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Author: G.o
last update publish date: 2026-10-12 21:11:08

CAPÍTULO 4

MI NOMBRE EN ROJO

AYRA

Apenas dormí.

La noche anterior llegué tarde al club, pero ni siquiera el ruido familiar ni las luces brillantes consiguieron distraerme de lo que había ocurrido frente al hospital.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar aquella voz.

¡Corre, Briar!

Y, debajo del recuerdo de las llamas, había otro pensamiento del que no conseguía desprenderme.

Aquella voz había sonado como la de Kaelen.

Para cuando sonó mi alarma a las seis, ya había renunciado a la idea de descansar. Me levanté a duras penas, me eché agua fría en la cara y contemplé mi reflejo en el espejo agrietado del baño.

—Estás perdiendo la cabeza, Ayra —murmuré.

Pero ¿y si no era así?

¿Y si las respuestas que necesitaba estaban más cerca de lo que jamás había imaginado?

La planta ejecutiva estaba en silencio cuando llegué. Salí del ascensor y me dirigí a mi escritorio. La oficina de Kaelen ya estaba iluminada. Podía verlo de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano.

Encendí el ordenador y me obligué a concentrarme. Unos minutos después, Kaelen salió de su oficina y caminó hacia mi escritorio con una pila de documentos en las manos.

—Señorita Lane.

Levanté la mirada.

—Buenos días, señor Thorne.

Dejó los documentos sobre mi escritorio.

—Hay que revisar estos documentos antes de la reunión ejecutiva de esta tarde. Debe comprobar las cifras financieras del informe con los registros justificativos. Necesito el documento terminado antes de que comience la reunión.

Asentí y extendí la mano hacia la pila.

—Estará listo.

Mantuvo la mirada sobre mí un momento más de lo necesario. Después, se dio la vuelta y regresó a su oficina.

Exhalé lentamente y abrí la primera página.

El informe estaba repleto de cifras, pero una de ellas me llamó la atención de inmediato.

Según el resumen, el departamento había registrado gastos operativos por valor de 184.600 dólares. Sin embargo, los registros justificativos solo indicaban 148.600 dólares.

Volví a comprobar las cifras.

Una diferencia de treinta y seis mil dólares no era un simple error de redondeo.

Comparé las anotaciones con el desglose de gastos del departamento, rastreando cada cantidad hasta su documento justificativo. Encontré el mismo patrón en otra sección, aunque la diferencia era menor.

Dos discrepancias. El mismo departamento. Y, en ambos casos, los gastos declarados eran superiores a las cantidades respaldadas por los registros.

Me recosté en la silla, frunciendo el ceño.

Podía tratarse de una contabilidad descuidada. Podía ser un error en el informe. Pero, si aquellas cifras llegaban a las cuentas finales sin corregirse, alguien podría utilizarlas para ocultar el destino del dinero.

No podía acusar a nadie de irregularidades basándome únicamente en dos discrepancias. Primero tenía que asegurarme de que las cifras fueran correctas.

Volví a calcular ambas secciones, comprobé los registros originales y marqué todas las inconsistencias. Después preparé una copia corregida y adjunté una nota en la que identificaba las cifras afectadas y los registros que necesitaban una verificación adicional.

Llevé el informe a Kaelen.

Estaba sentado en su escritorio, leyendo algo en la pantalla. Levantó la vista cuando entré.

—He encontrado un error —dije, colocando el documento frente a él—. Los totales de la sección cuatro no coinciden con los registros justificativos. Se ha incluido una cifra incorrecta en el informe. La he corregido y he adjuntado una nota explicando la discrepancia.

Kaelen examinó el documento con una expresión indescifrable, pasando de una anotación marcada a otra.

—Tienes razón —dijo finalmente.

Levantó la mirada hacia mí.

—La mayoría de las personas habría pasado por alto estas discrepancias.

—Estaban en los registros justificativos. Solo comprobé las cifras con ellos.

Su mirada permaneció sobre mi rostro durante un instante.

—¿Y también se te ocurrió comprobar las cifras del mismo departamento en otras secciones?

—La primera discrepancia hizo que examinara el resto con más atención.

Algo cambió en su expresión, aunque no conseguí descifrar qué significaba.

—Buen trabajo, señorita Lane. Envíe el informe corregido al departamento correspondiente y solicite una explicación sobre las inconsistencias.

—Lo haré.

Me volví hacia la puerta.

—Señorita Lane.

Me detuve.

—Tiene buen ojo —dijo.

No supe si era un elogio o algo más.

—Gracias, señor Thorne.

Salí de su oficina preguntándome por qué su aprobación se sentía menos como un cumplido y más como otra prueba que ni siquiera sabía que estaba realizando.

El resto de la mañana transcurrió sin incidentes. Envié el informe corregido al departamento correspondiente y regresé a mi escritorio.

Durante un rato, todo pareció normal. Entonces, mientras organizaba los documentos restantes, me di cuenta de que faltaba uno de los archivos justificativos que había llevado antes a la oficina de Kaelen.

Revisé mi escritorio y busqué en los cajones, pero no aparecía por ninguna parte.

M****a.

Me levanté y me dirigí a la oficina de Kaelen. La puerta estaba ligeramente abierta y, a través del cristal, pude ver que la habitación parecía vacía.

Quizá había salido a una reunión.

