LOGINCAPÍTULO 3
UN VISTAZO A MI PASADO AYRA El mundo pareció inclinarse bajo mis pies durante varios segundos. Me quedé mirando a Kaelen, intentando comprender sus palabras. ¿Qué demonios sabía él sobre mi pasado? —¿Debería recordarte? —pregunté, obligándome a sostenerle la mirada. La expresión de Kaelen cambió ligeramente. —Quizá sea mejor que no lo hagas. —¿Qué significa eso? —Significa, señorita Lane, que tu curiosidad podría costarte lo único a lo que llevas tres años intentando aferrarte. Se me secó la boca. Bajó la mirada hacia los documentos de su escritorio, pero yo no conseguía moverme. Sabía algo sobre mi pasado. Y, de alguna manera, también sabía exactamente dónde golpear para hacerme temer la posibilidad de seguir preguntando. Cuando finalmente regresé a mi escritorio, no fue porque no quisiera respuestas, sino porque tenía miedo de conocerlas. Me obligué a concentrarme en los documentos. Para cuando llegaron las cinco de la tarde, estaba agotada de fingir que todo iba bien. Recogí mis pertenencias y me dirigí al ascensor sin mirar atrás. La ciudad me recibió con un cielo gris y olor a lluvia. Me ajusté el abrigo y caminé hacia la parada del autobús, repasando todavía las palabras de Kaelen en mi cabeza. Necesitaba dormir unas horas antes de mi turno en el club, pero dudaba que pudiera pegar ojo mientras su advertencia siguiera resonando en mi mente. Estaba a medio camino de la parada cuando sonó mi teléfono. Lo saqué del bolsillo, esperando que fuera Mona. En cambio, el nombre que apareció en la pantalla hizo que se me hundiera el estómago. CENTRO MÉDICO ST. MARY'S Deslicé el dedo por la pantalla de inmediato. —¿Hola? —¿Señorita Lane? —preguntó con urgencia la voz al otro lado de la línea—. Soy la enfermera Patricia, del St. Mary's. Necesitamos que venga inmediatamente. Me detuve en seco, y el mundo pareció reducirse al teléfono apretado contra mi oído. —¿Qué ha pasado? ¿Vera está bien? —Lo siento, señorita Lane, pero no puedo darle detalles por teléfono. El estado de su hermana ha empeorado. Por favor, venga lo antes posible. La llamada se cortó. Y, al instante siguiente, yo ya estaba corriendo. Por primera vez en mi vida, odié no tener coche. Mi mente se llenó de posibilidades aterradoras mientras intentaba soportar la idea de perder al único familiar que me quedaba. Después de lo que pareció una eternidad, llegué al hospital. Atravesé corriendo las puertas automáticas, pasé junto al mostrador de recepción y recorrí varios pasillos hasta llegar a la sala donde estaba ingresada mi hermana. —Vera Lane —dije sin aliento al llegar al puesto de enfermería—. Soy su hermana. Me han llamado… La enfermera asintió y señaló la habitación del final del pasillo. —Está consciente. El médico estará con usted en breve. Me apresuré hacia la habitación, con el corazón latiéndome tan fuerte que podía oírlo en los oídos. Abrí la puerta y encontré a Vera sentada en la cama. Tenía ojeras oscuras y la piel más pálida que la última vez que había estado allí. Estaba hablando en voz baja con una enfermera. Verla me produjo un alivio inmediato, tan intenso que me temblaron las rodillas. —Vera. Ella levantó la mirada. Su expresión vaciló antes de convertirse en una sonrisa cansada. —Ayra. Has venido. —Por supuesto que he venido. Crucé la habitación y me senté en el borde de su cama, tomándole la mano. —¿Qué ha pasado? La enfermera me dijo que habías empeorado. ¿Estás bien? ¿Qué ha dicho el médico? Ella hizo un gesto despreocupado con la mano. —Me encontré mal hace un rato, pero ahora me siento mejor. —¿Te encontraste mal? ¿Cómo? Se encogió de hombros. —Me mareé y tuve náuseas. Probablemente no sea nada grave. La observé fijamente, buscando en su rostro alguna señal de que me estuviera ocultando algo. —¿Probablemente no sea nada grave? —repetí—. Vera, me llamaron al trabajo. Eso no parece algo sin importancia. Me apretó la mano. —No te preocupes tanto. Ahora estoy bien. Antes de que pudiera insistir, el médico apareció en la puerta. —¿Señorita Lane? ¿Podría hablar con usted afuera? Miré a Vera. Ya estaba cogiendo su teléfono y su atención comenzaba a desviarse de mí mientras yo seguía al médico hasta el pasillo. —¿Cómo está? —pregunté—. Por favor, dígame la