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LA VERDAD OCULTA
LA VERDAD OCULTA
Author: Eyda LG

Capitulo 1. Hasta que la muerte nos separe

Author: Eyda LG
last update publish date: 2026-09-10 00:11:09

Aquel día, Milena se levantó a la misma hora de siempre, como lo hacía desde que se había ido a vivir con Dionisio, un hombre que la había enamorado con su encanto desde el primer momento en que lo conoció. Sin embargo, como bien dice el dicho, uno nunca termina de conocer a las personas. Ese hombre que parecía maravilloso, con el tiempo se convirtió en un monstruo: la encerraba y la golpeaba cada vez que se emborrachaba… y eso pasaba dos o tres veces por semana.

Aquella mañana se sentía adolorida por los golpes de la noche anterior —como tantas otras veces—, pues Dionisio, al tomar, la trataba como si fuera un saco de boxeo. Pero por primera vez en mucho tiempo, Milena sentía una chispa de esperanza, un motivo real para escapar de esa pesadilla. Lo haría por su hijo. El día anterior había descubierto que estaba embarazada y, por ese bebé que llevaba en el vientre, había tomado la decisión de huir, de alejarse para siempre del maltrato que jamás eligió tener en su vida.

Solo que, como la vida la había tratado como a una perra, siempre parecía ponerle obstáculos en el camino. Lo único que Milena quería era encontrar el amor verdadero; por eso, cada vez que creía hallarlo, ponía a esa persona por encima de sí misma. Aunque sus relaciones anteriores no habían terminado bien, ella siempre decía que el amor real llegaría a su vida en cualquier momento. Por eso, cuando compartió tiempo con Dionisio, creyó que aquel hombre lleno de aparentes cualidades era, por fin, el amor de su vida.

Pero con el paso del tiempo se dio cuenta —demasiado tarde— de que lo que pensó que sería un cuento de hadas, terminó siendo su peor pesadilla. Ahora comprendía que, aunque muchas personas logran encontrar a alguien especial para compartir sus días, para ella las cosas eran diferentes… muy distintas.

Por esta razón, se prometió que, si lograba escapar de aquella pesadilla en la que ella misma se había metido, nunca más volvería a creer en las palabras de un hombre, por más sincero que pareciera su amor. Primero iba a ser ella y su bebé, segundo ella y su bebé, y si quedaba espacio para algo más, seguiría siendo ella y su bebé. A partir de ahora, lo único que buscaría en un hombre sería estabilidad económica, tanto para ella como para su hijo. Y si alguien quería llamarla interesada, que lo hiciera. Esa sería su nueva ideología de vida, y nadie le haría cambiar de opinión.

Ya tenía todo listo para su huida. Solo empacó algunas cosas de valor, no quería levantar ninguna sospecha. Pero la suerte no estaba de su lado, porque apenas Dionisio se levantó, lo primero que le dijo fue:

—Sé que estás planeando dejarme, pero déjame aclararte algo: la única forma en que te vas a librar de mí es cuando uno de los dos muera. Y como eso no va a pasar pronto, porque estamos muy jóvenes, ve haciéndote a la idea de pasar el resto de tu vida conmigo.

Aquellas palabras la dejaron helada, temblando del miedo. Parecía que ese hombre del demonio le leyera los pensamientos. No había hecho nada fuera de lo normal y aun así él lo sabía. En ese momento recordó el primer día que la golpeó y el terror que sintió entonces. Pero esta vez era distinto. Esta vez no pensaba quedarse paralizada, ni aceptar su destino sin luchar. No cuando tenía una vida creciendo dentro de ella. Aquellas palabras eran una amenaza clara, pero también fueron el empujón que necesitaba. Lo que era ella, se largaba de esa vida miserable… y lo haría pronto.

En ese instante, Milena estaba llena de miedo. Se preguntaba cómo su prometido había descubierto sus planes, si había hecho todo exactamente como en ocasiones anteriores, sin dejar la más mínima señal de su huida.

—¿A menos que…? —se dijo a sí misma, y se quedó en silencio, pensativa.

