Mag-log inCAPÍTULO 14: EL HERMANO QUE CONOCÍA
Una voz subió flotando por las puertas de la terraza, baja y cortante.
No había estado dormida. Había estado tumbada en mi lado de la cama, repitiendo *Luca está vivo* hasta que las palabras se gastaron. Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la ventana a hurtadillas.
Lorenzo estaba en la terraza de abajo, con un teléfono pegado a la oreja y una mano vendada apoyada en la barandilla de piedra. La luz de la luna tallaba su perfil en algo duro y cansado.
No pude seguirlo. Las frases eran cortas y desnudas, llenas de números y nombres que no significaban nada para mí, un lenguaje hecho para ser oído sin ser entendido. Entonces dijo lo único que entendí.
—Tráelo por la mañana.
Colgó y se quedó quieto, mirando la línea negra de los viñedos. Retrocedí del cristal antes de que pudiera volverse.
*Él.* Solo había un *él* en el que podía pensar.
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Llegaron al amanecer.
Los neumáticos crujieron sobre la grava, y yo ya estaba bajando las escaleras antes de haber decidido correr, descalza, con la bata abierta ondeando. Un sedán negro esperaba en el patio con Marco a su lado, los brazos cruzados. En la luz dorada y pálida, alguien bajaba del asiento trasero.
Más delgado. Eso fue lo primero. Sus pómulos se habían afilado, y la camisa que llevaba era nueva y no le quedaba bien. Pero la manera en que agachó la cabeza al salir, como si el cielo pudiera golpearlo, era como la hacía desde los nueve años.
—Luca.
No recuerdo haber cruzado la grava. Solo recuerdo los huesos afilados de sus hombros bajo mis manos y el olor a un jabón que no era el nuestro. Lloraba antes de saberlo.
—Estás vivo. Estás vivo, pensé...
—Izzy. —Sus brazos me rodearon, rígidos un segundo y luego no—. Lo siento. Lo siento tanto.
—No pasa nada.
—No. —Se le quebró la voz—. Lo siento *tantísimo.*
Lo repitió una y otra vez contra mi pelo, ronco y roto, temblando tan fuerte que lo abracé como cuando éramos niños y nuestro padre gritaba. Pero algo en ello estaba mal. Era demasiado pesado para una deuda. Sonaba como una disculpa con un fondo al que tenía miedo de asomarse.
Por encima de su hombro, Lorenzo estaba en la puerta, con las mangas remangadas y la mano vendada a un costado. No sonreía ni fruncía el ceño. Nos observaba como un hombre que contempla un experimento.
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Nos dieron el salón de la mañana y media hora.
Marco estaba junto a la ventana, de espaldas al cristal. Lorenzo ocupó el sillón del rincón más lejano, con un periódico abierto sobre la rodilla en el que nunca pasó una página. Caterina dejó una bandeja de té entre nosotros, y yo serví con manos inseguras.
—Te ves bien —dije.
—Me dan de comer. —Los ojos de Luca se deslizaron hacia Marco y volvieron—. Me tratan bien. No puedo quejarme.
Era una frase aprendida. Demasiado lisa, como una carta leída en voz alta.
—¿Dónde te tienen?
—En un sitio. Tranquilo. —Levantó su taza y la dejó sin beber—. ¿Cómo van las cosas por aquí?
*Las cosas.*
Mi hermano no había preguntado si estaba herida ni si tenía miedo. No había mirado el cuello de mi bata, abotonado hasta la barbilla. A mí me habían entregado a Lorenzo Moretti como un trato, y Luca preguntaba cómo iban *las cosas*.
—Luca. ¿Cómo acabaste aquí? ¿La noche en que se te llevaron?
Sus ojos saltaron hacia el rincón. El periódico no se movió.
—No lo sé —dijo—. Todo pasó tan rápido.
Detrás de mí tintineó la porcelana.
Caterina estaba petrificada al final de la mesa, con la bandeja temblando en las manos y el rostro lívido. Una cucharilla rodó de un platillo y cayó sobre la alfombra. No miraba a un invitado. Miraba algo que había rezado por no volver a ver.
Y Luca no la miró. Se mantuvo tan quieto, con los ojos fijos con tanto cuidado en su taza, que era una confesión en sí misma.
