba viva. Tenía la ropa manchada de barro y una rama le había abierto la ceja, pero seguía de pie, escondida detrás de un tronco ancho, mirando las luces de la cocina. Sacó del bolsillo un espejo pequeño, oscuro, del tamaño de una moneda. Lo frotó con el pulgar y una voz grave salió de él, distorsionada. —¿Y? —Ya entró —dijo Kaela, sin apartar los ojos de la ventana—. Kael está adentro. El Alfa lo mandó al establo, pero está adentro del territorio. Va a ganarse su confianza en un par de días, como dijeron. —¿La marca? —Brilla. La vi brillar esta misma noche, desde acá. —Entonces es ella. —Es ella. —No la toquen todavía. Esperen a que confíe en el chico. Cuando esté lista para irse con él por voluntad propia, ahí la traen. —¿Y si el Alfa se da cuenta antes? —Entonces la traen igual. Muerto o vivo el Alfa, eso ya no nos importa. El espejo se apagó. Kaela se lo guardó, se acomodó el vestido roto y se quedó un momento más mirando la casa, la sombra de Ivara moviéndose adentro. —Perdón, hermanita —sin ninguna pena real en la voz—. Pero vos siempre fuiste demasiado fácil de querer. Se dio vuelta y desapareció entre los árboles. Fin del capítulo 14.Nadie durmió esa noche.La lluvia siguió golpeando el techo hasta las cinco de la mañana. No era ruido de fondo, era un tambor encima de la cabeza. En la casa grande, cada puerta que se cerraba sonaba el doble. Cada paso en el pasillo se escuchaba como si fuera a entrar alguien que no debía.A la mañana siguiente, Dorian reunió a los mismos seis ancianos del consejo, más Bram, más Ivara, en la misma sala donde habían decidido que Toren saldría al amanecer con Bram.La sala olía todavía a humo de la noche anterior. Las tazas seguían sobre la mesa, con el té frío y una capa blanca arriba.—Alguien de los que estamos acá adentro —dijo Dorian, parado en el mismo lugar que la noche anterior, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla— le avisó al Colmillo Negro que Toren y Bram salían juntos hoy, a las seis, por la ruta norte. Quiero saber quién fue.Feric, el más viejo, se cruzó de brazos. Tenía la barba mojada todavía.—¿Nos estás acusando? ¿A nosotros?—Estoy acusando a uno —dij
La lluvia ya caía fuerte cuando llegaron al límite norte.No era llovizna. Era de esa que te pega en la cara y no te deja abrir los ojos. El barro se pegaba a las botas y las antorchas se apagaban cada tres pasos.Dos guardias sostenían antorchas junto a un cuerpo tirado boca abajo, entre las piedras blancas que marcaban la frontera del territorio libre. No se movía. Desde lejos parecía una bolsa tirada.Dorian se acercó primero. No esperó a nadie. Se agachó y lo dio vuelta con cuidado, agarrándolo del hombro.Ivara se llevó la mano al pecho. Se le cortó el aire un segundo.No era Kael.Era Toren. El guardia que Ossian había asignado para acompañar a Bram al amanecer. El que esa misma tarde, en la mesa del consejo, había levantado la mano y había dicho "yo voy con él".—Todavía está tibio —dijo Dorian, con la voz baja, con los dedos todavía en el cuello de Toren—. Esto pasó hace menos de una hora. Quizás menos de media.Uno de los guardias que sostenía la antorcha tragó saliva. Estaba