verdad. El médico miró el historial clínico que tenía en las manos antes de levantar los ojos hacia mí. —Los recuentos sanguíneos de Vera han descendido a niveles peligrosamente bajos. Dado que padece leucemia, es motivo de gran preocupación. Por el momento, está estable, pero su sistema inmunitario es vulnerable y necesitamos vigilarla de cerca. Se me contrajo el estómago. —¿Qué significa eso? ¿El cáncer está empeorando? —Necesitamos realizar más evaluaciones antes de poder determinarlo —explicó—. Por ahora, nos preocupan sus bajos recuentos sanguíneos y los riesgos que conllevan. Necesita seguir recibiendo atención especializada, y la siguiente fase de su tratamiento es importante. Tragué saliva, intentando asimilar sus palabras. —Entonces, ¿a qué estamos esperando? ¿Por qué no ha empezado todavía? Su expresión se volvió incómoda. —Hay un problema con el saldo pendiente de su cuenta. Por supuesto. El dinero. Había pasado tanto tiempo preocupándome por el estado de Vera que casi había olvidado cuánto se interponía entre ella y el tratamiento que necesitaba. —¿Cuánto? —susurré. —Cuarenta y siete mil ochocientos treinta y dos dólares. La cifra me golpeó como un puñetazo. Cuarenta y siete mil ochocientos treinta y dos dólares. Ya había visto aquella cantidad en los mensajes y recordatorios de pago del hospital. Pero escucharla en voz alta, de pie frente a la habitación de mi hermana mientras su salud empeoraba, hacía que pareciera mucho más aterradora. Entonces recordé el sobre que llevaba en el bolso. Cincuenta mil dólares. Dinero de un hombre que sabía cosas sobre mí que ni siquiera yo misma podía recordar. Dinero cuyo origen todavía no comprendía. —Yo me encargaré —dije. El médico estudió mi rostro. —Ayra, entiendo lo desesperada que debe de parecerle esta situación, pero, por favor, asegúrese de hablar con el departamento de facturación del hospital sobre la cuenta. El equipo médico también tendrá que evaluar a su hermana antes de proceder con la siguiente fase del tratamiento. Asentí, apenas consciente de lo que decía después. Lo único en lo que podía pensar era en Vera. No podía perderla. No después de todo lo que ya habíamos tenido que superar. En el mostrador de pagos, saqué el sobre del bolso y miré fijamente el dinero que contenía. Cincuenta mil dólares. Ya había decidido utilizarlo para ayudar a Vera, pero ahora que estaba a punto de entregarlo, no podía ignorar la pregunta que no dejaba de atormentarme. ¿Por qué me había dado ese dinero Kaelen Thorne? ¿Qué quería de mí? ¿Y por qué parecía saber más sobre mi pasado que yo misma? El saldo pendiente era de 47.832 dólares. Si lo pagaba, solo me quedarían 2.168. Vacilé, apretando con más fuerza el sobre. ¿Y si lo pagaba todo y Vera seguía sin poder recibir el tratamiento que necesitaba? Me volví hacia la mujer que estaba detrás del mostrador de pagos. —Disculpe. Si liquido ahora el saldo pendiente, ¿podrá el hospital continuar con los preparativos para su tratamiento? Ella consultó la cuenta de Vera antes de responder. —Una vez que se haya procesado el pago y se haya actualizado la cuenta, el problema de facturación quedará resuelto. El médico determinará cuándo estará preparada para recibir la siguiente fase del tratamiento desde el punto de vista médico. Respiré temblorosamente. No era una garantía de que todo saldría bien. Tampoco era una promesa de que Vera mejoraría. Pero era un obstáculo menos entre mi hermana y la atención médica que necesitaba. Entregué el dinero. La mujer lo contó, procesó el pago y me entregó un recibo. —Su cuenta está al corriente —dijo. Me quedé mirando el recibo que tenía en la mano. Cuarenta y siete mil ochocientos treinta y dos dólares. Desaparecidos. Acababa de gastar casi hasta el último dólar que Kaelen me había dado y todavía no tenía ni idea de cuáles eran sus intenciones. Pero, si había algo que sabía con certeza, era que haría lo que fuera necesario para darle una oportunidad a mi hermana. Doblé el recibo y lo guardé en el bolso. La deuda estaba saldada, pero las preguntas sobre el dinero de Kaelen seguían sin respuesta. Regresé a la habitación de Vera y la encontré mirando su teléfono. Levantó la vista hacia mí, expectante. —Ya está —dije—. La factura está