LOGINCAPÍTULO CUATRO: LAS REGLAS DE ESTA CASA**
**Punto de vista de Isabella**
La mañana llegó sin piedad.
No había dormido. Me había quedado sentada contra aquella pared hasta que el fuego se redujo a brasas, y luego me había arrastrado hasta la cama porque una parte terca de mí se negaba a que una criada me encontrara hecha un ovillo en el suelo, como algo roto.
Cuando el sol se coló entre las cortinas, tenía los ojos en carne viva y el cuerpo entero dolorido, con ese agotamiento particular de una noche pasada discutiendo conmigo misma y perdiendo.
A los pies de la cama había un vestido extendido. No era mío. Nunca sería mío, al parecer, ya no. Seda verde oscuro, sencillo, caro de esa manera discreta que indicaba que alguien lo había elegido específicamente para mí.
Encima había una nota doblada: *Póntelo. Te espero en el despacho. A las nueve. Esta vez, no me pongas a prueba.*
Me lo puse. Me dije que era por practicidad, porque no tenía nada más, y traté de no notar lo bien que me quedaba, como si él hubiera conocido mis medidas antes de que yo cruzara la verja.
El despacho estaba al final del ala este, y lo encontré exactamente a las nueve, después de dar vueltas unas diez veces, porque lo ocurrido junto a la chimenea la noche anterior me había enseñado algo que no quería admitir: una parte de mí no quería descubrir qué pasaba si lo desafiaba dos veces en dos días.
Lorenzo ya estaba sentado tras un pesado escritorio de roble, con una sola carpeta abierta delante, con las mangas de nuevo remangadas, como si la chaqueta fuera una formalidad que solo toleraba por el bien de los demás. No levantó la vista cuando entré.
—Siéntate.
Me senté. Me odié un poco por la facilidad con la que esa palabra movía ahora mi cuerpo.
Por fin alzó los ojos hacia los míos, y no quedaba en ellos nada del hombre de la noche anterior: ni calor, ni paciencia, ni promesa silenciosa. Era la versión de él que había deslizado un arma por una mesa sin pestañear. Fría. Absoluta.
—En esta casa hay reglas —dijo—. Las aprenderás una vez, y no me repetiré.
—Qué generoso —pregunté.
—El sarcasmo está permitido. —Una curva leve y sin humor le rozó la boca—. La desobediencia, no. Aprende pronto la diferencia.
Deslizó la carpeta hacia mí. Dentro había páginas mecanografiadas, numeradas, precisas, como si hubiera hecho que un abogado redactara su matrimonio igual que había redactado mi cautiverio.
—Regla uno —dijo, antes de que yo pudiera leerla por mi cuenta—. No sales de esta finca sin mí o sin Marco. Ni al pueblo, ni a la costa, ni por aire fresco. Si te encuentran al otro lado del muro sola, las consecuencias no recaerán sobre ti.
Algo frío me bajó por la espalda.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que las deudas de tu hermano no desaparecieron, Isabella. Se transfirieron. —Su voz era plana, objetiva, como si hablara del tiempo en lugar de volver a sostener la vida de mi hermano sobre mi cabeza—. Luca aún me debe cosas que el dinero no puede pagar. Su seguridad está ligada a tu comportamiento. Recuérdalo antes de decidir que un paseo por la playa vale lo que cuesta.
Se me revolvió el estómago.
—Dijiste que su deuda estaba saldada.
—Dije que le perdonaría la vida. Nunca dije que la deuda desapareciera. —Sus ojos no vacilaron—. Todo tiene un precio. El tuyo es la obediencia. El suyo es seguir siéndome útil. Ninguna de esas cosas cambia porque no te guste oírlo en voz alta.
Quería gritarle. Quería lanzar la carpeta al otro lado de la sala. En cambio, me quedé allí sentada, con las manos entrelazadas con fuerza en el regazo, aprendiendo en tiempo real cuánto no había entendido de lo que había firmado.
