LOGINMilena es una hermosa mujer que siempre creyó en el amor verdadero, a pesar de que siempre le había ido muy mal con los hombres con los cuales había salido. Ya que su última relación la marcó de por vida, pues aquel hombre que una vez ella pensó que sería el amor de su vida, terminó engañándola con su mejor amiga y eso no era lo peor, ya que cada vez que llegaba borracho la cogía como su saco de boxeo y en una de esa golpiza que le dio la hizo perder a su hijo. Desde ese entonces dejó de buscar a esa persona especial; sin embargo, cuando menos lo esperaba, ese hombre llegó a su vida, y con una sola mirada supo que él era la persona que había estado buscando para ser feliz. Sin embargo, por que más que sabía que aquel hombre la amaba más que a su vida ella ya había sido marcado tiempo atrás y esta vez ella Preferiría el dinero que el amor.
View MoreAquel día, Milena se levantó a la misma hora de siempre, como lo hacía desde que se había ido a vivir con Dionisio, un hombre que la había enamorado con su encanto desde el primer momento en que lo conoció. Sin embargo, como bien dice el dicho, uno nunca termina de conocer a las personas. Ese hombre que parecía maravilloso, con el tiempo se convirtió en un monstruo: la encerraba y la golpeaba cada vez que se emborrachaba… y eso pasaba dos o tres veces por semana.
Aquella mañana se sentía adolorida por los golpes de la noche anterior —como tantas otras veces—, pues Dionisio, al tomar, la trataba como si fuera un saco de boxeo. Pero por primera vez en mucho tiempo, Milena sentía una chispa de esperanza, un motivo real para escapar de esa pesadilla. Lo haría por su hijo. El día anterior había descubierto que estaba embarazada y, por ese bebé que llevaba en el vientre, había tomado la decisión de huir, de alejarse para siempre del maltrato que jamás eligió tener en su vida.
Solo que, como la vida la había tratado como a una perra, siempre parecía ponerle obstáculos en el camino. Lo único que Milena quería era encontrar el amor verdadero; por eso, cada vez que creía hallarlo, ponía a esa persona por encima de sí misma. Aunque sus relaciones anteriores no habían terminado bien, ella siempre decía que el amor real llegaría a su vida en cualquier momento. Por eso, cuando compartió tiempo con Dionisio, creyó que aquel hombre lleno de aparentes cualidades era, por fin, el amor de su vida.
Pero con el paso del tiempo se dio cuenta —demasiado tarde— de que lo que pensó que sería un cuento de hadas, terminó siendo su peor pesadilla. Ahora comprendía que, aunque muchas personas logran encontrar a alguien especial para compartir sus días, para ella las cosas eran diferentes… muy distintas.
Por esta razón, se prometió que, si lograba escapar de aquella pesadilla en la que ella misma se había metido, nunca más volvería a creer en las palabras de un hombre, por más sincero que pareciera su amor. Primero iba a ser ella y su bebé, segundo ella y su bebé, y si quedaba espacio para algo más, seguiría siendo ella y su bebé. A partir de ahora, lo único que buscaría en un hombre sería estabilidad económica, tanto para ella como para su hijo. Y si alguien quería llamarla interesada, que lo hiciera. Esa sería su nueva ideología de vida, y nadie le haría cambiar de opinión.
Ya tenía todo listo para su huida. Solo empacó algunas cosas de valor, no quería levantar ninguna sospecha. Pero la suerte no estaba de su lado, porque apenas Dionisio se levantó, lo primero que le dijo fue:
—Sé que estás planeando dejarme, pero déjame aclararte algo: la única forma en que te vas a librar de mí es cuando uno de los dos muera. Y como eso no va a pasar pronto, porque estamos muy jóvenes, ve haciéndote a la idea de pasar el resto de tu vida conmigo.
Aquellas palabras la dejaron helada, temblando del miedo. Parecía que ese hombre del demonio le leyera los pensamientos. No había hecho nada fuera de lo normal y aun así él lo sabía. En ese momento recordó el primer día que la golpeó y el terror que sintió entonces. Pero esta vez era distinto. Esta vez no pensaba quedarse paralizada, ni aceptar su destino sin luchar. No cuando tenía una vida creciendo dentro de ella. Aquellas palabras eran una amenaza clara, pero también fueron el empujón que necesitaba. Lo que era ella, se largaba de esa vida miserable… y lo haría pronto.
