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Chapter 2

Author: Mia
last update publish date: 2026-10-19 17:39:57

CAPÍTULO DOS: LA FINCA**

**Punto de vista de Isabella**

El trayecto en coche parecía el cortejo fúnebre de mi antigua vida.

Me senté pegada a la puerta, tan lejos de Lorenzo como el asiento permitía, viendo cómo Sicilia se desdibujaba tras el cristal tintado: los cipreses erguidos como centinelas, la costa destellando plateada entre las colinas. Nada de aquello parecía real. Nada de aquello se sentía real.

Lorenzo no había dicho una sola palabra desde que salimos del almacén. Iba con un tobillo cruzado sobre la rodilla y el teléfono en una mano, completamente impasible, como si no acabara de comprar una esposa hacía una hora.

Aún sentía el fantasma de su pulgar contra mi muñeca.

*Buena chica.*

Odiaba poder sentirlo todavía.

La finca apareció poco a poco, como lo hace una tormenta: la ves mucho antes de comprender lo grande que es en realidad. Primero, las verjas de hierro, el doble de altas que un hombre, coronadas por algo que atrapaba la luz y me revolvió el estómago cuando comprendí que era alambre de espino. Luego, los muros.

Después, la casa, que se alzaba pálida e inmensa contra el cielo cada vez más oscuro, iluminada desde dentro como si desafiara al mundo a mirarla.

—Hogar —dijo Lorenzo. La primera palabra que pronunciaba desde que se cerró la puerta del coche.

No lo parecía.

Unos hombres abrieron las verjas antes de que llegáramos; conté cuatro y luego dejé de contar, porque contarlos solo me oprimía más el pecho. El coche avanzó por un largo camino de grava flanqueado de cipreses, y apoyé la palma plana sobre el muslo para que dejara de temblar.

*Sobreviviste a esta noche,* me dije. *También puedes sobrevivir a esto.*

No lo creí. Pero necesitaba creerlo.

El coche se detuvo. Lorenzo ya había bajado antes de que yo encontrara la manija, y cuando pisé la grava, una mujer cruzaba el patio hacia nosotros: mayor, con el cabello veteado de plata recogido con severidad, vestida de negro, un negro que parecía más una armadura que luto.

Se detuvo a pocos pasos y me estudió como se estudia a un perro callejero que se ha metido en la propiedad: sin malicia, exactamente. Solo evaluando si muerde.

—Esta es ella —dijo Lorenzo. No *esta es Isabella.* No *mi esposa.* Solo: ella.

—Ya lo veo. —Los ojos de la mujer me recorrieron una vez, de pies a cabeza, sin perderse nada—. Es más delgada de lo que esperaba.

—Mamma. —Había una advertencia en su voz.

Así que aquella era su madre.

Maria Moretti no apartó la vista de mí, ni siquiera mientras hablaba con su hijo.

—¿Ya conoce las reglas?

—Las conocerá.

—Bien. —Maria por fin se dirigió a mí directamente, y su voz, cuando llegó, era casi suave, lo cual, de algún modo, me inquietó más que si hubiera sido cruel—. Bienvenida a la casa, Isabella. Espero que duren más que los muebles.

Se dio la vuelta y entró antes de que yo pudiera decidir si aquello era una amenaza, una broma o ambas cosas.

Lorenzo no lo explicó. Solo señaló la puerta con un gesto, y lo entendí: no era una invitación. Era una orden.

Lo seguí al interior porque no tenía adónde más ir.

El interior de la casa se tragaba el sonido como siempre lo hacen las cosas caras: suelos de mármol, techos altos, una escalera que se curvaba hacia la penumbra. Los retratos cubrían las paredes, generaciones de hombres Moretti de mandíbula dura que me miraban desde arriba como si ya supieran que no duraría.

Una joven con uniforme oscuro apareció al pie de la escalera, apretando contra el pecho una pila de toallas. Me miró y enseguida desvió la vista, como si el contacto visual pudiera meterla en problemas.

—Caterina —dijo Lorenzo—. Acompáñala a la habitación. Subiré enseguida.

La habitación. No *su* habitación. Todavía no, al parecer.

Caterina asintió y me hizo un gesto para que la siguiera, y lo hice, con los tacones resonando demasiado fuerte contra el mármol y todo el cuerpo aún zumbando por las secuelas de la noche.

Mientras subíamos, otra mujer apareció en el descansillo, más joven que Maria, vestida con elegancia, con los brazos cruzados, observándome como se observa algo derramado sobre una alfombra blanca.

—Así que esta es ella —dijo la mujer, repitiendo las palabras exactas de Lorenzo, pero sin nada de su frialdad. Había algo afilado debajo. Algo hambriento—. La que tardó cinco minutos en decidirse.

—Beatrice —murmuró Caterina, con una advertencia propia.

