LOGINCAPÍTULO SEIS: SU HABITACIÓN**
**Punto de vista de Isabella**
Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.
La luna se había desplazado mientras yo permanecía allí, y su luz pálida cortaba el rostro de Lorenzo en un ángulo que lo hacía parecer tallado en algo más antiguo que la carne. Su mano seguía en el marco de la puerta, los nudillos blancos contra la madera.
—Dámelo.
No era una orden. Eso era lo que me asustaba. Cada mandato que me había dado venía envuelto en certeza, y este salió quebrado por la mitad.
Debí entregárselo. En cambio, mis dedos se apretaron con más fuerza alrededor de la fotografía.
—¿Quién es ella?
Algo oscuro y veloz se movió detrás de sus ojos. Cruzó la habitación en tres zancadas, y yo retrocedí tropezando hasta que el borde del tocador se me clavó en la espalda. Los frascos de perfume tintinearon detrás de mí. Me quitó la fotografía de la mano sin tocar mi piel, la dejó boca abajo sobre el cristal y se volvió hacia mí con una quietud que me erizó cada vello de los brazos.
—Colgaste su rostro sobre una chimenea y no me dijiste nada —dije, con la voz más delgada de lo que quería—. He dormido dos noches en tu cama. Creo que merezco saber de quién es la casa que me ha tragado.
—Crees que mereces.
—Sí.
—De verdad quieres saber quién es ella —dijo en voz baja—. ¿No es cierto, princesa?
—Quiero saberlo.
Una sonrisa rozó su boca. No había nada en ella, y eso era lo peor. Su mano se alzó, tan despacio que comprendí exactamente lo que pensaba hacer y no tuve tiempo de impedirlo, y sus dedos se cerraron alrededor de mi garganta.
No con fuerza. Todavía no. Simplemente reposaban allí, firmes y pesados, con el pulgar sobre el pulso que ya latía desbocado.
—Ella lo era todo para mí —dijo, dejando caer cada palabra como una piedra—. Todo lo que tú jamás podrías ser.
Su agarre se apretó.
La habitación se redujo a la presión de su mano y al sonido de mi aliento que se adelgazaba. Le arañé la muñeca, pero era como aferrar hierro. Mi corazón golpeaba contra mis costillas. Los bordes de la habitación iluminada por la lámpara comenzaron a desdibujarse.
No supliqué. No sé por qué. Lo miré y me negué a apartar la vista.
Entonces lo vi. Él no me estaba mirando a mí. Su mirada se había ido muy lejos, detrás de mi rostro, a un lugar en llamas, y la crueldad en ella se había resquebrajado lo justo para mostrar a un hombre que se ahogaba en algo que nunca había dicho en voz alta.
—Lorenzo —logré graznar.
Sus dedos se sacudieron, como si mi voz lo hubiera quemado.
Me soltó.
Mis rodillas cedieron. Caí con fuerza al suelo, aspirando aire tan rápido que me desgarró la garganta, tosiendo, con una mano aferrada al cuello donde aún persistía el ardor de su agarre. La alfombra me raspaba las palmas. Las lágrimas llegaron sin permiso, y las odié.
Había cerrado la mano alrededor de mi garganta como quien cierra una puerta. Con calma. Como si no le costara nada. Y sin embargo yo había visto lo que le costaba, en el medio segundo antes de soltarme, y eso me asustaba casi tanto como la mano misma.
Por encima de mí, Lorenzo permanecía completamente inmóvil, mirándose los dedos como si pertenecieran a otra persona.
—Cuatro años —dijo al fin, con la voz ronca, vaciada—. Nadie ha cruzado esa puerta en cuatro años. Ni mi madre. Ni Marco. Nadie.
—Entonces, ¿por qué Beatrice sabía dónde estaba? —Tosí, tragué saliva, lo intenté de nuevo—. ¿Por qué no estaba cerrada con llave?
Sus ojos se afilaron. No respondió. En cambio miró más allá de mí, hacia el tocador, hacia el cajón que colgaba entreabierto con sus cintas revueltas, y vi cómo su rostro cambiaba. El borde crudo del duelo se endureció en algo más frío y mucho más peligroso.
Seguí su mirada. El polvo cubría espeso todo en la habitación: los cepillos, los frascos, la colcha. Todo menos la manija del cajón, que brillaba limpia a la luz de la luna. Limpia, como si unos dedos la hubieran tocado. Hacía poco.