—Regla dos —continuó, indiferente a la furia que sabía que se me notaba en el rostro—. Ninguna llamada que yo no haya aprobado. Ninguna carta que no pase antes por Marco. Si necesitas algo, lo pides. No lo gestionas por tu cuenta.
—Vas a leer mi correo.
—Voy a leerlo todo. —Lo dijo con tanta sencillez que casi fue peor que si hubiera gritado—. No te estoy castigando, Isabella. Te estoy protegiendo. Hay una diferencia, aunque todavía no lo parezca.
—Parece exactamente lo mismo.
—No lo es. —Algo titiló tras sus ojos, no exactamente suavidad, pero lo bastante cercano como para que desconfiara de inmediato—. A los hombres que te usarían para llegar a mí no les importará si pretendías darles una oportunidad. Solo les importará que lo hiciste.
No tuve respuesta para eso. Odié no tenerla.
—Regla tres. —Cerró la carpeta, dando por terminadas las formalidades, y entrelazó las manos sobre el escritorio, mirándome con una concentración que me erizaba la piel—. Ninguna puerta con llave. En ningún lugar de esta casa. Ni tu baño, ni tu dormitorio, ni tus propios pensamientos si decido que quiero conocerlos.
—Eso no es una regla. Es una amenaza.
—Es ambas cosas. —Se levantó de detrás del escritorio, despacio, y lo rodeó hasta quedar frente a mí, tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás otra vez, una postura que empezaba a darme cuenta de que él provocaba a propósito, una y otra vez, hasta que mi cuerpo la recordara sin necesidad de pensar—. Aprenderás pronto que en esta casa la privacidad es algo que yo concedo. No algo que se te deba.
—¿Y si me niego a aceptarlo?
—Ya lo aceptaste. —Su voz bajó, más callada, casi íntima—. En el momento en que firmaste. Todo lo que ha pasado desde entonces ha sido que descubrieras lo que significaba realmente la tinta.
Me puse de pie antes de poder evitarlo, necesitando distancia, aire, cualquier cosa que no fuera su cercanía y la verdad de lo que decía aterrizando en un lugar que no podía ignorar.
—Tiene que haber algo que sea mío —dije—. Algo que no puedas tocar, ni leer, ni controlar.
Algo cambió en su expresión, la grieta más pequeña, que apareció y desapareció tan rápido que casi me convencí de haberla imaginado.
—Hay una cosa —dijo por fin.
—¿Cuál?
—Lo que sientes. —Se acercó, y yo no retrocedí, aunque cada instinto me lo pedía—. Puedo controlar adónde vas. Puedo controlar con quién hablas. Puedo controlar cada puerta de esta casa.
Alzó la mano, sin tocarme, tan cerca que sentí su calor a un centímetro de mi mandíbula.
—Pero no puedo hacer que me desees, Isabella. Eso sigue siendo tuyo. Por ahora.
—¿Por ahora?
—Pienso cambiarlo. —Dejó caer la mano sin haber llegado a tocarme, y de algún modo la ausencia de su contacto fue peor que si hubiera terminado el gesto—. Pero será ganado. No arrebatado.
Se volvió hacia el escritorio como si la conversación hubiera terminado, ya buscando otra cosa, un teléfono, un juego de llaves, despidiéndome con la facilidad de un hombre que ya había obtenido de la sala todo lo que necesitaba.
Debí irme. Pensaba irme.
En cambio, me oí hacer la pregunta que llevaba alojada bajo las costillas desde el comentario de Maria en el patio.
—¿Qué le pasó a la última mujer que vivió en esa habitación?
Se quedó completamente inmóvil.
No era la inmovilidad cuidadosa de un hombre que elige sus palabras. Era la otra. La que llega justo antes de que algo se rompa.
Cuando se volvió hacia mí, la suavidad que hubiera habitado sus ojos momentos antes había desaparecido, sustituida por algo más oscuro, más antiguo y mucho más peligroso que todo lo que le había visto hasta entonces.
