LOGINCAPÍTULO CINCO: LA HABITACIÓN CERRADA**
**Punto de vista de Isabella**
Caminé hasta que las piernas dejaron de temblarme, con el pulso todavía zumbándome en los oídos y aquel único vistazo de dolor crudo en su rostro grabado en mí más hondo que cualquier amenaza que hubiera hecho esa mañana.
*Sal de aquí.* No *vete.* Ni siquiera con mi nombre pegado a la frase. Solo esas palabras, escupidas como algo que se rompe de golpe.
Acabé en el jardín sin recordar haber decidido ir allí, con la grava mordiéndome las suelas finas de los zapatos y el aire de la mañana incapaz de enfriar lo que se me había alojado bajo las costillas.
Existió una mujer antes que yo. Una mujer que él aún no podía oír mencionar sin desmoronarse. Y nadie en aquella casa parecía dispuesto a decirme quién era.
Beatrice me encontró una hora después, apoyada contra la balaustrada de piedra, como si hubiera estado esperando justo ese momento.
—Estás pálida —dijo, estudiándome con la misma crueldad evaluadora que había mostrado la primera noche—. ¿Por fin perdió los estribos contigo? Los reserva para ocasiones especiales.
—No quiero hablar contigo —respondí.
—A nadie le apetece, al principio. —Se puso a caminar a mi lado de todos modos, impasible, con los tacones resonando sobre la piedra a un ritmo demasiado casual para lo que dijo a continuación—. Le preguntaste por la anterior, ¿verdad?
Mis pasos vacilaron. No se lo había contado a nadie.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque todas terminan preguntando. —Algo cruzó su rostro, no compasión, más bien apetito—. Y todas reciben lo mismo que tú: un portazo. Y esa cara de que el suelo se le ha hundido bajo los pies. —Ladeó la cabeza, divertida por algo que claramente consideraba su entretenimiento privado—. Aunque nadie te cuenta nunca el porqué. Esa es la parte que más disfruto.
—Si sabes algo, dilo.
—Tercera planta, ala este. Detrás del cuadro del viñedo hay una puerta que se supone que no existe. —Su sonrisa se volvió fina y satisfecha—. Marco guarda la única llave. Está fuera hasta mañana.
Se marchó antes de que pudiera preguntar nada más, con el cebo ya hundido lo bastante hondo como para que supiera, aunque me dijera lo contrario, que no iba a dejarlo estar.
Esperé hasta la noche para adueñarme de la casa entera, cuando los pasillos se vaciaron en un silencio interrumpido solo por los pasos lejanos de algún guardia que no me buscaba a mí.
La tercera planta era más fría que el resto de la finca: el frío particular de las habitaciones que nadie usa ya. Encontré el cuadro exactamente donde ella había prometido: un viñedo siciliano desvaído, con el marco dorado empañado por los años. Detrás, integrada en el yeso hasta que sabías dónde mirar, había una puerta sin picaporte visible. Solo una cerradura antigua, de las que pertenecían a una casa mucho más vieja de lo que esta fingía ser.
Cedió bajo mi palma sin resistencia.
Las bisagras no hicieron el menor ruido, lo que significaba que alguien las engrasaba con regularidad, lo que significaba que aquella no era una habitación olvidada. Alguien aún la cuidaba.
En el aire flotaban polvo y algo floral ya rancio: el perfume de una mujer que hacía años que no pisaba aquel lugar. La luz de la luna cortaba una rendija entre las pesadas cortinas y caía sobre una cama aún hecha, sobre un tocador aún dispuesto con cepillos y frascos, como si quien se fue hubiera planeado volver en cualquier momento y simplemente nunca lo hubiera hecho.
Sobre la chimenea apagada colgaba una fotografía, ampliada y enmarcada como algo sagrado.
Lorenzo, más joven, desprotegido de un modo que yo jamás le había visto: riendo, riendo de verdad, con una mano apoyada en la mejilla de una mujer vestida de encaje blanco, con el cabello oscuro suelto sobre los hombros y los ojos brillantes de algo que parecía, imposiblemente, felicidad.
Me quedé allí más tiempo del debido, incapaz de apartar la vista.
