Mag-log inCAPÍTULO 18: ADRIAN
—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.
Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.
A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.
Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.
—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.
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La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las t***s abiertas.
—Cierra la puerta, niña —dijo Maria—. Y ponte ahí. Donde hay luz.
Me puse ahí.
Caminó a mi alrededor despacio, apoyada en su bastón, como un joyero que estudia una piedra. Luego levantó el papel de seda del vestido.
Era seda verde esmeralda profundo, con los hombros descubiertos, cayendo en líneas largas y limpias, sin encaje, sin adornos, nada que suplicara ser mirado. No lo necesitaba. El color por sí solo lo haría.
—Lo mandé hacer hace tres semanas —dijo Maria—. Calculé tu talla. Rara vez me equivoco en estas cosas.
—Signora, no puedo...
—Puedes. Brazos arriba.
Obedecí. La seda se deslizó sobre mi cabeza, fresca y pesada, y se asentó contra mí como si hubiera estado esperando. Maria lo abrochó por detrás con dedos rápidos y seguros, y luego abrió la primera caja de terciopelo.
Esmeraldas. Un collar, grueso y antiguo, engastado en oro que los años habían vuelto suave. Lo sacó y lo colocó alrededor de mi cuello. Las piedras quedaron justo donde aún se veían bajo mi piel los últimos rastros amarillo-verdosos de la mano de Lorenzo, y el oro los cubrió por completo.
—Mi marido me lo regaló en nuestra noche de bodas —dijo Maria, cerrando el broche—. Ha estado treinta años en una caja. Esperaba a alguien que mereciera llevarlo.
No tuve respuesta. Los ojos habían empezado a escocerme, y miré el techo hasta que pasó.
Siguieron los pendientes, luego una pulsera, un anillo para mi mano izquierda junto a la sencilla alianza que ya llevaba. Trabajó en silencio, ajustando un alfiler aquí, alisando una tira allá, y cuando terminó me giró hacia el largo espejo de la pared.
No reconocí a la mujer que había en él.
Estaba erguida. Tenía un cuello largo y un rostro claro, y ojos oscuros que no parecían acosados. El verde hacía brillar su piel. El oro la hacía parecer nacida en una casa con escudo.
—Ya está —dijo Maria. Estaba detrás de mi hombro, su propio reflejo pequeño y de pelo plateado junto al mío. Su voz se había suavizado—. Mírate. ¿Sabes lo hermosa que eres?
Algo en mi pecho cedió en silencio, como un nudo que se deshace.
—Mi madre nunca me dijo eso. —Salió antes de que pudiera evitarlo—. Ni una sola vez. Ni siquiera en mi cumpleaños de dieciséis. Decía que tenía manos sensatas.
Los ojos de Maria encontraron los míos en el cristal. Estaban muy brillantes.
—Entonces tu madre era una necia —dijo con suavidad—, y se perdió lo mejor de ti. Eres hermosa, Isabella. Siempre ibas a serlo. Yo solo encontré el vestido.
Me giré y rodeé a Maria con los brazos.
No lo había planeado. Se puso rígida durante un latido, y luego su mano pequeña y fuerte subió y me palmeó la espalda, brusca y torpe y muy cálida.
—Basta —dijo con aspereza—. Vas a arrugar la seda. Ve, te está esperando.
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Me detuve en lo alto de la escalera.
Lorenzo estaba abajo de espaldas a mí, con una mano en el bolsillo, mirando la puerta principal como si le debiera algo. Vestía de negro, severo y perfecto, la camisa blanca abierta en el cuello. El vendaje de su mano había desaparecido, sustituido por una línea fina y limpia de piel cicatrizando.
Di el primer paso. La seda susurró.
Se giró.
Había imaginado ese momento toda la tarde. Me había preparado para el destello frío, la mirada de evaluación, la que dirigía a un mueble que pensaba comprar. No llegó. Me vio y se quedó completamente quieto, como se detiene un hombre al que despierta de noche un sonido que no reconoce.
Bajé escalón a escalón. Sus ojos me siguieron todo el camino. Fueron de mi rostro a las esmeraldas, a la línea desnuda de mis hombros y de vuelta a mi rostro, y algo en ellos era tan crudo que aparté la vista.
No dijo una palabra.
