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Capítulo 3: Carpetas con separadores de colores

last update Veröffentlichungsdatum: 28.05.2026 23:47:16

POV: Valentina

Camila Rojas lleva cuatro años trabajando conmigo y en ese tiempo ha demostrado ser la asistente más eficiente, discreta y profesionalmente confiable que he tenido en mi carrera.

También es la persona más irremediablemente romántica que conozco, lo cual hasta ayer era un dato irrelevante para nuestra relación laboral.

Hasta ayer.

Llega a mi oficina a las nueve en punto con una caja.

No una carpeta. No un sobre. Una caja, con tapa, del tamaño de las que se usan para archivar expedientes legales, con separadores de colores visibles desde el otro lado del escritorio, etiquetas escritas a mano con una caligrafía que claramente practicó, y una energía específica que solo tienen las personas que pasaron la noche haciendo algo que les produce una alegría que técnicamente no deberían sentir.

La miro.

Ella me mira.

—¿Por qué hay una caja?

—Porque son varios candidatos y quería que fuera fácil de navegar, jefa.

—Camila. Esto no es una feria del libro.

—¿Quiere que lo ponga en una carpeta normal?

—Quiero que nadie sepa que esto está pasando.

—Por supuesto. —Deja la caja sobre mi escritorio con el cuidado de quien deposita algo valioso—. ¿Le pongo música de fondo mientras revisa? Tengo una playlist que—

—Fuera.

—Saliendo. —Camina hacia la puerta. Se detiene con la mano en el marco sin voltearse—. La carpeta roja es mi favorita.

La puerta se cierra.

Me quedo mirando la caja.

La caja me mira de vuelta.

Suspiro con la energía de alguien que lleva veinticuatro horas tomando decisiones que no eligió tomar, abro la tapa, y saco la primera carpeta.

Carpeta azul. Marcelo Fuentes, 44 años.

Empresario del sector ganadero. Patrimonio considerable. Sin antecedentes legales.

También, según el resumen de Camila que ocupa media página con una tipografía que eligió deliberadamente para que se leyera bien, pasó el último año publicando en LinkedIn que las mujeres líderes "intimidan" porque "no saben escuchar."

Lo publicó tres veces.

Con distintas palabras, pero el mismo argumento, lo cual sugiere que no fue un error sino una convicción que sintió necesidad de comunicar al mundo corporativo de Aldenvera en múltiples ocasiones, posiblemente porque alguien en algún momento no lo escuchó a él.

Irónicamente.

Cierro la carpeta azul.

Ocho segundos. Nuevo récord personal.

Carpeta verde. Diego Altamar, 38 años.

Emprendedor del sector tecnológico. Tres startups. Dos exitosas.

Fundador de una aplicación llamada Equilibra.

Abro el resumen.

Equilibra es una aplicación diseñada para ayudar a las mujeres a "gestionar el estrés laboral y encontrar el balance entre su vida profesional y personal".

Tiene funcionalidades que incluyen recordatorios para "desconectarse del trabajo", meditaciones guiadas para "soltar el control", y una sección llamada "El arte de delegar" que según la descripción oficial está "especialmente pensada para mujeres en posiciones de liderazgo."

Hay capturas de la aplicación adjuntas.

La pantalla de inicio tiene un fondo color lavanda.

Hay un apartado que se llama "Tu pareja también importa."

Debajo del apartado hay una foto de una mujer sonriendo mirando a un hombre que está cocinando.

Me quedo mirando esa foto el tiempo suficiente para confirmar que la vi correctamente y para preguntarme qué decisiones tomó Diego Altamar en su vida que lo llevaron a pensar que eso era una buena idea y si en algún momento alguien cercano a él intentó detenerlo.

Cierro la carpeta verde.

Doce segundos porque necesité el tiempo extra para procesar la foto.

Carpeta amarilla. Tomás Herrera, 41 años.

Político regional. Tres períodos.

El apellido Herrera.

—Camila —digo en dirección a la puerta.

La puerta se abre de inmediato, lo cual confirma que estaba escuchando desde afuera.

—¿Jefa?

—Tomás Herrera.

—Tiene muy buena imagen pública y una base electoral que—

—Camila. El apellido Herrera.

Pausa.

—Tiene algunas declaraciones del año pasado que son levemente—

—¿Levemente qué?

Pausa más larga.

—Problemáticas.

—Gracias, Camila.

—La carpeta roja es realmente—

—Cierra la puerta.

La puerta se cierra.

La carpeta amarilla va encima de la azul y la verde sin abrirse, porque hay apellidos que funcionan como sistemas de filtrado automático.

Herrera es uno de ellos desde que el señor Herrera padre declaró en una entrevista hace cuatro años que las cuotas de género en los directorios eran "discriminación inversa" y el señor Herrera hijo no dijo nada al respecto en ningún medio durante las dos semanas siguientes.

El silencio también es una declaración.

A veces es la más elocuente de todas.

