FAZER LOGINTodos los presentes en aquel salón se quedaron estupefactos, pero la más sorprendida y asustada de todos era Milena, quien ahora se veía involucrada en la muerte de su pareja.
En ese instante, atrapada entre la duda y la incertidumbre, no podía dejar de preguntarse cómo era posible que ahora fuese sospechosa. ¿Acaso no se suponía que Dionisio había tenido un accidente y, tras varios días en coma, había fallecido? ¿Qué tenía que ver ella con aquel trágico suceso?
Por más vueltas que le daba en su mente, no lograba entender qué estaba ocurriendo ni cómo las autoridades habían llegado a considerarla responsable de un asesinato.
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Fabricio se acercó y, con un tono grave, le dijo que alguien había llamado a la policía para acusarla del accidente de Dionisio. Además, esa persona había enviado pruebas suficientes para justificar el supuesto motivo por el cual ella lo habría hecho.
Si antes Milena estaba sorprendida, ahora, al escuchar las palabras del abogado, se puso pálida. Su mente se llenó de preguntas, la más urgente: ¿quién era la persona que la estaba acusando de la muerte de Dionisio? Pero, al igual que antes, las respuestas no tardaron en llegar.
Valentina se le acercó con una sonrisa dibujada en los labios, y con tono burlón le dijo:
—No me digas que todavía no sabes el nombre de quien te denunció ante las autoridades como una asesina.
Al ver la expresión de espanto en el rostro de Milena, su sonrisa se hizo aún más grande… y más macabra.
Milena sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Al ver aquella sonrisa, se le heló la piel y, sin pensarlo, dio un paso hacia atrás. No sabía por qué, pero comenzó a temblar como una hoja al viento. Aquella mujer que alguna vez llamó amiga —no, su peor enemiga— parecía disfrutar profundamente al verla atemorizada.
Valentina continuó con su cruel deleite:
—Ay, mi querida amiga… Y tú creyendo que eras rival para mí. Todo este tiempo estuviste a salvo… porque Dionisio te protegía.
—Sin embargo, ahora que Dionisio no está para protegerte, puedo hacer contigo lo que se me dé la gana —dijo Valentina, con una mirada fría y desafiante—. Y justo ahora quiero que pases un buen tiempo en prisión por la muerte de mi amado Dionisio. Alguien tiene que pagar por su muerte, ¿no lo crees así?
Milena no entendía por qué, pero esta vez sí sentía verdadero miedo. Aquella mujer parecía completamente fuera de sí. Aun así, se armó de valor y le preguntó con firmeza:
—¿Y según tú, con qué pruebas vas a enviarme a la cárcel? Todos sabemos que no hice nada de lo que me estás acusando. Que investiguen bien, y se darán cuenta de que yo no tuve nada que ver con ese accidente.
Valentina estalló en una risa sarcástica, una carcajada que resonó como una burla cruel. Luego se acercó y, con una arrogancia hiriente, le tomó la barbilla, obligándola a mirarla mientras decía:
—Eso fue lo que me gustó de ti cuando recién te conocí… Que eres tan inocente, incapaz de ver más allá de tus narices. Te juro que, si no me hubieras quitado el amor de Dionisio, hubiéramos sido las mejores amigas. Eres una persona que cree demasiado fácil en lo que le dicen los demás. Además de ser manipulable… hubieras sido la mejor amiga perfecta para mí.
La voz de Valentina se volvió más amarga al continuar:
—Muy diferente a lo que imaginé antes de conocerte. Cuando Dionisio me terminó, me dijo que se había enamorado de la mujer perfecta, que con solo una sonrisa lo hacía feliz. Entonces me pasé días imaginando cómo sería esa mujer que me había robado al amor de mi vida.
Hizo una pausa, la miró de arriba abajo con desdén y dijo:
—Te imaginé hermosa, fuerte, decidida, talentosa, proveniente de una familia de prestigio… Pero cuando te conocí, descubrí que no eras nada de eso. Lo único que tienes a tu favor es que eres un poco hermosa. Del resto, no hay ni una sola razón para que Dionisio me haya dejado por ti. Solo mírate… y mírame a mí. Soy una mujer que cualquier hombre desearía tener a su lado. Con solo saber que mi padre es el Primer Ministro de este país, cualquiera estaría dispuesto a casarse conmigo. ¿O me equivoco?
Luego la soltó de la barbilla y, con desprecio en su voz, le dijo:
—Al conocerte, me preguntaba una y otra vez qué fue lo que vio Dionisio en ti… pero nunca pude encontrar la respuesta. Por eso decidí acercarme, para ver si descubría qué era eso tan especial que te hacía diferente. Y hasta ahora, sigo sin entenderlo. Cada vez que te miro, solo veo a una mujer insignificante, sin nada que ofrecerle a un hombre como Dionisio.
