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Chapter 3

ผู้เขียน: Mia
last update วันที่เผยแพร่: 2026-10-19 17:40:36

CAPÍTULO TRES: LO QUE COMPRÓ**

**Punto de vista de Isabella**

Su mano se deslizó hasta mi nuca, y cada argumento que había estado construyendo contra él se derrumbó bajo la primera presión firme de sus dedos en mi cabello. Cálida. Posesiva. Esa clase de contacto que no pide permiso, sino que reclama el derecho a tenerlo.

Abrí la boca para protestar, para recordarle que aquello no formaba parte de ningún contrato que yo hubiera leído, pero no me salió ningún sonido. A mis espaldas, la chimenea crepitó más fuerte y esparció una luz dorada por la habitación, por los ángulos afilados de su rostro, por la calma aterradora de sus ojos. Esa calma era lo más peligroso de él. Decía que ya sabía cómo terminaría todo.

—¿Por qué tiemblas, princesa? —dijo en voz baja. Cruel.

—Solo tengo frío —respondí.

—No es verdad. —Su pulgar recorrió la curva de mi mandíbula, sin prisa, deliberado, como si tuviera toda la noche y pensara gastar cada segundo aprendiendo los lugares que me desestabilizaban. La yema de su pulgar se arrastró despacio, piel contra piel, y el calor floreció bajo su recorrido—. Tienes miedo. Y debajo de eso, eres algo completamente distinto.

—No.

—¿No, qué? —Su voz descendió, áspera en los bordes, y todo ese control plano por fin se resquebrajó. El sonido me bajó por la columna como una caricia—. ¿No te diga la verdad? ¿O no te toque?

No respondí. No pude. Mi cuerpo entero se había tensado, extraño, atrapado entre el impulso de huir y la atracción humillante e innegable de quedarme exactamente donde estaba. Cada terminación nerviosa me parecía demasiado cerca de la superficie.

Tomó mi silencio como un permiso. O quizá nunca había necesitado permiso alguno.

Su mano bajó desde mi nuca a lo largo de mi columna, tan despacio que sentí cada centímetro: la presión de su palma, el roce de sus dedos a través de la tela fina de mi vestido, la presión deliberada que trazaba la línea de mi espalda como si la estuviera memorizando. Aquello no era desesperación. No era un hambre que se apresuraba a saciarse. Era un hombre haciendo inventario. Aprendiendo la forma de lo que poseía.

—Lorenzo…

—Dilo otra vez, princesa. —Su boca rozó mi sien, no del todo un beso, solo el calor de su aliento y el más leve roce de unos labios contra una piel que de pronto era demasiado sensible—. Me gusta cómo suena cuando no sabes si estás enfadada o no.

—Sé exactamente lo que siento. —Mi voz sonó serena e inestable a la vez.

—¿De verdad? —Su mano encontró mi cintura, con los dedos apretando lo justo para que se me cortara la respiración de forma audible, el sonido escapándoseme antes de poder evitarlo. Algo en sus ojos destelló con una callada satisfacción ante aquel ruido. Su agarre se tensó apenas, el pulgar acarició una vez la suave curva de mi costado, y un calor se acumuló en lo bajo de mi vientre, no deseado e inmediato—. Porque tu cuerpo me dice algo distinto de lo que dice tu boca.

Odié que tuviera razón. Odié aún más que una parte traicionera de mí no quisiera que parara. Que la presión de su mano se sintiera como un ancla y no como una amenaza.

Me hizo retroceder, despacio, sin prisa, hasta que mis hombros tocaron la pared junto a la chimenea. El calor de las llamas me lamía un costado del cuerpo; su mano me quemaba el otro. No me encerró con los brazos. No lo necesitaba. Bastaba el peso de su mirada para clavarme allí, con el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que estaba segura de que él podía sentirlo.

—Dime que pare, princesa —dijo—. Si lo dices en serio, pararé. —Lo dijo con burlona diversión.

Las palabras se quedaron atascadas en mi garganta, negándose a salir, y creo que ambos entendimos por qué. Mi pulso era algo frenético y visible en el cuello. Sus ojos bajaron hasta él un instante y luego regresaron a los míos, más oscuros ahora.