—No he abierto ese cajón en cuatro años —dijo, muy bajo—. No pude.
Un escalofrío me recorrió la piel, uno que nada tenía que ver con la mano que acababa de rodearme la garganta.
—Entonces, ¿quién…?
—Fuera.
—Lorenzo, alguien ha estado aquí dentro…
—*Fuera.* —La palabra estalló por la habitación, y por primera vez oí lo que había debajo. No solo furia. Vergüenza, y algo que se parecía mucho al miedo—. Ahora, Isabella. Antes de que haga algo que no pueda deshacer.
No tenía respuesta. Las piernas me temblaban al incorporarse, una mano apoyada en el tocador, la otra todavía presionada contra mi garganta. Él no se movió para ayudarme. Ni siquiera me miró. Permanecía de cara al retrato de bodas, con los hombros subiendo y bajando, una mano cerrada en un puño tan apretado que pensé que los nudillos se le abrirán.
Llegué hasta la puerta y me detuve.
—Puedes odiar que haya encontrado este lugar —dije, con la voz arruinada y quedita—. Pero no voy a fingir que no lo hice.
No dijo nada.
Me fui.
El corredor estaba frío y oscuro, y lo recorrí con una palma deslizándose por la pared para mantener el equilibrio, cada paso alejándome de aquella habitación y sin acercarme a la seguridad. Llegué a la escalera antes de que mis piernas cedieran del todo, y me hundí en el escalón más alto, temblando, con la garganta en llamas.
Había puesto sus manos sobre mí. Me había mirado a los ojos y la había llamado todo a ella y a mí nada, y yo me había quedado allí y lo había soportado.
Debería haberme consumido el miedo a él. Tenía miedo. Pero bajo el miedo había algo más, pequeño y frío y terco, y no tenía nada que ver con Lorenzo.
El cajón. La manija limpia. Las bisagras silenciosas.
Alguien había estado dentro de la habitación de Elena, y ese alguien había querido que lo descubrieran.
Una tabla crujió al otro extremo del corredor.
Alcé la vista.
En el borde de la oscuridad, justo fuera del alcance de la luz de la luna, alguien permanecía perfectamente inmóvil , observando.
Y entonces, sin un sonido, esa figura retrocedió hacia las sombras y desapareció.
CAPÍTULO SEIS: SU HABITACIÓN****Punto de vista de Isabella**Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.La luna se había desplazado mientras yo permanecía allí, y su luz pálida cortaba el rostro de Lorenzo en un ángulo que lo hacía parecer tallado en algo más antiguo que la carne. Su mano seguía en el marco de la puerta, los nudillos blancos contra la madera.—Dámelo.No era una orden. Eso era lo que me asustaba. Cada mandato que me había dado venía envuelto en certeza, y este salió quebrado por la mitad.Debí entregárselo. En cambio, mis dedos se apretaron con más fuerza alrededor de la fotografía.—¿Quién es ella?Algo oscuro y veloz se movió detrás de sus ojos. Cruzó la habitación en tres zancadas, y yo retrocedí tropezando hasta que el borde del tocador se me clavó en la espalda. Los frascos de perfume tintinearon detrás de mí. Me quitó la fotografía de la mano sin tocar mi piel, la dejó boca abajo sobre el cristal y se volvió hacia mí con una quietud que me erizó cad
CAPÍTULO CINCO: LA HABITACIÓN CERRADA****Punto de vista de Isabella**Caminé hasta que las piernas dejaron de temblarme, con el pulso todavía zumbándome en los oídos y aquel único vistazo de dolor crudo en su rostro grabado en mí más hondo que cualquier amenaza que hubiera hecho esa mañana.*Sal de aquí.* No *vete.* Ni siquiera con mi nombre pegado a la frase. Solo esas palabras, escupidas como algo que se rompe de golpe.Acabé en el jardín sin recordar haber decidido ir allí, con la grava mordiéndome las suelas finas de los zapatos y el aire de la mañana incapaz de enfriar lo que se me había alojado bajo las costillas.Existió una mujer antes que yo. Una mujer que él aún no podía oír mencionar sin desmoronarse. Y nadie en aquella casa parecía dispuesto a decirme quién era.Beatrice me encontró una hora después, apoyada contra la balaustrada de piedra, como si hubiera estado esperando justo ese momento.—Estás pálida —dijo, estudiándome con la misma crueldad evaluadora que había most