No era hermosa como lo era Beatrice: cuidada, afilada. Era hermosa de la manera sin esfuerzo, de esa que dejaba claro por qué un hombre como Lorenzo Moretti levantaría un santuario entero para mantenerla viva en su casa mucho después de que se hubiera ido.
Yo no era su primera esposa.
Ni siquiera estaba cerca de ser lo primero que él había elegido. Era una sustituta, comprada con una firma, colocada en una habitación que aún conservaba el perfume de otra, durmiendo en unas sábanas que probablemente le habían pertenecido a ella.
Me temblaban las manos cuando llegué al cajón del tocador, ya entreabierto, como si alguien lo hubiera revisado hacía poco y no se hubiera molestado en cerrarlo bien.
Cartas atadas con una cinta desteñida. Una sola fotografía, suelta entre las demás, con una arruga en el centro, como si alguien la hubiera doblado y desdoblado cien veces sin decidirse a conservarla o destruirla.
La tomé.
*Elena.* El nombre estaba escrito en el reverso con una letra que reconocí al instante: la había visto esa misma mañana, en la nota apoyada contra mi almohada. *Elena, el día en que todo aún era sencillo.*
En esta fotografía sus ojos no brillaban en absoluto. Estaban vacíos. Asustados. Fijos en quien sostenía la cámara, como si le suplicaran en silencio algo que nadie le había dado.
No lo oí en la escalera hasta que fue demasiado tarde para hacer otra cosa que quedarme allí, con la fotografía aún atrapada entre los dedos y la luz de la luna derramándose sobre una habitación que nunca debí encontrar.
La puerta crujió a mis espaldas, abriéndose más.
—Isabella.
Su voz salió muy baja. Lo cual era mucho peor que si hubiera gritado.
Me volví. Lorenzo estaba en el umbral de una habitación en la que claramente nunca esperó que volviera a entrar nadie, con el rostro tallado en algo que no era del todo furia ni del todo duelo, instalado en algún punto insoportable entre ambos.
Su mirada bajó hasta la fotografía que yo sostenía.
Y el control que había pasado cada hora desde que nos conocimos levantando ladrillo a ladrillo a su alrededor se vino abajo ante mí, pieza silenciosa por pieza silenciosa.
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CAPÍTULO SEIS: SU HABITACIÓN****Punto de vista de Isabella**Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.La luna se había desplazado mientras yo permanecía allí, y su luz pálida cortaba el rostro de Lorenzo en un ángulo que lo hacía parecer tallado en algo más antiguo que la carne. Su mano seguía en el marco de la puerta, los nudillos blancos contra la madera.—Dámelo.No era una orden. Eso era lo que me asustaba. Cada mandato que me había dado venía envuelto en certeza, y este salió quebrado por la mitad.Debí entregárselo. En cambio, mis dedos se apretaron con más fuerza alrededor de la fotografía.—¿Quién es ella?Algo oscuro y veloz se movió detrás de sus ojos. Cruzó la habitación en tres zancadas, y yo retrocedí tropezando hasta que el borde del tocador se me clavó en la espalda. Los frascos de perfume tintinearon detrás de mí. Me quitó la fotografía de la mano sin tocar mi piel, la dejó boca abajo sobre el cristal y se volvió hacia mí con una quietud que me erizó cad
CAPÍTULO CINCO: LA HABITACIÓN CERRADA****Punto de vista de Isabella**Caminé hasta que las piernas dejaron de temblarme, con el pulso todavía zumbándome en los oídos y aquel único vistazo de dolor crudo en su rostro grabado en mí más hondo que cualquier amenaza que hubiera hecho esa mañana.*Sal de aquí.* No *vete.* Ni siquiera con mi nombre pegado a la frase. Solo esas palabras, escupidas como algo que se rompe de golpe.Acabé en el jardín sin recordar haber decidido ir allí, con la grava mordiéndome las suelas finas de los zapatos y el aire de la mañana incapaz de enfriar lo que se me había alojado bajo las costillas.Existió una mujer antes que yo. Una mujer que él aún no podía oír mencionar sin desmoronarse. Y nadie en aquella casa parecía dispuesto a decirme quién era.Beatrice me encontró una hora después, apoyada contra la balaustrada de piedra, como si hubiera estado esperando justo ese momento.—Estás pálida —dijo, estudiándome con la misma crueldad evaluadora que había most