En ese instante, Milena estaba llena de miedo. Se preguntaba cómo su prometido había descubierto sus planes, si había hecho todo exactamente como en ocasiones anteriores, sin dejar la más mínima señal de su huida.
—¿A menos que…? —se dijo a sí misma, y se quedó en silencio, pensativa.
Sabía mejor que nadie que su mejor amiga nunca le contaría nada a ese miserable, y mucho menos si fue ella quien tuvo la idea de que escapara de aquel maldito maltratador. De hecho, fue Valentina quien, al enterarse de su embarazo, le dijo con firmeza que debía irse lejos de Dionisio si realmente quería proteger a su hijo.
Entonces, ¿cómo lo supo? ¿Quién la había delatado? La pregunta seguía sin respuesta, revoloteándole como una nube negra sobre la cabeza.
Milena, con la voz temblorosa, pero procurando sonar convincente, le respondió:
—¿Cómo crees que te voy a dejar? Si antes de aceptar estar contigo, juramos estar juntos hasta la muerte. Aunque aún no nos hemos casado, una promesa es una promesa, ¿no lo crees así, mi amor? Además, cuando decidí venirme a vivir contigo, me prometí que sería para toda la vida… y así será, hasta que la muerte nos separe.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, por dentro se maldecía una y otra vez por haber dejado a su familia y sus sueños por un hombre. Un hombre que había convertido su vida en una pesadilla.
Dionisio no dudó de sus palabras. Más bien la hizo sentarse en sus piernas, mientras acariciaba con suavidad los moretones que él mismo le había dejado la noche anterior.
—Lo siento, cariño —le susurró—. No quise hacerte daño. Tú sabes que cuando tomo… me pongo un poquito violento. Olvidémonos de lo que pasó anoche y sigamos con nuestra vida como siempre.
Al principio, cuando Milena escuchaba esas mismas palabras después de las primeras golpizas, se sentía feliz. Pensaba que él había reconocido su error, que ahora todo sería distinto, que las cosas mejorarían.
Pero con el tiempo entendió que ese hombre jamás cambiaría. No importaba cuántos regalos caros o mimos le ofreciera después del dolor, los golpes siempre volvían. Eran parte del mismo ciclo, uno que la estaba consumiendo lentamente.
Antes, un toque suyo en sus heridas le parecía una caricia de redención. Ahora, con solo rozarla —por más leve que fuera—, comenzaba a temblar como una hoja sacudida por el viento.
Aun así, apretó los labios, contuvo el miedo que la ahogaba por dentro y murmuró:
—Tienes razón, mi amor… Pero ahora déjame traerte algo para la resaca.
Mientras Dionisio reposaba su cabeza contra ella, Milena no pudo contener más el nudo en su garganta. Lágrimas silenciosas comenzaron a caer, una tras otra, empapando su piel, su alma, su pasado… por todo el tiempo que había perdido esperando que él cambiara. Y nada.
Recordó cada disculpa vacía, cada promesa rota. Cada vez que, después de golpearla, le decía que no sabía qué le había pasado, o peor aún, cuando le aseguraba que solo le pegaba porque la amaba demasiado.
Y ella… ella simplemente lo perdonaba. Por el enorme amor que sentía por él, por su esperanza terca de pensar haber encontrado el amor de su vida. No se daba cuenta entonces de que todo eso se había convertido en un bucle sin salida.
Y lo más doloroso era que por fin entendía que ella también tenía culpa de todo esto. Porque desde la primera vez que él levantó la mano, debió haber puesto un alto. Desde ese momento… todo habría podido ser diferente.
Ahora ya era demasiado tarde para corregir estos errores, pero por su hijo iba a arriesgar su propia vida. Así que le siguió la corriente, pues esa noche se iría y no voltearía a ver atrás. Tenía que hacerlo para poder salvar la vida de su hijo; de lo contrario, en alguna de esas palizas que le daba, lo más seguro era que lo perdería.
Cuando llegó la noche y lo miró durmiendo —ya que le había puesto varios somníferos en su bebida—, cogió su bolso, cerró la puerta y se fue sin voltear a mirarlo una última vez. Sin embargo, cuando iba a mitad de camino, Dionisio la alcanzó.