Me quedo mirando la caja.

Quedan dos carpetas.

Una gris, etiquetada "opciones adicionales" con un signo de interrogación que Camila escribió con una letra que sugiere que ella misma no está del todo convencida de su contenido.

Y una carpeta roja.

Sin etiqueta.

Solo roja, con el borde ligeramente más grueso que las demás, como si Camila hubiera ido específicamente a comprar una carpeta de mejor calidad para este candidato en particular.

Saco la gris primero porque el orden importa.

La carpeta gris tiene dos perfiles.

El primero es un arquitecto de 45 años divorciado dos veces que según las notas de Camila "tiene energía de persona que no escucha pero escucha si le explicas bien", descripción que merece un análisis filosófico que no tengo tiempo de hacer ahora mismo.

El segundo es un médico de 50 años que en su perfil de una red social profesional tiene como frase destacada: "Detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre."

Detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre.

Esa frase se queda en el aire un momento. La leo de nuevo. La leo una tercera vez por si en alguna de las lecturas anteriores mi cerebro la había procesado incorrectamente y en realidad decía otra cosa.

No decía otra cosa.

—Camila —digo.

La puerta se abre.

—¿Jefa?

—El médico de la carpeta gris.

—El doctor Villanueva, sí, tiene una trayectoria muy—

—"Detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre."

Silencio.

—Lo puse en opciones adicionales precisamente porque—

—Camila. ¿Cuál es el criterio de selección de opciones adicionales?

Pausa muy larga.

—Que técnicamente cumplían los requisitos mínimos.

—¿Y cuáles eran los requisitos mínimos?

—Que fueran solteros, sin antecedentes penales, y con patrimonio verificable.

—Eso es un estándar muy bajo, Camila.

—Es el estándar que usted me dio, jefa.

Me quedo mirándola.

Tiene razón.

Le di exactamente ese encargo y exactamente ese estándar y ella lo cumplió con la eficiencia de siempre.

Esto es lo que pasa cuando uno encarga un marido sin especificaciones suficientes.

—Cierra la puerta —digo.

—Sí, jefa.

—Camila.

Se detiene.

—La próxima vez que incluyas a alguien con frases motivacionales sobre el rol de los hombres en el éxito de las mujeres, quiero que antes de agregarlo a cualquier carpeta te preguntes qué diría yo al respecto.

Camila asiente con la seriedad de quien está tomando nota mental.

—Y luego no lo incluyas.

—Entendido.

La puerta se cierra.

Miro la carpeta roja.

La carpeta roja me mira de vuelta con la paciencia de lo inevitable.

La abro.

Sebastian Varel, 35 años. CEO de Varel Industries.

La foto está en la primera página.

Es la misma cara del lobby del edificio Serrano. La misma presencia de quien ocupa el espacio sin pedirle permiso a nadie.

Los mismos ojos que no apartaron la mirada ayer cuando lo razonable era apartarla. Paso a la página siguiente un segundo más tarde de lo que debería.

Leo el perfil.

Sin escándalos de género. Sin declaraciones públicas sobre el liderazgo femenino en ninguna dirección, lo cual en el contexto de esta caja es casi una virtud cardinal. Sin historial de nepotismo documentado.

Trayectoria construida sin apellidos que lo precedieran. Empresa más pequeña que el Grupo Monteclair, pero con tres años consecutivos de crecimiento que ningún analista del sector ha podido ignorar.

Leo las notas de Camila al pie de página.

"Técnicamente funcional como ser humano."

Eso es todo.

Cinco palabras. Sin corazones. Sin signos de exclamación. Sin el entusiasmo apenas contenido que acompañó cada una de las carpetas anteriores, incluyendo la del médico con frases motivacionales.

Lo que significa que Camila, que es incapaz de contener el entusiasmo cuando lo tiene, deliberadamente no lo tuvo aquí.

O lo contuvo.

Lo que es peor.

Cierro la carpeta roja.

La dejo sobre el escritorio.

Me recuesto en la silla y miro el techo durante exactamente el tiempo que necesito para llegar a la única conclusión disponible con los materiales que tengo.

Que es la misma a la que llegué ayer en el lobby del edificio Serrano: Sebastian Varel es el único hombre en esta ciudad que no me tiene miedo. Y para lo que necesito que esto parezca, eso no es un detalle menor. Es exactamente el único requisito que importa.

—Camila —digo.

La puerta se abre antes de que termine la segunda sílaba.

—¿Jefa?

La miro.

—Es el menos pelotudo.

Camila no dice nada, pero algo en su cara hace un movimiento muy pequeño que en cualquier otra persona sería una sonrisa completamente incontrolable que está siendo contenida con un esfuerzo considerable.

—Llámalo.

—Ya tengo el número marcado —dice Camila.

Y sale antes de que yo pueda decir nada más, con la velocidad específica de alguien que no quiere darle tiempo a su jefa de cambiar de opinión.

La puerta se cierra.

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