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Chapter 13

作者: Mia
last update publish date: 2026-11-04 21:52:49

CAPÍTULO 13: SANGRE SOBRE BLANCO

Choqué de frente contra una pared que respiraba.

Cálida, sólida, con olor a humo y a lluvia y a algo metálico debajo. Mis manos volaron por instinto y aterrizaron sobre tela, y la tela estaba *mojada*.

Retrocedí de un salto.

Lorenzo estaba en el pasillo, frente a la puerta de Maria. Su camisa blanca estaba arruinada, con el cuello desgarrado y una mancha oscura y tiesa que bajaba por un costado desde las costillas hasta el borde. El vendaje de su palma izquierda, el que yo había visto envolver en aquella habitación roja, se había empapado de sangre. Una mancha fresca marcaba el puño.

Durante un latido ninguno de los dos se movió.

—¿Qué ha pasado? —Mi voz salió demasiado pequeña—. ¿Es tuya esa sangre?

No dijo nada.

Me miró como había mirado a Beatrice en aquel salón, como si yo fuera parte de la arquitectura. Luego sus ojos bajaron a la puerta de la que yo acababa de salir, y un músculo se tensó en su mandíbula. Había oído la voz de su madre. Lo supe. Él supo que yo lo sabía.

—Lorenzo. Respóndeme.

Nada.

Pasó a mi lado, tan cerca que su manga rozó la mía, y sentí el calor del roce hasta los tobillos. Al final del pasillo se detuvo sin volverse.

—Nuestra habitación —dijo—. Ahora.

---

La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave que sonó como una cámara acorazada sellándose.

Cruzó hasta la ventana y se quedó de espaldas a mí, desabotonándose con la mano sana la camisa arruinada. La tela se despegaba de su piel en algunos puntos. Debajo, un corte largo y superficial recorría sus costillas, costroso y enrojecido, no profundo. No lo bastante profundo para importar. Eso era lo que diría si yo preguntaba, así que no pregunté.

Me quedé junto a la puerta. Cuatro meses en esta casa y nunca me había sentido tan insegura de dónde ponerme.

La cama estaba entre nosotros, enorme, con las sábanas aún revueltas de mi lado. Su lado llevaba dos noches sin tocarse.

—No volviste. —No había querido decirlo—. Anoche.

—Tenía asuntos.

—¿Con quién?

—No te concierne.

Era la voz del despacho en mi segunda mañana, plana como un libro de cuentas cerrado. Pero aún no se había vuelto, y sus hombros estaban tan tensos que el músculo bajo la camisa abierta temblaba.

Esperaba que yo lo sacara a relucir. La habitación. La barra. Su boca sobre la mía. Podía sentirlo agazapado entre nosotros como un animal, y supe que si lo mencionaba, aunque fuera con una palabra, haría añicos la noche y se marcharía.

Así que no lo hice.

Crucé la alfombra en su lugar. Me detuve a un brazo de distancia a su espalda y tendí la mano.

—Dame el vendaje.

Giró la cabeza lo justo para que yo viera el borde de su mandíbula. —No.

—Está empapado. Vas a perder la mano.

—He perdido cosas peores.

—Pues piérdela donde yo no tenga que verlo. —Mantuve la palma extendida—. Lorenzo.

El silencio se alargó. Escuché su respiración, lenta y controlada, la respiración de un hombre que trabaja muy duro para no sentir algo.

Entonces se volvió y puso su mano sangrante en la mía.

Intenté no reaccionar. Su piel estaba caliente, y las yemas de los dedos rígidas y frías por la pérdida de sangre. Desenrollé la gasa arruinada. Debajo, el corte del cristal se había abierto en toda su longitud, feo e hinchado. Traje el botiquín del baño, el que las criadas mantenían siempre surtido, y me senté en el borde de la cama con su mano en mi regazo.

Él miraba mis dedos. No mi cara. Mis dedos.

Limpié la herida con antiséptico. No se inmutó. Una gota de sudor le resbaló por la sien, y aun así no se inmutó.

—Te hiciste esto tú mismo —dije en voz baja.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque era más fácil que la alternativa.

Alcé la vista. Sus ojos ya estaban en los míos, y toda la habitación se ladeó.

Bajé la mirada deprisa y envolví la gasa limpia alrededor de su palma, una vuelta lenta tras otra, y la ternura de aquello hizo que mis propias manos temblaran. Él lo notó. Su pulgar se movió contra mi muñeca, un leve movimiento, justo lo bastante para posarse sobre mi pulso.

Ninguno habló.

Até el vendaje y me quedé allí, con su mano en mi regazo y la cabeza inclinada. Era lo más cerca que habíamos estado desde la barra. Hacía tres noches habría dicho que lo odiaba. Ahora no podía recordar la palabra.

*Pregúntaselo. A solas. Observa su cara.*

La voz de Maria, baja y segura, en una habitación llena de luz de lámpara.

Dejé su mano con cuidado sobre su rodilla y levanté la cabeza.

—Lorenzo. —Me temblaba la voz, y la dejé temblar—. Necesito preguntarte algo, y necesito que me respondas con sinceridad.

El aire de la habitación cambió. Su rostro se quedó quieto, la misma quietud que en el umbral del comedor. —Pregunta.

—¿Puedo ver a mi hermano?

Observé su cara mientras lo decía.

Maria tenía razón.

Duró menos de un segundo. Algo se movió tras sus ojos, rápido y frío y *equivocado*, como un postigo que golpea en una casa vacía. Su mano se puso rígida sobre la rodilla. Su boca no se movió. Su pecho no se alzó.

Luego desapareció, y solo me miraba, liso e indescifrable.

—¿Quién te dijo que me preguntaras eso?

—Nadie. Llevo cuatro meses aquí y no he oído su nombre ni una vez. Ni de ti. Ni de Marco. Ni de nadie. Solo quiero saber que está vivo.

—¿Quién —dijo, muy suavemente— te dijo que me preguntaras eso?

—Nadie —mentí—. Solo quiero verlo.

Se levantó. El colchón se movió. Dio un paso hacia la puerta y luego otro, y por un instante pensé que simplemente se marcharía, como la noche anterior, como siempre hacía.

Se detuvo con la mano en el marco.

—Luca está vivo —dijo, sin volverse.

Mi aliento salió de golpe. —Entonces déjame...

—No me lo vuelvas a preguntar.

No era una respuesta. Tampoco era una negativa. Era la voz de un hombre al borde de algo, y no pude saber si era un precipicio o una puerta.

—Lorenzo...

—Duerme, Isabella.

La puerta se cerró. Sus pasos se alejaron, más lentos que de costumbre.

Me quedé sentada en la cama, con el botiquín abierto a mi lado y una mancha de su sangre secándose en mi palma.

*Luca está vivo.*

Lo había dicho. Pero ni una sola vez, en todo ese tiempo, había dicho *dónde*.

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