Y esta vez, no hubo gritos ni insultos. Solo golpes, tras golpes. Golpes que dolieron más que nunca. Que la quebraron por dentro y por fuera. Esa fue la peor golpiza de todas las anteriores.
Tanto así, que perdió a su bebé. Y con él, una parte de su alma, cuando despertó en el hospital, tenía varias costillas rotas… y el dolor en su cuerpo era insoportable.
Todos los presentes en aquel salón se quedaron estupefactos, pero la más sorprendida y asustada de todos era Milena, quien ahora se veía involucrada en la muerte de su pareja.En ese instante, atrapada entre la duda y la incertidumbre, no podía dejar de preguntarse cómo era posible que ahora fuese sospechosa. ¿Acaso no se suponía que Dionisio había tenido un accidente y, tras varios días en coma, había fallecido? ¿Qué tenía que ver ella con aquel trágico suceso?Por más vueltas que le daba en su mente, no lograba entender qué estaba ocurriendo ni cómo las autoridades habían llegado a considerarla responsable de un asesinato.Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Fabricio se acercó y, con un tono grave, le dijo que alguien había llamado a la policía para acusarla del accidente de Dionisio. Además, esa persona había enviado pruebas suficientes para justificar el supuesto motivo por el cual ella lo habría hecho.Si antes Milena estaba sorprendida, ahora, al escuchar las palabras d
Milena se encontraba perdida en sus pensamientos, aún le resultaba difícil de creer que la mujer que en su momento la había apoyado, en realidad la había odiado todo ese tiempo. Fue sacada de su ensimismamiento por la voz de Valentina, quien decía con tono acusador:—Estoy más que segura de que si te hubieran dicho la verdad, tú misma te habrías encargado de que Dionisio me mandara lejos de aquí. Así que no me vengas ahora con que no lo harías. ¿Qué mujer en su sano juicio entrega tan fácil a su hombre a otra? Y menos aún un hombre con dinero y tan atractivo como Dionisio.Milena se estaba dando cuenta de que era inútil tratar de hablar con ella. Valentina ya se había convencido de que ella era la culpable de arrebatarle el amor de Dionisio. ¡Qué equivocada estaba! Para Milena, aquel hombre no era más que su peor pesadilla. Hubiese dado todo por librarse de él.Si lo hubiera sabido antes, con gusto se lo habría entregado con moño y todo, solo por escapar del infierno que vivía a su la
Por su parte, Milena se había dejado caer en el sofá, tratando de asimilar toda aquella noticia, aún convencida de que debía estar atrapada en una pesadilla. Valentina había sido su única amiga durante todos esos años de duro maltrato a manos de Dionisio.Fue ella quien curó sus heridas, quien le brindó apoyo, quien conocía la verdad que se escondía tras las paredes de su casa.Porque para el resto del mundo, Dionisio era un hombre ejemplar: amoroso, atento, un compañero perfecto. Pero puertas adentro, se transformaba en un monstruo brutal, que la golpeaba sin piedad. Y Valentina era la única que sabía cómo era realmente su vida.¿Cómo podía ser que ahora se enterara de que todo había sido una mentira? ¿Qué aquella amistad, que consideraba sincera y leal, no era más que una farsa?Milena, perdida en sus pensamientos, apenas alcanzó a escuchar la voz del abogado a lo lejos, informándole que se retiraría por el momento, ya que debía verificar si toda la información que Valentina le había
En ese momento, Milena se dio cuenta de que la única forma de librarse de aquel mal hombre era que uno de los dos muriera, tal como él mismo se lo había dicho antes. Y lo más probable era que fuera ella quien muriera primero, pues aquella vez pasó un mes en cama; con todos los golpes y costillas rotas, no podía moverse por sí sola.Ahora que sabía que la única salida era la muerte de uno de los dos, un pensamiento oscuro cruzó su mente. Sin embargo, así como llegó, lo disipó de inmediato, porque si lo hacía se convertiría en una asesina, sin importar el motivo que tuviera para matar a Dionisio.Y como si el universo, la vida o Dios le dieran otra oportunidad, aquella tarde —cuando por fin logró levantarse de la cama por sí sola— recibió una llamada del hospital. Le informaron que Dionisio había tenido un accidente y estaba entre la vida y la muerte en el quirófano.En ese instante, en lugar de entristecerse, Milena sintió una profunda alegría. A diferencia de muchas personas que, al r


















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