pagada. Puedes empezar la siguiente fase del tratamiento. Los hombros de Vera se relajaron. —Gracias a Dios. Sabía que te encargarías. Por un momento, me sentí aliviada al ver su reacción. Entonces miró el teléfono que tenía en la mano y aquella breve conexión entre nosotras desapareció. Esperé, con la esperanza de que me preguntara cómo había conseguido el dinero. Cincuenta mil dólares no era precisamente una cantidad que alguien pudiera conseguir de la noche a la mañana. Pero no dijo nada. —¿Vera? —Volví a tomarle la mano—. ¿Estás segura de que no hay nada más que te preocupe? Finalmente, me miró. —Solo estoy cansada, Ayra. Por favor. El agotamiento de su voz me hizo guardar silencio. Quizá realmente estaba cansada. Quizá yo esperaba demasiado de alguien que llevaba años luchando por mantenerse con vida. Le apreté la mano y dejé pasar la pregunta. Cuidar de ella era mi responsabilidad. No necesitaba que me estuviera agradecida constantemente para seguir haciendo lo correcto. Antes de marcharme, le acomodé la manta y le prometí que volvería al día siguiente. Me dio las gracias. Era la primera muestra de gratitud sincera que me ofrecía en toda la noche, y consiguió hacerme sonreír. Al salir del hospital, el aire nocturno me golpeó como una ola. Revisé el teléfono y vi un mensaje de Mona. Mona: ¿Vas a venir esta noche? Me quedé mirando las palabras. El agotamiento pesaba sobre mí como una carga física mientras escribía una respuesta. Ayra: Llegaré tarde. Guardé el teléfono en el bolsillo y me dirigí hacia la avenida principal. Me dolía todo el cuerpo y el cansancio apenas me permitía pensar con claridad. Estaba tan perdida en mis pensamientos que no vi al hombre que se acercaba en dirección contraria hasta que chocamos. —¡Eh! ¡¿Qué demonios?! —espetó. —Lo siento —murmuré, retrocediendo tambaleante. Él siguió caminando, refunfuñando entre dientes. Debería haberlo dejado pasar, pero algo en su voz me hizo quedarme paralizada. De repente, el mundo a mi alrededor desapareció. Llamas. Espesas nubes de humo negro. El calor lamiéndome la piel. Un agudo chasquido metálico resonó en mi mente, seguido por el rugido lejano de una explosión. ¡Corre, Briar! Las palabras me atravesaron por completo. Me tambaleé y me llevé una mano a la sien cuando un dolor explosivo estalló detrás de mis ojos. Durante un instante aterrador, casi pude sentir el calor contra mi piel. Casi pude oír el crepitar de las llamas y los desesperados latidos de mi propio corazón. Entonces, todo desapareció. Tomé una bocanada de aire temblorosa y levanté la mirada. El desconocido ya se alejaba, desapareciendo en la oscuridad. Briar. Repetí el nombre en silencio, intentando comprender por qué había surgido en mi mente. Sabía que me llamaba Ayra Lane. Al menos, eso era lo que Vera me había dicho después del accidente, cuando desperté incapaz de recordar la vida que había tenido antes. Ella me había contado quién era, quiénes componían mi familia y todo lo poco que podía recordar de nuestro pasado. Le había creído porque no tenía nada más a lo que aferrarme. Pero, si mi nombre era Ayra, ¿por qué alguien me había llamado Briar? ¿Por qué aquel nombre me resultaba extrañamente familiar, como si una parte de mí lo reconociera aunque mi mente no pudiera hacerlo? Me presioné los dedos contra la sien, intentando desesperadamente recuperar algún otro fragmento de aquel recuerdo. No apareció nada. Solo permaneció el eco de aquella voz. Una voz que sonaba inquietantemente parecida a la de Kaelen.CAPÍTULO 5MI SOSPECHOSO JEFEAYRALa pistola era pequeña, pero el cañón oscuro apuntándome bastaba para dejarme paralizada.Entonces, la habitación pareció desaparecer.Paredes blancas. El olor penetrante del antiséptico. Una voz baja y urgente que pronunciaba palabras que no conseguía distinguir.Un destello de metal.El cañón de una pistola apuntando a mi rostro ensangrentado.Las imágenes desaparecieron tan rápido como habían aparecido, dejándome sin aliento. Me llevé una mano al pecho, como si pudiera mantenerme entera sujetándome físicamente.Silas me observó, entrecerrando los ojos. Durante varios segundos, mantuvo la pistola apuntándome. Después, lentamente, la bajó.Me obligué a llenar los pulmones de aire hasta que la habitación dejó de dar vueltas.Guardó el arma en la funda y se acercó a mí. Se detuvo a mi lado, miró la carpeta y me la quitó de las manos temblorosas.—¿Cuánto has leído? —preguntó.Tragué saliva con dificultad.—Solo parte de la información sobre mi acciden