—Gracias, Caterina —dijo Lorenzo sin alzar la vista—. Eso es todo.
Ella huyó, dejando la cucharilla donde cayó.
—Se acabó el tiempo —dijo Lorenzo.
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El segundo abrazo de Luca junto al coche fue breve y descuidado, terminado antes de que pudiera aferrarme. A través del cristal, por fin alzó la vista hacia mí, y lo que vi no era pena ni alivio.
Era miedo. No de Marco. No de Lorenzo. De *mí.*
El sedán salió rodando por la verja, y yo corrí.
No hacia la casa. Hacia las cocinas, rodeando el huerto de hierbas, por la estrecha puerta de servicio, porque había visto adónde habían llevado a Caterina sus pies. Estaba en la despensa, encajada entre los sacos de harina, con las manos apretadas contra la boca.
—Caterina.
Se sobresaltó tan fuerte que un tarro cayó del estante. Lo atrapé.
—Signora, por favor, no puedo, tengo que volver...
—Nunca en tu vida has dejado caer nada delante de él. —Dejé el tarro y bloqueé la puerta—. Conocías a mi hermano. Dime de qué.
—No. No lo conozco, yo...
—Caterina. *Por favor.*
Se le llenaron los ojos. Retorció el delantal en ambos puños, y su boca se abrió.
Pasos.
Rápidos, ligeros, inconfundibles. Tacones sobre las baldosas de la cocina, viniendo hacia aquí.
El rostro de Caterina se puso gris. Antes de que yo pudiera hablar, me empujó entre dos estantes altísimos de conservas, a una franja de oscuridad tras la harina, y agarró una escoba justo cuando la puerta de la despensa se abría.
—Caterina. —La voz de Beatrice traía la miel de siempre—. Ahí estás. Llevo gritando tu nombre por toda la casa.
Dejé de respirar. A través del hueco entre dos tarros vi su silueta en la puerta: seda verde pálido, inmaculada, ni rastro del café.
—Signorina. —Caterina hizo una reverencia, la escoba temblando—. Solo estaba...
—Escondida en la despensa. Qué diligente. —Beatrice entró y dejó que la puerta se cerrara—. Me estalla la cabeza. Quiero la manzanilla con lavanda y una cucharada de miel, como la hacía mi madre. La de Sofia no. La estropea siempre. La quiero en diez minutos en el cuarto azul, y la quiero *caliente.*
—Sí, signorina. Enseguida.
—Y toallas limpias. Y puedes cambiar el jarrón de mi cuarto, odio dónde lo puso Sofia. —Iba avanzando por el pasillo, pasando un dedo por los tarros, y no parecía tener ninguna prisa por irse—. Estás temblando, Caterina. ¿Qué te pasa?
—Nada, signorina.
—Tienes cara de haber visto un fantasma. —Una pausa, ligera como una pluma—. ¿Es ese hombre que llegó esta mañana? Toda la casa murmura sobre eso.
—No sé nada de ningún hombre, signorina.
—Por supuesto que no. —Beatrice sonrió, y lo oí—. Porque si una criada cotilleara sobre los asuntos del Don, estaría en la calle antes del anochecer. Con toda su familia.
—Yo nunca cotilleo, signorina.
—Bien.
Se detuvo.
A un metro del estante contra el que me apretaba, olí su perfume de gardenia. Vi sus tacones, y debajo, sobre las baldosas polvorientas, las pequeñas y nítidas huellas de dos pies descalzos, traídas de la grava.
Las mías.
Beatrice miró hacia abajo.
El tiempo se detuvo. La despensa estaba en silencio salvo por el lento goteo de algo que se escurría en la oscuridad.
—Qué curioso —dijo Beatrice con suavidad—. Las criadas siempre llevan zapatos.
—Esa es Sofia, signorina —dijo Caterina tan rápido que casi se quebró—. Friega los escalones de atrás sin zapatos, siempre lo ha hecho, se lo digo siempre...
—¿Ah, sí?
Cinco segundos. Diez. La mirada de Beatrice se alzó y recorrió los estantes, lenta, deteniéndose, como un gato mira un agujero de ratón. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que lo oiría a través de la harina.
—Diez minutos —dijo al fin—. El té.
La puerta se cerró tras ella. Sus tacones se alejaron resonando por las baldosas hasta que el sonido desapareció.