Sabía mejor que nadie que su mejor amiga nunca le contaría nada a ese miserable, y mucho menos si fue ella quien tuvo la idea de que escapara de aquel maldito maltratador. De hecho, fue Valentina quien, al enterarse de su embarazo, le dijo con firmeza que debía irse lejos de Dionisio si realmente quería proteger a su hijo.

Entonces, ¿cómo lo supo? ¿Quién la había delatado? La pregunta seguía sin respuesta, revoloteándole como una nube negra sobre la cabeza.

Milena, con la voz temblorosa, pero procurando sonar convincente, le respondió:

—¿Cómo crees que te voy a dejar? Si antes de aceptar estar contigo, juramos estar juntos hasta la muerte. Aunque aún no nos hemos casado, una promesa es una promesa, ¿no lo crees así, mi amor? Además, cuando decidí venirme a vivir contigo, me prometí que sería para toda la vida… y así será, hasta que la muerte nos separe.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, por dentro se maldecía una y otra vez por haber dejado a su familia y sus sueños por un hombre. Un hombre que había convertido su vida en una pesadilla.

Dionisio no dudó de sus palabras. Más bien la hizo sentarse en sus piernas, mientras acariciaba con suavidad los moretones que él mismo le había dejado la noche anterior.

—Lo siento, cariño —le susurró—. No quise hacerte daño. Tú sabes que cuando tomo… me pongo un poquito violento. Olvidémonos de lo que pasó anoche y sigamos con nuestra vida como siempre.

Al principio, cuando Milena escuchaba esas mismas palabras después de las primeras golpizas, se sentía feliz. Pensaba que él había reconocido su error, que ahora todo sería distinto, que las cosas mejorarían.

Pero con el tiempo entendió que ese hombre jamás cambiaría. No importaba cuántos regalos caros o mimos le ofreciera después del dolor, los golpes siempre volvían. Eran parte del mismo ciclo, uno que la estaba consumiendo lentamente.

Antes, un toque suyo en sus heridas le parecía una caricia de redención. Ahora, con solo rozarla —por más leve que fuera—, comenzaba a temblar como una hoja sacudida por el viento.

Aun así, apretó los labios, contuvo el miedo que la ahogaba por dentro y murmuró:

—Tienes razón, mi amor… Pero ahora déjame traerte algo para la resaca.

Mientras Dionisio reposaba su cabeza contra ella, Milena no pudo contener más el nudo en su garganta. Lágrimas silenciosas comenzaron a caer, una tras otra, empapando su piel, su alma, su pasado… por todo el tiempo que había perdido esperando que él cambiara. Y nada.

Recordó cada disculpa vacía, cada promesa rota. Cada vez que, después de golpearla, le decía que no sabía qué le había pasado, o peor aún, cuando le aseguraba que solo le pegaba porque la amaba demasiado.

Y ella… ella simplemente lo perdonaba. Por el enorme amor que sentía por él, por su esperanza terca de pensar haber encontrado el amor de su vida. No se daba cuenta entonces de que todo eso se había convertido en un bucle sin salida.

Y lo más doloroso era que por fin entendía que ella también tenía culpa de todo esto. Porque desde la primera vez que él levantó la mano, debió haber puesto un alto. Desde ese momento… todo habría podido ser diferente.

Ahora ya era demasiado tarde para corregir estos errores, pero por su hijo iba a arriesgar su propia vida. Así que le siguió la corriente, pues esa noche se iría y no voltearía a ver atrás. Tenía que hacerlo para poder salvar la vida de su hijo; de lo contrario, en alguna de esas palizas que le daba, lo más seguro era que lo perdería.

Cuando llegó la noche y lo miró durmiendo —ya que le había puesto varios somníferos en su bebida—, cogió su bolso, cerró la puerta y se fue sin voltear a mirarlo una última vez. Sin embargo, cuando iba a mitad de camino, Dionisio la alcanzó.

Y esta vez, no hubo gritos ni insultos. Solo golpes, tras golpes. Golpes que dolieron más que nunca. Que la quebraron por dentro y por fuera. Esa fue la peor golpiza de todas las anteriores.

Tanto así, que perdió a su bebé. Y con él, una parte de su alma, cuando despertó en el hospital, tenía varias costillas rotas… y el dolor en su cuerpo era insoportable.

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