CAPÍTULO CUATRO: LAS REGLAS DE ESTA CASA****Punto de vista de Isabella**La mañana llegó sin piedad.No había dormido. Me había quedado sentada contra aquella pared hasta que el fuego se redujo a brasas, y luego me había arrastrado hasta la cama porque una parte terca de mí se negaba a que una criada me encontrara hecha un ovillo en el suelo, como algo roto.Cuando el sol se coló entre las cortinas, tenía los ojos en carne viva y el cuerpo entero dolorido, con ese agotamiento particular de una noche pasada discutiendo conmigo misma y perdiendo.A los pies de la cama había un vestido extendido. No era mío. Nunca sería mío, al parecer, ya no. Seda verde oscuro, sencillo, caro de esa manera discreta que indicaba que alguien lo había elegido específicamente para mí.Encima había una nota doblada: *Póntelo. Te espero en el despacho. A las nueve. Esta vez, no me pongas a prueba.*Me lo puse. Me dije que era por practicidad, porque no tenía nada más, y traté de no notar lo bien que me queda
CAPÍTULO TRES: LO QUE COMPRÓ****Punto de vista de Isabella**Su mano se deslizó hasta mi nuca, y cada argumento que había estado construyendo contra él se derrumbó bajo la primera presión firme de sus dedos en mi cabello. Cálida. Posesiva. Esa clase de contacto que no pide permiso, sino que reclama el derecho a tenerlo.Abrí la boca para protestar, para recordarle que aquello no formaba parte de ningún contrato que yo hubiera leído, pero no me salió ningún sonido. A mis espaldas, la chimenea crepitó más fuerte y esparció una luz dorada por la habitación, por los ángulos afilados de su rostro, por la calma aterradora de sus ojos. Esa calma era lo más peligroso de él. Decía que ya sabía cómo terminaría todo.—¿Por qué tiemblas, princesa? —dijo en voz baja. Cruel.—Solo tengo frío —respondí.—No es verdad. —Su pulgar recorrió la curva de mi mandíbula, sin prisa, deliberado, como si tuviera toda la noche y pensara gastar cada segundo aprendiendo los lugares que me desestabilizaban. La ye
CAPÍTULO DOS: LA FINCA****Punto de vista de Isabella**El trayecto en coche parecía el cortejo fúnebre de mi antigua vida.Me senté pegada a la puerta, tan lejos de Lorenzo como el asiento permitía, viendo cómo Sicilia se desdibujaba tras el cristal tintado: los cipreses erguidos como centinelas, la costa destellando plateada entre las colinas. Nada de aquello parecía real. Nada de aquello se sentía real.Lorenzo no había dicho una sola palabra desde que salimos del almacén. Iba con un tobillo cruzado sobre la rodilla y el teléfono en una mano, completamente impasible, como si no acabara de comprar una esposa hacía una hora.Aún sentía el fantasma de su pulgar contra mi muñeca.*Buena chica.*Odiaba poder sentirlo todavía.La finca apareció poco a poco, como lo hace una tormenta: la ves mucho antes de comprender lo grande que es en realidad. Primero, las verjas de hierro, el doble de altas que un hombre, coronadas por algo que atrapaba la luz y me revolvió el estómago cuando comprend
CAPÍTULO UNO: EL CONTRATO****Punto de vista de Isabella**La habitación olía a óxido, a dinero viejo, a whisky caro y a cigarrillos.Intenté no respirar muy hondo. Intenté no pensar en por qué ese olor me resultaba tan familiar. Pero se me pegó al fondo de la garganta, espeso y metálico, y supe que me acompañaría mucho después de esa noche.Me temblaban las manos a los costados. La única luz venía de una bombilla que se balanceaba del techo y proyectaba sombras que se movían contra las paredes como seres vivos.Detrás de mí, mi hermano lloraba.—Isabella, por favor. Por favor, no dejes que me maten.La voz de Luca se quebraba en cada palabra. Estaba arrodillado en algún punto de la oscuridad, con las manos atadas a la espalda. Lo había visto cuando lo arrastraron adentro.La sangre seca a lo largo de la mandíbula, la hinchazón alrededor del ojo, el modo en que todo su cuerpo temblaba como si algo se le hubiera soltado por dentro. Apenas lo reconocí.El hombre del traje negro estaba d