Valentina hizo una pausa, y Milena, que ya se había calmado un poco, aprovechó el momento para preguntar con voz suave, pero firme:
—¿De verdad nunca me consideraste tu amiga? Porque no creo que las veces que estuviste hasta tarde limpiando mis heridas… mis lágrimas… también las hayas fingido.
Valentina no respondió de inmediato como solía hacerlo. Esta vez, el silencio fue largo, tenso, casi insoportable. Finalmente, con voz baja, pero cargada de amargura, comenzó a hablar:
—La verdad… es que cuando te conocí, sí me caíste bien. Pero nunca podría perdonar a nadie que me haya alejado de Dionisio. Y mucho menos a ti, la principal culpable de que él ni siquiera me volviera a tocar… ni cuando me ofrecí para ser su amante secreta.
Hizo una pausa, su mirada se endureció, y su tono se volvió más hiriente:
—Por eso te odié. Y cada día te odiaba más al verlo contigo, al ver cómo te miraba, cómo te hablaba, cómo te trataba. Era capaz de golpearte… y luego te llenaba de regalos, te imploraba perdón, te demostraba su amor de formas que a mí jamás me dio. A mí solo me golpeó una vez… y fue porque estaba borracho y me confundió contigo.
Estas últimas palabras salieron con un tono seco, cargadas de rencor. Apretaba los dientes con tanta fuerza que parecía que en cualquier momento podía romperlos.
Luego se calmó un poco y volvió a hablar, con una sonrisa cínica en los labios:
—Bueno… no voy a entrar en recuerdos tristes, porque lo que en realidad te estaba explicando es cómo voy a meterte a la cárcel. ¿Cierto?
Se cruzó de brazos y comenzó a detallar su plan con una tranquilidad que helaba la sangre.
—Lo primero que hice fue denunciarte, ese era el paso más importante para mi venganza. Además, entregué pruebas suficientes para que la policía abriera una investigación en tu contra.
Al notar la mirada de incertidumbre en el rostro de Milena, agregó con tono burlón:
Recuerda, cada vez que Dionisio te golpeaba, yo te tomaba fotos de tus heridas… decía que era para tener evidencia, por si alguna vez querías denunciarlo.
Hizo una pausa y soltó una pequeña risa irónica antes de continuar:
—La verdad, jamás imaginé que esas fotografías algún día me servirían de algo. Porque lo único que buscaba en ese momento era que lo denunciaras, y así lograr que mi amado Dionisio te odiara, te dejara… y yo me convirtiera en la mujer que lo sacara de la cárcel, gracias a los innumerables contactos que tiene mi padre.
La frialdad en su voz era escalofriante.
—Pero como siempre fuiste tan cobarde y le temías tanto a sus represalias, nunca te atreviste a hacerlo. Así que ahora… solo hice lo que debía: usé esas fotos para incriminarte. Porque tú eres la única que tenía un motivo oculto para matarlo… liberarte de él y quedarte con toda su fortuna.
Ya habían pasado tres años desde que Milena había ingresado a prisión, y hasta ahora seguía recibiendo el mismo trato que el día que había llegado a aquel lugar, bueno eso ya había cambiado un poco, pues ahora ella junto a Laura se había unido a otro grupo de mujeres que no soportaban el maltrato de la pandilla de la Loba.Y aunque al inicio siempre eran maltratadas por la loba y sus seguidoras, ellas no se habían rendido, por eso las cosas habían cambiado ligeramente. Ya que, al menos, ahora recibían golpes y palizas, pero también habían aprendido a defenderse y a devolverles el golpe con la misma intensidad. Además, parecía que Valentina se había olvidado de su existencia, pues ya tenía más de cinco meses, que no la visitaba y esto no era normal, ya que conociendo a aquella mujer, la cual le gustaba verla sufriendo, tenía que haberle pasado algo malo: "ojalá se hubiera muerto ya" se dijo. —Cuando Fabricio fuese a visitarla, le preguntaría por ella.Sin embargo, que Valentina no le p
Dos días después de que Milena había sido trasladada a la celda de castigo, la desesperación se había apoderado de ella. La falta de comida y agua la tenía al borde del colapso; cada minuto se hacía eterno, y la sed y el hambre la debilitaban física y mentalmente, además del dolor que sentía por los golpes recibidos anteriormente. En medio de ese sufrimiento, Milena apenas podía comprender cómo era que Laura había soportado tanto, sin comer, ni beber nada de agua. Ahora mismo entendía por qué Laura se encontraba en aquella situación, ya que la falta de alimentos la había debilitado tanto que ya ni siquiera podía comunicarse. En ese instante, Milena estaba que no podía más y sin saber qué hacer para poder ayudarla. Ya que la crítica situación de Laura era muy mala y si nadie viniera por ella, eso quería decir una sola cosa que todo lo que las reclusas decían era verdad y nadie salía con vida de aquella celda, debido a que lo único que le decía que su compañera seguía con vida era únic