Beatrice sonrió, y la sonrisa no llegó ni cerca de sus ojos.

—Bienvenida a la familia. —Pronunció la palabra como un insulto—. Espero que sepas en qué te has metido.

No respondí. No confiaba en que mi voz no temblara.

Me dejó pasar, pero sentí sus ojos en mi espalda durante todo el pasillo, y algo me dijo que no sería la última vez que sentiría esa clase particular de mirada.

Caterina por fin se detuvo ante unas puertas dobles al final del corredor y las abrió.

La habitación era hermosa de la manera en que puede serlo una jaula si se construye con oro en lugar de hierro. Altos ventanales con vista a los jardines. Una cama lo bastante grande para cuatro personas, vestida con seda oscura. Una chimenea apagada. Todo en su sitio, caro y frío.

—La habitación del señor Moretti —dijo Caterina en voz baja, dejando las toallas sobre una cómoda sin mirarme a los ojos—. La suya también, ahora.

Nuestra. Una habitación. Una cama. Eso ya lo sabía por el contrato, pero oírlo en voz alta, de pie en el umbral, hizo que cayera de otra manera: más pesado, más real.

—¿Hay algún otro sitio donde yo pueda…?

—No hay habitación de invitados para usted, señorita Romano. —La voz de Caterina era suave, casi de disculpa, como si diera una mala noticia que ya había dado antes—. La esposa del señor Moretti se queda en la habitación del señor Moretti. Esas son las reglas.

Empezaba a comprender que esa frase iba a definir el resto de mi vida durante los próximos tres años.

—¿Qué otras reglas debería conocer? —pregunté, porque necesitaba aferrarme a algo además de mi propio miedo, y la información parecía la única arma que me quedaba.

Caterina dudó, con la vista en la puerta abierta, como comprobando si alguien escuchaba. Cuando volvió a hablar, bajó aún más la voz.

—Ninguna puerta con llave. En ningún lugar. Ni siquiera el baño. —Tragó saliva—. No salir de la propiedad sin él. Ninguna llamada que él no haya aprobado. Y…

Se interrumpió.

—¿Y qué?

—Nada. —Se enderezó y volvió a poner una expresión neutra, profesional—. Debo irme. La cena se la subirán.

Se marchó antes de que pudiera insistir, y la puerta se cerró con un clic, sin llave, noté con amargura. Por supuesto que no. *Ninguna puerta con llave* al parecer solo se aplicaba a mí.

Crucé hasta la ventana, rodeándome el cuerpo con los brazos, y miré la silueta oscura de los jardines: setos podados, un guardia a lo lejos recorriendo despacio el perímetro, focos que iluminaban el borde de un alto muro de piedra.

En algún lugar de allá afuera, Luca probablemente ya estaba en casa, ya a salvo, ya tratando de no pensar en lo que había costado.

Apoyé la frente contra el cristal frío y me permití respirar por primera vez en lo que parecían horas.

Entonces lo vi, reflejado débilmente en el vidrio, a mis espaldas: la puerta no se había cerrado del todo.

Ya se estaba abriendo otra vez.

Me volví, esperando a Caterina con la cena. Pero no era ella.

Lorenzo estaba en el umbral, sin chaqueta, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, mirándome como en aquella sala de abajo: como si yo fuera algo que ya poseía y que solo ahora se decidía a recoger.

—¿Cómoda? —preguntó, grave, casi burlón.

Enderecé la espalda, negándome a dejar que viera cuánto querían temblar de nuevo mis manos.

—Tu madre cree que no duraré.

—Mi madre —dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí, sin echar la llave, noté, porque al parecer no le hacía falta— suele acertar con la gente.

Cruzó la habitación despacio, desabrochándose los puños como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si la última hora no hubiera ocurrido.

—Pero creo que aún no entiendes —dijo, deteniéndose tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada— exactamente a qué accediste esta noche.

El corazón me retumbó de pronto en los oídos.

—Creí que había firmado un contrato —dije.

—Firmaste un contrato. —Su voz bajó, más callada, casi íntima—. Ahora voy a explicarte lo que significa en realidad.

Sus dedos encontraron mi barbilla y me alzaron el rostro, sin prisa, como quien estudia algo que piensa conservar.

—Pero los contratos terminan, Isabella. Lo que está pasando entre nosotros esta noche no está en el papel.

Se inclinó hasta que su boca quedó tan cerca de mi oído que sentí las palabras más de lo que las oí.

—Y para cuando termine —dijo en voz baja—, no vas a querer que lo esté.

Abrí la boca para responder, para decirle que se equivocaba, que tres años eran tres años y nada más.

Pero su mano ya se deslizaba hacia mi nuca.

Y en algún lugar a mis espaldas, la chimenea que había estado fría desde que entré se encendió de pronto, aunque ninguno de los dos la había tocado.

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