Empujé la puerta y entré.

El archivo perdido estaba cerca del borde del escritorio de Kaelen, exactamente donde recordaba haberlo dejado. Extendí la mano para recogerlo y regresar a mi puesto, pero algo junto a su portátil me llamó la atención.

Había una carpeta gruesa parcialmente oculta bajo el borde del ordenador. A diferencia de los documentos habituales de la empresa que estaban esparcidos por el escritorio, no llevaba ninguna etiqueta de departamento ni el logotipo de la compañía.

Solo había una palabra impresa en la portada.

CONFIDENCIAL.

Debería haber recogido mi archivo y marcharme.

En cambio, mis ojos se fijaron en la pequeña pestaña roja adherida al lateral de la carpeta.

Mi nombre estaba escrito en ella.

AYRA LANE.

Me quedé paralizada.

Debajo de mi nombre había una fecha de varias semanas antes de que empezara a trabajar en Apex Innovations.

Se me secó la boca.

¿Por qué Kaelen Thorne tendría una carpeta confidencial sobre mí antes incluso de que yo hubiera puesto un pie en su empresa?

Miré hacia la puerta. El pasillo seguía en silencio.

Sabía que debía dejar la carpeta donde estaba. Fuera lo que fuese lo que contenía, no tenía derecho a leerla.

Pero Kaelen me había interrogado sobre mi pasado, me había dado cincuenta mil dólares sin ninguna explicación y había hablado de mis recuerdos perdidos como si supiera más sobre ellos que yo misma.

Y ahora tenía delante una carpeta confidencial con mi nombre, fechada semanas antes de que me incorporara a la empresa.

No conseguía convencerme de que fuera una coincidencia.

Solo una página, me dije. Necesito una respuesta.

Abrí la carpeta.

La primera página contenía una fotografía mía.

No era una foto casual tomada de las redes sociales, sino una imagen reciente y nítida que parecía haber sido capturada deliberadamente para documentar mi aspecto.

Debajo había un informe detallado sobre mis antecedentes: mi nombre completo, fecha de nacimiento, direcciones conocidas, historial laboral e información sobre el accidente que había borrado tres años de mis recuerdos.

Mis dedos se apretaron alrededor de las páginas.

También había referencias a mis historiales médicos. Detalles que nunca le había contado a Kaelen. Detalles que ni siquiera estaba segura de recordar correctamente.

Pasé la página.

Una sección aparte contenía información sobre mi familia.

Vera Lane.

Su fecha de nacimiento. Su historial médico. Su diagnóstico de leucemia. Detalles sobre su tratamiento y sus visitas al hospital.

Se me revolvió el estómago.

Aquello no era una simple comprobación de antecedentes. Alguien había recopilado información sobre las dos, información que iba mucho más allá de lo que un empleador necesitaría saber.

¿Por qué?

Pasé a la siguiente sección.

Y dejé de respirar.

Una fotografía mostraba los restos de un automóvil calcinado. La estructura metálica estaba retorcida y deformada, las ventanas hechas añicos y la carrocería ennegrecida por el fuego.

Tres años atrás.

El mismo año en que había perdido mis recuerdos.

Me quedé mirando la fotografía, esperando que surgiera algún reconocimiento. Nada tenía sentido, pero algo en lo más profundo de mí retrocedió horrorizado ante aquella imagen, como si mi cuerpo recordara lo que mi mente no podía.

Los dedos empezaron a temblarme.

¿Por qué Kaelen conservaba una fotografía de los restos del accidente relacionado con mi pérdida de memoria?

¿Y qué más había descubierto sobre mí?

Un sonido a mis espaldas me hizo quedarme inmóvil.

El suave clic de la puerta de la oficina al cerrarse.

Se me hundió el estómago.

Me volví bruscamente.

Silas estaba de pie en la entrada, con los ojos fijos en la carpeta abierta que sostenía entre las manos. No me miraba como si simplemente hubiera entrado en una habitación sin permiso. Su expresión era dura y toda su atención estaba concentrada en las páginas que había estado leyendo.

Durante un instante, ninguno de los dos habló.

Entonces entró en la oficina y acortó la distancia que nos separaba.

—¿Qué estás haciendo?

Intenté encontrar la voz.

—Estaba buscando un archivo que dejé aquí. Vi mi nombre y…

—La abriste.

No era una pregunta.

Apreté la carpeta con más fuerza.

—¿Por qué hay un expediente sobre mí? ¿Por qué contiene información sobre mi accidente y mi hermana?

Su expresión cambió.

No era sorpresa. Era algo más frío, algo que hizo que la habitación pareciera encogerse de repente.

—Déjela en su sitio, señorita Lane.

Debería haber obedecido.

En cambio, volví a mirar la fotografía del automóvil calcinado por última vez.

—¿Qué me pasó hace tres años?

Silas me observó durante un largo instante. Su mirada descendió hasta la fotografía del vehículo destrozado y algo en su expresión se endureció.

—Deje la carpeta en su sitio, señorita Lane.

Vacilé.

Su mano se dirigió a la funda de su arma.

En cuanto vi la pistola, todo mi cuerpo se quedó inmóvil. Sacó el arma y me apuntó directamente.

—Déjela —repitió con una calma peligrosísima.

Mis dedos aflojaron su agarre sobre la carpeta.

—No debería haber tocado eso.

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