Sus dedos recorrieron mi clavícula, siguiendo el escote de mi vestido con la misma paciencia sin prisas. Se detenían en cada lugar donde mi respiración se entrecortaba, catalogándolos uno por uno, como si trazara un mapa que solo él llegaría a usar.

Cuando por fin su mano se deslizó por mis costillas, lenta, deliberada, con el calor de la palma atravesando la tela, emití un sonido que no reconocí como mío. Suave. Involuntario. Humillantemente sincero. Mi espalda se arqueó apenas, persiguiendo el contacto aun cuando mi mente me gritaba que me apartara.

Se quedó inmóvil.

—Ahí —murmuró, casi para sí mismo, con algo oscuro y satisfecho tejiéndose en su voz. El sonido vibró contra mi piel—. Eso es lo que quería oír.

—Esto no… —Mi voz salió destrozada, apenas mía—. Esto no forma parte del contrato.

—No. —Su boca encontró la curva de mi oreja, y su aliento cálido rozó una piel demasiado sensible para el resto del mundo. Su cercanía era abrumadora: el poder contenido en la forma en que se sostenía, el leve aroma de su colonia mezclado con algo más oscuro, algo puramente suyo—. Esto es mejor que el contrato.

»El contrato solo dice que eres mía sobre el papel. —Su mano se posó plana sobre mi corazón desbocado, con los dedos abiertos, como si pudiera sentir la verdad de sus latidos justo ahí, bajo la palma. La presión era firme, íntima de un modo que nada tenía que ver con el amor y todo con la posesión—. Esto es descubrir cuánto eres mía en realidad.

—No me acostaré contigo. —No sé de dónde salieron las palabras; fue un último jirón superviviente de rebeldía, levantado como un muro que ya sabía que no resistiría. Mis muslos se apretaron por voluntad propia, un intento inútil de acallar el calor inquieto que crecía entre ellos.

—Lo sé. —Su mano no dejó de moverse, trazando patrones lentos y enloquecedores por mi cintura, mis costillas, aprendiendo cada lugar que me entrecortaba el aliento y hacía que mis rodillas olvidaran su función. Cada pasada de sus dedos dejaba un rastro de fuego. No tenía prisa. Saboreaba—. Esta noche no voy a tocarte de ese modo.

—Entonces, ¿qué es esto?

Se apartó lo justo para mirarme, y la expresión de su rostro era, de algún modo, más inquietante que todo lo que había dicho esa noche: concentrada, paciente, absolutamente segura de un resultado que yo aún no había aceptado. La luz dorada del fuego se le atrapó en los ojos y los hizo parecer casi depredadores.

—Esto —dijo en voz baja— es aprender exactamente qué hará falta para que me supliques. Para que cuando por fin te tome, Isabella… —su pulgar trazó una última línea lenta y deliberada a lo largo de mi mandíbula, deteniéndose en la comisura de mi boca sin llegar a tocarla— …no quede ni una sola parte de ti que quiera decir que no.

Entonces se apartó, de golpe. El aire frío invadió el espacio que su cuerpo acababa de ocupar, chocando contra la piel acalorada, y me dejó sin aliento y temblando contra la pared por razones que ya nada tenían que ver con el miedo.

Mi cuerpo aún vibraba allí donde me había tocado, cada terminación nerviosa viva y doliéndole por más de lo que él acababa de negarme.

—Que duermas bien —dijo, ya volviéndose hacia la puerta, con la voz de nuevo en aquel registro plano y controlado, como si los últimos diez minutos nunca hubieran ocurrido.

Se detuvo en el umbral, con una mano en el marco, sin mirar atrás.

—Y, princesa.

—¿Qué?

—Mañana por la mañana hablaremos de las reglas de esta casa. —Hizo una pausa, deliberada, cruel en su paciencia—. No te van a gustar la mayoría.

La puerta se cerró con un clic a sus espaldas.

Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo frío, con el cuerpo entero aún vibrando por el eco de sus manos.

El corazón seguía golpeándome las costillas como si intentara escapar de aquello mismo que acababa de empezar a desear. Mi piel se sentía demasiado tensa. Demasiado consciente. Los lugares que él había tocado ardían como marcas a fuego.

Y en algún momento, en las horas oscuras previas al amanecer, comprendí que no me asustaba lo que me costarían las reglas de mañana.

Me asustaba cuánto deseaba ya, con una parte nueva y desconocida de mí, obedecerlas.

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