CAPÍTULO CUATRO: LAS REGLAS DE ESTA CASA****Punto de vista de Isabella**La mañana llegó sin piedad.No había dormido. Me había quedado sentada contra aquella pared hasta que el fuego se redujo a brasas, y luego me había arrastrado hasta la cama porque una parte terca de mí se negaba a que una criada me encontrara hecha un ovillo en el suelo, como algo roto.Cuando el sol se coló entre las cortinas, tenía los ojos en carne viva y el cuerpo entero dolorido, con ese agotamiento particular de una noche pasada discutiendo conmigo misma y perdiendo.A los pies de la cama había un vestido extendido. No era mío. Nunca sería mío, al parecer, ya no. Seda verde oscuro, sencillo, caro de esa manera discreta que indicaba que alguien lo había elegido específicamente para mí.Encima había una nota doblada: *Póntelo. Te espero en el despacho. A las nueve. Esta vez, no me pongas a prueba.*Me lo puse. Me dije que era por practicidad, porque no tenía nada más, y traté de no notar lo bien que me queda
CAPÍTULO TRES: LO QUE COMPRÓ****Punto de vista de Isabella**Su mano se deslizó hasta mi nuca, y cada argumento que había estado construyendo contra él se derrumbó bajo la primera presión firme de sus dedos en mi cabello. Cálida. Posesiva. Esa clase de contacto que no pide permiso, sino que reclama el derecho a tenerlo.Abrí la boca para protestar, para recordarle que aquello no formaba parte de ningún contrato que yo hubiera leído, pero no me salió ningún sonido. A mis espaldas, la chimenea crepitó más fuerte y esparció una luz dorada por la habitación, por los ángulos afilados de su rostro, por la calma aterradora de sus ojos. Esa calma era lo más peligroso de él. Decía que ya sabía cómo terminaría todo.—¿Por qué tiemblas, princesa? —dijo en voz baja. Cruel.—Solo tengo frío —respondí.—No es verdad. —Su pulgar recorrió la curva de mi mandíbula, sin prisa, deliberado, como si tuviera toda la noche y pensara gastar cada segundo aprendiendo los lugares que me desestabilizaban. La ye
CAPÍTULO DOS: LA FINCA****Punto de vista de Isabella**El trayecto en coche parecía el cortejo fúnebre de mi antigua vida.Me senté pegada a la puerta, tan lejos de Lorenzo como el asiento permitía, viendo cómo Sicilia se desdibujaba tras el cristal tintado: los cipreses erguidos como centinelas, la costa destellando plateada entre las colinas. Nada de aquello parecía real. Nada de aquello se sentía real.Lorenzo no había dicho una sola palabra desde que salimos del almacén. Iba con un tobillo cruzado sobre la rodilla y el teléfono en una mano, completamente impasible, como si no acabara de comprar una esposa hacía una hora.Aún sentía el fantasma de su pulgar contra mi muñeca.*Buena chica.*Odiaba poder sentirlo todavía.La finca apareció poco a poco, como lo hace una tormenta: la ves mucho antes de comprender lo grande que es en realidad. Primero, las verjas de hierro, el doble de altas que un hombre, coronadas por algo que atrapaba la luz y me revolvió el estómago cuando comprend
CAPÍTULO UNO: EL CONTRATO****Punto de vista de Isabella**La habitación olía a óxido, a dinero viejo, a whisky caro y a cigarrillos.Intenté no respirar muy hondo. Intenté no pensar en por qué ese olor me resultaba tan familiar. Pero se me pegó al fondo de la garganta, espeso y metálico, y supe que me acompañaría mucho después de esa noche.Me temblaban las manos a los costados. La única luz venía de una bombilla que se balanceaba del techo y proyectaba sombras que se movían contra las paredes como seres vivos.Detrás de mí, mi hermano lloraba.—Isabella, por favor. Por favor, no dejes que me maten.La voz de Luca se quebraba en cada palabra. Estaba arrodillado en algún punto de la oscuridad, con las manos atadas a la espalda. Lo había visto cuando lo arrastraron adentro.La sangre seca a lo largo de la mandíbula, la hinchazón alrededor del ojo, el modo en que todo su cuerpo temblaba como si algo se le hubiera soltado por dentro. Apenas lo reconocí.El hombre del traje negro estaba d