Cuando llegué abajo, me tendió el brazo. Lo tomé. Su músculo estaba duro bajo mis dedos, y sentí que se tensaba una sola vez, como si se contuviera.
—Marco está esperando —fue todo lo que dijo.
Pero no volvió a mirar la puerta. Y en el coche, cuando miré de lado hacia el cristal de la ventanilla, sorprendí su reflejo observándome.
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La villa de los Conti resplandecía como un barco sobre un mar negro.
Los coches bordeaban el camino, negros y plateados y pulidos como espejos. Hombres de esmoquin estaban en los escalones con puros, y las mujeres relucían en la luz que se derramaba de las puertas. En algún lugar del interior tocaba un cuarteto de cuerda, y por debajo oí el zumbido bajo de cien voces.
Era exactamente lo que había esperado, y de algún modo peor. El aire del gran salón era espeso y dulce de dinero viejo: whisky caro, humo de cigarrillo, una docena de colonias en competencia, el olor a cera caliente de mil velas. Suelos de mármol. Techos dorados. Retratos de hombres muertos en marcos oscuros.
Y todos los rostros se volvieron.
Lo sentí como una ola. La conversación no se detuvo, pero *cambió*, un rizo de voces bajas que se extendía desde la puerta por todo el suelo. Capté las palabras mientras avanzábamos. *La chica Moretti. El vestido rojo. La fiesta del té.*
La mano de Lorenzo se posó en la parte baja de mi espalda. No habló. No se inclinó para murmurarme consuelo, y comprendí por qué. Este era mi trabajo. Me daba espacio para hacerlo.
Alcé la barbilla y caminé.
—Donna Moretti.
Una mujer se plantó en mi camino, de unos cuarenta y cinco años, vestido plateado, el pelo en un casco brillante, una sonrisa como un cuchillo puesto de lado. Otras dos mujeres rondaban sus hombros, ambas observándome con la paciencia brillante y hambrienta de quienes habían recibido la promesa de un espectáculo.
—Donna Vittoria. —La voz de Lorenzo era fría sobre mí—. Buenas noches.
—Lorenzo. —No lo miró. Sus ojos ya me habían encontrado, y los dejó recorrer despacio la seda esmeralda y volver a subir—. Y esta debe de ser la novia. Qué encanto. Hemos oído hablar tanto de usted.
—Seguro que sí.
—Espero que se esté divirtiendo. Oí que su última aparición social fue *tan* memorable. —Ladeó la cabeza—. Ese vestido. Rojo, ¿no? Una elección tan audaz para una primera aparición. Todas nos preguntábamos si fue... —Una pausa delicada—. Deliberada.
Detrás de ella, una de las mujeres rio dentro de su copa.
El calor me subió por la nuca. Bajo la palma de Lorenzo, mi espalda se puso rígida. Sabía exactamente qué quería hacer él, y sabía que si lo permitía, pasaría el resto de mi vida como la chica cuyo marido libraba sus batallas.
Sonreí.
—Donna Vittoria, me alegra tanto que lo mencione. —Mi voz salió ligera y clara—. Fue un regalo. De alguien que deseaba mucho que yo pasara vergüenza.
Parpadeó.
—Me enseñó mucho —continué— sobre en quién se puede confiar en una casa y en quién no. Ya me he ocupado de quien lo regaló. —Dejé eso asentarse un segundo—. Y debo agradecerle de verdad el recordatorio. Es tan generoso de su parte traerme lo único que he agradecido toda la semana.
—¿Agradecido?
—La humillación es una maestra maravillosa. —Miré su copa y luego su rostro—. Pruebe el champán, Donna Vittoria. Le ayudará con lo que fuera eso.
Silencio.
Una de las mujeres tras ella soltó un pequeño ruido ahogado. La otra apretó los labios tan fuerte que se pusieron blancos. La sonrisa de Donna Vittoria no se movió, pero algo detrás de ella se detuvo.
—Qué encantador —logró decir.
—¿Verdad? —dije—. Disfrute de su velada.
Seguí andando. La mano de Lorenzo no se había movido de mi espalda, pero había cambiado. La tensión de su palma se había aflojado, y por un momento sus dedos apretaron un poco, un gesto tan pequeño que nadie más en la sala habría podido verlo.
—No está mal —dijo, muy bajo.
No respondí. No me fiaba de mi rostro.
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Habíamos cruzado la mitad del salón de baile cuando sentí que Lorenzo se quedaba inmóvil.