Eran las diez de la noche.Los seis estaban ahí, en semicírculo, con cara de que los acababan de sacar de la cama. Nadie contento.Ossian habló primero.—Alfa. Son las diez. Más te vale que sea grave.—Lo es. —Dorian se quedó parado, no se sentó—. Hace una hora una mujer me paró en el bosque. Dice que protegió a la madre de Ivara. Dice que el Colmillo Negro la quiere para un ritual. En la luna llena. Seis días.Feric resopló.—¿Y le creíste? ¿A una que aparece de la nada?—No dije que le creí. Dije que no podemos hacernos los boludos.Ivara dio un paso al frente. Sacó el colgante.—Mi madre me dio esto.Lo tiró sobre la mesa del centro. La cadena rota brilló con la luz de las velas.Ossian se inclinó. Lo miró de cerca. Se quedó quieto.—Este diseño... —Se paró despacio, le temblaban las manos—. Lo vi una vez. Hace treinta años. Una mujer pasó una noche acá, de paso. Se fue antes de que saliera el sol. Lo tenía puesto.El aire en la sala cambió.—¿La conociste? —dijo Ivara.—La vi. Nad
Dorian no bajo la guardia. Puso el cuerpo entre Ivara y la mujer, firme, como una pared.Quien sos.Yenna. La mujer levanto las manos, despacio. Sirvo a la linea real desde antes de que nacieras, Alfa. Conoci a la madre de esta chica.A Ivara se le corto el aire.Conociste a mi madre.La escondi. Anos. Hasta que ya no pude mas.Tenes diez segundos para convencerme de que no sos una amenaza.No tengo diez segundos. Tengo menos. Yenna dio un paso. Las manos seguian arriba. El Colmillo Negro no quiere solo agarrarla. Quiere su sangre para un ritual. Luna llena. Con eso van a poder controlar a cualquier loba de cualquier manada. A todas. Para siempre.Eso no existe.No existia cuando se creia que su sangre estaba extinta. Ya no.Ivara salio de atras de Dorian. Le temblaban las piernas, pero camino igual.Cuanto tiempo tenemos.Seis dias.Dorian giro la cabeza. La mandibula apretada.No se van a acercar ni un metro.No van a tener que acercarse. Yenna bajo la voz. Van a mandar a alguien de
Dorian salió corriendo del establo sin decir nada más.—¡Dorian! —Ivara fue detrás, esquivando el heno tirado—. ¿A dónde vas?—A buscarlo.—¡Espera, no sabemos si se lo llevaron a la fuerza o si se fue con ella por su cuenta!—No me importa cuál de las dos. Lo voy a encontrar.Bram lo agarró del brazo antes de que llegara a la puerta.—Si te vas solo, caés en la misma trampa de anoche. Nos separan, nos cazan de a uno.Dorian se lo sacó de encima de un tirón.—No me vas a decir cómo manejar esto.—Te lo estoy diciendo igual.Se quedaron los dos parados, tensos, hasta que Ivara se metió entre ellos.—Basta. Si nos peleamos entre nosotros les hacemos el trabajo más fácil.Dorian respiró fuerte por la nariz. Bram bajó los hombros, no del todo convencido.—Bram tiene razón —dijo Ivara—. Nadie sale solo.—Entonces vamos los tres.—No —dijo Bram—. Alguien se queda cuidando la casa. Ya perdimos a Kaela dos veces por confiarnos.Ivara agarró un cuchillo de la pared del establo, uno de los que
Golpearon la puerta antes de que amaneciera. Ivara ya estaba despierta. Sentada en el piso, con la espalda contra la cama y el cuaderno de Kaela metido bajo el colchón todavía.—Es el sanador —dijo Bram del otro lado—. Trae lo de Fenn.Salió descalza. Sin botas, con el vestido arrugado de la noche anterior.En la sala ya estaban todos. Dorian con la misma ropa, con una cara de no haber dormido nada. El viejo del consejo y un tipo de manos manchadas de negro que ni quería saber qué era.—Hablá —le dijo Dorian al sanador. Sin hola, sin nada.El sanador dejó un frasco en la mesa. Adentro había algo negro, espeso, que se movía lento.—Fenn no murió por garras —dijo—. Lo envenenaron. Esto estaba en su sangre.—¿Veneno? —el viejo frunció la cara.—Uno que acá no se hace. Lo vi una sola vez, hace años, en un cuerpo que trajeron del norte. —Miró a Ivara de reojo—. Ninguna loba de acá usa esto. Es cosa del Colmillo Negro.El viejo se quedó mirando el frasco como si le diera asco.—Entonces lo







