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Chapter 17

Author: Mia
last update Petsa ng paglalathala: 2026-11-06 04:24:47

CAPÍTULO 17: MI DONNA

Beatrice llegó cojeando.

La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.

Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.

Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.

La puerta se abrió.

Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.

—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía tanto miedo. He estado recorriendo los pasillos una hora preguntándome si siquiera habías recibido mi mensaje.

—Siéntate.

—Claro. —Se dejó caer en el sillón frente al escritorio, manteniendo el peso lejos del pie izquierdo. Sus ojos se deslizaron hacia mí, breves y brillantes, y volvieron a él—. ¿Está bien Isabella? Solo quería protegerte. Cuando la encontré aquí, en tu despacho privado, revolviendo tus cosas...

—Cuéntame.

Fue una actuación encantadora. Pasaba junto al despacho, dijo, y había notado algo extraño. Había mirado dentro, y allí estaba Isabella, hurgando en un cajón como una ladrona, y Beatrice se había quedado tan impactada, tan *consternada*, que apenas podía repetirlo. Había sentido que debía decírselo a Lorenzo de inmediato. Solo pensaba en la familia.

Lorenzo no interrumpió. Escuchó con perfecta paciencia, los ojos oscuros fijos en su rostro, y cuanto más hablaba ella, más se entregaba. Se secó un ojo con un pañuelo de encaje.

—Sé cómo parece —terminó Beatrice, con la voz temblando justo lo suficiente—. Jamás querría decir nada contra Isabella. Pero después de la fiesta, el vestido, tienes que *ver*, Lorenzo. Tienes que ver qué clase de mujer es...

Casi me eché a reír. Era la misma frase. Palabra por palabra, con el mismo sollozo pequeño que le había lanzado en aquel salón arruinado mientras yo estaba de pie en seda roja con la marca de la mano de un desconocido en la muñeca.

Entonces Lorenzo había pasado de largo.

Esta vez se recostó en su sillón.

—Tu mensaje —dijo—. Léemelo.

Ella parpadeó. —No sé...

—Lo tengo aquí. —Sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio, con la pantalla hacia arriba—. *Tu esposa está en tu despacho. Quizá quieras ver lo que ha encontrado.*

La habitación quedó muy callada.

—No *una ladrona* —dijo Lorenzo en voz baja—. No *una intrusa*. Escribiste *tu esposa*. Escribiste *lo que ha encontrado*. —Ladeó la cabeza—. Así no escribe una mujer impactada y consternada. Así escribe una mujer que sabe que hay algo que encontrar.

—Solo quería decir...

—Entró después de mí —dije.

La cabeza de Beatrice giró de golpe.

Mantuve la voz firme. —Llevaba diez minutos aquí. Entró, miró los cajones abiertos y fue directa al de abajo a la derecha. El único que estaba cerrado. Lo probó. Pateó la pata de tu escritorio con tanta fuerza que aún cojea. —Señalé su pie con un gesto—. Pregúntale por el zapato.

La mirada de Lorenzo bajó, despacio, hasta la zapatilla de seda coral apoyada con cuidado sobre la alfombra.

—Hubo un ruido en el pasillo —dijo Beatrice rápidamente—. Tropecé. Yo...

—El cajón inferior derecho —dijo Lorenzo—. No el de arriba. No los libros de cuentas. No la caja fuerte tras el cuadro, donde miraría un ladrón. —Entrelazó las manos—. ¿Cómo sabías que ese era el que importaba?

Ella no dijo nada.

—Beatrice.

Su boca se tensó. Por un momento pensé que lo negaría todo, y la vi sopesarlo, como se mira a alguien que pisa hielo fino. Entonces algo en su rostro cedió, y una risita seca y quebradiza escapó de ella.

—Te seguí —dijo.

—¿Cuándo?

—La noche en que ella firmó. —Alzó la barbilla—. Fuiste a tu despacho cuando todos se habían ido a la cama. Yo había visto la carpeta sobre tu escritorio esa tarde. Quería saber qué contenía. Me quedé fuera de la puerta, y te vi guardarla en ese cajón. Te vi girar la llave. —Se encogió de hombros, el movimiento más diminuto—. Lo sé desde hace cuatro meses. No se lo dije a nadie. Era lo único en esta casa que yo tenía y nadie más.

—Me seguiste —repitió Lorenzo.

—Alguien en esta casa debería. —Su voz se endureció—. Prefieres escucharla a ella antes que a tu propia sangre. Prefieres creer en una chica de arroyo que fue *comprada* antes que...

Se detuvo.

No porque lo hubiera decidido. Sino porque Lorenzo se había levantado.