—¿Quién te dijo que hubo una última mujer?
—Nadie me ha dicho nada. —El corazón había vuelto a martillearme, pero por una razón del todo distinta—. Te lo pregunto a ti.
Cruzó la sala en tres zancadas, más rápido de lo que lo había visto moverse desde el almacén, y por primera vez desde que lo conocía vi en Lorenzo Moretti algo que parecía casi miedo disfrazado de ira.
—Jamás —dijo, bajo y letal— vuelvas a hacerme esa pregunta.
—¿Por qué no?
No respondió. En cambio, se volvió, caminó hasta la puerta del despacho y la abrió con tanta fuerza que las bisagras gimieron.
—Sal de aquí, Isabella.
No me moví. Aún no. Porque en la fracción de segundo antes de que volviera a levantar sus muros, lo había visto con claridad: dolor, crudo e inconcluso, de esos que no se desvanecen solo porque hayan pasado los años.
—Lorenzo…
—Ahora.
No tuve más remedio que marcharme.
Pero mientras recorría aquel largo pasillo de mármol, junto a los retratos de hombres que parecían saber ya cómo terminaba esta historia, entendí una cosa con absoluta certeza.
Fuera quien fuera ella, fuera lo que fuera lo que le había pasado, no se había ido.
No de verdad.
Y en algún lugar de aquella casa, tras una de sus muchas puertas sin llave, la respuesta esperaba a que yo la encontrara.
CAPÍTULO SEIS: SU HABITACIÓN****Punto de vista de Isabella**Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.La luna se había desplazado mientras yo permanecía allí, y su luz pálida cortaba el rostro de Lorenzo en un ángulo que lo hacía parecer tallado en algo más antiguo que la carne. Su mano seguía en el marco de la puerta, los nudillos blancos contra la madera.—Dámelo.No era una orden. Eso era lo que me asustaba. Cada mandato que me había dado venía envuelto en certeza, y este salió quebrado por la mitad.Debí entregárselo. En cambio, mis dedos se apretaron con más fuerza alrededor de la fotografía.—¿Quién es ella?Algo oscuro y veloz se movió detrás de sus ojos. Cruzó la habitación en tres zancadas, y yo retrocedí tropezando hasta que el borde del tocador se me clavó en la espalda. Los frascos de perfume tintinearon detrás de mí. Me quitó la fotografía de la mano sin tocar mi piel, la dejó boca abajo sobre el cristal y se volvió hacia mí con una quietud que me erizó cad
CAPÍTULO CINCO: LA HABITACIÓN CERRADA****Punto de vista de Isabella**Caminé hasta que las piernas dejaron de temblarme, con el pulso todavía zumbándome en los oídos y aquel único vistazo de dolor crudo en su rostro grabado en mí más hondo que cualquier amenaza que hubiera hecho esa mañana.*Sal de aquí.* No *vete.* Ni siquiera con mi nombre pegado a la frase. Solo esas palabras, escupidas como algo que se rompe de golpe.Acabé en el jardín sin recordar haber decidido ir allí, con la grava mordiéndome las suelas finas de los zapatos y el aire de la mañana incapaz de enfriar lo que se me había alojado bajo las costillas.Existió una mujer antes que yo. Una mujer que él aún no podía oír mencionar sin desmoronarse. Y nadie en aquella casa parecía dispuesto a decirme quién era.Beatrice me encontró una hora después, apoyada contra la balaustrada de piedra, como si hubiera estado esperando justo ese momento.—Estás pálida —dijo, estudiándome con la misma crueldad evaluadora que había most