Fue como accionar un interruptor. Su paso no vaciló, su expresión no cambió, pero la mano en mi espalda se volvió de hierro. Seguí su mirada a través de la sala.
Un hombre cruzaba la pista hacia nosotros, sin prisa, con una copa de vino blanco en la mano. Finales de los treinta, quizá, pelo oscuro, complexión desenvuelta. Un buen traje, no llamativo. Un rostro agradable y abierto, de los que uno detendría en la calle para preguntar una dirección. Saludaba con un gesto a la gente que pasaba, y le sonreían. Era evidente que lo apreciaban.
—Lorenzo. —Tenía una voz cálida. Dejó su copa en una bandeja que pasaba y tendió la mano—. Esperaba que vinieras este año.
—Adrian.
Ni cálido. Ni frío. Solo el nombre, puesto como una moneda.
Adrian sonrió como si nada pudiera ser más natural y tomó la mano de Lorenzo.
Parecía un apretón de manos. Un saludo cortés y bien educado entre dos hombres poderosos en un salón abarrotado. Pero yo estaba al lado de Lorenzo, y vi lo que la multitud no veía. Vi cómo los nudillos de la mano de Adrian se ponían blancos. Vi cómo los tendones se marcaban en la muñeca de Lorenzo. Ninguno soltó. Ninguno miró hacia abajo. Se quedaron allí, con las manos trabadas, sonriéndose, y el agarre se apretó y se apretó hasta que creí que oiría un hueso.
Los ojos de Lorenzo se habían vuelto negros. Lo había visto mirar al Don que intentó tocarme. Lo había visto mirar la mano de un desconocido en mi muñeca. Nunca lo había visto mirar a nadie como miraba a este hombre. No era rabia. La rabia era caliente. Esto era algo más viejo y más frío, algo a lo que se le había quemado todo el calor, una mirada que me hizo querer interponerme entre ellos y también salir corriendo.
—Es un placer volver a verte —dijo Adrian con amabilidad—, viejo amigo.
Lorenzo sostuvo su mirada.
—Adrian —dijo de nuevo.
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once
CAPÍTULO 14: EL HERMANO QUE CONOCÍAUna voz subió flotando por las puertas de la terraza, baja y cortante.No había estado dormida. Había estado tumbada en mi lado de la cama, repitiendo *Luca está vivo* hasta que las palabras se gastaron. Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la ventana a hurtadillas.Lorenzo estaba en la terraza de abajo, con un teléfono pegado a la oreja y una mano vendada apoyada en la barandilla de piedra. La luz de la luna tallaba su perfil en algo duro y cansado.No pude seguirlo. Las frases eran cortas y desnudas, llenas de números y nombres que no significaban nada para mí, un lenguaje hecho para ser oído sin ser entendido. Entonces dijo lo único que entendí.—Tráelo por la mañana.Colgó y se quedó quieto, mirando la línea negra de los viñedos. Retrocedí del cristal antes de que pudiera volverse.*Él.* Solo había un *él* en el que podía pensar.---Llegaron al amanecer.Los neumáticos crujieron sobre la grava, y yo ya estaba bajando las escaleras antes d
CAPÍTULO 13: SANGRE SOBRE BLANCOChoqué de frente contra una pared que respiraba.Cálida, sólida, con olor a humo y a lluvia y a algo metálico debajo. Mis manos volaron por instinto y aterrizaron sobre tela, y la tela estaba *mojada*.Retrocedí de un salto.Lorenzo estaba en el pasillo, frente a la puerta de Maria. Su camisa blanca estaba arruinada, con el cuello desgarrado y una mancha oscura y tiesa que bajaba por un costado desde las costillas hasta el borde. El vendaje de su palma izquierda, el que yo había visto envolver en aquella habitación roja, se había empapado de sangre. Una mancha fresca marcaba el puño.Durante un latido ninguno de los dos se movió.—¿Qué ha pasado? —Mi voz salió demasiado pequeña—. ¿Es tuya esa sangre?No dijo nada.Me miró como había mirado a Beatrice en aquel salón, como si yo fuera parte de la arquitectura. Luego sus ojos bajaron a la puerta de la que yo acababa de salir, y un músculo se tensó en su mandíbula. Había oído la voz de su madre. Lo supe. É