Lo hizo despacio, con una mano en el escritorio, y el sillón rodó hacia atrás contra las estanterías con un golpe suave. No habló. Simplemente se quedó de pie en la luz gris de la ventana, y toda la habitación pareció encogerse a su alrededor.

—Repite eso —dijo.

El rostro de Beatrice se vació de color. —Lorenzo, yo solo...

—Repítelo.

Ella no lo hizo.

—Entonces diré yo algo en su lugar. —Rodeó el escritorio. No tenía prisa. Se detuvo a mi lado, sin tocarme, sin mirarme, con los ojos clavados en su prima con una frialdad que yo no había visto desde la noche de la fiesta del té—. Llamaste a mi esposa chica de arroyo. La llamaste comprada.

—No quise...

—Isabella Romano es mi Donna.

La palabra cayó en la habitación como una piedra.

—Es la señora de esta casa —continuó Lorenzo, muy bajo—. Su palabra entre estos muros es la mía. Cuando ella hable, escucharás. Cuando entre en una sala, te pondrás en pie. Quien habla contra ella habla contra mí, y yo no olvido lo que se dice contra mí. —Hizo una pausa—. Llevas veinte años sentada a mi mesa, Beatrice. No lo confundas con protección.

Beatrice se había puesto del color del papel.

—No voy a castigarte —dijo—. Hoy no. Eres familia, y ya he enterrado bastante de ella. —Su voz bajó más—. Te mantendrás en tu carril. Dejarás de subestimar a mi Donna. Y la próxima vez que pongas una mano sobre algo que le pertenezca, sea un vestido o un cajón o una palabra, descubrirás cuánto dura mi memoria.

Ella abrió la boca. La cerró.

—Vete.

Se levantó temblando y cojeó hasta la puerta sin una palabra. No me miró. No miró a nadie. La puerta se cerró tras ella, y sus tacones se desvanecieron por el pasillo, desiguales y lentos.

El despacho quedó en silencio.

Me quedé donde estaba, con las manos entrelazadas, y descubrí que no podía mirarlo.

*Mi Donna.* No me lo había dicho a mí. Se lo había dicho a ella, a las paredes, al aire, como un hombre que lee una ley. No me había pedido que lo perdonara. No había mirado en mi dirección buscando aprobación. Delante de la única persona que más había querido verme humillada, se había plantado ante mí sin que se lo pidiera.

Seguía furiosa. Lo estaría mucho tiempo. El papel aún estaba en mi mano, y la herida que ese papel me había hecho no había empezado a cerrarse.

Pero algo pequeño y terco y del todo inoportuno se había movido tras mis costillas. Lo odié. No pude dejar de sentirlo.

—No tenías que hacerlo —dije por fin, a la alfombra.

—Lo sé.

Eso fue todo. No dijo más, y yo no pregunté.

Llamaron a la puerta, breve y firme.

—Adelante.

Marco entró. Sostenía un sobre color crema, grueso y pesado, sellado con un escudo de lacre rojo oscuro. Sus ojos tocaron los míos durante medio segundo y se desviaron, y yo miré al suelo para no verlo apartar la vista. Su nombre estaba en aquel documento, escrito de su puño.

—Esto llegó por mensajero hace una hora, Don Lorenzo —dijo—. De la familia Conti.

Lorenzo lo tomó y rompió el sello. Leyó en silencio. Vi cómo los músculos de su mandíbula se desplazaban una vez.

—La gala anual de Don Salvatore —añadió Marco en voz baja—. Todas las familias de la ciudad asisten. La ha rechazado usted cuatro años.

—Lo sé.

—Lo ha invitado de nuevo, Don Lorenzo. Escribió que no se ofendería si la rechazaba una quinta vez. —Marco dudó—. Pero la gente hablará.

—Que hablen.

Lorenzo bajó la tarjeta. La miró un instante, y luego me miró a mí. Era la primera vez que me miraba de verdad a los ojos desde la barra. Su rostro estaba tranquilo, pero algo en él había cambiado, algo deliberado, la mirada de un hombre que ha tomado una decisión y sabe exactamente lo que costará.

—Marco —dijo—. Envía la respuesta. Aceptamos.

—¿Aceptamos, Don Lorenzo?

—Aceptamos.

Marco se inclinó y salió.

La puerta se cerró. El despacho contuvo el aliento. Lorenzo cruzó la alfombra en dos zancadas y se detuvo frente a mí, tan cerca que olí a humo y a cedro y al leve hierro del vendaje de su mano.

—Todos los Dones de esta ciudad estarán en esa sala —dijo—. Todas las esposas. Todos los rumores sobre la fiesta del té. Todos los hombres que te vieron con ese vestido rojo.

Alcé la barbilla. —¿Y?

Me tendió la invitación.

—Princesa —dijo Lorenzo—, es hora de hacer el trabajo de una Donna.

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