CAPÍTULO CUATRO: LAS REGLAS DE ESTA CASA****Punto de vista de Isabella**La mañana llegó sin piedad.No había dormido. Me había quedado sentada contra aquella pared hasta que el fuego se redujo a brasas, y luego me había arrastrado hasta la cama porque una parte terca de mí se negaba a que una criada me encontrara hecha un ovillo en el suelo, como algo roto.Cuando el sol se coló entre las cortinas, tenía los ojos en carne viva y el cuerpo entero dolorido, con ese agotamiento particular de una noche pasada discutiendo conmigo misma y perdiendo.A los pies de la cama había un vestido extendido. No era mío. Nunca sería mío, al parecer, ya no. Seda verde oscuro, sencillo, caro de esa manera discreta que indicaba que alguien lo había elegido específicamente para mí.Encima había una nota doblada: *Póntelo. Te espero en el despacho. A las nueve. Esta vez, no me pongas a prueba.*Me lo puse. Me dije que era por practicidad, porque no tenía nada más, y traté de no notar lo bien que me queda
CAPÍTULO TRES: LO QUE COMPRÓ****Punto de vista de Isabella**Su mano se deslizó hasta mi nuca, y cada argumento que había estado construyendo contra él se derrumbó bajo la primera presión firme de sus dedos en mi cabello. Cálida. Posesiva. Esa clase de contacto que no pide permiso, sino que reclama el derecho a tenerlo.Abrí la boca para protestar, para recordarle que aquello no formaba parte de ningún contrato que yo hubiera leído, pero no me salió ningún sonido. A mis espaldas, la chimenea crepitó más fuerte y esparció una luz dorada por la habitación, por los ángulos afilados de su rostro, por la calma aterradora de sus ojos. Esa calma era lo más peligroso de él. Decía que ya sabía cómo terminaría todo.—¿Por qué tiemblas, princesa? —dijo en voz baja. Cruel.—Solo tengo frío —respondí.—No es verdad. —Su pulgar recorrió la curva de mi mandíbula, sin prisa, deliberado, como si tuviera toda la noche y pensara gastar cada segundo aprendiendo los lugares que me desestabilizaban. La ye
CAPÍTULO DOS: LA FINCA****Punto de vista de Isabella**El trayecto en coche parecía el cortejo fúnebre de mi antigua vida.Me senté pegada a la puerta, tan lejos de Lorenzo como el asiento permitía, viendo cómo Sicilia se desdibujaba tras el cristal tintado: los cipreses erguidos como centinelas, la costa destellando plateada entre las colinas. Nada de aquello parecía real. Nada de aquello se sentía real.Lorenzo no había dicho una sola palabra desde que salimos del almacén. Iba con un tobillo cruzado sobre la rodilla y el teléfono en una mano, completamente impasible, como si no acabara de comprar una esposa hacía una hora.Aún sentía el fantasma de su pulgar contra mi muñeca.*Buena chica.*Odiaba poder sentirlo todavía.La finca apareció poco a poco, como lo hace una tormenta: la ves mucho antes de comprender lo grande que es en realidad. Primero, las verjas de hierro, el doble de altas que un hombre, coronadas por algo que atrapaba la luz y me revolvió el estómago cuando comprend
CAPÍTULO UNO: EL CONTRATO****Punto de vista de Isabella**La habitación olía a óxido, a dinero viejo, a whisky caro y a cigarrillos.Intenté no respirar muy hondo. Intenté no pensar en por qué ese olor me resultaba tan familiar. Pero se me pegó al fondo de la garganta, espeso y metálico, y supe que me acompañaría mucho después de esa noche.Me temblaban las manos a los costados. La única luz venía de una bombilla que se balanceaba del techo y proyectaba sombras que se movían contra las paredes como seres vivos.Detrás de mí, mi hermano lloraba.—Isabella, por favor. Por favor, no dejes que me maten.La voz de Luca se quebraba en cada palabra. Estaba arrodillado en algún punto de la oscuridad, con las manos atadas a la espalda. Lo había visto cuando lo arrastraron adentro.La sangre seca a lo largo de la mandíbula, la hinchazón alrededor del ojo, el modo en que todo su cuerpo temblaba como si algo se le hubiera soltado por dentro. Apenas lo reconocí.El hombre del traje negro estaba d