CAPÍTULO 4MI NOMBRE EN ROJOAYRAApenas dormí.La noche anterior llegué tarde al club, pero ni siquiera el ruido familiar ni las luces brillantes consiguieron distraerme de lo que había ocurrido frente al hospital.Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar aquella voz.¡Corre, Briar!Y, debajo del recuerdo de las llamas, había otro pensamiento del que no conseguía desprenderme.Aquella voz había sonado como la de Kaelen.Para cuando sonó mi alarma a las seis, ya había renunciado a la idea de descansar. Me levanté a duras penas, me eché agua fría en la cara y contemplé mi reflejo en el espejo agrietado del baño.—Estás perdiendo la cabeza, Ayra —murmuré.Pero ¿y si no era así?¿Y si las respuestas que necesitaba estaban más cerca de lo que jamás había imaginado?La planta ejecutiva estaba en silencio cuando llegué. Salí del ascensor y me dirigí a mi escritorio. La oficina de Kaelen ya estaba iluminada. Podía verlo de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano.Ence
CAPÍTULO 3UN VISTAZO A MI PASADOAYRAEl mundo pareció inclinarse bajo mis pies durante varios segundos.Me quedé mirando a Kaelen, intentando comprender sus palabras. ¿Qué demonios sabía él sobre mi pasado?—¿Debería recordarte? —pregunté, obligándome a sostenerle la mirada.La expresión de Kaelen cambió ligeramente.—Quizá sea mejor que no lo hagas.—¿Qué significa eso?—Significa, señorita Lane, que tu curiosidad podría costarte lo único a lo que llevas tres años intentando aferrarte.Se me secó la boca.Bajó la mirada hacia los documentos de su escritorio, pero yo no conseguía moverme. Sabía algo sobre mi pasado. Y, de alguna manera, también sabía exactamente dónde golpear para hacerme temer la posibilidad de seguir preguntando.Cuando finalmente regresé a mi escritorio, no fue porque no quisiera respuestas, sino porque tenía miedo de conocerlas.Me obligué a concentrarme en los documentos.Para cuando llegaron las cinco de la tarde, estaba agotada de fingir que todo iba bien. Re
CAPÍTULO 2MISTERIO EN FORMA HUMANAAYRADormir es un lujo que no puedo permitirme.Pasé casi toda la noche mirando el techo, incapaz de dejar de pensar en el sobre que guardaba dentro de mi bolso.Cincuenta mil dólares… La cifra no dejaba de repetirse en mi cabeza.Debí de quedarme dormida en algún momento, porque lo siguiente que recuerdo es mi alarma chillando mientras la pálida luz de la mañana se filtra por las cortinas delgadas.Una hora después, estoy frente a Apex Innovations, con el corazón atascado en algún lugar de mi garganta.El edificio es una imponente estructura de cristal y acero. Los empleados entran en tropel por las puertas giratorias, vestidos con trajes caros y con el aspecto de pertenecer a ese lugar.Ellos sí pertenecen aquí. Yo no.Me aliso la blusa por décima vez, ajusto la correa del bolso y me obligo a avanzar.La recepción es exactamente como la imaginaba: suelos de mármol pulido, muebles costosos y una enorme pantalla que muestra los últimos logros de Ape
CAPÍTULO 1CINCUENTA MIL DÓLARES DE UN DESCONOCIDOAYRAAntes creía que la desesperación hacía ruido. Me equivocaba. A veces, consiste en revisar tu cuenta bancaria por décima vez y seguir sabiendo que no tienes suficiente dinero.El camerino de The Gilded Cage huele a perfume barato, laca para el cabello y esa clase de arrepentimiento del que nadie habla. Ya me he acostumbrado.Las demás bailarinas charlan a mi alrededor, pero he aprendido a desconectar y no prestarles atención.El espejo refleja a una mujer a la que apenas reconozco. El cabello castaño rojizo le cae sobre los hombros desnudos, el maquillaje ahumado enmarca sus ojos y el pintalabios rojo la hace parecer más valiente de lo que realmente se siente.Pero ella es una mentira.Mi teléfono vibra sobre el tocador y ya sé de qué se trata antes de siquiera mirarlo.CENTRO MÉDICO ST. MARY'SRecordatorio: El saldo pendiente de 47.832,00 dólares debe pagarse antes de que termine el mes.Bloqueo la pantalla y dejo el teléfono boc