Salí con unas piernas que no querían sostenerme. Caterina había soltado la escoba y se desplomaba contra el estante.
—Sabe algo —jadeó Caterina—. Siempre sabe...
—Dímelo. —Le agarré los brazos—. Rápido. Antes de que vuelva por su té.
—Fue la mañana antes de que dijeran que lo habían capturado. —Las palabras brotaron en un susurro aterrado—. Llevaba el té del Don al despacho a las ocho y media. La puerta estaba entreabierta, y su hermano estaba en el suelo, Signora, de rodillas en medio de la alfombra, con las manos atadas a la espalda y la cara llena de sangre.
Mis pulmones olvidaron cómo funcionar.
—El Don me vio. Dijo, muy bajo: *Deja la bandeja y vete.* Nunca he tenido tanto miedo de un silencio. —Sollozaba sin sonido—. La puerta no cerró del todo. Oí a su hermano suplicar. No por su vida. Estaba *negociando.* Decía una y otra vez: *Tengo algo que quiere. Déjeme darle algo.* Y el Don dijo...
—¿Qué dijo?
—*Entonces firma.*
La despensa quedó en silencio.
—¿Firmar qué?
—No lo sé. Se lo juro por mi madre, no lo sé. —Se soltó de mis manos y huyó hacia la puerta—. He dicho demasiado. Por favor, Signora, no diga mi nombre.
Se había ido.
Me quedé sola en la oscuridad, entre la harina y las hierbas secas.
*Entonces firma.*
De rodillas, en sangre, negociando antes de que nadie viniera a decirme que se lo habían llevado. Mi hermano, que no podía mentirle a nuestro padre sin llorar, que me había sostenido la mano en el funeral de nuestra madre y prometido que jamás dejaría que nada me hiciera daño.
Pensé en cómo me había abrazado. Pensé en *lo siento*, repetido hasta quebrarse.
Y pensé en el papel que Lorenzo había puesto ante mí, con el bolígrafo tendido, la vida de mi hermano sobre la mesa como una moneda.
No sabía qué había firmado Luca.
Pero sabía quién lo habría guardado.
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once
CAPÍTULO 14: EL HERMANO QUE CONOCÍAUna voz subió flotando por las puertas de la terraza, baja y cortante.No había estado dormida. Había estado tumbada en mi lado de la cama, repitiendo *Luca está vivo* hasta que las palabras se gastaron. Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la ventana a hurtadillas.Lorenzo estaba en la terraza de abajo, con un teléfono pegado a la oreja y una mano vendada apoyada en la barandilla de piedra. La luz de la luna tallaba su perfil en algo duro y cansado.No pude seguirlo. Las frases eran cortas y desnudas, llenas de números y nombres que no significaban nada para mí, un lenguaje hecho para ser oído sin ser entendido. Entonces dijo lo único que entendí.—Tráelo por la mañana.Colgó y se quedó quieto, mirando la línea negra de los viñedos. Retrocedí del cristal antes de que pudiera volverse.*Él.* Solo había un *él* en el que podía pensar.---Llegaron al amanecer.Los neumáticos crujieron sobre la grava, y yo ya estaba bajando las escaleras antes d
CAPÍTULO 13: SANGRE SOBRE BLANCOChoqué de frente contra una pared que respiraba.Cálida, sólida, con olor a humo y a lluvia y a algo metálico debajo. Mis manos volaron por instinto y aterrizaron sobre tela, y la tela estaba *mojada*.Retrocedí de un salto.Lorenzo estaba en el pasillo, frente a la puerta de Maria. Su camisa blanca estaba arruinada, con el cuello desgarrado y una mancha oscura y tiesa que bajaba por un costado desde las costillas hasta el borde. El vendaje de su palma izquierda, el que yo había visto envolver en aquella habitación roja, se había empapado de sangre. Una mancha fresca marcaba el puño.Durante un latido ninguno de los dos se movió.—¿Qué ha pasado? —Mi voz salió demasiado pequeña—. ¿Es tuya esa sangre?No dijo nada.Me miró como había mirado a Beatrice en aquel salón, como si yo fuera parte de la arquitectura. Luego sus ojos bajaron a la puerta de la que yo acababa de salir, y un músculo se tensó en su mandíbula. Había oído la voz de su madre. Lo supe. É