Milena de inmediato volteó la mirada hacia la procedencia de aquella voz, aunque la oscuridad le impedía ver algo con claridad. Con voz temblorosa, preguntó:—¿Quién eres tú?La voz, ronca y cansada, parecía provenir de alguien que llevaba mucho tiempo encerrada en esa celda sin hablar con nadie. Aquella reclusa respondió:—Soy otra víctima de la Loba. Al igual que a ti, me trajeron después de que ella me golpeara… y se quedó callada por un rato, y al no haber respuesta del lado de Milena, volvió a decir: Supongo que a ti te sucedió lo mismo, para que te envíen a la peor celda de castigo que existe dentro de este penal. ¿O me equivoco?Fue en ese instante cuando Milena comprendió que los rumores eran ciertos. Con el rostro lleno de incertidumbre, preguntó:—¿Cuánto tiempo llevas encerrada aquí?—Más de dos semanas —contestó la otra mujer—. Sin comer, ni beber agua, solo esperando mi muerte, ya que muchas de las reclusas que han entrado aquí han salido… muertas.Incrédula, Milena exclamó
Después de que Valentina se marchara junto al director del penal, entro el médico junto a la enfermera. Y sin perder tiempo, ambos le preguntaron a Milena:—¿Por qué no nos dijiste que conocías al director? Además, esa mujer parecía ser realmente importante.Milena, sorprendida por la repentina interrogación, optó por quedarse en silencio, convencida de que si revelaba la verdadera razón por la que el director había ido a verla, seguramente aquellos dos comenzarían a tratarla mal para quedar bien con él. Por ello, lo mejor para ella era quedarse callada y dejar que fuesen ellos que se imaginaran el motivo.Al ver que Milena no respondía nada, aquel médico le dijo:—Dado que tienes una buena relación con el director, hoy puedes quedarte aquí; sin embargo, si deseas permanecer más tiempo en la enfermería, tendrás que conseguir que el director nos dé la orden; de lo contrario, mañana te tocará regresar a tu celda.Milena se tranquilizó un poco, pues al menos hoy se quedaría en aquel lugar
Después de que el juicio de Milena terminara, fue trasladada de inmediato a la prisión de mujeres. Y apenas puso un pie en aquel lugar, un grupo de reclusas la atacó brutalmente hasta dejarla inconsciente.Cuando despertó, ya se encontraba en la enfermería. Y un dolor insoportable recorría cada rincón de su cuerpo. Intentó moverse, pero el ardor en sus heridas le hizo soltar un quejido.La enfermera, al notar que había despertado, le dio unos analgésicos.— Luego le dijo: tómatelos, te ayudarán con el dolor — después la observó con un poco de cautela—. Y bajo la voz, cuando dijo: escucha bien lo que te voy a decir, trata de no meterte con el grupo de La Loba. Esa mujer es muy violenta, además parece tener protección desde afuera, por ese motivo hace lo que quiere en esta prisión. Y nunca recibe castigo por lo que hace aquí adentro.Milena la miró con confusión.—¿Y por qué me atacaron? —preguntó con la voz un poco rasposa—. Ni siquiera sé quién es La Loba… No le he hecho nada a nadie.
Fabricio estaba profundamente preocupado por todo este asunto, pues no tenía nada en sus manos que pudiera sacar a su defendida de la cárcel. No obstante, lo primero que debía hacer en ese momento era ver a Milena y explicarle todo lo que se le avecinaba, ya que probablemente al día siguiente sería sentenciada. Las pruebas en su contra estaban más que claras, y todo indicaba que ella era la única culpable de la muerte de Dionisio. Por eso, quería que, cuando llegara ese momento, estuviera preparada para afrontar su condena.Sin embargo, él no pensaba rendirse. Apelaría la decisión del juez y encontraría las pruebas necesarias para conseguir su libertad. No descansaría hasta dar con el verdadero culpable del asesinato de Dionisio. No solo porque Milena era su prioridad y debía sacarla de ese infierno, sino también porque sentía que tenía una deuda personal: por los años que su padre y él habían trabajado para Dionisio, y porque, tras la muerte de su padre, Dionisio se había convertido







